Recientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.
Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.
“Y entonces la Luna dio la espalda” es la que más me ha gustado. Un hombre, Takashi, cena junto a su mujer y sus dos hijos en un restaurante y acude al baño donde se cruza con una persona cuya simple presencia le sume en el desconcierto. De vuelta a la mesa, observa a toda la concurrencia quieta, fascinada por una Luna llena en lenta rotación; la cara oculta, esa que jamás apunta hacia la Tierra, se deja ver mientras la que vemos gira hasta ocultarse. Cuando la gente recupera la actividad iluminada por esa nueva Luna llena, su familia no le reconoce mientras acoge con naturalidad a la persona con la que se cruzó en el baño; su reemplazo como pater familias. Así se inicia para Takashi la pesadilla de haber sido desplazado hacia una realidad alternativa donde solo él parece fuera de lugar.
La enjundia llega cuando, en un arranque de frustración y soledad, Takashi se cuela en el que cree su hogar y se esconce en el desván. Desde allí espía a sus hijos, a su mujer y a ese extraño, unas escenas turbadoras que alcanzan lo enfermizo cuando, a la noche, observa a su mujer con su reemplazo haciendo el amor. Como en el resto de la novela, Oda dilata estos momentos para potenciar la atmósfera, sin dar explicaciones más allá de describir lo que sucede. Esta manera de detener el tiempo y acumular tensión permite que la conversación que termina teniendo con su mujer suponga a la vez una confirmación de lo que está viviendo y un resorte para su liberación hacia la nueva vida ante él. Una separación sin las cargas de los restos del naufragio que llega como una oportunidad para descubrir otros que han padecido su suerte.
La ausencia de motivos para lo sucedido, el extrañamiento al que se somete a Takashi y a nosotros con él, enfatiza las lecturas de una narración cercana a las ensoñaciones de Junji Ito y David Lynch, sin entrar del todo en la locura del primero ni la extrema inquietud del segundo. Abunda en esos instantes tan Philip K. Dick cuando uno de sus protagonistas se veía arrojado a una nueva realidad irreconciliable con su existencia previa. El desenlace, abierto, dialoga sin fricciones con el miedo a la pérdida de la estabilidad, la tensión con las emociones reprimidas, la aceptación de los cambios, una invitación a abrirse a nuevas facetas de nuestro entorno… Por eso me ha resultado grato.
“La piedra del paisaje lunar” potencia estas sensaciones a través de un escenario con dos caras que se intercalan en varias ocasiones. La narradora inicia su relato con algo tan japonés como la afición de su tía por el suiseki, el colecionismo de piedras con formas peculiares que se asemejan a paisajes, rostros… En particular se siente atraída por una roca que se asemeja a un paisaje lunar presidido por una Tierra plantada en medio de lo que vendría a ser el cielo. Su presencia será vehicular en su vida años más tarde cuando, muerta su tía, termine en su poder y descubra cómo, bajo ciertas condiciones, le proyecta hacia un escenario lunar donde existe una civilización en la que ciertas personas con una piedra insertada en el pecho, los ishidakis, son esenciales para su continuidad.
Con la calma y el gusto por detenerse en la creación de la atmósfera, Oda entremezcla la cotidianidad de una narradora alienada en la relación su pareja (y los hombres en general), fascinada por una joven vecina que se parece más de lo casual a su tía, con su introducción en esa sociedad lunar en trámite hacia un posible colapso donde los ishidakis son perseguidos para ser utilizados en un ritual con el que termina la novela corta. Este desenlace, tenso y sobrecogedor, entra de lleno en el horror cósmico con trazas de la locura de Junji Ito cuando los ishidakis se convierten en corderos sacrificiales para darle un futuro a una sociedad enferma.
Es en esta segunda historia donde Oda se siente en la necesidad de abundar en más detalles de funcionamiento de mundo según su narradora los va descubriendo, y donde se vislumbra el inicio de la pendiente por la cuál se va a despeñar “Crónica de Zangetsu”, la novela situada al final del libro. Digo se vislumbra porque entre que se mantiene fiel al testimonio en primera persona y lo que el lector puede necesitar para interpretar los hechos, y que la evocación de atmósferas continúa en el centro del relato, no hay ocasión para que se desvirtúen los puntos fuertes de “La piedra del paisaje lunar”. Ese sentirse fuera de lugar en una vida y la miasma que corrompe a un país que, lejos de cuidar a sus habitantes, termina entregando a parte de ellos para una pretendida sanación, temporal, incompleta.
En esta satisfacción, en la página 189 de las 448 con las que cuenta libro, llega la mencionada “Crónica de Zangetsu” y el viaje de lo raro, lo weird, lo surrealista y lo espeluznante a la distopía se culmina en 250 páginas que prescinden de la evocación para entrar de pleno en el detallismo y la reiteración. Es algo que empieza a verse en sus primeros escarceos cuando Oda prescinde del agarre del presente para proyectarse hacia un futuro cercano a mediados del siglo XXI. Japón se ha sumido en una dictadura dirigida por un líder populista que, en cierta forma, es una proyección del actual sistema de (casi) partido único, guiado por la deriva nacionalista y la exaltación del pasado. Como todo régimen autoritario, hay un enemigo interior: los sufridores de una enfermedad conectada con las fases lunares; particularmente con una luna llena que les dota de una fuerza especial y, también, les pone en riesgo de morir.
El protagonista, Toga, lleva la historia contando su vida previa a contraer el mal, su día a día con la afección mientras se esconde y, cuando es encontrado, su cautiverio hasta convertirse en una estrella del show de gladiadores que el estado monta con los afectados. Aquí la historia grita a los vientos El fugitivo, Los juegos del hambre o, la más reciente, La liga de los presos. A mi modo de ver, con escasas cualidades de lo que hicieron destacar a todas ellas y multitud de cuestiones que convierten su lectura en un pequeño calvario por el afán de describir ese futuro cercano hasta el más ínfimo detalle.
“Crónica de Zangetsu” invita a leer en diagonal y saltarse párrafos con alegría cuando la creación de atmósfera queda sobrepasada por un detallismo asfixiante. Todo se explicita a través de incesantes descripciones del mundo, el por qué de cada decisión, de dónde viene el país y a dónde va, obliterando los espacios para la duda, lo insinuado, el juego con la imaginación. Como si Oda fuera un autor decimonónico de romance científico, sepulta lo alegórico bajo una literalidad sofocante, como si no creyera en los valores mostrados en las primeras 200 páginas.
A pesar de este final, Zangetsuki. Crónicas de la Luna es una interesante piedra de toque para quien quiera descubrir ese fantástico cautivador que hizo ganar a Oda el Premio Nihon SF Taishō en 2022.
Zangetsuki. Crónicas de la Luna, de Masakuni Oda (Minotauro, Minotauro Asiático 2025)
Zangetsuki (2021)
Traducción: Daniel Aguilar
Rústica. 448pp. 19,95€
Ficha en web de la editorial