La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo “te quiero pero no puedo estar contigo”. En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

Así, La estación del crepúsculo parte con muchos boletos para convertirse en un La Tierra permanece post-hippie, en la línea de ciencia ficción pastoral de la que Julián Díez hablaba en su reseña para La tormenta en un vaso. Wilhelm enfrenta la ciencia y tecnología con la condición humana y la relevancia del arte, y establece su discurso desde una reacción prima hermana de la obra de Ray Bradbury, Zenna Henderson o Clifford D. Simak. Sin embargo, en su ligero maniqueísmo germinan aspectos que me han facilitado tolerar esta inclinación.

Kate WilhelmWilhelm sostiene el dinamismo de su relato sobre dos pilares. Una narrativa depurada al máximo, con un puñado de personajes protagonizando los grandes acontecimientos y las tensiones de la trama, sin espacio para nada más. Cuesta encontrar en sus 200 páginas medio párrafo donde a alguien que conozcamos (o no) le esté ocurriendo algo irrelevante. Además demuestra un dominio absoluto en el manejo de la elipsis. La estación del crepúsculo abarca décadas y, aunque se encuentra dividida en tres partes y un epílogo, en sus diferentes actos se llegan a observar hiatos de hasta varios años entre capítulos. Sin calendario marco ni transiciones, el efecto puede dar pie a un cierto vértigo. Este frenesí, deliberado y controlado, hace bascular al lector entre los procesos de cambio y la estabilidad imprescindible para afianzar los restos de la civilización y recuperar el impulso perdido durante la decadencia.

Al desplegar su argumento destaca cómo, en las postrimerías del primer acto, la apriori historia apocalíptica se transforma en una distopía pata negra, con los protagonistas atrapados por el entramado social que han contribuido a levantar para salvaguardar la humanidad. La base del enfrentamiento entre individuo y sistema radica en las dificultades para empatizar de unos clones centrados en ellos mismos. Con vistas a establecer el conflicto Wilhelm utiliza para cada sección personajes de distintos orígenes: un ser humano, un clon y un híbrido. Como origen de las disonancias, en los tres casos fija su atención sobre su encaje colectivo, el vehículo conductor hacia el enfrentamiento y su conversión en parias.

Este diálogo que deviene en rebelión es el principal mecanismo para mostrar el comportamiento de los clones, condicionados por el tipo de crianza y educación recibida. Wilhelm se inspira en los gemelos sin contacto con otros niños de su edad y, como sugiere Carlo Frabetti en el prólogo a la edición de Bruguera, en los clones de uno de los relatos más conocidos de Ursula K. Le Guin, “Nueve vidas“. El alejamiento de sus progenitores, su miedo a cualquier factor ajeno, su naturaleza entre insensible e incapaz de apreciar cualidades más interiores y subjetivas, también los emparenta con aquellos “cucos” aterrizados en Midwich 20 años antes.

Donde solían cantar los dulces pájarosEsta desconexión se escora al límite de apoyarse en la casi imposibilidad de apreciar cualquier forma de arte, salvo en casos que toman por un desequilibrio mental. A su vez su construcción social queda orientada hacia la confianza ciega en la ciencia y una jerarquía que deriva en un proceso eugenésico heredado de Un mundo feliz. Este “extremismo” es coherente dentro del marco bosquejado y da lugar a situaciones espeluznantes, caso del rol de unas mujeres en ese futuro tan necesitado de niños y absolutamente supeditadas a la guía de sus hombres.

Mientras, la sutilidad de Wilhelm se observa en múltiples detalles: la transición de los paisajes y el clima con el paso de las décadas sin hacer mención a una causa; la visita recurrente de los diversos personajes a los mismos lugares; la extrañeza de ver cómo los cuerpos de los protagonistas son los mismos toda la novela; la melancolía inherente al rumbo de los acontecimientos y su tensión con las esperanzas de supervivencia… Además, como decía al principio, se respira la esencia de La Tierra permanece, levantada a partir de otra materia prima. Una más propia de la ciencia ficción de los años 70 y, aun así, reaccionaria sin rubor y de profundos sentimientos humanistas. Sustentada en imágenes y una narrativa conmovedoras mucho más allá de ese la mejor novela de clones propuesta por la editorial. Sin duda un texto polisémico y hermoso que, en mi humilde opinión, se convierte por derecho propio en uno de los premios Hugo más injustamente desconocidos en la actualidad. Y también de los más incomprendidos, vista la cantidad de lectores que cuestionan la pertinencia del galardón.

