Viriconium, de M. John Harrison

“No establecía distinción alguna entre la pornografía y las novelas del espacio, y a menudo se preguntaba en voz alta por qué no se incautaban estas y no las otras. A mí todo me parece lo mismo —afirmaba—. Consuelo y fantasías. Las dos cosas te carcomen el cerebro”. (“Egnaro”, M. John Harrison)                                                         

A pesar de ser devoto seguidor de M. John Harrison desde el día que cayó en mis manos El mono de hielo, esa antología de relatos sobre la poética del misterio y la lobreguez como sustratos fundamentales de la vida cotidiana, confieso que he ido postergando innumerables veces la lectura de una de sus obras más emblemáticas, la saga Viriconium, como poseído por una reverencia temerosa ante el desafío de una montaña-tótem literaria. El caso es que desde hace años ronda por mi casa la edición Fantasy Masterworks de Gollancz, que recopila las novelas, novelas cortas y casi todos los relatos sobre la Ciudad Pastel, un tochazo que sólo de verlo dan ganas de ponerse a hacer cualquier otra cosa, pero como lectorcillo tembloroso ante la magna obra y sintiéndome indigno del superlativo estilo de Harrison en su idioma original, no me atrevía. No ha sido hasta que me he decidido por fin a hacerme con la edición española publicada por Bibliópolis, que vuelca la edición de Gollancz al castellano, cuando me he decidido a acometer este particular rito de paso, hasta tal punto que no descarto escribir una aportación metanarrativa al ciclo algún día, una novela-diario de épica costumbrista, El señor que leía Viriconium, o algo así.

Como los tres o cuatro lectores que el autor británico aún conserva en nuestro país saben de sobra, Michael John Harrison es un extraordinario escritor criado al calor del órgano de propaganda de la new wave inglesa, la revista New Worlds, bajo la égida de Michael Moorcock. Durante la segunda mitad de los años sesenta Harrison ejerció allí de editor, crítico furibundo y azote incansable del escapismo en la fantasía y la ciencia ficción (por dar palos, le dio hasta a mi idolatrado Samuel Delany y su maravillosa Nova). Aparte de criticar con saña todo lo que se apartaba de la línea dura del Partido Nuevaolista, Harrison también había comenzado a producir sus propias obras de ficción, desde relatos entre los que figuran algunas historias acerca del icono swinging-new wave, Jerry Cornelius, que luego se recopilarían en La naturaleza de la catástrofe, hasta su primera novela, The Committed Men (1971), una obra postapocalíptica en la que ya aparecía uno de los temas fundamentales de su corpus literario; el rechazo de la ficción como vehículo proveedor de orden a una realidad fundamentalmente caótica y desordenada. Y fue en aquel mismo año cuando apareció la primera novela del ciclo Viriconium, La Ciudad Pastel, cuyo ciclo de publicación, entre novelas y relatos, se alargaría durante quince años.

Antes de entrar en materia, vaya por delante que aquí se tratarán con más detalle las novelas y un par de relatos del ciclo que presentan más claramente la idea central de este texto, es decir, la serie de Viriconium como la expresión de la progresiva insatisfacción de Harrison con la fantasía (*) hasta que decidió abandonar el género. Sólo decir que el resto de relatos de la serie Viriconium que no se comentan aquí me parecen excepcionales, sobre todo los escritos a partir de finales de los setenta, tras el cambio de estilo e intereses literarios de Harrison durante ese período. También me gustaría indicar que si bien el ciclo de Viriconium se puede (incluso se debe) leer como si fuese una obra unitaria, y en cualquier orden siempre que se termine con el relato “Viaje de un joven a Viriconium”, yo he preferido desgranar el ciclo por orden cronológico de escritura. Hago mal desobedeciendo la guía de uso de Viriconium que el propio Harrison publicó en su blog (entrada hoy desaparecida), pero tengo una enfermiza manía por seguir y entender las evoluciones estilísticas de los artistas (un trauma infantil que sólo un lector del Mortadelo y Filemón de Ibáñez puede entender), está visto que por mucho que lo queramos rechazar o intelectualizar, la mente humana se desespera por la ilusión de orden, progreso y causalidad. Por tanto, ya les aviso que de primeras, este análisis está mal.

