Luz negra, de Pedro Berruezo

Luz negraFlorence Balcombe fue la mujer de Bram Stoker. Después de la muerte del escritor, manejó con puño de hierro los derechos de su obra; para qué negarlo, más allá de Drácula un terreno poco productivo. El hito más recordado de su guardia fue su empeño por destruir todas las copias del Nosferatu de Murnau, una adaptación de Drácula convertida en un éxito del cine mudo que pudo perderse del todo. Pero, ¿y si detrás de su perseverancia hubiera más que una batalla por defender su estatus económico o aleccionar a quienes desearan hacer otra adaptación sin permiso? ¿Y si la proyección de la película no fuera un simple acto de difusión cultural y Balcombe estuviera protegiendo la misma realidad de quienes desean desmantelarla para rehacerla a su imagen y semejanza?

Hay mucho en Luz negra de la concepción de Tim Powers de la fantasía oscura. No tanto en la redacción del texto, que obedece más a un thriller entre el terror y la fantasía oscura, con diversos personajes atrapados en un delirio de horror cósmico, como en el fondo. Sobre todo en un argumento enhebrado alrededor de una serie de acontecimientos donde detrás de lo factual anidan pactos mefistofélicos, seres preternaturales aguardando a entrar desde el otro lado del velo o una búsqueda que desata fuerzas hibernadas durante décadas. Con piruetas metaliterarias que ahondan el calado de este deslizarse por los huecos de la Historia para explorar el potencial del arte como herramienta para modelar el mundo.

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La edad de oro del fantástico en España (1989-2009), Antología coordinada por José Miguel Pallarés y Juan Manuel Santiago

La edad de oro del fantástico en España 1989 - 2009Antología de la ciencia ficción española 1982-2002, Prospectivas, Los premios Ignotus 1991-2000, Cuentos de ciencia ficción, De Profundis, Cuentos fantásticos de la España profunda, Aquelarre… La colección de antologías que glosan la ciencia ficción, fantasía, terror escritos en España a finales del siglo XX y comienzos del XXI es nutrida. No obstante, todavía faltaba un volumen que abarcara de manera equilibrada los diferentes géneros buscando un catálogo lo más completo posible de los autores más importantes que los cultivaron durante aquellos años. Una iniciativa que yendo a los listados de premios resulta imposible abarcar por el tradicional olvido de ciertos nombres, relegados de manera sistemática por su universo de votantes. Juanma Santiago y José Miguel Pallarés han realizado esa labor para Apache libros con La edad de oro del fantástico en España (1989-2009), un título ambicioso a la altura de sus expectativas.

Abre el volumen “El testimonio de la memoria”, la introducción donde los antólogos contextualizan su selección. A la hora de afrontarlo, Pallarés y Santiago podrían haber seguido las pautas marcadas por Julián Díez en su Antología para Minotauro, con una memoria más formal, o por el propio Santiago en la primera (y última) antología de Los premios Ignotus, con un texto más vivencial (e informal). Sin embargo, ambos van al pie y en menos de 30 páginas tocan el por qué la califican de Edad de Oro, qué fue lo que la propició, qué temas se tocaron, dónde se publicó todo, por qué terminó, los autores elegidos, los que se quedaron fuera… Una nube de cuestiones en la cual ambos se mojan no sólo en los nombres. Apuntan personas que podrían haber estado dentro y se han quedado fuera; discuten la primacía de la cf al inicio para dar después paso al terror; recuerdan las publicaciones de aquel período…

El tono es serio, con ocasionales muestras de humor (y guiños; reto nombrar a Doc Smith superado). A veces el discurso apunta a excesivo “bienqueda”, con abundantes listas de personas y publicaciones como con temor a dejar nombres sin mencionar. Pero siempre con el compromiso de apuntar melones que darían para investigaciones de profundidad… si alguien estuviera interesado en ello.

