War is God.
Cormac McCarthy: Blood Meridian
Pocos libros, en la Historia de la Humanidad, como este El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon. Pretender decir algo sobre esta novela es una cosita ingenua que no está mal, es quedarse en un simple balbuceo, que, dado el caso ante esta escritura huracanada y centrífuga, no es poco. O sea que vamos a ir a por esa cosita que no está mal y decir algo sobre este libro que estuvo a punto de ganar tanto el Nebula como el Pulitzer pero que al final no pudo ser porque los pacatos miembros del jurado optaron ese año por dejarlo desierto por parecerles obsceno y procaz, cosas que el libro efectivamente es, y porque los miembros de la SFWA optaron por concederle el Nebula al por otra parte muy premiable Arthur C. Clarke con su Cita con Rama; vamos a decir algo de este Gravity’s Rainbow sabiendo que decir algo es, sólo, tímidamente, empezar a decir.
Con esto no quiero alinearme con las voces que la consideran una de las novelas más difíciles del siglo XX porque creo que flaco favor se le hace, y porque esa fama espanta a potenciales lectores. Sí, cuesta lo suyo, y no siempre es fácil saber lo que está pasando, pero no es el Ulises ni Una meditación (de Juan Benet, que menuda cosa: me encanta Benet pero sigo sin saber de qué va ese libro). Se ha extendido el pegajoso discurso de que este es un libro hermético hasta la práctica ilegibilidad, y no. En una palabra: cuesta, Gravity’s Rainbow, sí, ¡pero se puede!
Jonathem Lethem menciona, en un texto que no es el más enérgico del mundo, que la ciencia ficción, con este libro, podría haber ingresado en las filas de la literatura canónica, y no sé muy bien qué pensar. Veo algo de condescendencia (donde quizá –donde seguramente– no la haya), y lamentaciones innecesarias por un prestigio y una aceptación que por una parte creo que el género ya tiene y que por otra no sé si importan demasiado. En cualquier caso, ahí estarán (¿estaremos?) siempre, puntuales, la crítica y los teóricos, con nuestras cajitas de herramientas, obsesionados por naderías que, como sabemos, nada importan. Pero bueno. Vayamos al mundo de la novela, al fulgor de esa entropía que se entrevé, esparcida, entre sus páginas.
Gravity’s tiene una de esas primeras frases, una de las cuatro o cinco del siglo XX, que perduran, que vuelven. Que condensan una imagen y una idea, y perduran. Ahora, cada vez que veo la blanca estela de condensación, progresivamente difuminada, que dejan los aviones en el cielo azul, me viene al recuerdo el inicio de esta obra tan extraña que parió en los 70 Thomas Pynchon: “A screaming comes across the sky”. Y aparte de eso, de esa frase particular, de cuyo impacto total uno es consciente a medida que avanza por las páginas de lo que le espera, aparte de esa frase, digo, cómo empieza el libro, qué apertura, con ese sueño que parece realidad: ese caos descrito caóticamente (en apariencia, sólo), ya nos lleva a una Londres devastada, al caos y a la ruina pero también al miedo y a la paranoia (o no, o sí), a las entidades que desde la opacidad lo teledirigen todo (The Firm, y ese ‘They’ dicotómico mencionado siempre con la agigantadora te mayúscula igual que la deificante te mayúscula de la Tecnología), y a los quiebros con lo que llamamos realidad (como por ejemplo nuestro amigo Pirate Prentice, que aparte de preparar plátano de todas las maneras posibles, puede recordar fantasías ajenas, de personas ajenas, por lo que Ellos no tardan en reclutarlo para la White Visitation, institución u organización que reúne a gente con habilidades, como esta de Prentice, heterodoxas y especiales).
Toda esta apertura narrada como en huida, como en un estado de desesperación y huida. Y es tanto el control de Pynchon, tanto su dominio, que ese frenesí y esa hipervelocidad nos llegan frenéticas e hiperveloces a través de su escritura.
El narrador entra y sale en un mismo párrafo de mentes y voces de distintos personajes. No te avisa nunca igual que tampoco avisan las bombas, esos cohetes V2 del ejército alemán que sólo suenan cuando ya han estallado (con lo que se invierte el orden natural de los hechos, discordancia que también afecta al propio fluir del tiempo, como veremos más tarde). Y no tardamos mucho en conocer al teniente Tyrone Slothrop, en sí mismo un experimento pavloviano que tiene erecciones en los lugares en los que caerán las bombas, y que más o menos hace de vía rectora de parte del texto (un rato, al menos, luego ya veremos cómo se dispersa).