Finalmente, la edición que he manejado es la de Bibliópolis, que sigue la de Masterworks de Gollancz dividiéndola en tres tomos (Caballeros de Viriconium, Tormenta de Alas y Nocturnos de Viriconium), alternando los relatos con las novelas siguiendo algo parecido a un orden cronológico interno de los acontecimientos de la serie  y que, como comentaba el propio Harrison, es la mejor manera de abordar el ciclo aunque no la única, ni la mejor, porque no existe forma digamos, “ideal” de acometer Viriconium, eres libre de leerlo como quieras.

Viriconium condensa a lo largo de tres novelas cortas y una buena cantidad de relatos, la conflictiva relación de Harrison con la fantasía épica, la fantasía a secas, la ciencia ficción de pistolas de rayos, e incluso, por extensión, con la narrativa en general, tanto la literaria como la política, social y cultural que se genera en nuestro entorno (en este caso el de las islas británicas de los años ochenta). El objetivo es perpetrar una deconstrucción absoluta del género, explorando los límites, riéndose de sus tópicos y forzando sus convenciones, llevando a cabo una crítica metaficcional de ciertos rasgos, interiorizados por los lectores de fantasía, que Harrison rechaza de plano, como son; la narrativa empleada como herramienta para ordenar y dar sentido a una realidad caótica que no obedece a reglas causales, el escapismo (**) consolatorio y paralizador que impide que cambiemos los aspectos de nuestra vida o nuestro entorno que resulten insatisfactorios y la nula validez de la imaginería fantástica como narrativa donde los lectores puedan verse reflejados (particularmente el mito narcisista, masturbatorio e individualista del “héroe de las mil caras”). Así, a medida que vayamos leyendo las novelas y relatos de la serie de Viriconium, iremos atravesando todas estas fases del combate de Harrison con la fantasía; forzando sus límites, frustrando al lector y, finalmente, abandonando por cansancio el género como una cáscara vacía de la que no se puede extraer nada de valor.

¿Y esto de “Viriconium” qué es? Vagamente inspirada en el poema de Mary Webb sobre la ciudad romana de Virocon, situada en Wroxeter, Viriconium es una mítica ciudad de una Tierra de miles de años en el futuro, que llevaría a un plano metanarrativo la idea un poco jungiana del multiverso de Moorcock, es decir, la existencia de una serie de lugares y personajes, de arquetipos o símbolos, en infinitos universos y planos del tiempo. Tanto la ciudad como los personajes que la habitan y que suelen ser recurrentes a lo largo de la serie, existen en “el espacio Viriconium”, que más que una ubicación, podríamos considerar un entorno, un ambiente, un estado de ánimo, un lugar de palabras, en el que los elementos narrativos, tanto la propia ciudad como los personajes, ocupan un lugar en los mecanismos de la narración pero siendo diferentes cada vez, un poco como afirma esa conocida frase sobre la Historia, que no se repite pero rima. Lo único que tendrían en común estos elementos es su carácter viricónico, que son irremediablemente reconocibles como pertenecientes a este espacio de Viriconium, a esta creación. La idea es privar al lector de cualquier asidero en forma de narrativa causal o ilusión de orden en un universo cerrado y coherente y negar un carácter fijo e inmovilista tanto a los personajes como a la ciudad. Harrison es un autor apartándose de su creación literaria, negándose el papel paternal de demiurgo que ha de guiar al lector por una serie de acontecimientos de ordenada lógica interna (cuyo ejemplo más claro serían las detalladas cronologías tolkenianas sobre su mundo de fantasía) obviando el worldbuilding vacuo y entregando las herramientas al lector, como si nos regalase el mágico manual de un extraño y venenoso juego de rol que el lector pueda recrear de la manera que desee. Un concepto que debió gustar mucho a los escritores de new weird y que después de leer varios tochos sobre ciudades inmensas y misteriosas, creo que fue Michael Cisco quien lo entendió a la perfección.

