Sobre la expresión ‘el fantástico’

Otra vuelta de tuerca

Iba a empezar este apunte parafraseando el conocido cuento de Raymond Carver para que quedase en “De qué hablamos cuando hablamos del fantástico”, pero luego me ha parecido que era un gesto demasiado evidente, un poco fácil y esperable la variación, así que al final he optado por este título, simple y explicativo.

Esto, de todos modos, más que un texto, es una sensación de perplejidad, la traducción verbal de un pasmo que no me explico –y que hace años que arrastro– por el frecuente uso de una expresión a mi juicio tan inexacta y equivocada, imprecisa y excluyente, como la de ‘el fantástico’. Es, por decirlo sencillamente, algo que nunca he entendido. No juzgo a quien la usa, qué voy a juzgar –al fin y al cabo, si alguien quiere usar la expresión ‘el fantástico’, que la use, sólo faltaría– pero realmente no entiendo por qué se usa ni creo que al usarla le estemos haciendo ningún favor a nadie. Entiendo su significado (sólo) porque estoy familiarizado con lo que abarca, pero no entiendo su uso, y lo que critico es su inexactitud y sobre todo su carácter excluyente.

Trataré de explicarme.

Si me centro en la expresión tal cual, desprendiéndome de todo como si la oyera por primera vez, entiendo que se refiere a todas las artes (no sólo la escritura) alejadas de lo que podríamos llamar ‘realismo’. O sea que, si le digo a un coleguita que me encanta ‘el fantástico’, mi coleguita tendrá que hacer una voltereta interpretativa y deducir que me gustan la ciencia ficción, la fantasía, el terror (imagino que sólo el sobrenatural), lo weird, etcétera. ¿Y la novela negra? Eso supongo –pero sólo supongo– que no.

No temas a la parcaCierto tipo de terror también quedaría excluido: una película slasher, por ejemplo, no veo de qué manera puede considerarse parte de ‘el fantástico’, dado que, como sabemos, son hechos que pueden ocurrir en lo que llamamos realidad, y por tanto esa slasher no tendrá nada que ver con lo fantástico y mucho menos con ‘el fantástico’, de hecho, así que se la aleja de una etiqueta, pelín tutti frutti, como ya se puede ver, que agrupa géneros e imaginarios deformantes de la realidad, y también por algo mucho más sustancial y definitorio y difícil de argumentar, que es un tema, imagino, para otro día, que es el terror entendido no como género sino como tono, algo que explicó muy bien Adrián Massanet en su texto para CTXT.

Pero volviendo al tema, ‘el fantástico’, como expresión, falla porque no expresa lo que pretende expresar. Da gato por liebre. ¿Qué tiene que ver la ciencia ficción con la fantasía? Nada. Por mucho que las dos se alejen, a su manera, de lo que llamamos realidad –cuestionable nudo de sucesos, como aprendimos gracias a Dick– no tienen relación alguna y sin embargo, bajo el paraguas de lo fantástico, o, más equivocadamente aun, de ‘el fantástico’, se agrupan en un uso errado y extendido, y esto, lo grave de verdad, se hace porque damos por sentado que quien escucha, nos entenderá, es decir, que quien escucha será –qué bueno saberse parte de un grupo– uno di noi.

¿De dónde lo hemos sacado, esto? ¿Cuándo empezamos a hablar así? Porque a ver: si decimos ‘lo fantástico’ nos referimos a las artes que incluyen elementos fantásticos, es decir, privativos de la fantasía, y ahí todo bien. O si decimos: los géneros en España tienen tales o cuales características, y el fantástico, concretamente, tiene una larga tradición (etc.). Vale: queda claro que nos referimos, por elisión, al género fantástico. Sólo al fantástico, y entonces bien también. Pero sabemos perfectamente que no se usa así. Al preceder el término con ese artículo determinado, ‘el’, estamos englobando, absurdamente, ya digo, cosas que no tienen nada que ver la una con la otra, cayendo en la brocha gorda y usando mal los términos.

La expresión no te lleva, de manera natural, a entender lo que se supone que tenemos que entender sino que lo entendemos por convención. ¿Usamos la expresión por comodidad? ¿Por pereza (su tan criticada amiga)? ¿Por quedar bien, quizá? Porque el hecho es que usar una expresión preprogramada como ‘el fantástico’ nos satisface: mis interlocutores la entienden y así creamos identidad de grupo. La reforzamos. Convirtiéndose, la expresión, en banderita que (sólo) los integrantes podemos ondear para que nos vean.