No sé cómo habrá sido para los demás pero en esta primera experiencia de lectura no puedo evitar sentir que me he arrastrado por los restos de un mundo postapocalíptico, subgénero en el que se sentiría cómodo Pynchon, seguramente, y he visto que afrontar el libro es como un bombardeo sobre la población civil: así te cae el texto. La idea de lo entrópico, o la presencia de lo entrópico, patente en cada quiebro, en cada salida de la novela.
El fraseo no es, por cierto, particularmente difícil, ni el léxico te hace recurrir constantemente al diccionario, pero es uno de los libros más densos, más reconcentrados, que recuerdo haber leído. Más que un libro, se me ocurre ahora, Gravity’s Rainbow es un bloque de titanio, fascinante pero frustrante a la vez porque en ocasiones no te queda claro qué está pasando, que en parte ya es la intención. ¿Cómo vas a contar un mundo así, caótico y entrópico, y que se entienda todo?
Llegamos a los claros de maneras inesperadas y oblicuas: la aniquilación del pájaro dodo se ve como algo que, “para algunos, tenía sentido”, en la rememoración que se hace de un antepasado de Katje Borgesius, uno de los personajes clave del libro por lo que tiene de objeto de la crueldad y la perversión del capitán Blicero y sus prácticas de la depravación, y es clave asimismo por lo que tiene de trasunto de un conocido horror del siglo XX. Hablando del dodo el narrador habla de nosotros, se ve claro, pero que escoja este pájaro extinto para hablar de nosotros amplía el alcance de nuestra crueldad. Lo agrava, si cabe.
En el trasfondo de las pruebas sobre humanos, de las pruebas hechas por organismos del Estado, en el trasfondo de las bombas y las ciudades postapocaliptizadas, en el escenario de la gente que no tiene poder de decisión y cuyas voluntades dependen de no se sabe qué, detrás de todo eso, está la aniquilación de la vida y la genealogía intelectual que vertebra esa aniquilación. Esto lo vemos claro en un capítulo que es en sí mismo un bucle perfecto que acaba con las mismas palabras con las que empieza: es un círculo en el que viajamos en el tiempo y en el espacio al pasado de Katje, empujados hacia atrás para ver mejor lo que está pasando ahora. Las palabras circulares son “The camera follows as she moves deliberately”, y sigue y así vuelve.
Cualquier intento de hablar de este libro será o quedará sólo en mero balbuceo. Creo que ya lo he dicho. Es un desgarro de escritura.
“The White Visitation”, con personas que parecen sacadas de la ciencia ficción, con precogs o viajeros astrales entre ellas, justifican aquellas lejanas palabras de Lethem, además de los propios experimentos científicos –con el tópico del científico loco– a que someten al joven Slothrop, pero algo –no sé por qué, y no sé exactamente lo que es–, me impide pensar en este libro como ciencia ficción.
La segunda parte del libro es un retiro en un casino en la costa mediterránea francesa. Al poco de empezar vemos que un pulpo agarra y arrastra hacia las aguas a una chica, que resulta ser Katje; todo está muy pasado de vueltas. Hay que dejarse abrumar por el exceso de este libro, entre otras cosas porque leyendo te conviertes en un personaje de la novela, eres una consecuencia más de esa entropía de la que el libro es también consecuencia y emisión continua: estás perdido y bombardeado como los personajes y como ellos te arrastras por los escombros de las ciudades europeas arrasadas, por la poca información que queda para que entiendas lo que está pasando. En este sentido he recordado en parte la experiencia de leer Cien años de soledad, libro con el que concomita, en parte, la novela de Pynchon: en ambas hay docenas y docenas de personajes, y la guerra y el Estado, representado por algunas de sus instituciones, crean un mundo propio. Uno al que extrañamente quieres volver.
Cada frase te está chillando. Cada frase reclama de ti toda tu atención. En poco espacio, pasa tanto, que te pierdes, si no estás atento. Leyendo esta novela veo el impacto que tuvo, o que probablemente tuvo, en una de las obras maestras de lo que llevamos de siglo XXI, que es Las benévolas de Jonathan Littell. Por el exceso, por el escenario, por los desvíos, por la multiplicidad de planos y de conocimientos.