La primera novela, o novela corta, del ciclo, La Ciudad Pastel, es una historia muy influenciada por la fantasía heroica crepuscular de Moorcock, la serie de la Tierra Moribunda de Jack Vance, el Gormenghast de Mervyn Peake e incluso La tierra baldía de T. S. Eliot. La historia narra la guerra civil entre dos reinas, Methvet y Moidart, en la tierra de Viriconium, nuestro mundo cientos de miles de años en el futuro, en cuyos desiertos y pantanos se descomponen enormes estructuras de una raza humana que ha decaído hasta caer en un estado político, social y cultural de fantasía épica, asfixiada por el peso del pasado, tanto espiritual e histórico como material, puesto que por todas partes se puede encontrar tecnología abandonada de la que se desconoce ya su uso o se emplea como si fuesen amuletos mágicos, sin conocer realmente su funcionamiento. En este ambientazo, Lord Cromis, antes poeta que guerrero, ha de salvar a regañadientes la Ciudad Pastel de las hordas destructivas de los geiteit chemosit, una especie de guardianes-guerreros robot de un indeterminado pasado, despertados por los partidarios de la reina Moidart. Por supuesto, el circunspecto Cromis, aunque reluctante, acudirá a la batalla con sus tópicos de novela de fantasía, sus espadas, su compañía de héroes y su enano. Harrison se entrega con energía a la tarea de emprenderla con la alta fantasía y sus baratijas de escapismo y consuelo en un relato muy ágil en el que pasan muchas cosas (se ventila toda una guerra civil en ciento cincuenta páginas), pero no acaba de manejarse con soltura con un estilo que resulta en exceso lírico y barroco, que peca de intensito en ocasiones, demasiado derivativo de los héroes moorckianos cuyo carácter subversivo se ha desgastado con los años. La reacción contra el fantasy queda en lo que casi calificaría de decorativo, en ese ambiente sombrío y depresivo, el tratamiento descarnado de la guerra, y en las hazañas de los protagonistas, despojadas de épica, grandilocuencia y heroicidad. Los personajes son ambiguos, pendencieros, rabiosos y violentos, no hay épica ni grandes gestos en la batalla, solo sangre, tripas y muerte, y por supuesto, ninguna catársis ni gloria en la victoria.

En Tormenta de Alas, novela publicada casi diez años después, en 1980, ya nos encontramos con un Harrison mucho mejor pertrechado que comienza a desmontar el relato y los arquetipos de la fantasía épica como normalmente la entendemos, frustrando las expectativas del lector más tradicional de fantasía, y choteándose de los tópicos que uno se espera encontrar en una novela de este tipo. El relato se desarrolla ochenta años después de los acontecimientos de La Ciudad Pastel, el héroe Cromis ha muerto y los Renacidos, seres humanos resucitados tras pasarse miles de años encerrados en cámaras de suspensión vital, comienzan a enloquecer bajo el peso de los recuerdos corrompidos de su vida pasada, puesto que sin la memoria de lo que eran se ven despojados de su identidad, perdiendo todo contacto con lo real. La historia arranca cuando en Viriconium aparece una Renacida portando un mensaje; la cabeza, grande como una calabaza, de un insecto. Se trata una petición de ayuda, el mundo está siendo invadido por extraterrestres con aspecto de langostas cuya percepción de la realidad completamente alienígena ha entrado en conflicto con la realidad consensuada por los habitantes de Viriconium, la forma colectiva en que los viriconios perciben el mundo, una especie de choque cultural muy a lo bestia. Así que, como en cualquier novela de fantasía heroica que se precie, la reina de Viriconium envía una compañía al lugar de donde proviene la cabeza, a investigar que está ocurriendo. Pero donde uno espera la típica recua de héroes, magos y un enano gracioso, se encuentra a una banda de personajes muy trastornados; un renacido altivo y ensimismado que pierde la cordura poco a poco, un científico inmortal que ya no recuerda quien es, la Renacida de antes, un asesino que ha de ocupar a regañadientes el papel de héroe dejado vacío por Cromis (no puede existir compañía sin héroe y a estas alturas nos vale ya cualquiera), un eficiente y cruel enano nada gracioso y el fantasma de un viejo astronauta inmensamente gordo y flatulento, que les dirigirá en su peripecia. Como se puede ver, los personajes ya sólo interesan como arquetipos grotescos y deformados de las novelas de fantasía más al uso, como figuras unidimensionales que apenas evolucionarán en su aventura.