La estación del crepúsculo (Bibliópolis, col. Bibliópolis fantástica nº62, 2009)
Where Late the Sweet Birds Sang (1976)
Trad. Manuel de los Reyes
208 pp. Tapa Blanda. 18,95€
Ficha en La Tercera Fundación

6 pensamientos en “La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

  1. La cubierta es fea, estoy de acuerdo, pero seguro que te parecerá interesante saber que, en mi opinión gracias a ella, este libro fue el más vendido entre la última decena de números de Bibliópolis Fantástica (Sapkowskis excluidos, claro), y además con cierta diferencia. Da que pensar, ¿eh?

  2. Da que pensar que el sentido estético de la clientela está atrofiado, tal vez.

    Da que pensar que las hay peores, cierto.

    Da que pensar que tal vez no tenga tanto que ver y que los motivos de las ventas o no ventas son otros, podría ser.

    Da que pensar que según estos criterios todos los libros deberían publicarse mimetizando las cubiertas de los libros que ya son superventas, por muy deleznables que sean sus valores estéticos.

    Sobre los Hugo mejor ni hablar, que diría Wittgenstein.

  3. Vale hasta cierto punto que “de gustibus non est disputandum”, pero no podría estar más de acuerdo con lo de [que la novela X] “no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación”.

    Esta sensación (culpa mía por tener un gusto tan trabajado y refinado) la tengo desde hace mucho, pero se ha visto muy agravada en el nuevo siglo. Miro las listas de títulos populares de ciencia ficción (y no sólo las de libros traducidos) y no me interesa casi ninguno. Cierto es que nunca he sido un aficionado al género fanático; parte de su atractivo es que te permite alejarte prudentemente de la gran mayoría de lo que ofrece el lodazal “literario”. Pero últimamente uno tiene la sensación de que más que ciencia ficción o fantasía lo que se escrcibe en realidad es “fantasía de género”, en el sentido literal de la palabra en su tercera acepción en el DRAE: las cuestiones de género, las cuitas y disputas del sexo de las personas. Son esas “genre wars”, el politequeo camuflado de narrativa en su mayor parte con poca gracia, las que arrasan en los premios populares tipo Hugo (el caso de los Hugo en sus últimas ediciones es un claro ejemplo del encerrilamiento al que se ha visto abocado el género (en su sexta acepción), reflejo más que interesante en sí mismo de una realidad por un lado francamente triste y reaccionaria y por el otro más que bienvenida y necesaria. Pero huelga decir que los vaivenes sociales que van más allá de los textos y de las virtudes de los mismos siempre han tenido más peso en la báscula estúpida de la competitividad… (Y aquí me planto porque esto da más para tertulia de tasca que para comentario de blog).

    Eso sí, alguien debería dedicarle un ratín a repasar todos los Hugo (o por lo menos los de este siglo) y recomendar dos o tres novelas publicadas ese mismo año (no necesariamente con presencia en los “ballots”). No voy a entrar en los cuentos porque en la mayoría de los casos habrá miles mejores que los galardonados.

    Lo de “ladrillos informativos” me lo apunto. Gran traducción.

  4. La sensación de que la mayoría de ganadores de los 90 o la década pasada son muy menores, en su mayoría una reacción de la guardia pretoriana de la ciencia ficción contra ese exterior lleno de amenazas, cuando no votos muy parciales de grupos movilizados en pro de su campeón, es demasiado fuerte como para pensar que los premios a Joe Haldeman, Vernor Vinge, Robert J. Sawyer, John Scalzi o Lois McMaster Bujold no van en la línea que apuntas. Es una pena no poder viajar a dentro de 20 o 30 años para ver qué queda de las novelas que han ganado los últimos años.

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