El maestro del juicio final, de Leo Perutz

El maestro del juicio finalTras De noche, bajo el puente de piedra, Libros del Asteroide confirma su apuesta por Leo Perutz recuperando El maestro del juicio final. Una novela que nada tiene que ver con aquella deliciosa colección de relatos y confirma su versatilidad a la hora de enfocar su escritura. Tanto se puede disfrutar como un ejercicio de clasicismo en la mejor tradición de la novela de misterio como se introduce en territorios del fantástico más sugerentes cuando, llegado el momento, la honestidad de su narrador queda en cuestión. La sutilidad de su relato, cómo subvierte el pacto de ficción cuando aleja su historia de la cotidianidad de sus primeros capítulos o el magnífico escenario donde enclava los hechos son tres aspectos que convierten su lectura en un placer.

El maestro del juicio final se plantea como un ¿Quién lo ha hecho? alrededor de la muerte de Eugen Bischoff, un actor de éxito en la Viena de comienzos del siglo XX. Su deceso ocurre durante una velada en la cual un grupo de caballeros del Imperio se había reunido para tocar un trío de Brahms. Como su defunción tiene lugar un poco a la manera de la habitación cerrada, pronto surgen dudas sobre si ha sido un suicidio o un asesinato y las sospechas implican al propio narrador, el barón Von Yosch. Empujado por la afrenta para su honor, Von Yosch inicia una investigación y descubre que la muerte de Bischoff no es única. Otras personas han fallecido en circunstancias similares y en cada una de ellas se vislumbra la participación de un extravagante personaje foráneo.

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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

De noche, bajo el puente de piedraRodolfo II fue uno de los monarcas más extravagantes del Sacro Imperio Romano Germánico. Tras ser educado en el reino de España, el castellano se convirtió en su lengua habitual. Su pasión por las artes le llevó a ser tanto un mecenas incomparable como un quebradero para las finanzas de un Imperio incapaz de soportar su ritmo de gasto. A su alrededor se aglutinaron desde astrónomos como Tycho Brahe y Johannes Kepler a alquimistas como John Dee o el charlatán de Edward Kelley. En la Praga donde estableció su corte convivían católicos, protestantes y judíos en un delicado equilibro que terminaría saltando por los aires a los pocos años de ser desplazado del trono en uno de los conflictos más sangrientos de la ya de por sí sangrienta historia europea: la Guerra de los Treinta Años.

Éste es el sustrato del cual Leo Perutz se nutre para levantar De noche, bajo el puente de piedra. En su labor exprime el inagotable potencial de aquella Praga a caballo de los siglos XVI y XVII y compone un mosaico donde conviven caballeros de la nobleza de Bohemia, los sirvientes del palacio, los comerciantes de la ciudad, el gran rabino, un alquimista caído en desgracia, un judío cuya fortuna evita la bancarrota del Imperio y el propio emperador. Una especie de vidas cruzadas en un panorama temporal de varios lustros que acierta a caracterizar la diversidad social de un lugar único donde, además, lo real y lo maravilloso conviven y se realimentan. Esta presencia decisiva del fantástico en el tejido de una mayoría de los relatos se convierte en una de las señas de identidad decisivas del libro. Especialmente por cómo mezcla tradiciones judías con cristianas.

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Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins

Los amigos de Eddie CoyleEl título de Los amigos de Eddie Coyle es deliciosamente ambiguo. Afirma bien la naturaleza coral de la novela. Ahí están los atracadores de bancos en plena etapa de preparación de varios golpes; un traficante capaz de conseguir, con el tiempo necesario, cualquier arma; un agente federal a la caza de un gran caso; un barman que pone velas a dios, el diablo y los tristes mortales; y, entre ellos, Eddie Coyle, el nexo. Un criminal de poca monta, intermediario en pequeñas operaciones y dispuesto a traicionar a alguno de los anteriores con tal de no entrar en prisión para cumplir una pena por tráfico de alcohol. Es ahí donde emerge la sutil anfibología del título; amigos, lo que se dice amigos, no hay. Tal y como queda claro desde el primer capítulo, son medios para conseguir sus fines, Y saben guardarse las espaldas. De ello dependen su libertad o, si no juegan bien sus cartas, su salud.

Mediante capítulos breves, Higgins prescinde de la mayor parte de pasajes descriptivos o narrativos y centra su pericia en esbozar unos diálogos refrescantes. Sus personajes hablan, hablan y hablan sin descanso. Mientras aguardan la llegada de otra persona, esperan para dar un golpe, realizan una transacción o, simplemente, conversan, exponen sus problemas, cierran acuerdos que no saben si cumplirán, dejan entrever sus problemas de pareja, alardean de su vida sexual y relatan todo tipo de historias. Reales, ficticias, importantes, intrascendentes… da lo mismo. El placer está en “escucharles”, ver cómo aumenta su definición cada vez que aparecen en escena y añaden algo más a su bagaje. Descubrir quiénes son cuando Higgins decide no llamar a cierto personaje por su nombre.

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