Nuestro propio Adrian Veidt microscópico

En una ocasión en la que entrevisté a Pat Cadigan, hace ya de esto treinta años, al terminar me dio su tarjeta de visita. En ella se podía leer: «Escritora – Futurista». Desde entonces, observé con frecuencia que los autores de ciencia ficción anglosajones tenían un segundo ingreso como conferenciantes, articulistas para medios generales, incluso asesores de empresas. Que yo sepa, hay varios bastante conocidos —por lo menos David Brin y Bruce Sterling— que se ganan sobre todo así la vida. Para mencionar autores más actuales, Tim Maughan hizo un notorio informe para una importante firma de ingeniería, Arup, y PriceWaterhouse Cooper presentó en 2018 un trabajo titulado «Using Science Fiction to explore business innovation», entre otros muchos ejemplos. También es sabido que Larry Niven coordinó para la administración Reagan un grupo, el Citizens Advisory Council on National Space Policy, en el que también participaron al menos Jerry Pournelle y Poul Anderson.

Bien, no pretendo compararme con estos/as señores/as obviamente mucho más listos e imaginativos que yo, y que además en su calidad de creadores me merecen el máximo respeto (no por su ideología, que Anderson y Pournelle sí son ultraderechistas, no como Heinlein, que sobre todo era un señor egoísta y raro). Pero sí es verdad que a lo largo de los años parece ser que yo mismo he ido afinando una cierta capacidad prospectiva. El término me gusta, sí; lo empleé para definir un tipo de literatura que, entre otras cosas, realmente quiere hablar del futuro y se lo toma en serio, a diferencia de lo que impulsa la creación de Star Wars, por poner un ejemplo muy obvio, que es presentar aventuras arropadas por un determinado tipo de iconografía

Prospectiva, sin «literatura», es el análisis serio de futuras tendencias. En mis ejercicios prospectivos de salón, mis amistades me dicen que he tenido algo más de acierto (y unos cuantos fracasos, claro) que la media de lo que se lee en la prensa. Y eso se debe, creo, a que en mi trayectoria personal se han ido produciendo una serie de circunstancias.

La primera y obvia es que he leído mucha ciencia ficción. En una ocasión alguien me acusó de que parecía que había leído TODA la ciencia ficción, y por una vez tuve la chispa para dar una respuesta ingeniosa en el momento: «Hombre, toda no, pero desde luego DEMASIADA». En efecto, no son pocas las ocasiones en las que me arrepiento de no haberme puesto todavía con Guerra y paz, pongamos por caso, mientras sí que he leído prácticamente completos, o al menos todos los contenidos que me interesan, de los en torno a un centenar de ejemplares que publicó la revista Galaxy en el periodo 1950-1959. Sensación agravada porque la verdad es que a mí la mayoría de los clásicos sí que me gustan y tengo a metro y medio de distancia de mi mano, mientras escribo, una bonita edición del tomaco de Tolstoi. Pero es lo que hay, qué puedo decir; ya no hay vuelta atrás, y también disfruté muchas veces incluso con lecturas muy irrelevantes. En apariencia, lo bueno es que he absorbido, qué sé yo, petabytes de información sobre especulaciones acerca del futuro, entre las que no siempre resulta fácil distinguir lo idiota de lo útil. Algún poso habrá dejado.

Aspectos prácticos de ser periodista

J. G. BallardPor otra parte está mi actividad profesional. He tenido la fortuna de charlar, y la conversación en muchas ocasiones derivó hacia el porvenir, con algunas de las personas más inteligentes del mundo. Desde Naomi Klein hasta Seth Shostak, pasando por J. G. Ballard, Pedro Duque, Pedro Cavadas o Gustavo Bueno, por sólo citar los que me vienen ahora mismo a la cabeza. Espero que algún poso hayan dejado.

Además, los últimos años de mi dedicación a tiempo completo al periodismo los pasé en la redacción de un periódico económico. Ahí aprendí unas cuantas cosas (nada secreto, simplemente no me había interesado tanto por el tema antes) sobre la forma en que funciona nuestro sistema capitalista. En algunas ocasiones para comprender que mis visiones apriorísticas eran ingenuas, y en otras para quedarme perplejo por la rigidez, el egoísmo o la falta de visión global de las estructuras que conocemos y las personas que las dirigen. En resumen, el nivel intelectual de quienes forman parte del mundo político, financiero y empresarial no es, por lo común, muy alto. Del nivel cultural ni hablemos (todo esto siempre con las debidas excepciones: es una generalización injusta). Está por debajo de la perspicacia y empatía que muestran científicos, escritores e incluso entrenadores de baloncesto, por mencionar otros colectivos con los que he tenido cierto trato.

Para citar ejemplos de los que puedo dar testimonio directo, Zeljko Obradovic o Aíto García Reneses me parecen seres humanos infinitamente más valiosos en casi todos los aspectos que Josef Ajram. Por eso mismo, Obradovic y García Reneses se mantienen desde hace años en la cima de la profesión de sus sueños, mientras Ajram tiene que ir pegando sucesivos tocomochos con palabrería hueca a los incautos. Pero la estructura de nuestra sociedad ha hecho posible que sean los Ajrams de este mundo los que marquen la pauta, tragándose un constructo bastante artificial como si fueran dogmas inquebrantables, mientras otras muchas personas mejores siguen su vocación para no ser nada más (¡y nada menos!) que profesores, auxiliares de laboratorio o incluso, algún caso he conocido, periodistas. Por no mencionar a los muchos, la gran mayoría, que han tenido menos fortuna o constancia, y ni siquiera pueden trabajar en lo suyo.

Capitalism rocks

El capitalismo como sistema utópico

Porque el gran secreto a la vista de todos, y que raramente he visto reflejado por escrito, es que el capitalismo es un utopismo. En el mundo de los grandes empresarios y los banqueros se vive en el ensueño (que los más listos saben falso) de que todos tenemos las mismas oportunidades, mientras su equipo de recursos humanos contrata para los mejores puestos a quienes han podido pagarse un máster (casi siempre vacío de contenido real) de 30.000 euros o directamente a enchufados. Y si vamos ya al neoliberalismo duro postreganiano y su idea de que «el triunfo es para quienes trabajan duro, la mejor sanidad es para quienes puedan pagarla porque se han esforzado y así les ha llegado el triunfo»… En fin, esa noción es tan idiota que ni voy a entrar a discutirla. Un consuelo para pichacortas que luego intentan tener una conversación con alguien de verdadera valía y se dan cuenta de que son personas inferiores, sin formación, sin perspectiva, nada más que monomaníacos del trabajo y de la servidumbre a la jerarquía, el tipo de mentecatos a los que premia este sistema con mandos intermedios o la dirección de pymes; al menos, se dicen, yo sí soy un triunfador.