El relato se revela como un troleo inclemente al lector de fantasía épica, la expresión de un autor cada vez más frustrado con el género, que acaba burlándose de sus tropos más habituales (la identificación del lector con el mito del héroe de las mil caras, la compañía de héroes, el viaje iniciático, la construcción de mundos, el enfrentamiento con el Adversario), retorciendo el argumento hasta hacerlo saltar en pedazos en un alucinante clímax donde se unen la nueva carne, el surrealismo y la película de catástrofes, un relato en el que la mayor parte del tiempo vamos siguiendo a unos taraos que dialogan incoherencias a medida que vagan por un mundo desquiciado al borde del apocalipsis, un mundo cuya consistencia se disuelve ante la irrupción de las langostas lunares y su particular percepción de la realidad. Pero todavía Harrison es compasivo con el lector, en lo argumental la novela se cierra, más o menos satisfactoriamente, con el conocido recurso de “la explosión que lo arregla todo”, otorgando una explicación, más o menos clara, a la invasión alienígena y demás situaciones planteadas. En Tormenta de alas todavía no aparece otro de los elementos básicos de la narrativa del Harrison post-El mono de hielo, el de los finales abiertos y la negación al lector de la explicación, la revelación del misterio. Pero eso vendrá luego.

En el interín entre Tormenta de alas y la publicación de la tercera iteración de Viriconium, En Viriconium, Harrison, ya un poco cansado de pelear con el género, de definir su obra en contra de, se había replanteado sus intereses a la hora de escribir. Ya desde mediados de los setenta venía publicando una serie de relatos que supusieron un punto de inflexión en su evolución como narrador; “En descenso”, “La invocación”, “El mono de hielo” y, sobre todo, “Egnaro”, relatos que exploraban una realidad estancada en estado de descomposición, lugares desolados al borde de un apocalipsis que no acaba de llegar, habitados por personajes disfuncionales cuyos deseos y frustraciones generaban fantasías íntimas que se proyectaban al exterior. Historias que reflejaban el desconcierto de Harrison ante el Reino Unido de mediados/finales de los setenta, ante una situación política y social opresiva, dominada por la confusión y la paranoia, con la perspectiva de un gobierno conservador y regresivo en el horizonte. Este nuevo enfoque sobre lo que como autor le interesaba escribir tuvo su correspondiente reflejo en la serie de Viriconium, concretamente en las tres últimas historias de la serie.