‘The Zone’ es otra de las creaturas maestras de la novela. Es la Europa de posguerra por la que se arrastran los personajes y las subtramas de este libro que es, lo digo ya, entre otras cosas, pero creo que con especial ahínco, un tratado sobre la fe. Sí, exacto: Gravity’s Rainbow es un tratado sobre polemología y fe; hay una fe pero no se adora a un ser flotante y vaporoso sino al cohete V2, el cohete ultrasónico que está arrasando Londres en plena apertura del libro. Y luego está el cohete con el número de serie original borrado y sustituido por un quíntuple cero, especialmente diseñado por algo, y es Franz Pökler el encargado de diseñar una capa de plástico para recubrir no sé qué aspecto del diseño del cohete –realmente no sé qué aspecto–, pero que mucho después será decisivo, y vamos viendo así que es un macguffin (en parte) de esta historia.
Volviendo a lo que importa, la fe del libro no es la fe en una deidad metafísica sino en la muy palpable Tecnología. Se venera igual, con la misma sinrazón: enemiga de la razón y de la palabra, es la fe la que mata al ser humano porque la fe no es la de nuestros queridos místicos mesetarios sino la fe en la lujuria de la violencia, en la escatología sin fin. Y una cosa va ligada a la otra y se retroalimentan como el ouroboros que son.
Lo trasciende todo, este libro de Pynchon, y ahora mismo la verdad es que no tengo muy claro por dónde seguir. Está tan lejos de la idea de argumento convencional, tan expansivo es su alcance, tan brumoso su universo, que me resulta difícil pensar en ello como ‘novela’. No es el texto más desestructurado del mundo, ni el más difícil de seguir, pero es centrífugo como pocos y por eso me cuesta verle algo de la racionalidad y el orden estructural que se le requiere, en general, a la novela.
Hasta la palabra ‘rocket’ adquiere un significado distinto, un matiz de distinción, al leer el libro. No es que pase a significar algo distinto, no: es que en el libro pasas a ser consciente de todas las implicaciones –todas ellas perturbadoras– que caben en el escaso recuento silábico de la palabra –rocket– con esas letras oclusivas pero no por ello menos elegantes, inquietantemente elegantes. La dices, te la repites, y saboreas la eufonía de las sílabas a la vez que entiendes, o intuyes, al menos, el alcance letal de sus significados, de su potencial capacidad para el genocidio y el holocausto, para lo que Pynchon nos dice a través de su libro tan extraño que es para lo que nos estamos preparando, que nuestro fideísmo, de la mano de nuestra pasión polemológica, es lo que queremos que determine nuestro mundo y a nuestros semejantes humanos.
Con su neologismo clave: Rocketstate.
Entre muchas, confusas y fascinantes ramificaciones crecientes, aparece, como decía, la primera mención al cohete con el quíntuple cero. Están buscándolo. Vagamente estructura el relato, esta búsqueda, y las menciones y la historia misma del quíntuple cero serán cada vez más fascinantes. Las transiciones entre escenas son velocísimas y el narrador se adelanta y no te espera y ya llegarás cuando llegues.
Gravity’s pone la mirada en la transición de la guerra a la posguerra, con el cambio de mentalidad, de paradigma, que rige el mundo de la paz, y es igual de atroz, de desesperado y violento que el de la guerra. Y mientras tanto, todos correteando histéricos como hormiguitas, tanto nosotros, los lectores, entre las páginas del libro, como los personajes del libro. La lujuria de la violencia está espléndidamente representada por la imagen del pene como arcoíris saliendo de “nubes púbicas” (que recuerda a cierto pasaje de Meridiano de sangre en el que McCarthy, viejo cowboy crepuscular, describe el sol como un ‘gran falo rojo’ pulsante sobre la tierra malévola). Imagen perversa, la de la concupiscencia, el rijo y la salacidad por el horror y la violencia, por el asesinato y la dominación, vertiendo al mundo su luz enferma. Y añadiendo el narrador, algo más tarde, la posibilidad de que esas erecciones de Tyrone Slothrop en los lugares en los que más tarde caería una bomba no fueran provocadas por amor a la humanidad sufriente, sino por amor a su desaparición.
