Kirinyaga, de Mike Resnick

Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.

Kirinyaga surgió como respuesta a un reto planteado por Orson Scott Card (ojo ahí) en el que proponía a una serie de escritores que colaborasen en una antología de historias sobre utopías, con la condición de que los personajes tuvieran la libertad de salirse de ellas cuando quisieran. El enfoque es muy revelador, ya desde el planteamiento se define un marco donde utopía equivale a secta, es decir, que la búsqueda de organización social y política buena, justa e igualitaria para toda la colectividad según una ideología determinada, será siempre rígida y opresora del individuo, frente al liberalismo, es decir, una organización política y social basada en “el sentido común”, libre del corsé de la ideología (ejem), basada en la interacción entre ciudadanos libres en supuesta igualdad de condiciones cuya acción en conjunto mejoraría la vida de todos los ciudadanos. Mike Resnick respondió a la propuesta con el cuento “Kirinyaga”, que, debido a su éxito y a que Resnick consideraba que aún tenía cosas que decir, expandió a varios relatos reunidos en el fix-up que tenemos entre manos y que el propio Resnick concibe como una novela. En Kirinyaga se narra la fundación y posterior fracaso de una “utopía” inspirada en las tradiciones de la tribu de los kikuyu, una tribu real, la etnia que ocupa casi todos los puestos de poder en Kenia. El relato de este fracaso se nos cuenta a través de los ojos de Koriba, un kikuyu educado en Europa y EE.UU que, en la Kenia todavía postcolonial del dos mil ciento y pico, y disgustado con la europeización de su tribu, concibe la “utopía” como el regreso a un estilo de vida tribal acorde con las costumbres de sus antepasados. Debe ser tan brasazas el hombre que el gobierno keniano, al estilo de los ingleses que largaron a los puritanos a Nueva Inglaterra a principios del s.XVII, le compra uno de los asteroides terraformados que orbitan la Tierra, bautizado como Kirinyaga (el monte Kenya en idioma kikuyu), adonde marcha con una serie de seguidores a vivir de la ganadería. Allí, Koriba, erigido en mundumugu de la tribu, una especie de líder espiritual, médico, intérprete de los dioses, juez, legislador, jefe supremo y conservador de las esencias ideológicas de su unidad de destino en lo universal, se enfrentará a los diversos conflictos (uno por capítulo o relato) que inevitablemente surgirán y pondrán en peligro su “utopía”, que, como sospechamos desde un principio, al mantenerse inmune al cambio y a las necesidades de sus habitantes, y, sobre todo, porque Koriba no puede evitar aislarse completamente del exterior, acabará por fracasar, o mejor dicho, se convertirá en otra cosa muy diferente a lo que Koriba pretendía.

Habrán notado que escribo “utopía” entre comillas y esto es porque en Kirinyaga aparece una de las representaciones de la utopía más simplista y tramposilla que he leído en mucho tiempo, como decía más arriba, la “utopía” de Koriba no se diferencia demasiado de una secta. Y es que a Resnick no le interesan las complejidades que acometió Ursula Le Guin en Los desposeídos, por ejemplo, sino que prefiere simplificar el concepto de utopía, para llevar el agua a su molino, es decir, presentar un proyecto utópico como un sistema totalitario, opresor de la libertad individual, “el mundo según un iluminado”, desarrollando esta idea en una serie de parábolas o fábulas que se prestan mejor a dicha simplificación. Los relatos siguen una estructura similar, básicamente Resnick arroja piedras contra el techo de cristal que él mismo le ha colocado a la “utopía” de Koriba, planteando una serie de conflictos sobre la libertad individual enfrentada a la estalinista responsabilidad social (simbolizada por las costumbres kikuyu, que, por supuesto, son bastante chungas para los ojos del lector occidental). Conflictos planteados mediante diálogos expositivos o batallas dialécticas de a ver quién tiene razón, un poco al estilo de las peroratas libertarias de los rollacos de Heinlein, en las que se intercalan unas parábolas realmente cansinas a modo de argumentación/adoctrinamiento que abundan en el simplismo y sermoneo del conjunto. Finalmente Koriba vadea el conflicto engañando, manipulando, mintiendo y haciendo trampas (es el único de la tribu capaz de modificar el clima del asteroide, es decir que si no se hace lo que él dice, no llueve, por ejemplo) y todo vuelve al status quo inicial, con alguna grieta que otra hasta que Resnick decide resolver en “Cuando mueren los viejos dioses” y presentar sus conclusiones en el epílogo. A mí me ha resultado tremendamente aburrido y repetitivo este desarrollo, cuento tras cuento machacando una y otra vez los mismos conceptos, navegando pesadamente hacia un desenlace que veía venir desde la primera historia. Salvaría el relato “Pues el cielo he tocado” que funciona muy bien en lo emocional, aunque peca de un innecesario tremendismo melodramático en la resolución, ya que apuntaba a una evolución de Koriba, que llega a dudar de su “utopía”, pero como es necesario que el personaje no evolucione para sostener la tesis de Resnick sobre las tribus africanas que veremos más adelante, se convertirá en un Don Erre que Erre africano, sin que se nos ofrezca un análisis interesante de los mecanismos mentales de su doblepensar. Porque además, en el tratamiento tan simplista del proyecto utópico de Koriba y sus motivaciones, que se podrían resumir en “la ciudad no es para mí”, se obvian motivaciones más complejas y profundas del descontento de Koriba con la sociedad europeizada, desde el lógico resentimiento por la dura represión británica de los rebeldes kikuyu durante la guerra de independencia, hasta las relacionadas con la identidad cultural, como la sensación de pertenencia que ofrece una tribu homogénea frente a una ciudad de millones de personas alienadas, o la importancia de las comunidades pequeñas que ofrecen una red social tupida que proporciona seguridad y cierto sentimiento de inclusión al individuo. Asimismo, leyendo Kirinyaga me preguntaba por qué la utopía ha de estar necesariamente reñida con las libertades individuales, por qué no puede existir una sociedad utópica en constante cambio, o por qué, necesariamente, la consecución de un sistema político más justo e igualitario siguiendo una determinada ideología, ha de ser igual a perfección igual a inmovilismo. Y recibí la respuesta a estas cuestiones en la coda de la novela; “Kilimanjaro: fábula de una utopía”, en la que los masáis kenianos parten a otro asteroide, el Kilimanjaro, buscando establecer su propia utopía tradicionalista sin atraparse en rigideces ideológicas, aprendiendo de los errores de los kikuyu, para acabar descubriendo que la república liberal norteamericana es el mejor sistema de gobierno y organización política posible y que “el capitalismo es el único sistema económico que no ha fracasado a lo largo de los siglos”, en lo que parece una especie de parábola de final feliz patrocinada por el FMI sobre la evolución político-económica de ciertos países africanos, como Mozambique o la misma Kenia.

