Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los “clásicos” en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

TrafalgarEs descorazonador observar el escaso interés hacia títulos de ciencia ficción y fantasía reeditados en los últimos años en colecciones con buena distribución. Los cuentos completos de MathesonLa fuerza de su mirada, El Kraken despiertaMundo infierno (todos ellos con nuevas traducciones), La historia y antología de la ciencia ficción española publicada por Cátedra, son varios de los que me vienen a la cabeza. Tampoco los sellos más próximos al micronicho que es ahora mismo el fandom han conseguido un mínimo eco con sus recuperaciones. Una de las obras señeras de Angélica Gorodischer, el ciclo de Northwest Smith de C. L. Moore, los mejores cuentos de Rodolfo Martínez, Ramón Muñoz o Rafael Marín, el volumen recopilando los primeros premios Ignotus… apenas han generado media docena de comentarios, en el caso en que se haya llegado a ese número.

Es curioso constatar cómo, en la supuesta preferencia del lector español por la narrativa anglosajona, al menos este recuerdo al género escrito en castellano continúa accesible. Ya sea porque sus autores se han movido lejos de la esfera aficionada (Pedraza, Fernández Cubas, Merino) o, supongo, se han “resignado” al entorno de las editoriales pequeñas para asegurar la disponibilidad. Sin embargo, si nos vamos a la ciencia ficción escrita en inglés, durante tantas décadas en el centro de todo y con multitud de títulos a reivindicar, el olvido parece la norma. Merecidamente o no puede ser asunto de otra diatriba.

Tomar el pulso diario a la actualidad literaria en las redes sociales está sujeto a los mismos sesgos que hacerlo en cualquier otro ámbito de la vida. Sigues a quien sigues, llegas y lees las cuentas, blogs, páginas que te atraen y la visión de conjunto es tan completa o parcial como los “tentáculos” que aciertan a transgredir tu burbuja de confianza. Asumiendo esta limitación, llevo tiempo FIAWOLenado sobre la escasa importancia a esta edición de clásicos. Cómo se pasa de puntillas sobre muchos de ellos mientras otros con tropecientas ediciones concitan una vez más la mayor parte del interés cuando vienen de editoriales cuya maquinaria publicitaria no necesita de ese eco. Cómo las novedades inéditas ocupan el centro del circo de una pista durante una rendija de tres o cuatro semanas mientras cualquier título distribuido hace más de un bimestre es relegado fuera de la carpa, condenado a un ya casi seguro ostracismo. Esta falta de relevancia contrasta con multitud de comentarios plagados de cantos a la originalidad del título X, los elementos de su escenario o el desarrollo de su argumento. Como si la originalidad fuera en sí mismo el gran valor literario, preminente sobre cualquier otro que esa misma obra puede estar aportando. Como si la pretendida novedad no pudiera quedar en entredicho como un refrito ya hollado en libros anteriores cuyo único delito es haber sido traducidos hace más de dos décadas. De aquella manera.

Nunca fue necesario tener aprobada Clásicos de la ciencia ficción I y II para escribir una opinión. Sí guardar una mínima prudencia antes de lanzarse a repetir con alegría unos blurbs creados con el objeto de, es necesario recordarlo, invitarte a leer un libro, no analizarlo. Sí refrescar la pila con algún título añejo, recuperar el feeling por otra manera de escribir historias diferente a la actual, realimentar su recuerdo… Y, si se presenta la ocasión, demandar a las empresas que en su tarea de aportar valor a su catálogo vayan más allá de la enésima reedición de Soy leyenda, Pórtico, Los desposeídosBlade Runner (nótese por qué la cito así) o La guerra interminable. Se dé la oportunidad a un título fuera del circuito desde hace más de una década. Se descubra uno sin traducir con más de tres añitos a sus espaldas sin el premio X en su haber o ser el libro recomendado este mes por el creador de Juego de tronos. Que la novela recibida al son de “lo mejor que he leído desde mi última visita al baño” pueda defender sus cualidades ante las obras que han aguantando en prensa varias décadas en mercados más sanos, menos enrarecidos.

La feria de las tinieblasCerrando esta línea, es de alabar cómo Kelonia ha logrado sacar adelante de Shadow Show, una antología homenaje a Ray Bradbury donde si hay otros dos cuentos la mitad de buenos que “Pequeña América”, de Dan Chaon, va a merecer mucho la pena. Estando en ella Ramsay Campbell, Audrey Niffenegger, Harlan Ellison, Margaret Atwood o Kelly Link raro sería que no fuera así. Sin embargo su aparición en papel pone todavía más de manifiesto la anomalía asociada a que algunas de las obras de las que surgen esos relatos (Las doradas manzanas del sol, El vino del estío, El país de octubre, La feria de las tinieblas) estén fuera de catálogo. Una contradicción con la que Kelonia no tiene nada que ver (es necesario decirlo; la comprensión lectora cotiza a la baja estos tiempos).

Las consecuencias de la supremacía de un modelo de negocio donde el “fondo” ha terminado siendo la excepción y no la norma.