Pero por cómodo que pueda ser encontrar una etiqueta, no hay que olvidar que tampoco hace falta usarla, y, aunque esto ya sea cuestión de gustos, tampoco es estrictamente necesario que sea, como en este caso, horrísona y cacofónica sin fin.

La habitación de Nona¿Por qué usar una jerga limitadora y equivocada? ¿Por qué usar una expresión-para-unos-pocos? Y ¿qué diría yo, en su lugar? Pues no lo sé, ahora mismo. Las literaturas deformantes, se me ocurre ahora (no propongo nada, se me ocurre así a bote pronto): Las ficciones deformantes en España cogen fuerza, por decir algo, me suena mucho mejor que El fantástico en España coge fuerza.

O, mejor, podemos dejar ese paraguas aglutinador y nombrar lo que queramos nombrar, de hecho, sin comodines metonímicos de ninguna clase.

Metonimia, además, la de ‘el fantástico’, que no funciona porque la semejanza que la justifica se limita sólo al hecho de que los géneros incluidos se apartan de una recreación verbal ‘realista’ de la realidad. Se juntan, en la metonimia, por lo que no son, no por lo que son. Bueno, pues no tengo tan claro que ese mínimo parentesco, ese alejarse del llamado realismo, tenga consistencia y sea lo suficientemente determinante de cada género, cuando son tan dispares, como para juntarlos bajo la familiaridad y el vínculo de una misma expresión.

Soy consciente de que a veces los comodines son útiles. Pero tienen que tener sentido. El sentido de ‘el fantástico’ se cumple sólo por elisión, es decir, funciona sólo por ausencia. Si añades lo elidido, que es la palabra ‘género’, para que sea vea, por tanto, en su totalidad de ‘el género fantástico’, pierde todo sentido la manera en que se usa la expresión y cae por su propio peso la intención omnicomprensiva con la que (deduzco) se ha usado desde siempre.

Al elidir la palabra clave se hace trampa, es la trampa necesaria, de hecho, el truquito de magia que se necesita para que funcione la expresión. Es la antiexpresión que funciona por lo que no es. Pero repito que lo grave no es eso –eso es sólo mala escritura– sino que la frase no comunica, cómplice y centrífuga, lo que quiere comunicar, sino que aísla y sella y potencia la endogamia a la que suelen ser tan proclives los grupos.

Eso es. Lo malo es su vocación aislacionista, de identificador de una pertenencia al grupo de iniciados que sabe. Se podrá objetar que exagero, pero no creo que exagere, en el fondo. Al fin y al cabo: preguntados por lo que entendemos por ‘el fantástico’, lo que haríamos sería inferir el significado de la etiqueta en función de lo que sabemos previamente, sin imaginar las arbitrarias extravagancias que abarca, y por tanto la expresión no nos diría, ni nos dice, nada nuevo, informativo, sobre algo que ignoramos, sino que evidencia lo que sabemos (o no).

Como expresión, fracasa. Delata.

Aísla. Sella.

Lo raro y lo espeluznanteEs lo único que hace. Porque limita, al que no sepa ya de qué va, a no saber, ni poder llegar a saber, de qué se está hablando cuando se usa esta expresión, y complace al que sabe, dándole la palmadita en la espalda que necesita por saberse, por fin, parte de un grupo. ¿Cómo podrá alguien deducir que ‘el fantástico’ incluye la ciencia ficción, si una cosa no tiene nada que ver con la otra?

Pocos, muy pocos, sabrán que hace referencia al terror, la ciencia ficción, la fantasía, y yo mismo, de hecho, no tengo muy claro si abarca algo más o no, pero todos aquellos y aquellas que no estén familiarizadas con la crítica –si esto forma parte de la crítica, que me parece que no– no lo sabrán ni tienen por qué saberlo y sin embargo la usamos igual porque sabemos que nos dirigimos a gente con gustos afines que nos entienden y saben a qué nos referimos, reduciendo así el radio de acción de nuestra palabra, miniaturizando el impacto de las ficciones deformantes en castellano, del género fantástico y del de la ciencia ficción y del weird y del terror en todas sus variantes –que como la ciencia ficción tiene mil– eternizando el bucle endogámico de hablar sólo para nosotros, con nuestra jerga equivocada, como encorvados avaros de nuestro propio conocimiento.

No sé, la verdad: puestos a buscar etiquetas, busquemos una clara y directa, una con vocación genuinamente comunicativa que al menos sea verdad y pueda llegar libre y desobstaculizada para que quien quiera leer sepa bien claro de qué estamos hablando.

Seamos más precisos, evitemos la brocha gorda.

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