El final, con tantos frentes inexplicados, tantos personajes de los que te gustaría saber su paradero, es uno de esos que te golpean: lo he leído con un temblor en las manos, y no recuerdo que me hubiese pasado antes algo así. (Sé que suena cursi y solemne y que da rabia cuando la gente se pone a decir cosas de este tipo, pero la verdad es que así ha sido). El libro, además, hace un buen tándem con El pasajero | Stella Maris de McCarthy por lo que tienen de incursiones en la polemología, como digo, pero también por su desesperanza, por su odio al vicio humano por la guerra y por el imaginario atómico, sus consecuencias y sus responsabilidades (en esto también se acerca con sigilo y coquetería la dura, la muy oscura Cuna de gato de Kurt Vonnegut).
Uno de los elementos clave es el imaginario, en sí mismo entrópico, con rastros de un colonialismo mutado: uno que ya no es el colonialismo histórico sino nuestro capitalismo omnívoro de hoy, y en Gravity’s lo vemos en su vertiente particular de la industria armamentística, de la tecnológica, y por tanto en la rica oportunidad que le da la guerra a los vicios lucrativos del capitalismo para crecer como evolución lógica, plenamente natural, del colonialismo.
Por si fuera poco, Pynchon rompe el tiempo en la novela. Las incongruencias temporales ocurren sin que nadie las cuestione ni se dé siempre cuenta. Eso me recuerda a la elasticidad del tiempo que se ven en unas palabras de Dylan Thomas: “la pelota que lancé jugando en el parque aún no ha tocado el suelo”. Así, en Pynchon: algunos hechos tienen sus consecuencias décadas después de haber ocurrido. El tiempo está roto y sus restos son elásticos, y la tecnología, tutelada por la violencia y la necedad humanas, lo trasciende todo y hasta rompe la cuarta pared y por eso el final no es para mí cíclico, como se suele interpretar, sino un final Final, con efe mayúscula, en el que se rompe la cuarta pared para que participes de ese final, para que también te llegue a ti ese final y te envuelva ese apocalipsis en el que tan evidentemente estamos metidos. Lo que ocurrió entones nos afecta ahora, lo que cae hoy estallará en un siglo.
Y hay una cierta inevitabilidad, en esas inercias. Una que no es inocente. Traduzco: “…el ir yendo hacia la guerra como rasgo distintivo de los programas armamentísticos”. Todo está encaminado hacia la violencia porque está estructurado para que sea así, coordinado para que sea así. Y todo eso cruzado por la posibilidad de que todo esté conectado con todo, que es una definición de la paranoia que ofrece el libro, o cruzado también, por qué no, por la antiparanoia, que es la posibilidad de que nada esté conectado a nada. ¿Y qué significado sacamos de todo esto? ¿De la presencia de ese ‘They’ que implica, por fuerza, el correlato de un ‘We’ igualmente construido? ¿Quién tiene razón aquí y cómo explicamos los hechos que nos rodean? ¿Cuánto podemos llegar a saber de esos hechos?
Se me hace un poco raro reseñar este libro (en el delirante supuesto de que estas páginas sean, efectivamente, una reseña). Es como reseñar la Divina Comedia o Moby-Dick, y creo que flaco favor le hago dedicándole las pocas páginas que le estoy dedicando. Pero bueno, sigo un poco más.
Quiero destacar la rara, la peculiar historia de Byron la bombilla; un tramo, ya hacia al final, emotivo y extraño y de clara incursión en la ciencia ficción, propio de la libre mente de genio que escribe esta novela. La historia de Byron la bombilla es una de obsolescencia programada pero en realidad es la historia de la vida y los desasimientos o desgarros que puntúan nuestra vida. Es la historia del afecto y las ausencias y el control que ejercen sobre nosotros unas fuerzas, unas instituciones estatales o privadas que nos dominan, que determinan nuestras vidas. Y Pynchon aquí demuestra una de las maestrías más absolutamente impresionantes que yo recuerde haber visto en página impresa, algo que podría utilizarse en una clase de escritura creativa (si es que tal cosa se puede enseñar y aprender, cosa que, por otra parte, dudo): cómo emocionar con la historia de un objeto trivial.