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John Hughes y la impugnación de la autoridad

Weird ScienceHay mucho que decir sobre La mujer explosiva. (Prefiero, a partir de aquí, citar esta película de John Hughes de 1985 por su título original, Weird Science, más acorde a su espíritu festivo, reivindicativo y alocado, que por la desorientadora traducción castellana). Pero lo dicho: ¿qué encontramos en esta película? De entrada, una relectura creativa del Frankenstein de Mary Shelley en la que unos adolescentes dan vida a sus fantasías románticas –digámoslo así– con un ordenador y la ayuda insospechada de un rayo; la creatura a la que dan vida, además, concede todos sus deseos a ese par de amigos, habitantes, los dos, del extrarradio de la popularidad de instituto, como si fuera el genio de la lámpara; y tenemos, como no podía ser de otra manera, los problemas del adolescente que no encuentra su hueco entre la multitud.

Repasemos.

Quizá nadie como John Hughes encarne la idea de autor de obras generacionales, de películas y discursos que ilustran el transcurso de toda una generación y el paso de la mentalidad adolescente a la de la edad adulta. Y se centró en los conflictos de instituto, en las complejidades emocionales de la adolescencia, sí, pero no en un sentido nostálgico-lacrimógeno, como pudiera parecer, sino para impugnar la autoridad del mundo adulto. En Todo en un día vemos cómo un amigo ayuda a otro a enfrentarse al autoritarismo de su padre; en El club de los cinco vemos cómo un grupo de adolescentes castigados resemantiza su castigo hasta convertirlo en lugar de confesiones, en clima de acercamiento interpersonal y autoafirmación colectiva frente a una institución –el colegio– que les anula; en Dulces dieciséis vemos cómo un olvido adulto puede herir una sensibilidad adolescente, y cómo ésta, perentoria, puede seguir hacia adelante sin depender de sus mayores; y en Solos con nuestro tío se sustituye la figura paterna por la del tío, un espléndido John Candy, pero no ya como parte de la represión supuestamente educativa que ejercen los padres, sino como el representante excepcional de la edad adulta que, al menos, quiere escuchar a los niños. Y me encantaría poder hablar un rato de Mejor solo que mal acompañado (Planes, Trains & Automobiles) pero se aparta demasiado del enfoque principal de Hughes, o sea que esta vez no podrá ser.

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A punta de espada, de Ellen Kushner

A punta de espadaLas historias de capa y espada tuvieron su momento y resulta complicado que vuelvan. Los tiempos oscuros de una edad media reformulada parecen más apreciados para las habituales luchas por el poder en los que se mueve la fantasía, sin espacio para ciertas miradas ilustradas al campo de la política o la perspectiva sobrenatural. Dejando a un lado Las mentiras de Locke Lamora, quizás la obra más conocida llegó a España con dos décadas de retraso; se publicó en EE.UU. en 1987 y tardó aproximadamente veinte años en traducirse.

Su título y esta entradilla pueden resultar ligeramente engañosos. Aunque los combates a espada, su aprendizaje y su utilización para dirimir disputas más allá del simple honor, tienen importancia en el argumento de A punta de espada, en sus páginas apenas hay un puñado de duelos. Su argumento tiene más que ver con las desavenencias entre los diferentes nobles que buscan hacerse con los puestos más decisivos en el control de una ciudad y del estado del cual es capital. Así, en general, porque Ellen Kushner decide no entrar en demasiados detalles de albañilería de mundo, dejando multitud de cuestiones detrás de las bambalinas. Una decisión de lo más acertada: mantiene una agilidad pareja al suspense sobre el cual trabaja.

Este es uno de los detalles que más puede disuadir al lector adicto a los escenarios y atrezos rococós. Aunque el lugar narrativo en el cual se desarrolla A punta de espada no parece ser el nuestro, los elementos de los que hace uso lo sitúan como un mundo primario con alteraciones mínimas que, sobre todo, afectan a cómo los mencionados duelos se convierten en un mecanismo de acción política en La Ciudad. Una urbe cuya estructura jerárquica, surgida de la revolución que condujo al final de la monarquía, grita a todo pulmón serenísima república. Su organización se sostiene sobre una oligarquía de nobles que hacen y deshacen a su antojo a través de un delicado equilibrio. A la vista ejercido por un pequeño consejo y diferentes cargos electos, y bajo la superficie mediante unos niveles de confabulaciones que permiten la contratación de espadachines para retar a personalidades y poner en solfa sus políticas, llegando a quitarles de en medio.