Que además esa idiotez se la traguen buena parte de los rednecks de Dakota o los currantes de Murcia, pensando que tal vez algún día llegue su oportunidad de pisar cabezas, muestra lo eficaz que ha sido la demolición de la capacidad de pensar de forma independiente llevada a cabo por el sistema. No lo digo sólo en teoría, sino como persona que ha salido de un entorno de clase media modesta (el estándar español de los setenta: piso con un solo baño y habitación compartida entre los hermanos, vacaciones en Alicante o Málaga cuando el año iba normal, pollo asado o paella los domingos), y ha conseguido ganarse bien la vida. Con trabajo duro, sí, tanto por mi parte como antes por la de mis padres, pero también con mucha suerte, algo que raramente menciona el sistema, y con la clara percepción de que un progreso mayor está vedado a las personas de mi origen salvo que caiga en la indignidad o la desvergonzonería. Y quizá ni aún así.

Bien, encarrilemos de nuevo el tema, si bien como se verá toda esta reflexión viene a cuento. Tengo una noticia bomba que dar: están pasando cosas importantes. Seguro que nadie se había dado cuenta… Pero lógicamente no voy a entrar en el detalle; no tengo los conocimientos para aportar nada. 

Este texto especula sobre qué pasará después. Y quizá sea optimista

Permitidme que hable del después, y en sentido colectivo, sobre lo que creo que puedo dar una visión distinta considerando todo lo dicho antes. Con todo el respeto y el dolor por millones de personas que pueden llegar a morir. Con la máxima incertidumbre sobre mi propio futuro, el de cuantos quiero o simplemente conozco, y el de miles de millones de seres humanos más. Obviando la posibilidad, que existe por remota que sea, de que todo se derrumbe y no haya nada más. Todo eso, tan importante y que protagoniza nuestro día a día, queda al margen de estas líneas.

Hablo de la sociedad que superó esta situación, de la lectura de nuestro tiempo por parte de un historiador del año 2120.

Admito que recibí con mucho escepticismo cuando el llamado hopepunk se puso de moda. No encontraba razones para no pensar en un desarrollo continuo de las tendencias negativas que nos rodean: diferencias sociales crecientes, degradación medioambiental, individualismo ególatra ciego… Como me dijo una vez un buen amigo, no somos capaces de imaginar un final del capitalismo sin que suponga un apocalipsis.

Pero ahora ya no se trata de imaginar: ha llegado un desastre de gran magnitud. ¿No cabría la posibilidad de que el impacto sociológico sea tan grande que cambie ese contexto que nos lleva a ser incapaces de imaginar una alternativa?

A Stronger Loving WorldEn resumen, traigo un mensaje positivo, para variar, porque los argumentos del pesimismo, que parecían tan sólidos, están tambaleándose ante un escenario totalmente nuevo. Y tengo para ello un ejemplo dentro de la ciencia ficción que resulta conocido para todos. ¿Y si el coronavirus es nuestro Adrian Veidt? ¿Podría ser que del desastre, como ocurre en Watchmen, salga una sociedad mejor, se dejen atrás otros problemas porque la humanidad se una en un frente común?

Antes que nada, decir que no estoy proponiendo ningún tipo de teoría conspiranoica. En el final de Watchmen (destripe total, pero necesario para mi razonamiento. Y si alguien no lo ha leído aún o no ha visto la peli, ya ha tardado demasiado), el ex superhéroe Ozymandias, alias del multimillonario Adrian Veidt, monta la simulación de un ataque alienígena a Nueva York desde otra dimensión para detener la guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La idea es muy disparatada pero todo el cómic sirve como contextualización de ese final: desde la mentalidad supremacista y ególatra de los superhéroes, hasta la presentación de un escenario que justifica la insensata idea a los ojos de una mente enferma, lo que nos enfrenta a nuestro propio ego, a nuestras propias sensaciones de ser los más listos (como yo echando esta turra, sin ir más lejos), los únicos que se enteran de lo que realmente pasa. En las sabias palabras de Ignatius Farray: todos los que se preocupan por el coronavirus más que yo exageran, y todos los que se preocupan menos son unos inconscientes. Todos estamos seguros de que la cuestión es que no se aplican las recetas que a nosotros nos parecen razonables, infalibles.

No hay ningún malvado oculto. El universo es así

No, por supuesto: no estoy diciendo en absoluto que haya nadie detrás del coronavirus, que forme parte de ninguna operación encubierta encargada por George Soros, el Mosad, el club Bilderberg, los Illuminati o cualquier otro sospechoso habitual. Los ciudadanos actuales parecemos haber olvidado la obviedad de que la naturaleza es por definición indiferente, lo que en ocasiones le lleva a parecernos cruel, y por eso justamente creamos la idea de un dios bondadoso. El coronavirus ha pasado porque en este universo ocurren todo el tiempo cosas que desde nuestra óptica particular son malas. Quizá no lo sean para la Gran Historia, un concepto muy interesante, pero que ahora no viene al caso. Ocurren cosas malas con frecuencia (desde soles que revientan quizá llevándose por delante a civilizaciones enteras, hasta animalitos que se comen a sus crías, por no mencionar cuando se te suben los gemelos en mitad de la noche) y para ésta no estábamos preparados. Ni para la emergencia climática. Ni para un meteorito gordo. Ni para ningún cisne negro, en resumen. Ruego a quien no lo conozca que consulte el concepto creado por Nassim Taleb.

La cuestión es que hay unos cuantos cisnes negros, del estilo «que reviente el sol», para los que no tenemos posible prevención, pero sí para casi todos, los que realmente podrían ocurrir a lo largo de nuestra vida. Una humanidad más coordinada, mejor educada, con mecanismos de solidaridad más establecidos, con una sanidad pública universal bien dotada que garantice la supervivencia con una calidad de vida mínima, con una economía menos basada en la especulación financiera, podría afrontar mejor explosiones volcánicas brutales que oscurezcan el cielo (como la del Krakatoa en 1883, que dio paso a cuatro inviernos durísimos), llamaradas solares que interrumpan las telecomunicaciones (como se especula que podría ocurrir si se reprodujera la observada en 1859), pequeñas edades de hielo (como el Mínimo de Maunder a partir de 1650; ni hablar ya del estado isotópico marino 6 de hace 200.000 que casi nos extingue), o plagas (como la Peste Negra que se llevó a un tercio de la población europea tardomedieval). Eventos que, como digo, ya han pasado. Y que pueden volver a producirse con un grado de probabilidad lo suficientemente elevado como para que no deban pasarse por alto por más tiempo.