Otra cosa que he echado en falta es el colectivo, un entorno humano interesante o rico, los kikuyu de Kirinyaga son el gran elefante pasivo en la habitación. En aras de la simplificación, el resto de habitantes de Kirinyaga carecen de entidad o voluntad, salvo como mecanismos narrativos en los conflictos, no se exploran las ansiedades, preocupaciones o alegrías de esta sociedad tribal, ni se tratan las relaciones de los miembros de la tribu, salvo las estrictamente necesarias para el argumento. Incluso se hace difícil constatar el paso del tiempo si no lees las fechas que encabezan cada capítulo  Además, se producen algunas incongruencias en las motivaciones de los kikuyu y su percepción de la tecnología y la naturaleza de su “utopía”. Los kikuyu a ratos parece que desconocen la naturaleza del lugar que habitan, o echan o no de menos la tecnología y la modernidad, según le convenga al autor (hay que señalar que en un momento dado se nos dice que los kikuyu de Kirinyaga ya vivían apartados en una reserva de Kenia al estilo amish, antes de emigrar al asteroide, entonces, ¿pa qué?). Otras veces da la sensación de que Resnick hubiese reunido en los kikuyu todas las tradiciones más chungas del África tribal, desde las mujeres como mercancía hasta el sacrificio de niños brujos; por ejemplo, en uno de los capítulos se nos narra como han de abandonar a un anciano ya incapacitado a morir a la intemperie porque así lo manda la tradición y en otro capítulo posterior no se permite a una anciana vivir sola porque ha de quedarse en casa sin hacer nada atendida por su familia. Esta falta de concreción, esta sociedad tan poco trabajada a la que se le ve la tramoya tan descaradamente, iba agudizando mi desinterés, incluso llegué a pensar que habían metido a Koriba en un mundo virtual habitado por fantasmas holográficos, o que eran presos enviados allí como atrezzo, apuntalando la idea central de la novela, que considera la utopía como ocurrencia de un iluminado que resulta una condena para los demás.

