Fracasando por placer (I): Nueva Dimensión nº 98, 1978

The Marching morons

Durante años, tuve la intención de contribuir a elevar el debate en el fandom español a través de mis reseñas, de conseguir llamar la atención de contenidos interesantes que pudieran pasar inadvertidos. El número de lectores no ha crecido (sí el de participantes en ese debate, hasta generar un nivel de ruido abrumador), el nivel tampoco ha mejorado, y en líneas generales se puede considerar que mis intenciones no tuvieron éxito alguno. Quizá por eso dejé de escribir ese tipo de material sin proponérmelo, por pura pereza. Sin embargo ahora se me ocurre que quizá todo se resuelve tan sólo si abandono toda esperanza relevante, si asumo el fracaso. Así que la idea que arranco aquí es la de hacer reseñas de contenidos que leo por gusto (discutible), por mucho que esos materiales no le importen a nadie. Y aprovechar el tirón para contar cosas que quizá sí interesen a alguien, pero que desde luego no aportarán nada significativo.

Nueva Dimensión nº98

Bien, mi elección totalmente aleatoria y carente de justificación es en esta ocasión la de uno de los números de la etapa de transición en la que Nueva Dimensión, la más longeva revista de ciencia ficción nunca publicada en España, estaba a punto de irse al garete. La distribuidora les había hecho un agujero importante. Domingo Santos seguía trabajando en una sucursal bancaria (se explica en el propio correo de la revista), mientras los otros dos integrantes del triunvirato fundador, Luis Vigil (que se escribe un editorialito contra la pena de muerte) y Sebastián Martínez, estaban totalmente en otras cosas. Parece ser que Carlo Frabetti y Augusto Uribe llevaban una notable porción del trabajo, y poco después Santos se quedaría como responsable a tiempo completo, aunque no borrara de la mancheta de crédito a sus viejos socios Vigil y Martínez.

Es, por tanto, un número un poco de retalillos. Fue recordado luego, sobre todo, por la inclusión de un texto que el doctor José Botella Llusía había publicado unos meses antes en El País. Botella, ex rector de la Complutense, fundador de la Sociedad Española de Fertilidad y tío de Ana Coffee With Milk in Plaza Mayor, tuvo la peregrina idea de mojarse con la cuestión de la disgenesia bajo el título «¿Vamos hacia una subespecie humana?». Con frases de tan rico sabor a turrón como «temo que una de las consecuencias negativas de la, por otra parte, necesaria limitación de los nacimientos, sea una proliferación de los subnormales». Lo cual viniendo de un señor que estudió en los años treinta en Alemania digamos que ya tal.

El de la degeneración de la raza humana por los avances médicos que salvan a individuos menos aptos, por pura acomodación o por la diferencia en la fertilidad de las distintas capas sociales, es un tema que la cf ha tratado relativamente poco, supongo que por la misma razón que ha dado de lado otros similares: tiene más espinas que una chumbera. Pero en sus escasas apariciones ha dado lugar a algunas de las más memorables trifulcas de su historia del género. Domingo Santos, con buen olfato, siguió tirando del hilo publicando (de forma bastante significativa) en el primer número de la revista a su cargo, el 110, el clásico de Cyril M. Kornbluth «La marcha de los imbéciles», en el que un señor va al futuro más bien por la patilla y se encuentra una sociedad de descerebrados. Kornbluth sitúa la acción en un futuro indeterminado, incapaz de adivinar el desembarco del trap apenas sesenta años después. Luego le copiaron la idea en una película que no estaba mal pero pasó inadvertida, Idiocracia (Mike Judge, 2006), tras un estreno de bajo perfil que ha dado lugar a una modesta conspiranoia.