El mercado no es eficiente frente a la naturaleza

New Zealand

El libremercado totalmente desregulado, según hemos visto ya un par de veces en los últimos años, está obligado a acogerse a excepciones cuando se tuerce la situación. Esto es como si un padre de familia en Teruel tuviera como único coche un Ferrari descapotable, y debiera ir con él también en invierno. Hombre, en verano muy bien, pero luego llega octubre e igual no es lo más adecuado. Y así hasta entrado marzo, quizá abril. Es muy bonito, lo que quieras. Pero pensaríamos de esa persona que es una inconsciente, una ridícula.

Los neoliberales son para mí exactamente iguales a esa persona. Si tiene dinero para comprarse un coche tan caro y mantenerlo, ¿por qué no se compra dos más baratos, uno de ellos descapotable si se quiere pero de una marca estándar, y otro para llevar a toda su familia el resto del año, caliente y sin consumir mucho? ¿Es más importante fardar que un mínimo de comodidad para su familia? Si todo le va lo suficientemente bien, tal vez pueda tener un Ferrari, pero comprarlo como primer paso es empezar la casa por el tejado, además de una temeridad.

El libremercado a ultranza sólo funciona si no hay problemas; es un flotador que sólo te sostiene cuando haces pie en el agua. Cuando todo se pone feo, la receta de sus gurús es la de tomar medidas extraordinarias, entonces sí; el sufrimiento previo no importa, lo que cuenta es que the show must go on. Porque el libremercado coarta el desarrollo de las redes de seguridad, aduciendo que son ineficientes (cuando lo sencillo sería reformarlas para que no lo sean), caras, que sólo las usan los vagos que no quieren trabajar o la restante palabrería bien conocida. Por tanto, el libremercado a ultranza nos condena como especie en cuanto se produzca algún cisne negro serio con el potencial de conducir a una extinción (como esperamos que no llegue a ser este). Es posible que salve a unos cuantos ricos refugiados en sus búnkeres de Nueva Zelanda, pero esos no repoblarán la especie; no les veo cultivando patatas de manera productiva ni haciendo arcos efectivos cuando se les terminen las balas.

Ojo, no estoy hablando de la abolición del capitalismo; la eficacia china se consigue a costa de una deshumanización que todos preferimos evitar (aunque, casi inevitablemente, va a conllevar su ascenso a potencia mundial hegemónica. Ese sería otro tema). Pero creo que es obvio que la sociedad occidental ha de reconducirse con la vista puesta en una obviedad: en cualquier momento el universo indiferente puede golpearnos. Carezco de los conocimientos necesarios para detallar en qué términos o hasta qué punto deben llevarse a cabo esas reformas, pero sí sé cuáles deberían ser los objetivos a cumplir: sanidad universal, derecho a la vivienda con agua, electricidad y una posible fuente de calor, educación universal, protección a los ancianos o personas con discapacidades físicas o psíquicas, y unos cuerpos de seguridad que además estén preparados para eventuales cisnes negros. Eso sí, en mi opinión, si tienes Netflix será porque ganas dinero y te lo pagas; si estás desempleado o no quieres trabajar, a la biblioteca pública y a leer a la luz de las bombillas que el estado sí te garantiza que seguirán funcionando.

Una vez esas necesidades realmente esenciales queden cubiertas para toda la humanidad, si sobra para que alguien sea rico como deportista, estrella de cine o escritora de éxito, o incluso como inversor financiero (casi me da un vahído al escribirlo), no tengo nada que objetar.

Del crack de 1929 a la II Guerra Mundial. Del crack de 2008 al coronavirus

Sé que hay dos argumentos obvios en contra de mi planteamiento. El primero es que en la crisis de 2008 no se hizo nada similar. De hecho, tras los titubeos iniciales, se aplicó la Doctrina del Shock de Naomi Klein de forma rigurosa (y ella teme, en contra de lo que voy a escribir aquí, que ahora vuelva a ser el caso). Sin embargo, puedo utilizar un precedente histórico interesante al respecto. Tras el crack bursátil de 1929, los ciudadanos sufrieron padecimientos más allá de lo imaginable hoy, casi sin reacción alguna de los estados. Eso, entre otras cosas, potenció el desarrollo de los fascismos. En cambio, tras la Segunda Guerra Mundial, el keynesianismo se impuso y llegaron el plan Marshall, la Unión Europea, la ONU, la OMS, el Estado de Bienestar. Organismos y conceptos que con el tiempo han ido desgastándose y perdiendo de vista sus objetivos originales, pero que en su momento permitieron alcanzar niveles de vida desconocidos en la historia de la humanidad.

Desde el crack hasta la invasión alemana de Polonia pasaron diez años. De la crisis de 2008 hasta hoy, doce.

El final de la historiaSe me puede argumentar que entonces existía un enemigo, el comunismo, que espoleaba las reformas para contentar a la población y evitar que se produjeran protestas, incluso revoluciones. Pero el peligro común potencial existe con claridad también, acaba de darnos una muestra. No va a caer por agotamiento económico, y además es incuestionablemente más poderoso que la humanidad. Hablo por supuesto de esa naturaleza indiferente, imperturbable, para la que no somos más que motas en el océano cósmico. Una madre de increíble belleza, pero de normas estrictas, que no dudara en castigar nuestra imprudencia, incluso de manera caprichosa.

Por añadidura, si estamos aislados en casa un mes, quizá más tiempo… ¿No existirá un estado de ánimo en el que las protestas, si no hay ayudas o cambios, sean más que factibles? ¿No debería el sistema, como mínimo, hacer las concesiones necesarias para no soliviantar, y tranquilizar a los consumidores para que se reactive la economía? ¿No tendrían las empresas que evitar exhibiciones impúdicas como el reparto de dividendos mientras se hacen recortes de empleos, para no quedar marcadas para siempre? ¿No se alimentaron los totalitarismos, que no son muy buenos tampoco para el libremercado, de la furia producida por el sufrimiento de la población?

El otro argumento inmediato en contra de mi mensaje optimista es el de las cabezas que nos dirigen, a las que vemos como incapaces. Se puede señalar que tras la II Guerra Mundial había un Keynes, un Ghandi, un Adenauer, un Churchill. Gente del nivel de Einstein, Hesse, Ortega y Gasset o Stravinski eran celebridades globales ejemplares, a la altura que hoy se reserva para Cristiano Ronaldo, las Kardashian o Pitbull.