El escritor de verdad, el talento absoluto, el genio, es capaz de describir una bombilla, su historia, y a la vez estarte contando la historia humana, de la vida humana, de los intereses privados y ocultos que la atacan, y emocionarte como si no hablase de una bombilla, insisto, sino de alguien de tu entorno a quien ves y conoces y amas sin reservas. Con una bombilla te hará entender los desgarros de la humanidad. Así como Meat Loaf demostró que se podía hacer un estribillo pegadizo y rítmico con algo tan aséptico y gris como la prevención escrita en los retrovisores sobre la distancia real a la que pueden estar los objetos reflejados, en su canción “Objects in the Rear View Mirror May Appear Closer Than They Are”, vaciándolo de su significado atribuido y funcional y dotándolo de pronto de una vida nueva y una personalidad potenciada y plenamente musical, pues de la misma manera Pynchon cogió una bombilla para hablarnos de lo que nos hace humanos y cambió el significado de este utensilio anodino, doméstico, francamente necesario para tantas y tantas cosas, para que lo asociemos después de Pynchon a la vida y al dolor de la vida, y de pronto entendamos algo más.
Nuestra humanidad descrita en, o con, la bombilla Byron: vemos cómo nos relacionamos, cómo añoramos y condolemos, por un lado, que es la cara íntima de la humanidad, por así decir, y por otra vemos la humanidad en su faceta productivista y en su pasión por congregar la correlación de intereses por producir, por lucrarse, y que todo quede sometido a la tiranía de la lucrativa producción perpetua.
La correlación de intereses por producir. Esa frase, que me ha salido así, sin pensarlo, es una de las claves de El arco iris de la gravedad, veo ahora.
Aunque la historia de Roger Mexico y Jessica Swanlake es también de las más emotivas del libro, Gravity’s Rainbow no suele pasar por eso, por emotivo. Pero lo es, o tiene tramos que lo son. Además: es tanta la furia de Gravity’s contra el lucro de la guerra que no me sorprendería saber que se ondeasen ejemplares de este libro en las manifestaciones por la paz en tiempos de guerra. ¡Deberíamos llevarlo con nosotros a las manis!
Y ya acabando este largo y pedregoso recorrido por el libro no me resisto a mencionar un posible germen, un chispazo en la novela que no le pasaría desapercibido a David Foster Wallace cuando empezó a notar en el fondo de su ser los primeros arrebatos de lo que más tarde acabaría siendo La broma infinita. Un guante que dejó lanzado Pynchon y que Foster Wallace parece que, con igual genio y capacidad, recogió y recreó a su manera: la posibilidad de una película, en Gravity’s llamada ‘New Dope’, o sea, ‘Droga Nueva’, que va sobre una sustancia de la que nadie sabe nada. Una película sobre adicciones que está puesta, encendida, todo el tiempo y que es en sí misma una adicción.
Y hacia el final hay menciones a la cábala, brillantes, y al tarot y otros arcanos, al grupo rockero The Fool, que he descubierto gracias a Pynchon, gracias, y que me está encantando, y más y más conocimiento en un bucle de tiempo caído y roto y aún por reconfigurar.
Una de las partes del libro, la cuarta, tiene un epígrafe de Nixon, cosa que cronológicamente no puede ser: Nixon salta a la palestra pública después de la segunda guerra mundial, y sin embargo aquí, en la novela, aunque no pueda ser, es. Y cuando aparece el trasunto de Nixon, al final, su sobrenombre es Adenoid, como el Adenoid que aparecía al principio de la novela, esa especie de La masa devoradora (con Steve McQueen), y podemos pensar, entonces, que podría ser Nixon. Prentice, en ese momento, o bien sueña esta hipertrofia adenoidea, o bien es una fantasía de otro que él recuerda, como si fuese el propio Nixon el que fantasea o sueña y Prentice el que lo ve. Por eso, como decía, algunos sugieren un bucle narrativo que vuelve al principio del libro, pero yo creo que no. Yo creo que el tiempo está roto y que se invierte el orden natural de los hechos igual que con la paradoja ultrasónica de los cohetes V2 de la industria armamentística-tecnológica-bélica-lucrativa. Con usura.
Y vuelvo al cohete con el quíntuple cero que lo trasciende todo para acabar con todo, más allá del tiempo y del espacio, con lo que está dentro y lo que está fuera del libro. Y ante eso, ante tanto desastre, ante lo inevitable que es todo, lo único que se puede hacer es sentarse un rato y cantar una canción.
Y venga, todos a una–
I know not all that may be coming, but be it what it will, I’ll go to it laughing.
Herman Melville: Moby Dick