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Detrás de Terminator se ven algunas sombras

BerserkersComo no me gusta pontificar, lo digo así: puede que Terminator sea la mejor película de James Cameron. Es posible. No lo sé. Lo que sí puedo decir es que es una de las tres o cuatro mejores películas de ciencia ficción de los años ochenta. Y creo que es un acierto considerarla una de las más oscuras de la década y, en el fondo, del siglo XX entero. Y sin duda podemos decir que es la mejor película de Linda Hamilton y de Arnold Schwarzenegger.

Pero hasta Terminator tiene sus precursores.

La saga de los Berserker, de Fred Saberhagen, va de unas máquinas que surcan el espacio exterior en busca de humanos. Estas máquinas sobrevivieron a sus enemigos originales y también a sus fabricantes alienígenas, a los ingenieros que, genocidas, las diseñaron para la guerra, y todavía cruzan, obstinadas, el vacío sideral con la única misión que les fue encomendada: capaces de autorrepararse, de reproducirse, lo único que hacen es, como Terminator, localizar y matar humanos. Esa misma, eterna obstinación homicida que veremos más tarde en la ciudad de Los Angeles con las máquinas de Cameron. Saberhagen, que por otra parte no se molesta en ocultar su machismo, en uno de los cuentos de The Ultimate Enemy, nos dice, evocador, que esa ‘armada’ mató a sus enemigos originales cuando la humanidad empezaba a dibujar sus primeras siluetas en las cavernas.

Pero la sombra que se percibe con mayor definición en la genealogía de Terminator es la de un cuento de Harlan Ellison.

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No distingo al hombre de la máquina

Terminator

Debajo de Terminator parece que se escondan estos versos de Roberto Juarroz: “El futuro no existe, / sin embargo cambia”. Planteándonos un futuro en el que las máquinas dominan el planeta y exterminan a los humanos, James Cameron consiguió sacudirse de encima el suspenso crítico que supuso Piraña 2, y, de paso, legó al cine una de las más desoladoras y oscuras películas de ciencia ficción del siglo XX. El prólogo ya nos lo advierte: estamos a las puertas de un futuro aterrador, y nosotros somos los únicos culpables. Sergio Benítez dijo hace tiempo en Blog de Cine que Cameron, con esta película, alejaba al género de las aventuras espaciales de George Lucas y su “bienintencionada y ligera” Guerra de las Galaxias, acercándolo a tonalidades más graves y reflexivas, pero creo que ese paso ya lo había dado antes Ridley Scott con Alien y Bladerunner. Es posible que la aportación principal de la película esté en otra parte.

¿Y qué pasa en Terminator? En Los Ángeles aparecen, en 1984, dos tíos en pelota (Arnold Schwarzenegger y Michael Biehn), buscando cada uno a su manera y por distintos motivos a Sarah Connor (gran papel ochentero de Linda Hamilton). Uno la quiere matar. El otro, no. Y la buscan porque aunque ella no lo sepa –no lo pueda saber aún– dará a luz a John Connor, futuro salvador de la humanidad que sobrevive en las ruinas del mundo postapocalíptico, arrasado, del que provienen los viajeros en el tiempo. Y ella es la clave porque su hijo será la clave, y esa lectura mesiánica, cristianega, de la película, es lo que me molesta de la saga (o sea que podemos hacer ver por un segundo que no va por ahí la cosa y seguir como si nada).

Las máquinas, creadas por nosotros, quieren más; desarrollan una inteligencia independiente, autónoma, y quieren más. Lo podemos repetir: las inteligencias artificiales se liberan, y quieren desgajarse, por fin, de las mentes creadoras que las dominan, para ser ellas mismas sin el impedimento de la subordinación esperada.

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