Pero me gustaría recordar como ejemplo, porque no suele mencionarse en los panegíricos a Churchill, que al mes siguiente de terminar la guerra perdió las elecciones y le dieron la patada, porque tal vez la historia y el tiempo le hayan convertido en un héroe, pero en su momento debían estar bastante hartos de él. Fue Clement Attlee, un laborista, quien dirigió la posguerra y encauzó la normalidad británica, incluyendo la creación de la Seguridad Social y la nacionalización de servicios esenciales como la electricidad o el gas. El historial previo de Churchill, además, incluye racismo, brutalidad bélica y alcoholismo, entre otras cosas: se le llegó a conocer durante años en la prensa como «El carnicero de Gallipoli», y todas las referencias son que en persona resultaba un tipo poquísimo afable. Su llegada a Downing Street fue entre casual y resignada; hoy alguien con su pasado no estaría en política, simplemente. Sin embargo, y eso es incuestionable, Churchill era un tipo brillante y decidido, tuvo el aliento para afrontar circunstancias terribles, y consiguió transmitirlo a sus conciudadanos. Luego su figura se fue mitificando, o al menos sus decisiones más duras quedaron puestas en perspectiva, y volvió a ganar otras elecciones.

Lejos de mí la sugerencia de que tengamos alguien de la talla de Churchill al mando. Pero sí es posible que haya quien nos sorprenda justo ahora, que muestre unas capacidades que han podido quedar enterradas por meteduras de pata puntuales o falta de mano izquierda. También puedo decir que este gobierno tiene, al menos que yo sepa, personas muy inteligentes y preparadas, al margen de lo que opine de su ideología o partes de su trayectoria: González Laya, Escrivá, Duque, Castells o Grande-Marlaska. Casualmente, no afiliados a ningún partido los cinco. Eso quizá sean cinco personas plenamente capacitadas más de las que había en algunos de los gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy.

Supongamos por tanto que, en efecto, salimos de esta con bien y se abre una nueva etapa. ¿Cuáles serán sus características, cómo será el mundo resultante si tras llorar a nuestros muertos nos lamemos las heridas y seguimos adelante? Aquí van mis predicciones razonadamente optimistas, para que alguien pueda echármelas en cara si es que todo nos explota o si continuamos cometiendo exactamente los mismos errores a la espera del siguiente garrotazo.

Seat

 Más que proteccionismo, producción estratégica

La prohibición de compras de acciones de empresas españolas pone de manifiesto la vulnerabilidad de nuestro país en un reparto de papeles como el que la Unión Europea y nuestra propia oligarquía parecen habernos asignado. Cada estado, o cada entidad digamos unificada (como podría ser la propia UE), tenderá a tener sus necesidades básicas cubiertas sin necesidad de importaciones (energía, alimentos, productos médicos…), o por decirlo de forma más precisa, sin necesidad de depender del transporte de esos productos y la buena voluntad de otros gobiernos en caso de dificultades. Europa no puede permitirse depender de que los ciudadanos de Estados Unidos decidan reelegir a Donald Trump, en resumen. A medio plazo, no será tanto una cuestión de estados como de logística: tener cerca y garantizados los suministros. Y eso puede suponer, por fortuna, un cierto rebrote de la industria en nuestro entorno cercano, generando en alguna medida puestos de trabajo.

Por supuesto que el mundo es uno

Por otra parte, y aunque parezca contradictorio con lo anterior, creo que calará al fin en la población mundial la idea de que el mundo es uno. Como escribía hace poco de forma magistral Antonio Martínez Ron, un chino se comió una guarrada de sopa en diciembre y en marzo nosotros estamos aislados en nuestras casas. Esto ya no es la bonita teoría del efecto mariposa: es una realidad tangible. No es posible permitir que el sarampión rebrote en África, que el ébola siga por ahí, que un dictador tenga armas nucleares en Bielorrusia o Corea del Norte, o que alguien pueda jugar en Bolsa a que un país se derrumba. En este escenario, el rebrote de racismos, fanatismos religiosos, nacionalismos de cualquier signo, machismos y demás gentucismos supremacistas de unos seres humanos sobre otros quedan completamente obsoletos; no desaparecerán, pero quedará de manifiesto, al menos para la generación que está pasando por esta historia, su ridiculez en el escenario a gran escala del que quizá pasemos a ser conscientes, la lucha de la vida inteligente por sobrevivir en un universo indiferente.

Por supuesto, las guerras no desaparecerán. Pero veremos cada vez más otro tipo de conflictos, del estilo del que mantienen Rusia y Ucrania. Sabotajes informáticos, maniobras económicas y golpes propagandísticos son más eficaces, más baratos y menos feos ante la opinión pública internacional que los movimientos de tropas. Aunque, por supuesto, el desarrollo de armas biotecnológicas por parte de países peligrosos es una puerta desagradablemente abierta de par en par.

La abolición de la economía financiera especulativa

Los gobiernos tendrán que poner coto a la economía financiera especulativa, limitarla o penalizarla severamente. Cuando se echa la culpa de muchas cosas en España a los bancos, se pierde de vista que son la cara visible de un enemigo mucho más formidable. Millonarios repartidos por distintos lugares del mundo que utilizan su dinero para generar más dinero ficticio a través de la especulación.

Algo que el ciudadano común no entiende de cómo se ha podrido el sistema capitalista es que en la actualidad crea y destruye dinero de forma automática, a voluntad. Cuando una determinada empresa crece en Bolsa, ese dinero surge de la nada, no desaparece de otro sitio, es como una espuma que crece al hilo de la oferta teórica, sin que haya más jabón que el que hay. Ese dinero sólo en contadas ocasiones se materializa en forma de ventas de las acciones. Sin embargo, cuando su valor baja, según sean las circunstancias, los inversores presionan para que se convierta en dinero real, para trasferirlo a otros lugares, aduciendo unas pérdidas que son respecto a un beneficio que nunca existió de forma tangible.

The Big ShortEs, a otra escala, un fenómeno similar al del típico cuñao que se sentía millonario antes de la burbuja inmobiliaria, cuando su piso de 120.000 euros podía venderse, potencialmente, por 240.000. En realidad, ese dinero no existía más que en su cabeza: lo único real en su poder era un techo en el que poder cobijarse. Podría conseguir a cambio 240.000 euros, tal vez, pero se quedaría sin casa hasta comprar otra que le costaría lo mismo. O todavía más, vía una nueva hipoteca.