President Camacho

Isaac Asimov y Larry Niven se enzarzaron en una virulenta discusión tres décadas tras la publicación del relato, que fue recogida por Miquel Barceló en uno de los primeros números de su fanzine Kandama. En resumen, todo gira en torno a la idea de si hay que dar permisos de paternidad a la ciudadanía o no, sea por criterios económicos, genéticos o lo que creamos conveniente. Algunos viajes en transporte público pueden llegar a hacerme simpatizar con la idea, pero en general podríamos decir que soy de los que piensa que está feo. Además, la posición de los que quisieran limitar la natalidad de los pobres o enfermos resulta un tanto contradictoria: Botella Llusiá era un antiabortista convencido, por ejemplo. Y Niven presume mucho de liberal, pero no le importa limitar el derecho a reproducirse de los que no le gusten conforme a criterios que no me parecen del todo fiables, especialmente si quien los deciden son él y sus amiguitos. No sé, esta gente de derechas siempre parece tener raseros distintos para cada ocasión.

Sea como fuere, la historia coleó bastante en el Correo de los Lectores de números sucesivos, aquella especie de Twitter steampunk en el que los mensajes se veían respondidos seis meses después.

En cuanto a los relatos en sí, como digo esta era una etapa un poco de transición de ND y los dos platos fuertes del número la verdad es que apestan bastante. Son de dos autores muy afamados en su momento, allá por los treinta-cuarenta, pero que en poco tiempo parecieron totalmente trasnochados. Hoy no hay por dónde cogerlos, la verdad. Eso sí: quien tenga curiosidad encontrará aquí ejemplos modélicos de la producción de cada uno.

Van Vogt«Investigación Alfa», de A.E. Van Vogt y James H. Schmitz, quedó finalista del premio Nebula de novela corta de 1966, ganado ex aequo por dos obras importantes como «El que da forma», de Roger Zelazny, y «El árbol de saliva», de Brian W. Aldiss. Es una pena que Schmitz, que es un escritor muy agradable, no se llevara nunca ningún premio significativo, pero este rollazo es puro Van Vogt en su peor veta: el potencial oculto en el ser humano que puede llegar a desencadenarse, la ciencia nos llevará a una nueva humanidad y bla, bla. La bazofia que llevó a Van Vogt a hacer chaladuras como ponerse un despertador cada quince minutos para no caer nunca en el sueño REM y perder así no sé qué potencialidades. El villano es de manual de pulp churripitoso y quizá sólo se salve el detalle de que el protagonismo recaiga sobre un personaje femenino fuerte, de manera no tan frecuente en la época.

Leyendo esto parece difícil entender cómo en los años cuarenta Van Vogt formaba el dúo de grandes recién llegados al género con Robert A. Heinlein, muy por delante de autores de evolución más lenta como Isaac Asimov, Theodore Sturgeon o Arthur C. Clarke, pero lo cierto es que aquel Van Vogt aventurero y de ritmo envidiable, gran influencia de Philip K. Dick, no tiene mucho que ver con el que empezó a perder el oremus en los cincuenta tras unirse a la cienciología. Todo lo que le he leído después de esa época es entre flojo y muy malo: simplemente, perdió el toque, la variedad temática, y la cordura quizá.

Edmond Hamilton es un caso distinto, porque en realidad nunca fue mucho mejor de lo que podemos ver en este «Los reinos de las estrellas», que en 1964 cuando fue originalmente publicado era ya una antigualla de consideración. Pues nada, lo de siempre: un señor sueña que es un héroe galáctico y oh, sorpresa, resulta que es un héroe galáctico, que le tenían aquí apartado y con la memoria confusa unos malosos. A diferencia de su colega de space opera primigenio Jack Williamson, Hamilton nunca terminó de escribir bien ni fue capaz de evolucionar a materiales más sofisticados de forma satisfactoria, y la verdad es que en esta ocasión es justo que la historia termine por considerarle como el marido de Leigh Brackett, que era más joven, escribía mejor, y contribuyó decisivamente a la fortuna de bastante gente con el poso que dejó en El Imperio contraataca. Se me escapan las razones por las que Nueva Dimensión repescó este truño predecible y soporífero, salvo la necesidad de contentar de vez en cuando a todo su abanico de lectores.

