La casa del callejón, de David Mitchell

La casa del callejónAunque tiene novelas más convencionales, David Mitchell se ha labrado su fama a golpes de narrativa fragmentada. A partir de historias interrelacionadas en diverso grado ha articulado argumentos y visiones del mundo observadas desde una mirada tan heterogénea y fascinante como su enfoque de los géneros. Escritos fantasma, El atlas de las nubes y Relojes de hueso (que no he leído todavía) integraban una visión multipolar que, en cierta forma, ha marcado su carrera al mismo nivel que su esmero en la elección del narrador, su voz o el tono de su discurso. Este conjunto de pautas vuelven a ser esenciales en La casa del callejón, una novela construida a partir de cinco relatos separados por lapsos de nueve años, cada uno abordado por un narrador singular.

Mitchell entra de lleno dentro del territorio de las historias de casas encantadas al plantar en una ciudad inglesa una mansión de encaje imposible, inadvertida para el común de los mortales salvo en pequeñas ventanas temporales en las cuales se manifiesta para atraer a sus víctimas. Resolver el enigma detrás de Slade House, las presencias que la habitan, la naturaleza de sus víctimas y sus periódicas apariciones es la clave de una obra enormemente accesible.

La casa del callejón nació de una pequeña narración en twitter que, según su autor, cobró entidad propia y demandó más espacio. El encaje de los diferentes relatos, cómo emerge la información necesaria para vincular los personajes y enhebrar las revelaciones con lo ya sabido, sitúa al lector ante un contexto en las antípodas de la leve sugerencia, las conexiones casuales o las relaciones alambicadas de Escritos fantasma o El atlas de las nubes. Todo se antoja directo y extrañamente franco, algo extensible a la naturaleza del misterio y cómo interactúa con los protagonistas. A la sazón las víctimas propiciatorias de los residentes de Slade House.

Un adolescente enfrentado con su madre en la primera parte (1979), un policía machirulo embriagado de su poder en la segunda (1988), una postadolescente acomplejada en la tercera (1997)… Las voces y épocas de cada fragmento incorporan aproximaciones complementarias a seres dañados en el punto de mira de un mal insensible a sus circunstancias. En los prolegómenos centrado en obtener una cierta satisfacción del juego con sus presas para después dar paso a lo importante: conseguir la recompensa máxima gracias a un sacrificio obsceno. El retrato de cada víctima es rápido y certero, sin espacio a sutilidades o equívocos. Las conexiones necesarias en la continuidad entre el nuevo capítulo y los anteriores se establecen sin asomo de dudas. Y como era de esperar, los arquetipos relacionados con las casas encantadas se despliegan para, en mayor o menor medida, ser reformulados.

Slade HouseMientras, la naturaleza de las entidades en el foco del argumento se desvela con parsimonia. En la encrucijada entre los vampiros de emociones de “El deleite del carroñero” de Dan Simmons y unos Dorian Grey iniciados en los secretos de una orden esotérica, los inquilinos de la mansión exhiben su cariz más horrendo en virtud a su don para quebrar la percepción de la realidad… y de un lector acoplado a sus víctimas por el punto de vista. Mitchell establece un recurrente juego de equívocos que dificulta discernir cuánto hay de auténtico y cuánto de espejismo hasta que una serie de iconos establecidos desde la misma apertura hacen su aparición (unas escaleras hacia la buhardilla, unos cuadros situados en el recorrido…) y señalan el punto de no retorno. Una secuencia que asienta la veracidad de uno o varios detalles vistos en la pieza anterior y abre la puerta a un nuevo estadio de comprensión, destinado a ser afinado nueve años más tarde con la llegada de una nueva historia.

El culmen de esta progresión encadenada durante los tres primeros capítulos se alcanza con el cuarto. Mitchell da el paso decisivo, retira la máscara de una de sus entidades y relata su pasado al lector mediante su intermediario. Este recurso, todavía más directo que los visos hasta ese momento, parece un movimiento arriesgado para el devenir de La casa del callejón. Sin embargo el autor de El bosque del cisne negro, fiel a su condición de escritor más cerebral que emotivo, mantiene el control, aprovecha la ocasión para introducir un contrapunto y desestabiliza un esquema de acontecimientos que ya habían mostrado puntos de ruptura. Las últimas 50 páginas conducen hacia una resolución con pequeña sorpresa incluida sin poner en tela de juicio su coherencia. La rutina, la convicción en un resultado dado por seguro y el hedonismo se convierten en portadoras de un presente en descomposición de consecuencias insospechadas.

Juzgado con alegría, La casa del callejón puede no ser una de las novelas más memorables de David Mitchell. Sin embargo, en su estilizada concisión y su deslumbrante sencillez, se ha quedado más cerca de lo que a priori pudiera parecer.

La casa del callejón (Slade House, 2015), de David Mitchell
Ed. Literatura Random House, 2017. Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Rústica con sobrecubiertas. 225 pp. 17,90€
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3 pensamientos en “La casa del callejón, de David Mitchell

  1. Hola, Ignacio: estoy valorando la posibilidad de adquirir este volumen ( sería mi primer Mitchell), y siendo como soy un apasionado de la literatura de terror sobrenatural ( al menos, en sentido atmosférico y en cómputo global): ¿ puede esta novela calificarse como perteneciente a dicho género o es, sencillamente, una obra de cifi disfrazada de terror de las que, en el último momento, se quita la máscara de “género terror”? Gracias por tu respuesta y un saludo. Alvaro

    • Es una narración ligera y con chispa, lejos de veleidades post modernas (las para mi memorables Escritos fantasmas y El atlas de las nubes). Sin nada de ciencia ficción. La cuestión del terror queda abierta a discusión. Mitchell se zambulle en gran parte de ingredientes de las casas encantadas, insufla elementos de sectas esotéricas y se acerca al horror en varios momentos, sobre todo por lo que sienten los personajes. La atmósfera me parece más trabajada a partir del quebranto y la posterior fragmentación de la realidad. Aunque su manera de subvertir la esperanza de sus protagonistas llega a crear una sensación terrorífica. En este sentido la veo encuadrada entre La maldición de Hill House y La casa infernal.

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