Junto a lo inviable de las utopías, el otro tema que pesa en Kirinyaga es el postcolonialismo y la crítica a la relatividad cultural, un lujo de europeos ricos que se nos acaba cuando tenemos que usar un váter en la India. ¿Por qué Resnick ha elegido como protagonistas a los kikuyu en vez de yo qué se, a los amish, por ejemplo? Pues porque quiere hablar abiertamente de las tribus de África y la dictadura de lo políticamente correcto no le deja. La clave la encontramos en el comentario final firmado por el autor; “Esto…, chicos…, yo no soy Koriba”, donde Resnick, aparte de despacharse a gusto con la burricie de los críticos literarios progres que identifican las opiniones e ideas de Koriba con los suyas propias, también aprovecha para aclarar su postura respecto a las tribus africanas cuando Charles Platt le cuestiona sobre cómo representa a la tribu kikuyu; unos “salvajes” que todavía en el dos mil ciento y pico son incapaces de superar unas tradiciones bastante brutas que ya no responden a las necesidades de sus miembros. Desde la autoridad que le confiere pasar varias temporadas de vacaciones en las laderas de monte Kenya, Resnick nos explica, de un modo algo confuso, que, por supuesto, los kikuyu de la novela no son bárbaros, todo lo contrario, simplemente se limitan a cagar en el bosque como han hecho toda la vida de Dios, algo que, por lo visto, no han demostrado estar dispuestos a dejar de hacer (incluidas las víctimas de estas costumbres tribales). Así que a continuación enumera una serie de acontecimientos políticos y humanos muy jodidos (masacres, genocidios, dictaduras, guerras civiles) que la África subsahariana postcolonial ha sufrido incluso en los países más occidentalizados, relacionándolos con la persistencia de estas costumbres tribales que aún siguen vigentes. No sé exactamente adonde quiere ir a parar Resnick (¿la imposibilidad de ciertas culturas para adoptar la democracia liberal?), ni le quito su parte de razón, que la tiene, pero no es toda la razón. No comprendo por qué en su razonamiento sobre la situación de la África postcolonial obvia (entre otros factores socioeconómicos, demográficos, geoestratégicos o históricos) los efectos más devastadores del colonialismo europeo y sus intereses en el continente africano. Desde las prácticas comerciales dudosas (cuando Resnick menciona en un relato que Kenia es incapaz de producir alimentos suficientes y ha de comprárselos a los europeos, se le olvida el asunto del dumping de productos agrícolas subvencionados que la Unión Europea vuelca en el continente africano), pasando por la ingeniería política y social de, por ejemplo los belgas en Ruanda Urundi, reuniendo en naciones artificiales tribus y clanes rivales que no entendían el concepto de identidad nacional en un mismo territorio, generando odios irreconciliables favoreciendo a unas etnias u otras según las teorías raciales de la época. O, ya que estamos, la represión brutal de los británicos en Kenia, quienes, durante la revuelta Mau Mau que liberó el país, confinaron a un millón y medio de kikuyu a campos de trabajo donde eran sistemáticamente torturados, castrados o quemados vivos. Pues eso, estas son nuestras costumbres europeas y también habrá que respetarlas.

En su texto final, Resnick afirma que con Kirinyaga su intención era examinar la condición humana y la realidad del África subsahariana, el problema es que emplea para ello unas herramientas inadecuadas que resultan insuficientes a la hora de explicar una serie de realidades enormemente complejas. Porque, en la trastornada opinión del que esto escribe, los relatos de Kirinyaga, más que reflejar esas realidades que quiere examinar Resnick, reflejan, sobre todo, un conjunto de creencias políticas, creencias distintas a las que Resnick dice desafiar en críticos y lectores, pero también creencias al fin y al cabo, las suyas propias.

Kirinyaga, de Mike Resnick. (Kirinyaga. Ballantine, 1998).
Ed. Gigamesh (2017). Traducción: Ramón Peña.
352 pp. Rústica. 22,80€.

3 pensamientos en “Kirinyaga, de Mike Resnick

  1. Visto así parece un truñazo en toda regla.

    Incluso peor, parece que el Resnick este es una especie de híbrido entre Aynd Rand y Miguel de la Quadra-Salcedo (¡toma referencia añeja para millenials!).

    Supongo que tendrá cosas mejores con diferencia, porque de lo contrario no me explico la fama y la buenísma reputación que tiene.

    • Bueno, es que me pongo muy burro a veces. A ver, a mí no me ha gustado nada, pero he buscado bastantes reseñas por ahí y nadie coincide con mi opinión, así que estoy con la inquietante sensación de que no he pillado algo importante y me he acabado enfurruñando. Te la mando, la lees y me sacas de dudas… 🙂

  2. Burros hay que ponerse cuando es lo que pide el cuerpo.

    Más burrería y menos compadreo endémico.

    El compadreo AKA yo-te-rasco-la-barriga-si-tu-me-tocas-el-pie es un mal de siempre (y hasta cierto punto inevitable; cuánto más reducido el ecosistema más agudo el compadreo) y la única manera de luchar contra él es hacer crítica en serio medio en broma.

    Otra opción es pasar y responder con el más absoluto silencio a lo que no nos hace tilín o incluso nos saca de quicio, aunque esto también es un problema en sí mismo. A veces, como en este caso, es más sano ponerse farruco y liberar al kraken criticón que todos llevamos dentro (sano para el que reseña, y más sano aún para el ecosistema).

    Más me vale una reseña tuya que cien notas de prensa camufladas de algo que no son: una opinión fundada después de haber asimilado en la medida de lo posible un texto.

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