El efecto performativo de la ciencia ficción. Exposición. Elon Musk (1 de 5)

Ciudad futurista

Toda trama de ciencia ficción tiene un componente político. Este es un aspecto que suele pasar inadvertido, incluso dentro del propio género, pero que es necesario explicar antes que nada.

La ciencia ficción (en adelante usaré las siglas cf) tiene muchos problemas para definirse, pero hay un elemento que podemos considerar común: la práctica totalidad de sus tramas se desarrollan en el futuro, aunque sea muy cercano. Y los escenarios futuros suponen la asunción de un cierto curso en los acontecimientos del presente. En ocasiones, además, para proyectar un porvenir más o menos factible, en una rama que hemos dado en llamar «literatura prospectiva». Pero también se da el caso en una simple aventura situada en un entorno espacial.

Por ejemplo: cualquier argumento escrito hoy que transcurra en la Tierra dentro de un siglo contendrá soterrada una respuesta sobre el cambio climático. Si la vida en el planeta continúa más o menos como la conocemos, el autor deberá al menos dedicar una línea a explicar cómo ha sido posible: tendrá que decir como mínimo «en un momento dado se afrontaron medidas de éxito contra el cambio climático», o bien «el cambio climático no se produjo, en contra del consenso científico». Sí, puede obviar el tema, pero si el entorno en que se desarrolla la trama mantiene una situación como la nuestra, eso también puede interpretarse sin muchas cábalas como un posicionamiento.

Doy por sobreentendido que las obras en las que el cambio climático ha devastado la Tierra, o China es la potencia hegemónica, o la humanidad se ha expandido por el espacio reproduciendo nuestro modelo capitalista sin necesidad de variantes, o la reducción de las vacunaciones ha provocado pandemias, o las megacorporaciones han derribado a los gobiernos como principales actores internacionales… En todas ellas se manifiestan, evidentemente, especulaciones de carácter político, considerando que en el mundo de hoy casi cualquier cosa (incluso obviedades del ayer como la necesaria calidad de la educación o la sanidad públicas) conlleva un posicionamiento político.

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Ready Player One, de Ernest Cline

Ready Player One

Hace unas semanas, tras contemplar entre atónito y entregado, el documental Beyond The Lighted Stage, sobre el grupo de rock canadiense Rush, tuve la revelación de que los que ahora (y a lo mejor desde siempre, o al menos desde que Lucas y Spielberg se hicieron con el cotarro cinematográfico) mandan en el mundo de la cultura popular anglosajona son los gustos de los empollones, los pringaos de instituto, los nerds. Cien minutos celebrando a un grupo que cuando yo los descubrí eran de culto, muy lejos de lo que viene siendo un gusto musical presentable entre la inteligentsia musical; rock lumpen inspirado por Ayn Rand y letras fantástico-pretenciosas berreadas por un cantante extremadamente feo. Pero han pasado veintimuchos años y ya lo ves, un grupo que después de los conciertos se dedicaban a ver la tele o a leer (¡en una gira con Kiss!), tienen su propio documental laudatorio y todo, donde grandes estrellas que, sospecho, fueron también grandes nerdos en su adolescencia, cantan alabanzas al trío canadiense.

Leyendo Ready Player One tuve esa misma sensación, que estaba ante una novela de aventuras juveniles sobre el triunfo del empollón, o, mejor aún, sobre ese alto porcentaje de varones blancos, “jóvenes” de entre veinte y cuarenta y tantos años, con dinero para gastar, que han tomado los mandos de la cultura popular. Entendiendo como cultura popular ese marasmo que abarca internet, los videojuegos, el anime, los tebeos, la pornografía, los juguetes electrónicos, el cine, la literatura fantástica, algo, pero menos, la música… y que se celebran en obras como ésta, uno de los títulos más populares del año pasado en el campo de la ciencia ficción.

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