Esta transformación estilística y temática se puede apreciar con claridad en “La suerte en la cabeza”, un alucinado relato sobre un poeta que, a causa de un sueño, se ve envuelto en una nebulosa trama de magnicidio. Nuestra realidad comienza a disolver el espacio de Viriconium y uno no deja de percibir en el ambiente depresivo y asfixiante del cuento el elemento omnipresente en la ficción británica de los ochenta; la Thatcher. Y más que la Thatcher, el concepto mismo de un Imperio en decadencia y descomposición, cuyo avatar sería esa Britania amojamada, Mami Vooley, la reina-emperatriz que gobierna Viriconium con férrea mano de momia. Una ciudad asfixiada y sumida en el inmovilismo, presa de ensoñaciones con un lejano pasado imperial, una fantasía rancia y conservadora de las élites, que absorbe su vitalidad y la sume en el estancamiento y la podredumbre. Concepto que se amplía en En Viriconium, la tercera y última novela o novela corta del ciclo. Harrison nos presenta una ciudad ya en completa decadencia presa de una extraña plaga que extrae la vitalidad de sus habitantes, entregados a la apatía. La historia se centra en las desventuras de Ashlyme, un pintor retratista, y sus esfuerzos por rescatar a la famosa pintora Audsely King de la ciudad baja y llevársela consigo hasta la zona noble, donde todavía no se sienten los efectos de dicha plaga que se extiende poco a poco y sin remedio, mientras dos extraños dioses, dos hooligans, rondan por la ciudad emborrachándose y meando por las esquinas. Se trata de un relato ya sin apenas elementos fantásticos, que abunda en el ambiente preapocalíptico y tenebroso, presentado en “La suerte en la cabeza”, funcionando tanto como reflejo de la decadencia de la vida urbana de los duros años ochenta en UK como deconstrucción del relato fantástico que se desmorona tal y como le ocurre a la comunidad artística de Viriconium, carente de vitalidad e ingenio. Aquí ya los elementos y estructuras clásicas del relato de fantasía han sido demolidos, desapareciendo por completo, y al lector se le niega una conclusión, una explicación al uso que cierre de forma ordenada y cartesiana los argumentos planteados. El resultado es una narración cuyo argumento central, los planes de Ashlyme para rescatar a Audsley, se articula en una serie de escenas cada vez más sórdidas y grotescas, como de teatro del absurdo, de una desolación mundana como si una realidad asfixiante de ciudad de provincias inglesa penetrara ya casi completamente en un mundo que debería ser brillante y maravilloso. Viriconium, que había sido una palabra rebosante de misterio y poder se ve atrapada sin remedio en la espiral de la entropía, en lo trivial y vulgar que anida en el misterio y lo fantástico. Y la estación terminal de este largo trayecto es “El viaje de un joven a Viriconium”, que transcurre en el ambiente gris y mediocre de una ciudad de provincias del norte de Inglaterra, en uno de cuyos cafés existe un espejo que permite el acceso a la mítica ciudad de fantasía, Viriconium, ya un vacío y reseco cadáver prácticamente olvidado que nada puede ofrecer a las aspiraciones adolescentes del protagonista. Un relato de muchísimo nivel que cierra ciclo de la única manera que podía cerrarse, con John Harrison abandonando de una vez por todas la fantasía como forma válida con la que hacer literatura.

Estos tres excepcionales relatos dan la perfecta medida de un Harrison que ha alcanzado la plena madurez conceptual y estilística, un escritor en estado de gracia, con una capacidad casi sobrenatural de crear atmósferas, mezcla de extrañeza y cotidianeidad con la lógica y estética de un sueño inducido por alguna planta muy venenosa, navegando entre lo extravagante, lo absurdo, lo sórdido y lo hermoso gracias a un estilo extremadamente terso y evocador. Y es que Viriconium es la completa refutación de la “construcción de mundos”; aquí no encontraremos cientos de palabras inventadas para todo tipo de cacharrería fantástica, ni largas parrafadas detallando sistemas económicos o políticos, ni largas genealogías, ni nada por el estilo, Harrison emplea su estilo como única herramienta para levantar Viriconium, la ciudad que sólo existe en el lenguaje. No le hace falta recurrir a figuras literarias especialmente complicadas, o metáforas rebuscadas, ametrallarte con adjetivos o agobiarte con interminables ramificaciones de subordinadas. Lo suyo es una cuestión de precisión, de provocar el máximo efecto con cada palabra, de saber lo que hay que enseñar y lo que hay que ocultar, del uso de los silencios y los espacios vacíos para crear esa sensación de estar contemplando un mosaico incompleto y alienígena, de tapiz roto, deshilachado, que tanto se acerca a lo fragmentario de la percepción humana. Narrativa en la que se combina lo mundano y lo sórdido con los momentos fantásticos, misteriosos y evocadores, puesto que un enorme misterio que no podemos resolver es el substrato que constituye el fundamento de nuestras vidas. Es en este impecable manejo del estilo como herramienta básica de la creación literaria donde se encuentra a mi parecer, la potencia de la prosa de Harrison, por cierto, y que no se me olvide, vertida al castellano por Manuel de los Reyes con extraordinario resultado.