No se me escapa la posible inevitabilidad del proceso. Los índices de lectura de España continúan estancados en la mediocridad y la flecha del tiempo avanza inexorable en el sentido de lo irreversible. Ya llevamos unos años por este sendero adicto al ahora, donde la cuenta de resultados se impone sobre cualquier otro criterio. La popularidad de la que una vez gozaron estos títulos ha cedido toda la expectación a la obra maestra de la semana, las mejores voces de la historia, los autores que asombran al mundo mundial. Una maquinaria retórica vinculada a la necesidad de atraer la atención sobre lo que uno escribe, opina, sienta cátedra, que guía las lecturas de muchos opinadores en perfecta sincronía con la mercadotecnia de los grandes grupos. El libro-producto se ha elevado a su máxima expresión mientras el riesgo queda para unos románticos en demasiadas ocasiones incapaces de abrirse un hueco. En una mínima porción porque quienes podemos ponerles un minúsculo foco sobre ellos elegimos mirar hacia otro lado.

Cuando C nació en 2006, lo hizo un poco siguiendo la pauta marcada por la portada del desaparecido portal Cyberdark: tomar el pulso de la actualidad sin, por ello, perder la pista de la literatura fuera del circuito de novedades. Uno de los primeros proyectos en que nos embarcamos fue el homenaje a la figura del entonces recientemente fallecido Stanislaw Lem a través de un recuerdo a una obra que, es motivo de alegría, ha pasado a ser fundamentalmente reivindicada por colecciones y lectores de fuera; dentro parece apenas recordado por una audiencia en contracción que se acercó hace demasiados años a sus libros gracias a la labor de sellos de venta masiva como Bruguera y Alianza. En la medida de los posibilidades de un proyecto mucho más modesto como nuestra presente encarnación, se ha buscado mantener un relativo equilibrio en esta tarea.

Las últimas seis semanas han sido un tanto diferentes a lo cotidiano. En uno de los momentos donde los lanzamientos editoriales copan las webs y blogs dedicados a la opinión crítica, aquí no se ha reseñado ninguno. Al contrario, los descatalogados, los clásicos de los que ya apenas se habla, esas obras no traducidas con lustros a sus espaldas, han copado la primera plana. Deliberadamente. No porque nuestra tarea vaya a suponer una diferencia (¡Juas!). Sí porque hacer algo así cada cierto tiempo me parece tan refrescante como necesario para la mirada; como lector y como ínfimo creador de opinión cuyas lentejas, afortunadamente, vienen de otro lado.

Arrojar luz sobre las novedades y discernir si merecen o no la pena es bien. Rastrear cómo se encuentra el mercado de originales en otras lenguas para fijar la atención sobre los libros más atractivos es necesario. Recordar obras descatalogadas, no traducidas, olvidadas… y dar vueltas al dilema “¿clásico o polvoriento?” imprescindible.

4 pensamientos en “Clásico o polvoriento

  1. Hay una pescadilla que se muerde la cola en torno a este problema. El denostado pirateo de libros se hace fuerte manteniendo vivos muchos de estos clásicos pero al mismo tiempo, creo que cuando algún editor se plantea volver a publicar algo de esto, mira y busca, ¿digo yo que lo harán?. Y claro, decide que para qué publicar si ya está pirateado y las ventas serán marginales.
    Creo que al menos en digital, siempre deberían estar una serie de fijos en las quinielas como la lista de Pringle o las recomendaciones del MIT o del NYT.

  2. Cuando leí Neuromante se me quedó grabado un párrafo intrascendente, que no ha dejado de venirme a la cabeza una y otra vez a lo largo de los años, en el que Gibson describe cómo las tribus urbanas aparecen de la nada para reinar en las calles y sumirse en el olvido apenas un momento después. Vivimos en la era de lo inmediato, del usar y tirar, del aquí y ahora. Pero también de la degradación de cualquier material rentable en forma de secuelas, “precuelas”, y sagas por decreto que acaparan toda la atención, incluso a la hora de reseñar cualquier otra obra que salga a colación aprovechando el hype de marras. Este mal (glorioso triunfo de las masas) traspasa las fronteras de la cultura y extiende sus tentáculos a todos los ámbitos de la vida y las relaciones sociales. Artículos como este y como los que han aparecido en la web a lo largo de las últimas semanas dan aliento a quienes no dejaremos de combatir la distopía desde dentro.

    • Enlazar es amor.

      Y clamar en el desierto sigue siendo vital, no sólo porque quizás alguien reflexione y decida probar. Por ejemplo con esos libros de Bradbury que alguien puede estar traduciendo de nuevo (soñar es gratis). Los ejercicios utópicos son admisibles en nuestras cuentas de resultados de “gente extraña que tiene un blog en vez de cultivar otro hobby socialmente más aceptado”. Y mantienen una puerta abierta a la esperanza de poder ser como Francia o Italia en lo que a clásicos se refiere. Porque si ya no lo pidiera nadie, entonces… (fundido en negro)

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