Precisamente esa es una de las vías por las que los bancos también crean dinero de la nada: cuando conceden una hipoteca, apuntan en balances euros que nunca salen de los sistemas informáticos para convertirse en billetes, y que ni muchísimo menos están respaldados por las reservas de oro existentes. Existe, eso sí, un límite fijado por las autoridades bancarias centrales para llevar a cabo esas operaciones.

Los datos sobre cuál es el volumen de la economía financiera especulativa son aterradores: ahora mismo el dinero generado no existente supera en varias órdenes de magnitud al real. La causa está en la creación de productos casi incomprensibles para los propios expertos, como los futuros y los derivados financieros, que en realidad no son más que extrañas apuestas contra la nada y en muchos casos ya no son ni siquiera manejados por agentes humanos.

Para dar una idea de la magnitud de este problema, un solo dato. Según un estudio de Visualcapitalist en 2017, que he encontrado en España en un medio tan poco sospechoso de marxismo como El Economista, la cantidad de dinero que circulaba en el mundo en efectivo era de 7,6 billones de dólares; doce ceros, nada mal. Si se le sumaba el virtual de cuentas corrientes y fondos bancarios, se alcanzaban los 36,8 billones. Todas las Bolsas del mundo juntas cotizaban valores por 73 billones de dólares, dinero ficticio, ya digo, pero al menos ligado a empresas tangibles, y que se mantiene en el territorio de los doce ceros. Pero la estimación sobre el dinero que se supone que podrían valer los derivados y futuros es de 1,2 trillones de dólares: hablamos una cifra con dieciocho ceros. Y casi todo él se considera dinero «apalancado», es decir, ligado a teóricos beneficios a partir de inversiones menores.

En comparación con quienes manejan esas cantidades, los empresarios españoles cutres que sisan horas extras a sus empleados son tan dañinos como niños con globos de agua.

Que semejante ficción disparatada haya sobrevivido a la crisis de 2008 es algo que nadie creía posible ese mismo año, cuando estuvo en el corazón del desastre y algunas voces no sólo en la izquierda hablaron de la «suspensión provisional del capitalismo». Sin embargo, las entidades bancarias centrales y los gobiernos se acobardaron, posiblemente por la enorme capacidad de los intereses que hay detrás de ese tipo de especulación. Las medidas tomadas para ayudar a los bancos fueron también, no lo olvidemos, para mantener el valor de esos extraños constructos financieros, que en muchos casos tienen sus potenciales beneficios ficticios ligados a productos del estilo de los paquetes de hipotecas subprime.

Es decir, que cuando desahuciaron a esa viejecita que salió en las noticias, si tiramos del hilo del todo, más allá del banco, puede que lleguemos hasta una cuenta opaca en un paraíso fiscal, a nombre de un señor que no figura en las listas oficiales de los más ricos del mundo, porque estas sólo contabilizan el efectivo y las propiedades tangibles (incluso considerando como tales a las acciones bursátiles, que ya es decir), y no a esa enormidad de dinero inexistente en manos del UberCuñao definitivo.

Genocidas en potencia, a la vista de todos

 Si el patriota de hojalata que dice que hay que bajarle los impuestos porque si no se llevará el dinero a otro país es un personaje repugnante, imaginemos a estos otros. Tipos a los que no les importa especular contra las monedas débiles, presionar a las empresas en las que invierten para que suban de manera artificial el precio de los productos farmacéuticos durante la actual crisis (sí, esto está pasando) o causar cualquier tipo de desgracias al resto de la humanidad con tal de mantener el valor teórico de sus casa de 240.000 euros. Con el respaldo económico para hacer maniobras feas que eso supone, y con el matiz de que si ellos deciden vender su casa derriban la economía mundial de un plumazo. Esas ganancias teóricas inexistentes fueron las que se salvaron en último extremo con las medidas de austeridad de 2009, más allá de los bancos.

¿Suena increíble todo eso? Pues a mí hay algo que me lo parece aún más: es algo que ocurre a la vista de todos y no se toman medidas en su contra. Es algo que se acepta como inevitable hasta ahora en los medios de comunicación especializados, en la clase política. Para las personas verdaderamente acaudaladas, es un lugar común: es muchísimo más rentable poner sus dineros en manos de una entidad de Banca Privada que se mueve en ese tipo de tejemanejes que montar una empresa de cualquier tipo. Con el lío que supone lidiar con trabajadores, sindicatos, afrontar posibles pérdidas… En cambio, el capital financiero a gran escala tiene una rentabilidad continua, que las circunstancias parecen defender porque se ha catalogado como «too big to fall».

DogsPlayingPoker

Intentaré terminar de explicar la situación con una analogía. ¿Recuerdan esa idea que asusta tanto de que la Bolsa es como un casino? Bien, los productos financieros serían un grupo de millonarios hasta las trancas de cocaína que vieran lo que pasa en el casino a través de videocámaras. Y que se dedicaran a apostar sobre las apuestas; no sólo a ganadores, también a perdedores. Además, con la posibilidad de hacer trampas: con botones a su disposición para inclinar quien gana o quien pierde en las apuestas del casino, según su conveniencia.

Por tanto, antes que acabar con los ricos, en resumen, o incluso de subirles de manera exagerada los impuestos, lo que habría que hacer es obligarles a que en primer lugar paguen lo que les corresponde, en segundo a que no se lleven fuera el dinero que les pagamos los consumidores dentro, y en tercero a que dediquen al menos una parte sustancial de sus fondos a la economía productiva en vez de a la generación de dinero ficticio que tal vez no pueda materializarse nunca. De la manera que sea, pero generando puestos de trabajo. ¿Que quizá salga mal, quizá pierdan? Bueno, ¿no les gusta tanto el libre mercado y el darwinismo social? Pues algunas de sus empresas sobrevivirán y serán rentables, y les harán aún más ricos, y otras no. Pero entretanto habrán tenido a cientos de personas cobrando un sueldo y contribuyendo al fondo de la Seguridad Social. Si somos una sociedad capitalista, acordémonos de Adam Smith o Henry Ford: gente que veía un mundo con riesgos para quienes quieren jugar fuerte, pero con masas de consumidores satisfechos y protegidos que nada más que quieren vivir su vida cómoda tras terminar su jornada en la cadena de montaje.

