Guerra de regalos, un Orson Scott Card navideño

Guerra de regalosComo lo que queremos es reír y ser felices –¿por qué no íbamos a quererlo?– este año hay que celebrar la Navidad, si podemos, con algo más de intensidad de lo normal. Podemos animarnos –conscientes, sin embargo, de que quizá no todos puedan– con alguna lectura estimulante, celebratoria, que, sin solucionar nada, nos alivie un poco del peso acumulado de estos meses. Y si optamos por esa lectura de alegría, que nos cunda, al menos, con la prevención y humildad que declama José Ángel Valente en A modo de esperanza: “aunque sea ceniza, lo proclamo: ceniza. // Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora, / cuanto se me ha tendido a modo de esperanza”. Así y sólo así, yo diría, con estas precavidas consignas en mente, conscientes de su carácter ceniciento, podemos leer, esta Navidad, la Guerra de regalos de Orson Scott Card.

Si prescindimos del invasivo tufillo religioso de su autor –y sé que es mucho prescindir– encontraremos un relato navideño de familias quebradas, de traumas reprimidos. De dolorosos desasimientos que no te esperas en una novela corta protagonizada por niños en Navidad. Pero es que Scott Card ha entretejido espléndidamente bien las dos ramas de su cuento de Navidad: tenemos, por un lado, la historia enmarcada en el universo enderiano, con la Escuela de Batalla y la perenne hostilidad de los insectores como trasfondo, que entronca, por su ferocidad, con la estética y la ética estrictamente contranavideñas; y, por otro lado, tenemos la convivencia de unos niños sin infancia y todas las angustias que ello conlleva.

Así que no es la entrañable fiesta navideña descrita por Connie Willis en All Seated on the Ground, no: Guerra de regalos es un momento de celebración en el que se aprovecha esa misma laxitud para hacer aflorar sufrimientos silenciados y cuestionar costumbres heredadas. Vemos que el hermano de Ender recibe un trato muy hostil por parte de su familia (o sea que el héroe no viene de un entorno feliz), y luego está Zeck Morgan, el protagonista (criado por un violento pastor de iglesia que predica con lo que suelen predicar los fanáticos religiosos), que acaba siendo reclutado pese a su aureolado pacifismo.

Como Andrew Garfield en Hasta el último hombre (película en la que el tufillo ya se convierte en hedor), donde se negaba a disparar su fusil en plena Segunda Guerra Mundial por sus convicciones religiosas, imponiendo su credo al pelotón, y poniéndolo, por tanto, en peligro, de la misma manera, digo, Zeck Morgan se niega a formar parte activa de la Escuela de Batalla porque su religión se lo impide. Y aquí es donde está la gracia de este libro: en las consecuencias que tiene la imposición de la religiosidad en un ámbito social. Porque, aunque enmarcada en la vida castrense, donde pone el acento Card en esta novela, al contrario de lo que hizo en la aburrida El juego de Ender, no es en la formación militar ni en el destino mesiánico del protagonista, sino en su interacción con la chavalería que también sobrevive como puede a su entrenamiento militar para adultos. Donde pone el acento Card es en cómo la imposición de un pensamiento propio es una actitud poco menos que totalitaria, y en eviscerar lo que esconde la represión del sufrimiento.

Orson Scott CardProhíben las religiones en la estación militar para que no destaque, ni se imponga, ninguna. Pero descubren a dos críos celebrando los ritos de la Navidad holandesa, con Sinterklaas de protagonista (según la cual Santa Claus vive, por cierto, en España), y eso da pie a un debate interesante sobre varias cosas. En la novela, la fiesta de la Navidad se ve como una manifestación no religiosa, sino nacional, y con este pequeño truco interpretativo y semántico consiguen hacer pasar la fiesta como algo bonito, como algo necesario, para alegrar a gente que se siente sola y desubicada. Con lo cual, y al contrario que la religión, no se prohíbe porque cada cual lo puede celebrar a su manera sin la manía del proselitismo religioso.

Pero Zeck, que es cristiano, quiere ser más ‘puro’ que nadie y acaba siendo el más repelente y el que se opone, por fanatismo familiar, al humilde aporte de alegría que es despertarse con un regalo inesperado la mañana del 25 de diciembre. Porque es pagana. Y Zeck, que es un chivato, despliega entonces comportamientos incómodos de admitir: el necio orgullo de pertenecer a un credo determinado, pero también lo que de verdad esconde ese orgullo: el autoengaño. Porque vemos que detrás de los grises muros, por así decir, de su pensamiento cuadriculado, hay miedo y sufrimiento. Y es mediante la palabra que se va oxigenando el personaje. Sus conversaciones con Ender (no podía ser de otra manera), son catárticas, y donde antes era una personalidad intransigente y sorda, acaba siendo alguien abierto y tolerante.

Zeck y su difícil situación familiar encaminan el texto a una lectura estrictamente contranavideña, como decía antes, pero el ambiente en la academia y el hecho de que se dé cuenta de su empecinamiento y de ver que unos pocos regalos son el gesto de impotencia del que está y se sabe indefenso, son la clave de este cuento de Navidad, su aporte alegre y constructivo. El argumentario de este tipo de historias es simple: alguien amargado recupera la alegría de vivir gracias a una estimulante aportación ajena. A eso se le llama ‘el espíritu navideño’, y, generalmente, aprendemos que lo llevamos dentro. Todo muy lacrimógeno. Pero en este relato se evidencia el lastre de una infancia triturada, y la Navidad aquí ya no es una lección moral, sino el magro consuelo del que está herido.

Guerra de regalos (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción nº218, 2009)
A War of Gifts: An Ender Story (2007)
Traducción: Rafael Marín
Rústica. 158pp. 12 €
Ficha en la web de La tercera fundación

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