La ciencia ficción nace y golpea por su fondo. Esa es la maravilla de la ciencia ficción.
Es necesario un mundo moderno para que surja y se desarrolle y, quizás por eso, son los más jóvenes quienes pueden iniciarse mejor en el género y quienes se muestran más audaces con lo que ese fondo les permite hacer.
Muchos artistas, según van madurando, abandonan la experimentación formal más compleja para ir a «lo esencial». Vemos en dibujantes de cómics cómo su trazo se vuelve más escueto, cómo los fondos se desdibujan, como el último Frank Miller; vemos cómo los pintores tienen más al abocetamiento o a lo insinuado, como los últimos cuadros de Velázquez; vemos cómo muchos directores de cine tienen al plano secuencia y a la sobriedad fotográfica, como le pasó a Berlanga… En la ciencia ficción, muchos incluso son incapaces de conquistar sus éxitos de juventud, como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke. Quizás tras experimentar en los primeros años, conocen tanto la técnica que encuentran el camino más directo para ir a las ideas que quieren expresar como artistas.
Precisamente la experimentación temática y formal fue una de las características más elevadas e interesantes de la cf española conocida como la «Generación HispaCon» (Vaquerizo, Aguilera, Marín, Barceló, Mallorquí, Martínez…), a la que el novelista pertenece y cuyo espíritu algunos de sus protagonistas mantienen en sus últimas obras. ¿Ha terminado aquella experimentación formal?
Si tuviera un editor tradicional para esta apuesta de Alamut, escribiría una crítica de escuadra y cartabón, entrando en La caja infinita por su argumento, pero no me sale.
Porque la forma es el fondo (lo he dicho ya, ¿no?).
El novelista anuncia sin pudor que ha intentado hacer su experimento «a lo Christopher Nolan» y pone referencias como Tenet o Inception. Si en este momento acabas de decidir que no te interesa la novela, estás en tu derecho, pero te comento que, si bien a mí me gusta mucho Inception, no soporté Tenet e incluso no la acabé, tras dos intentos. No obstante, sí me ha gustado mucho La caja infinita, que toma de Nolan y de la narrativa demiúrgica el recurso de la justificación de las hazañas más inauditas mediante la excusa del espacio mental. Es el género de Matrix, de Suckr Punch, de Inception. Así, puede no interesarte lo que un autor hace con una técnica narrativa, pero encantarte cómo la maneja otro e incluso, como aquí, ir más allá que tus modelos novelistas.
Víctor Conde hace su proyecto humanista metafísico, para reflexionar entre espías, disparos, trenes dirigidos el uno contra el otro a toda velocidad, sueños, experimentos de mad doctor y vértigo cósmico. Además, hace que los originales audiovisuales influyan en lo literario, pero yendo incluso más allá. Ni es un refrito de las películas de Nolan ni es una copia de los temas de Nolan. Tras el gran acierto de su tetralogía cósmica, para mí hoy es una garantía de efectividad cada publicación de Víctor Conde.
La trama de la novela se divide en dos en su centro ―donde se realiza una clarificación de ideas y se redefinen los personajes― y una mitad de esa trama regresa al principio de la historia, mientras su gemela continúa avanzando hasta el final, para llegar las dos a la vez. Se nos propone una estructura dificilísima, que Conde engarza con un cuidado milimétrico. Sin embargo, no se trata de una mera audacia formal: «a ver qué soy capaz de hacer», sino de una manera de ahondar en problemas del ser en sí mismo y de su contexto existencial y moral. Para ello, Conde trabaja varios temas cuya afectación formal se vuelve imprescindible: la memoria, la paternidad, la amistad, la lealtad, la verdad, el psicoanálisis, el tiempo y la ciencia, entre otros muchos. Podría escribir un artículo académico sobre la manera en que la experimentación formal implica interesantes reflexiones según se trata cada uno de estos temas y cómo afectan a las tramas.
Como posible problema, hay cosas que a mí me sacan del pacto de ficción, como la referencias a otras obras (no siempre fáciles) o ciertas explicaciones científico-oníricas. Soy ya mayor para los huevos de Pascua, pero habrá a quien le interesen. Respecto a las explicaciones científicas, para quienes no solemos enterarnos de los recovecos técnicos de las novelas de cf hard no es algo que nos preocupe mucho. Te lo saltas y punto, pero aviso para los neófitos. No tiene por qué ser un problema.
Ante todo, debe tenerse en cuenta que La caja infinita es una novela de aventuras, de espías, onírica, demiúrgica, de ciencia ficción hard que no para casi en ningún momento y que hace encajar al final todo.
Pero recordémoslo: ciencia ficción, sin ninguna duda. En este sentido, tanto la estructura como las propuestas científicas sirven para mostrar el conflicto entre identidad, moral y recuerdos.
Aún dentro de las características de esa Generación HispaCón, el texto no se limita a plantear una trama y una estructura interesantes, sino que el lenguaje está cuidado y vinculado con el fondo mediante inesperadas analogías, imágenes, comparaciones, metáforas características de aquella generación.
Porque el fondo es la forma (lo he dicho ya, ¿no?).
Alamut podría publicar ahora novelitas de escuadra y cartabón, sobre robots que quieren tener alma, pero no le sale. Sigue apostando por la cf española, especialmente la que arriesga y propone nuevos caminos. Esta novela no será de todos los gustos, pero merece su sitio en estos tiempos de copia y pega, porque a quien le parezca interesante despertarse en una habitación extraña preguntándose por qué tiene una pistola en la mano para pegarse un tiro en la cabeza e inicie una revolución dentro y fuera de su mente… Se lo va a pasar muy bien.
La generación HispaCón de Eduardo Vaquerizo, de Elia Barceló, de Juan Miguel Aguilera, de Rodolfo Martínez… aportó muchas grandes obras y sigue navegando por nuestro inconsciente con cada propuesta como la de Alamut.
Víctor Conde está a años luz de la forma crepuscular de entender la expresividad. Con los años, parece haber ido interiorizando ese viejo mantra tan querido por mi profesión de que «el fondo es la forma y la forma es el fondo», y para narrar el complejo caos de la existencia decide retorcer las estructuras narrativas. Me había parecido ya interesantísima la propuesta de Nucleogénesis, con su profundización psicológica en un extraterrestre de condiciones enormemente alejadas de la nuestra. Con esta nueva novela mantiene el espíritu de algo imprescindible en estos tiempos, el del riesgo, la audacia de atreverse a hacer algo nuevo. Podrás fallar o no, pero no me repitas de nuevo el camino del héroe, por Cthulu te lo pido. Con La caja infinita, huimos de lo sobrio, de la mera exposición de contenido para fundirlo con formas complicadas y enormemente expresivas, gracias a los años de madurez de Víctor Conde.
Se necesita en el mundo moderno la voz de escritores de ciencia ficción que conozcan el género y dialoguen con las nuevas generaciones, sin dejar de ser tan audaces y rompedores como en sus primeras obras. En esta sociedad confusa, de grandes brechas generacionales, resulta justo y necesario.
Porque la ciencia ficción golpea y envejece bien por su forma. Esa es la maravilla de la ciencia ficción.
La caja infinita (Alamut, 2026)
Tapa dura. 288pp. 24,95 €
Ficha en La tercera fundación