 Un plan Marshall costeado por los paraísos fiscales

Llevar a cabo algún tipo de medidas de esta naturaleza es, obviamente, dificilísimo, pero precisamente por lo artificial de todo el constructo bastará una decisión valiente para desmontar el castillo de naipes sin verdadero daño para el ciudadano de a pie. Poner fin a la economía especulativa sacaría a flote mucho más dinero del necesario para aguantar la crisis que viene. En 2017, el FMI estimaba que en los paraísos fiscales se esconde el 8% del PIB mundial, 6,3 billones de euros, y según muchas fuentes la estimación es muuuy corta. Con ese dinero se puede afrontar un Plan Marshall postpandemia sin mayores dificultades. A lo mejor, por tanto, quedaría pendiente una última guerra, una que por alguna razón que no puedo imaginar jamás se ha producido: la invasión de Suiza, donde se estima que está un tercio de ese dinero. Sí, soy tajante: ante una crisis mundial, ese dinero debería ser expropiado. Sin más.

¿Por qué me parece que nuestro posible historiador puede llegar a ver medidas como esta y el recorte de la economía especulativa financiera? En primer lugar, porque la broma ya ha llegado demasiado lejos. Estamos hablando de una situación no ya abusiva, sino directamente ridícula, que será recordada como una versión enloquecida de la crisis de los tulipanes holandesa del siglo XVII. Y en segundo, porque por influyentes y poderosas que sean las entidades y personas que están detrás de este tipo de dinero, que lo son mucho, aún lo son más las empresas de economía productiva. Si Apple, Amazon, Toyota, Samsung y las equivalentes en tamaño de cada país (en el nuestro, Telefónica, Repsol, Mercadona…) ven su estabilidad peligrar, por un hundimiento general de la economía que recorte brutalmente el consumo o por el peligro incluso de una revolución, seguramente pedirán la cabeza de sus parientes oscuros, aunque eso suponga que sus propios dirigentes pierdan muy buenos dineros.

PayYourTaxesEn resumen, la economía financiera especulativa es simplemente un lujo que una civilización expuesta a una naturaleza indiferente, y sin la suficiente preparación para afrontarla, no puede permitirse por más tiempo. Premia de manera desproporcionada a personas sin talentos útiles y de una dudosa catadura moral. Por lo que creo que llegaremos a ver que se liquide o entre en vías de extinción por algún mecanismo de control mucho más fuerte que la tasa Tobin.

Ah, y por cierto. Si Amancio Ortega hubiera pagado sus impuestos en España en vez de sacarlos fuera y regalar los aparatos que a él le daba la gana por caridad, quizá ahora habría más fondos para comprar lo que en estos momentos hace falta. Ni Amancio Ortega ni nadie, por mucho dinero que tenga y por muy buenas que sean sus intenciones al comprar equipos para luchar contra el cáncer, es quien para decidir por su cuenta y riesgo cuáles son las necesidades de la sociedad, y creo que la situación actual lo confirma.

 Cuando presumir sea de malas personas

Relacionado con esto, y entrando en un territorio mucho más mundano, estoy seguro de que vamos a librarnos durante una temporada larga, quizá para siempre, de las exhibiciones insensatas de riqueza o felicidad, desde influencers hasta ricachones horteras de perfil tradicional. Todo eso va a sonar muy 2010 casi desde ya. Una sociedad que va a ver morir a decenas de miles de personas más de las que habrían fallecido si la sanidad estuviera correctamente financiada, difícilmente va a encajar bien ver que hay quien presume de dinero para comprarse iPhones de oro o piercings de diamantes. También es posible que la consideración social de distintas profesiones cambie; no hay ya muchas dudas de que un médico y un bombero son más valiosos que un creativo publicitario y un catador de vinos, y que eso debe plasmarse en términos de dinero y reconocimiento. Aunque igualmente podría ser que veamos un refuerzo de algunas profesiones inesperadas, como interiorista o consultor filosófico.

 Si el teletrabajo funciona estos días, se impondrá muy rápido

El posible éxito del teletrabajo durante esta crisis va a tener importantes consecuencias. Las empresas de determinados sectores (informática, medios de comunicación, incluso teleoperadores) quizá vean el medio de ahorrarse los carísimos gastos que supone una oficina, si la productividad no sufre una merma sensible. En España es donde más tarde puede ocurrir esto, dado que vivimos en la meca mundial del jefe presencialista que adora verse rodeado de gente que le ría los chistes y a la que pueda enseñarle su coche nuevo. Pero el fenómeno no es ya un futurible sino que lo estamos viviendo, y quizá arranque del todo un proceso irreversible.

Lo mismo puede decirse de la mecanización de determinadas tareas. La consecuencia será una masa de desempleados, quizá tan descomunal que obligará a algunas de las medidas ya mencionadas, incluso para la imposición de una renta básica universal. Ya conocemos la idea de que nos tienen a todos embobados con el iPhone, los reality shows y la promoción de distintos «ismos» para fraccionar a la clase trabajadora. Pero si llega un momento en que exista la amenaza de tasas de paro brutales, si ya todos hemos percibido lo frágil que es nuestro bienestar, y vemos que la continuidad de la situación lo pone en peligro con certeza haciendo preferible incluso un cambio de incierto resultado, ¿podrá permitirse el sistema no tomar medidas de protección y arriesgarse a un vuelco que puede terminar en cualquier dirección, desde un ascenso del fascismo hasta una revolución que ponga a los países en manos del socio aparentemente más seguro en el nuevo escenario, China? El capitalismo ha demostrado ser tremendamente resiliente, en realidad es una de sus grandes cualidades, y en nuestro sistema tenemos bien fresquito un ejemplo: a diferencia del ajedrez, este es un juego en el que es posible sacrificar un rey si es necesario para que la partida continúe como hasta ahora. Así que no deben extrañarnos grandes cambios, insospechados, en ocasiones positivos, para garantizar que todo siga, dentro de un orden, más o menos como está.

