Los hermanos Strugatski tienen una obra mucho más extensa que las dos novelas que suelen recordarse, historia de la ciencia ficción por más que ser origen de películas memorables. Después que Gigamesh publicara tres de ellas, ahora es Sexto Piso la que apuesta por extender el catálogo de libros traducidos. En él cuentan con Stalker/Pícnic Extraterrestre y dos novelas inéditas: en 2017 apareció Mil millones hasta el fin del mundo y este 2026 han editado El hotel del Alpinista Muerto. Y aunque para los buscadores de grandes sensaciones es posible que se queden cortos, ambos libros deparan cualidades para ser disfrutados. En el caso de El hotel del Alpinista Muerto por su acercamiento al relato criminal con multitud de ingredientes genuinos de Arkadi y Borís Strugatski, a las que incorporan una serie de marcas argumentales alrededor del ocultismo, lo místico, lo paracientífico, lo magufo. Todos ellos dotan a un misterio en una habitación cerrada de un aire pop muy de la época (finales de los sesenta) que se sostiene bien a estas alturas del siglo XXI.
El argumento se inicia con la llegada de Peter Glebski a un hotel de montaña, probablemente en Suecia. Este policía se dispone a pasar unos días de descanso en este lugar aislado y se encuentra con un grupo pintoresco, entre huéspedes y personal del hotel: Alek Snevar, el dueño, alberga en el sótano una colección de máquinas de movimiento perpetuo; Du Barnstoker es un famoso hipnotista y prestidigitador que viaja en compañía de Brun, una persona joven de sexo indefinido que crea a su alrededor un desconcierto equivalente al deseo de etiquetarlo; Simone, un físico, se pasa el día en una melancolía apenas rota durante sus partidas de billar, donde ejerce de maestro de la mecánica de choques; los Moses son un matrimonio que ocupa tres habitaciones aunque una parecen no utilizarla nunca y se caracteriza por que los cabreos y las melopeas de él se sincronizan con los devaneos de ella con los hombres que se la acercan; también está Lev, la mascota del hotel, un San Bernardo con una inteligencia que intriga a Glebski desde su primer encuentro; y, por si no fuera suficiente, alguien juguetea con ellos: cambia cosas de sitio, hace desaparecer otras, deja pisadas por donde nadie ha pasado… Es una incógnita que se realimenta cuando el hotel quede incomunicado por un alud y uno de ellos es asesinado en su habitación, cerrada a cal y canto.
Como es tradición en las nuevas ediciones de sus libros, Borís cuenta en una nota final detalles sobre la escritura. El hotel del Alpinista Muerto surgió de la voluntad de hacer una novela a la manera de Friedrich Dürrenmatt. Y algo tiene de La promesa, sobre todo ese variopinto grupo de personajes alrededor de los cuales gira el misterio y un escenario caótico en el que el crimen ahonda el sinsentido de unas evidencias que no consiguen responder a la pregunta ¿quién lo hizo? Sin embargo, frente a una ausencia de cierre como la que Lem abordó en La fiebre del heno, aquí se llega al responsable por caminos extraños, incluso absurdos. Pero con ingenio.
Aparte de esa presencia que juguetea con los huéspedes y ese interés del dueño por subvertir los dos primeros principios de la termodinámica, ya en las primeras conversaciones se deja entrever la fiebre OVNI/nos visitan, en plena efervescencia durante aquellos años. Posteriormente, estas cuestiones al margen de la ciencia se hacen todavía más presentes a medida que los dos enigmas que vehiculan el argumento continúan tiñéndose de circunstancias refractarias a una explicación racional con todo tipo de ideas que suelen quedarse fuera de las historias policiacas mainstream. Dobles, autómatas, espíritus, animales inteligentes, zombies caribeños, se entremezclan con los criminales y las causas habituales de estos complots.
La atmósfera dentro del hotel ayuda a entender esta deriva. Aunque no deja de ceñirse al manual para descubrir al culpable, Glebski choca con su inexperiencia y las pequeñas piedrecitas que arroja sobre él la convivencia, enrarecida por las desavenencias/líos entre los huéspedes y un contenido alcohólico en sangre que en varios momentos hará de las suyas. Unas gotas de fiebre de la cabaña terminan de dar un empujón hacia ciertas asunciones y equívocos, en otras condiciones ridículos pero aquí asumibles como alternativas a un curso lógico que quedó sepultado con el alud.
Esta diatriba entre lo racional y lo irracional es manejada por los Strugatski con una medida ambigüedad. El hotel del Alpinista Muerto grita paranoia de los 60 sin llegar a descarrilar cuando entra en una enajenación proporcional a la que se apodera de los personajes. En la mencionada nota final Borís es un poco cenizo y revela su insatisfacción por la dificultad para fijar el rumbo del argumento y las modificaciones que el sistema de publicación soviético introdujo en la edición, que aquí se han revertido para adecuarse a las intenciones originales. Pero no puedo estar más en desacuerdo con él. Lo certero y frenético de la escritura, las locuras que dan sabor a la trama, los pequeños zarpazos al decadente modo de vida occidental que terminan golpeando a su propio país, la falta de creatividad del funcionario del sistema para desempeñar su labor, su propia soledad, desembocan en una intriga aguda que se devora en dos o tres sentadas.
Inevitablemente, El hotel del Alpinista Muerto queda unos escalones por detrás de Stalker y Qué difícil es ser dios. Sin embargo, está a la altura de otros libros como El lunes empieza en sábado o Mil millones de años hasta el fin del mundo. Es una oportunidad para conocer una novela trepidante fraguada en unos absurdo y equívocos perfectamente tramados que dibujan un mundo que hace treinta años parecía superado pero que, en este presente delirante, parece regresar como lo hacen los pantalones anchos y las gabardinas tres cuartos.
El hotel del Alpinista Muerto (Отель «У Погибшего Альпиниста», 1970), de Arcadi y Borís Strugatski
Ed.Sexto Piso, 2026. Traducción de Manuel Ángel Chica Benayas
Rústica con sobrecubiertas. 240 pp. 22,90€
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Nota final: Hermida Editores también ha editado recientemente a los hermanos Strugatski con El caracol en la pendiente, en una traducción de Alejandro Ariel González.