«Divina locura», de Roger Zelazny, y «Pícaro», de Fredric Brown, son dos breves bromas muy reeditadas sobre las que decir mucho más sería incurrir en destripe, y que también resultarán muy reconocibles a quienes disfruten de las cualidades de sus autores. A la postre, lo más recomendable del número llega de las firmas menos esperadas.

Zikkurath«Con extrema reserva» es uno de los varios buenos cuentos que firmó por la época Jaime Rosal (a veces Del Castillo), que por entonces era casi el único nombre que compartía páginas en Nueva Dimensión (el establishment) y Zikkurath (la revolusssión). Se le consideraba por entonces un valor firme, y Santos le incluyó en su antología de lo mejor de la cf española. Sigue activo en los márgenes menos transitados de la cultura (publicó recientemente una antología sobre decadentistas con Jacobo Siruela), pero no se deja ver mucho por estos lares posiblemente debido a su presencia colateral en los follones que rodearon en los noventa a la revista Blade Runner, que habrá que retomar algún otro día pero aliviando al lector de la parte en la que alguna gente chunga vertió insultos sobre el físico de otros/as.

Sea como fuere, este es un cuento de contenido político, muy de la época, en el que se reproducen las sensaciones que debían inundar a los progresistas desencantados viendo la evolución de unos cuantos nuevos regímenes en los países recién descolonizados. Aunque se le ve mucho el plumero, se disfruta por la solvencia y sinceridad con que está escrito.

También es muy del momento «Las vírgenes de Borajuna», del francés Michel Jeury, publicado originalmente en 1974. La verdad es que en cada ND de la época había casi siempre algún contenido de matiz guarrete (el más célebre llegaría un par de números después, el relato «En la granja» de Piers Anthony, sobre señoras explotadas para dar leche, ilustrado con unas ubres descomunales). Estos materiales servían tanto para nutrir la sección de correo con las cosas de los ofendiditos de la época como por convicción de los editores (Vigil y Martínez andaban en el negocio de las publicaciones de destape). Más allá de su contenido no tan provocador para nuestro paladar actual, esta historia de amor y desamor no convencional en un mundo de fantasía subdesarrollado tecnológicamente resulta de gran poder evocador y es de las que dejan poso por la eficaz combinación entre la carnalidad de las descripciones y la intención poética. Me deja ganas de ponerme con alguna de las novelas traducidas al castellano del autor.

El número contiene también un portafolio de Philippe Druillet, una sección de noticias y críticas especialmente deslavazada por los problemas ya mencionados y un correo de los lectores que inspira especial ternura, con la Sociedad Española de Ciencia Ficción anunciando que abandonaban su local social (¡tenían un local propio!) y un par de animosos mandando bibliografías en castellano de varios autores, a solicitud de otro lector. Por 200 pesetas no creo que se pudiera pedir más.

Philippe Druillet

3 comentarios en “Fracasando por placer (I): Nueva Dimensión nº 98, 1978

  1. Brutal. ¡Te echábamos de menos, Julián! No he parado de reírme. Aunque a mí Edmond Hamilton sí me gusta, dentro de su estilo sencillo y anticuado.

  2. Praying to the Trap God
    To the Trap God
    I’m on my knees praying to the Trap God
    Life’s Hard
    Life’s so hard
    Put your faith in god and you can be a Trap God
    Trap God i’m a Trap God
    The FEDS they try to label me as a drug czar
    You a Trap God
    You a Trap God
    Put your faith in god and you can be a Trap God
    (Da J, in da D, Grande, grande, grreat, grrrreat, grande, viejo zorro, viejo zorro, joyas joyas, sabio gran zorro
    fuck fandom!
    biatch!!)

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