 A partir de determinado tamaño, las ciudades no son prácticas

RepoblaciónRelacionado con estos dos últimos puntos, retomo un tema con el que llevo dando la tabarra a mis conocidos desde hace casi treinta años. En contra de lo que es un lugar común en todas las previsiones, creo que está claro que el futuro no está en las ciudades. Como el capitalismo, las megaciudades modernas son un lujo propio de tiempos de bonanza. La única ventaja que tienen son el acceso fácil a lujos o comodidades de valor real secundario. Son vulnerables ante una crisis e incómodas para el día a día de gente que lo que hace el noventa por ciento de los días es ir a trabajar, ir al supermercado, llevar a los niños al cole y volver a casa a ver una peli en streaming. Todos los teletrabajadores, las personas de actividades creativas, y los potenciales receptores de una renta universal básica (que pese a todo veo muy remota aún), pueden tener una vida más cómoda y mejor en localidades de menos de 100.000 habitantes o incluso en pueblos, si se desarrollan por completo las redes de telecomunicaciones. Como alguien que puso su dinero donde estaban sus palabras hace años, en mi actual domicilio sólo echo de menos los servicios médicos (de especialistas, ojo, no de atención primaria) de una gran ciudad. Es cierto, donde nada más que hay cerca un teatro, un cine y un par de locales de exposiciones; al margen de la cocina local, únicamente un par de restaurantes chinos poco recomendables, un par de italianos bastante buenos, un sitio de kebab corriente y un marroquí que produce notable inquietud. Pero en realidad, ¿cuántas veces salgo por ahí al mes, dos quizá? Pues una de ellas me desplazo cien kilómetros a alguna capital importante y problema resuelto. Por lo demás, tengo más espacio vital (os podéis imaginar lo distinta que es esta cuarentena con un jardín amplio, en el que nuestros dos perros están tan contentos a lo suyo sin tener que pasearles), menos problemas de abastecimiento hasta el momento y un peligro de contagio sensiblemente menor que si hubiera seguido en Madrid.

En el día a día, el coste de la vida de nuestra familia es incomparablemente inferior al de la capital. Si quiero un libro, espero al desplazamiento mensual; si no lo encuentro, lo compro online. Por cada detalle incómodo (nuestra conexión de internet realmente no es de la calidad deseable, el transporte público es muy limitado, las cuquitiendas de cupcakes o lo que se vaya poniendo de moda no llegan aquí), podría citaros cinco más en que mi día a día ha mejorado. Creo que lo que estamos viviendo ahora puede poner en marcha el proceso de recuperación de la España Vacía, a lo que puede contribuir incluso también el que este año, si hay vacaciones, van a ser de menos Punta Cana y más Hoces del Río Duratón. Quizá el urbanita medio le pierda el miedo a ese territorio desconocido, ignoto, abandonado: la meseta.

 Fin de la edad dorada del turismo

Relacionado con esto, como he escrito en muchas ocasiones, un madrileño tarda menos desde el recibidor de su casa a la Puerta de Brandemburgo berlinesa, avión mediante, que a la plaza del Torico de Teruel utilizando cualquier medio de transporte, incluyendo coche propio. Se acabó, damas y caballeros, es oficial: los viajes baratos y frecuentes a destinos muy alejados se han terminado, tanto por el temor que existirá durante un tiempo a viajar como por la crisis galopante que van a sufrir las aerolíneas, y se verán en el futuro como una excentricidad de aquellos locos tiempos de comienzo de siglo. También podemos despedirnos de las mandarinas sudafricanas en el hipermercado en agosto, los melones brasileños en invierno, y sobre todo (gracias, destino: esto era realmente demasiado repulsivo) las aguas minerales extraídas de un manantial situado en una isla del Pacífico. Quién sabe si también las compras en Aliexpress a precios ridículos. Nos vamos a ver convertidos en consumidores responsables a la fuerza, al menos en tanto no cambie por completo la cadena de transporte para ser sostenible. También sociológicamente porque, como ya he dicho al mencionar a los influencers, creo que se nos va a quitar la gilipollez, siquiera por una temporada.

ThereIsNoPlanetB

Nueva era en la lucha contra la emergencia climática

Una de las grandes noticias que creo que pueden aguardarnos es que la lucha para amortiguar la emergencia climática va a empezar en serio. Incluso en el caso de que no lleguen cisnes negros, ese peligro común que acecha desde siempre a la humanidad, la naturaleza indiferente, ya nos ha anunciado con certeza de un próximo golpe, de creciente dureza. Creo que mucha gente escéptica o desinteresada va a tomar conciencia de que el tema va en serio, nos va a afectar a todos, y si no podemos contenerlo, al menos debemos preverlo. Una vez más, los intereses oligárquicos y los del común de la población no coinciden, pero también aquí confío en que la amenaza de males mayores empujen a la clase dirigente en la dirección correcta.

Una de las razones por las que la conciencia sobre la emergencia climática no ha crecido es también fuente de uno de los grandes problemas que estamos viviendo estos días: la desinformación, resultante del exceso de información y de extrañas formas de maldad. Sin vulnerar la imparcialidad de la red o imponer ningún tipo de censura, se hace necesaria la creación de un vehículo informativo de acceso sencillo y fiable al ciento por ciento para la población. Es algo que debería correr a cargo no ya de los estados, sino de una autoridad mundial independiente, aunque luego tuviera las plasmaciones locales que correspondieran. Si existiendo un vehículo de ese tipo (apartidista, objetivo en la máxima medida posible etc.) alguien quiere seguir informándose de lo verdaderamente importante a través de los chismorreos de Twitter o consultando OK Diario, no hay problema, estamos en una sociedad libre. Pero se hace necesaria una versión oficial de los hechos, sin contenido valorativo, que no cambie según partidos políticos o conveniencias, desprovisto de la palabrería que adorna cada comunicación gubernamental, una suerte de BBC planetaria. Creo que asistiremos a la aparición de un vehículo preferente de ese tipo, aunque sea a través de alguno de los medios que ya existen (una página web, un canal de televisión, una red social específica…). En líneas generales, la calidad de la información que tenemos a lo largo de estos días está siendo paupérrima, y no es algo que podamos permitirnos por más tiempo ante fenómenos de un alcance como este.

El plan C ya es imprescindible

Siempre que se habla sobre la exploración espacial surge la misma pregunta patosa: ¿y eso para qué sirve? O su versión más sofisticada: ¿no sería mejor dedicar ese dinero a terminar con el hambre en el mundo? Bueno, tengo una respuesta clara: no. Para lo que sirve la exploración espacial es para un fin superior a cualquier otro que me quepa imaginar: buscar garantías para la continuidad de la especie humana. Es la última línea de defensa contra los coletazos de la naturaleza indiferente, el recurso ante la posibilidad nada irreal de una derrota. Es necesario contar no ya con un plan B, sino C, cuanto antes. Creo que la idea de extinción nos ha pasado a todos por la cabeza, siquiera sea por tanta película de zombis que hemos visto, pero a estas alturas ya no sólo a nosotros, sino toda la población. Espero que sea algo que empiece a tomarse tan en serio como corresponde y que el historiador de 2120 pueda dar cuenta al menos de la información enviada por una sonda a Alfa Centauro, de la fundación de colonias estables en el sistema solar…

