Mi distancia respecto a la fantasía en los últimos años me han mantenido apartado de los escritores españoles que la han cultivado. Del único que he leído lo suficiente para poder escribir (un poco) sería el autor de La danza del Gohut: Ferrán Varela. Alejado del requetecinismo del machirulo crepuscular y el tochal de albañilería de mundos, se ha caracterizado por un corte humanista y un cierto clasicismo, con una apuesta por no ahondar en facetas sobrenaturales y focalizarse en desnudar la identidad de sus protagonistas, generalmente parias, bien perseguidos por las estructuras de poder, bien supervivientes en sus entrañas mientras las retuercen. Aspectos todos ellos compartidos por los cuatro relatos de este Historias de Hann.
Ayuda la falta de continuidad argumental y, a priori, sin conexiones con La danza del Gohut y El Arcano y el Jilguero, más allá de ese acontecer en el mismo mundo secundario. La peripecia argumental está contenida en una extensión ajustada a lo que cuentan mientras mantienen un equilibrio entre escenarios exterior e interior. Todas están relatadas en primera persona, lo que facilita la entrada en unos dramas personales centrados en el encaje en un bastidor social opresivo, castrador. La voz del narrador apenas se ajusta al bagaje de cada personaje, lo que da una continuidad a los testimonios, una cuestión problemática a la hora de diferenciarse entre sí y ganar verosimilitud pero que facilita la transición entre relatos.
Esta cuestión es evidente desde “El guardián de secretos”, la primera de las Historias de Hann. Un Guardián de secretos sería el equivalente a un confesor; una persona que recorre los caminos, sin acceso a la escritura ni la lectura, deslenguada y condenada a una existencia mendicante para facilitar una cierta paz mental de sus interlocutores. La que da relatar los pecados sabiendo que el Guardián no podrá contarlos. Desde las primeras palabras, el narrador adopta un registro hiperculto, impropio de una persona con las cualidades ideadas por Varela. Esencialmente, el mismo del resto de historias, algo que podría funcionar si estuviéramos ante algún tipo de cuento oral por parte de uno de los juglares que existen en ese mundo. Sin embargo, tal y como se expone, tienta la suspensión de la incredulidad. En mi caso se sostiene por lo convincente de las otras características del pícaro que lucha por sobrevivir en un entorno hostil. Hasta el extremo de que es capaz de revolverse contra los abusos que padece y el constructo social en el cual se mueve.
Esta maraña de intereses son las dinámicas de poder habituales de la fantasía medieval: las obligaciones de los nobles hacia la jerarquía que rige sus vidas; la de las mujeres hacia sus maridos y su inexcusable deber procreador; la del pueblo llano a sus obligaciones hacia la jerarquía por encima suyo. Un entramado rígido con ligeros márgenes de maniobra que explotará este bravucón.
“Polvo de hadas”, el tercer cuento del libro, parte de un molde similar. Una poética del lumpen alejada de gestas y grandes escenarios con dos sacerdotes de sendos cultos que recorren el mundo supuestamente viviendo de la compra-venta de estatuas votivas. Digo supuestamente porque su sustento viene de lo que camuflan en las entrañas de las pequeñas efigies: una potente droga a la cuál la narradora estuvo enganchada. Recuperada de su adicción, confronta con ese pasado al surgir un dilema que deja al descubierto sus pecados y se impone una penitencia acorde a su arrepentimiento. De nuevo la peripecia es mínima y lo más relevante viene del paisaje emocional que pinta su narradora y la ordalía a la cuál se somete.
El cuento situado entre ambos, “Las llamas serán tu corona”, abunda en estas historias de perdedores, aunque ahora el narrador pertenece a la clase dirigente. Su fracaso surge de cómo ha gestionado su territorio bajo la presión de un poder superior. Antes de condenar a su pueblo a una guerra perdida, cedió y ahora padece el descontento de unos súbditos, sordos al cadalso que han librado y dispuestos a llevárselo por delante.
“El arte del cuenta cuentos”, el cuarto y último relato, rompe un poco este marco. Por el narrador, un contador de historias enfrentado a la muerte, a sus limitaciones para desempeñar su arte y al precio de pasar tu nombre inscrito en la eternidad; y cómo coloca el acto de contar historias en el centro del argumento. Varela se sale de los raíles de los tres narradores anteriores sobre todo a través de una intensa y extensa capa metaliteraria que invita a pensar sobre la relevancia de la literatura oral, su magia y su condición de elemento vertebrador del mundo. Un gran final para un libro que, además, cuenta con una cuidada edición de bolsillo de El Transbordador. En particular cuatro ilustraciones de Manuel Gutiérrez que, en parte, componen la imagen de la cubierta delantera y abren cada historia. Plantan una semilla estética que Varela hace crecer a través de unos cuentos que muestran como aún es posible conmover al lector en los terrenos de la fantasía épica más allá de la desvergüenza, la pose y las descripciones de lugares, sociedades y sistemas de magia.
Historias de Hann (Ediciones El Transbordador, 2019)
Bolsillo. 156pp. 15€
Ficha en la Tercera Fundación