Poco a poco van cayendo los libros de La Magnífica editados en formato bolsillo. Con su calidad del papel, el tamaño de la fuente, las dimensiones de la caja de maquetación, los detalles gráficos, no solo se disfruta del texto. Exhiben un cuidado que dota al contenido de un valor extra por entre 12 y 15 euros. Una lástima que la complicada distribución y unas librerías centradas por supervivencia en los volúmenes que más margen dejan, tengan la iniciativa en la cuerda floja. Pero por historias como Forjador de universos se sale recompensado con una lectura de difícil publicación de otra manera; por su extensión entre la novela corta y la novela, pero también por su temática/enfoque.
Forjador de universos tiene mucho de novela juvenil en la acepción que había hace cerca de medio siglo, cuando Bruguera publicaba colecciones como Todolibro, orientando a un público joven obras escritas con un criterio más amplio. Por su carácter de presentación de algo accesible desde un enfoque que hace pensar en un lugar narrativo que, dependiendo de lo arraigado de ciertos bagajes, puede verse como ciencia ficción metafísica o fantasía. De hecho se articula alrededor de algo tan arraigado en los géneros proyectivos como esa estructura burocrática que gestiona el novum, a imagen y semejanza de la Eternidad de Asimov y el viaje en el tiempo, las invasiones dimensionales de la Lavandería de Stross, las secuelas de las peleas entre superhéroes de Control de Daños en Marvel o la gestión de lo sobrenatural del Bureau Federal de Control de los juegos de Remedy. Aquí la organización de marras se encarga de la fusión de dimensiones en el trámite de colisionar, un acontecimiento cuyas consecuencias cataclísmicas aplacan antes de que se produzcan.
Su protagonista, Ignacio, pertenece al Colegio de Fusores donde diseña la síntesis de universos en las zonas destinadas a chocar. Él no sabe cómo llegó a superar el examen de acceso, más cuando su amiga Io-la, mejor preparada, no ha sido capaz de aprobarlo, algo que le lleva a servirse de ella cada vez que le asignan su siguiente misión. Una tarea de la que sale siempre exitoso, con una eficacia que tiene mosqueado al Colegio, una institución carcomida por el apesebramiento, la ausencia de ilusión por el trabajo, el enchufismo y todo lo que se puede imaginar en una estructura burocratizada hasta lo kafkiano. Y ahora hay alguien misterioso deseoso de segar la hierba debajo de Ignacio para hacerle caer en desgracia y aprovechar ese fracaso para tomar el poder. Sus herramientas, la primera inspección digna de tal nombre en más de un siglo y una asignación a priori inviable: amalgamar dos dimensiones dominadas por sendas civilizaciones irreconciliables donde una está comprada y la comunicación con la otra es impracticable.
Vaquerizo convierte Forjador de universos en un pasapáginas ejemplar en base a capítulos breves de 5, 6 páginas, el encadenamiento de acciones secuenciales tramadas con ingenio, una intriga dosificada con esmero y un adecuado equilibrio entre la narración y la descripción. En este caso hay mucho que contar sobre los males que carcomen al Colegio y ese complot detrás de la asignación, pero sobre todo mostrar sobre cómo se hacen las fusiones y el papel de los fusores para mediar entre realidades en conflicto. Algo de lo cual este libro sería un caso práctico, trabajado por un pequeño grupo de personas muy diferentes: por diferentes motivos, cuatro inadaptados que, en sus imperfecciones, mantienen la ilusión por hacer bien las cosas y, gracias a eso, engranan a la perfección. A la postre, el germen de la salvación de una organización que se ha entregado a la pervivencia de su estructura y encallada en unos modos que atentan contra sus principios.
Esta crítica de la esclerotización de las instituciones y el sacrificio de los fines por los medios, son la parte central de un discurso que evita caer en la homilía. Forjador de universos se construye desde una inteligencia donde casi siempre se muestra, pocas se cuenta, en una voluntad de abrir espacios propios con una creatividad que, incluso cuando cae en los estereotipos (esa tramilla romántica; quién acaba siendo el Señor Oscuro), lleva a pensar que están ahí con humor, para dejarlos al descubierto sin hacer saña. Si a esto le añades la perspicacia de esa mezcolanza de géneros, su vuelta a la importancia de contar historias para cambiar el mundo o las características de las sociedades alienígenas sobre las cuales trabajan los protagonistas, es fácil entender por qué me ha gustado esta novela breve que demuestra cómo no hacen falta 800 páginas para hacer una albañilería de mundos que capture la imaginación. No siempre Shelley, Verne y Wells son el camino. A veces dar a tu argumento una vuelta por los pagos de Swift tiene sus regalías.
Forjador de universos (Editorial La Magnífica, 2024)
Bolsillo. 184pp. 15€
Ficha en la web de la editorial