 Los estúpidos, quintacolumnistas del desastre

AwakeY, finalmente, creo que es el momento de tomar conciencia de que es necesaria una lucha sin cuartel contra el gran aliado que encuentra la naturaleza indiferente en el interior de la propia humanidad: la estupidez. Personalmente no voy a olvidar, lo prometo, muchas cosas de las que están ocurriendo estos días. No hablo de gente que ha cometido errores de valoración, bienintencionados, por mucho que puedan costar vidas. Todos los hemos cometido a nuestra escala. Hablo del individuo cutre que quitó del carro de la compra de alguien una docena de huevos. Del amigo que se jacta de que ha aprovechado que estaba todo vacío para ir a ver no sé qué lugar. De los que se agolpaban en una terraza el día en que se anunció el estado de alarma, porque hacía buen tiempo. Del jefe que ha arriesgado un contagio de sus empleados más allá de lo razonable por cuatro perras. Del acaparador que quería hacer negocio con la reventa de artículos necesarios. De la política cobarde, en fuga, que ha vaticinado como gracieta la muerte de mis paisanos. De la marquesa que se rio de la sanidad pública para dar negocio a sus amiguetes. De los que aprovechan para hacer electoralismo. De quienes siguen a sus movidas mientras pasa todo esto, con su puesto de trabajo envidiable, quizá ese carguito que le cayó en suerte porque un dictador fascista designó como heredero al ladrón de su padre. De todos los que intentan sacar ventaja de la desgracia, sea cual sea el medio para ello. Ni siquiera son malvados. Son estúpidos, porque han quedado señalados cuando podrían haber estado a la altura.

A los que os conozco, no voy a olvidar. Difícilmente voy a perdonar, no lo creo. Gente como vosotros no resulta ya sólo dañina, sino que resulta obvio que se convierte en colaboradores del desastre a largo plazo. Los estúpidos van a fallarnos siempre, van a anteponer en cada momento sus prejuicios, egoísmos u ocurrencias de listillo al interés común. Se han significado mucho. Y espero que bastantes de ellos caigan en desgracia para siempre.

De todos los vaticinios optimistas que se acumulan en este texto, casi este último es del que estoy más seguro. Los peores entre los estúpidos puede que sean a medio plazo tratados como apestados, casi como los antiguos nazis después de la guerra. Se hablará de cómo grandes personajes cayeron de pedestales altos por su mezquindad o idiotez. Y estará bien, porque es un paso decisivo hacia la supervivencia de la civilización que la gentuza deje de llevar la voz cantante o de ser un modelo social. Que se recupere el valor de la educación y la cultura, que los personajes a admirar vuelvan a ser los mejores entre nosotros.

De verdad, ya termino, palabra

Y esto es todo, y ya ha sido demasiado. Hay muchas otras ideas que me vienen a la cabeza pero que no creo tan interesante desarrollar o no estoy tan seguro de ellas. Quizá hemos visto el fin de los espectáculos deportivos de masas. Es posible que la gente en España reforme sus casas con criterios más similares a los del norte de Europa, por si tiene que pasar más tiempo en ellas, y la afición por los juegos de mesa repunte aún más tras unos días de sacarle mucho partido en muchas casas. Aunque quizá ocurra lo contrario y todo el mundo decida pasar el mayor tiempo posible sin un techo sobre sus cabezas. Puede que esto sea la puntilla para el sector editorial; desde luego, va a serlo para los periódicos impresos. No creo que se cambie de móvil con tanta frecuencia. Espero que los cuidados a los mayores se humanicen y mejoren en todos los sentidos.

La decisión de Adrian Veidt, con sus horribles resultados al provocar la muerte de millones de personas, nos resulta difícil de aprobar o condenar, puesto que tuvo consecuencias quizá positivas. Pero en nuestra actual situación no hay un causante definido (sí esa colaboración de los quintacolumnistas), y podremos aceptar a medio plazo eventuales consecuencias positivas, aunque en el corto toquen estrecheces de intensidad aún desconocida y el dolor por las vidas perdidas, que todos esperamos que no sean tantas como apuntan algunos escenarios.

Sea como fuere, espero que no permitamos que los Adrian Veidt del mundo real sigan al mando, porque ya queda demostrado que sus acciones, aunque no tan espectaculares como las de un villano de cómic, pueden llegar a resultar incluso más dañinas, sin potencial beneficio alguno.

Just Me And The World

Lecturas complementarias

5 comentarios en “Nuestro propio Adrian Veidt microscópico

  1. Extraordinario, Julián. No coincido en las previsiones (sí en gran parte de las conclusiones), pero me emociona tu optimismo. Gracias por el texto.

  2. Un gran texto, ojalá, ojalá tengas razón. Porque, aunque parece imposible, de puro optimismo, lo cierto es que, la alternativa lleva camino de convertirse en un Siglo de Cisnes Negros. Gracias.

  3. Es un extracto de un texto cuyo link les dejo al final.
    «…Politico Magazine reunió las opiniones de más de 30 de las mentes más brillantes en macrotendencias para tratar de entender hacia dónde podría encaminarnos esta crisis.
    La temática es muy amplia, pero rescato un tema común entre los pensadores: el regreso del Estado. El neoliberalismo se cimentó sobre la idea de que el Estado era un mal necesario. La crisis actual acabará por sepultar ese dogma de la era Reagan.
    Hay quienes aseguran que estamos ante el fin del romance con la sociedad de mercado y el hiperindividualismo, pues la pandemia ha evidenciado sus fallas y la lastimosa falta de inversión gubernamental en salud y otros servicios públicos.
    Se requerirá mucho gobierno para salir de la crisis y afrontar lo que vendrá después. Para algunos, incluso será necesario que el Gobierno se involucre en la investigación, desarrollo y producción de medicinas, pues dejar todo a las farmacéuticas ha resultado costoso e ineficiente.
    Para tranquilidad de los neoliberales, un enemigo común como el coronavirus deja fuera de tono el discurso polarizador de los populistas y su ataque frontal al conocimiento científico. El Covid-19 está probando que sin la ciencia no hay futuro para la humanidad.
    La gente quiere oír a los médicos y a los científicos, no a los políticos. Hoy la conversación social está centrada en los contagios y en el crecimiento exponencial de la enfermedad. Al margen de lo que se diga en el ámbito político, la ciencia cuenta.
    Al final, si bien la crisis ha evidenciado la falta de Estado, también ha revelado los riesgos de ignorar a la ciencia y al conocimiento. El reto a futuro, según transluce en las opiniones recabadas por Politico Magazine, será trabajar en ambos frentes simultáneamente.»

    https://www.milenio.com/opinion/leopoldo-gomez/tercer-grado/el-retorno-del-estado-despues-del-covid-19

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