Al terminar “El viaje de un joven a Viriconium” me vino a la memoria una de mis primeras lecturas lovecraftianas, Viajes al otro mundo, el pequeño volumen de Alianza que recopilaba los relatos oníricos del ciclo de Randolph Carter, resorte mental activado por el cuento que cerraba dicha antología, “Testimonio”, del autor belga Thomas Owen (seudónimo de Gérald Bertot). Se trata de un relato ultrabreve en el que se nos presenta al “verdadero y real” Randolph Carter pasados los años; un hombre ya maduro convertido en un tipo de lo más ordinario, chapoteando en la mugre de un entorno sórdido y vulgar tras sufrir la ordalía de abandonar a un amigo a la más horrible de las muertes, de aprender que bajo lo misterioso y maravilloso sólo está la más espantosa de las banalidades. Un relato que ahí situado trastocaba profundamente los relatos de Lovecraft, convirtiendo a Viajes al otro mundo en curioso precedente del ciclo de Viriconium, esto es, narraciones acerca de larga y dificultosa llegada a la madurez, de dejar atrás la luz dorada del paraíso escapista de la adolescencia y entrar de lleno en los mortecinos y cotidianos misterios de la vida adulta.


(*) Creo necesario aclarar que con el término “fantasía” no me refiero a la literatura fantástica donde podrían entrar desde Homero a Jorge Luis Borges, sino que me refiero al fantasy tal y como lo entienden los anglosajones, es decir la fantasía épica o alta fantasía al estilo Tolkien y en la que se podría incluir la ciencia ficción de acción y aventuras.

(**) Hay que matizar que con el tiempo Harrison ha suavizado sus opiniones acerca del escapismo y sus baratijas de entretenimiento estéril. En mi caso, y aunque nadie haya preguntado, lo mío es el escapismo extremo y existencial, yo leo porque leyendo dejo de existir.

Caballeros de Viriconium (Viriconium, Libro I), de M. John Harrison
Título original: The Pastel City / Viriconium Nights
Ed. Alamut. Col. Bibliópolis Fantástica
Traductor: Manuel de los Reyes
Rústica, 224 págs., 17,95 euros

Tormenta de alas (Viriconium, Libro II) M. John Harrison
Título original: A Storm of Wings / Viriconium Nights
Ed. Alamut. Col. Bibliópolis Fantástica
Traductor: Manuel de los Reyes
Rústica, 224 págs., 17,95 euros

Nocturnos de Viriconium (Viriconium, Libro III), de M. John Harrison
Título original: In Viriconium / Viriconium Nights
Ed. Alamut. Col. Bibliópolis Fantástica
Traductor: Manuel de los Reyes
Ensayo de Arturo Villarrubia
Rústica, 224 págs., 17,95 euros

4 pensamientos en “Viriconium, de M. John Harrison

  1. Corroboro: un artículo superlativo para un escritor fuera de serie. Viriconium es última estación, sin viaje de vuelta. Una vez caes en su red, ya nunca abandonas la ciudad …. Por cierto, que maravilloso ( y qué profético del abandono por el poder de las regiones más deprimidas, en tiempos de crisis) es ese episodio, casi tragedia surrealista, de Ferro Espinazo, con ese grupo de personas y su maravilloso alcalde atrapados en una Guerra Invisible … Muchas gracias por tu reseña.

  2. Muchas gracias a los dos, me alegro mucho que os haya gustado el artículo, me pongo colorao.

    Álvaro;

    Este tema de las regiones deprimidas o rurales abandonadas en favor de los centros urbanos debe ser algo muy inglés, también se repite en un par de cuentos de Viriconium Nights, el de el pueblo que visita Lord Cromis tras la guerra y en el relato del comepecados, que también es uno de mis favoritos aunque no lo mencione en el artículo (bueh, es que Viriconium Nights es una antología tremenda). Curiosamente, Simon Ings trata también este tema en su muy harrisoniana “Wolves”, una novela muy interesante, que en su momento me dejó un poco frío, pero que para mí ha crecido mucho con el tiempo.

  3. No solo es muy inglés … también muy ” español ( o lo que quede, jaja). Vivo en un pueblo semiindustrializado de 5.000 habitantes ( 10.000 antes de la crisis), y, de verdad, es como habitar una región perdida de Viriconium … Más de una vez he recordado esas brillantes páginas de Ferro Espinazo: un esperpento “valleinclanesco” de una tristísima realidad. Un abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *