Tiempo profundo

Tiempo profundo

Me gustan mucho las antologías temáticas; esa reunión de relatos y novelas cortas alrededor de una idea más o menos peregrina surgida de la mente del seleccionador de turno. Vale, muchas veces dan lugar a libros a la deriva por la proverbial irregularidad de las colecciones. Sin embargo cuando el antólogo está inspirado y, además de los Nombres (así, con mayúscula) o la voluntad de llegar a una cierta extensión, mantiene unos criterios de calidad y fidelidad a su punto de partida, consigue un volumen como este: una recopilación que sirve de inspirada presentación de lo que Luis G. Prado entiende por ciencia ficción trans.

Tiempo profundo transporta al lector hacia universos donde la humanidad ha trascendido su estado actual y domina su entorno a un nivel ahora apenas soñado. Se desplazan planetas o sistemas enteros y se controla el ciclo de las estrellas, acelerándolo o retardándolo a voluntad; las nanomáquinas recrean los mundos o el propio cuerpo con un coste mínimo; la personalidad se almacena o se transmite digitalmente permitiendo viajes por el vacío prácticamente sin gasto energético;… Gran parte de lo que, por ejemplo, Michio Kaku glosaba en La física de lo imposible elevado a la enésima potencia y presentado sobre un abismo todavía mayor: escalas colosales de tiempo y/o espacio. Entre dos párrafos los personajes se desplazan docenas de años luz, secuencias correlativas están separadas por cientos de millones de años, en un punto y seguido transcurren milenios… El famoso tiempo profundo establecido por Hutton en el siglo XVIII, estirado hasta lo indecible.

Sin embargo todos estos conceptos, salvo en un par de casos, nos ponen ante una humanidad no demasiado alejada de la nuestra. Esa carencia de más relatos donde nuestros descendientes hayan experimentado una transformación más profunda, en los cuales las relaciones entre parejas, compañeros, enemigos, nuestra apariencia física, nuestra psicología se llevaran un paso más allá del ligero extrañamiento (si es el caso), me parece el mayor handicap de la selección. Aquí no existen mutaciones del pelo de la vistas en Cismatrix, de Bruce Sterling. Por fortuna este asunto queda en tercer plano en cuanto entran en juego ideas como la viabilidad de comunicarse con inteligencias alienígenas (el otro) y el fracaso de la ética humana a la hora de entender esa ética ajena, la posibilidad de escapar a la muerte térmica del universo, la noción del amor “eterno”…

El relato elegido para abrir Tiempo profundo es la esperable historia de Greg Egan: “A lomos del cocodrilo”: la peripecia de una pareja que, cansada de una vida cuyo único final llegará cuando ellos lo decidan, aborda un último proyecto vital: establecer contacto con una civilización alienígena con la cual todo intento ha terminado en fracaso. Durante millones de años.

La visión del futuro esbozada es paradisiaca, con todas las especies inteligentes de la galaxia viviendo en armonía, sin barreras culturales, socipolíticas o materiales. Esta perspectiva utópica además se traslada a las relaciones de pareja, con una visión idealizada de un proyecto de vida compartido, de la entrega y el sacrificio exigidos para mantenerlo, y de la necesaria indulgencia cuando se transgreden los límites de confianza. Aunque el autor australiano peca de su habitual “contención” a la hora de tratar con las emociones (otros hablarían de autismo), posiblemente como consecuencia de un factor implícito en la narración: si la humanidad sobrevive en su perpetuo paso al frente hacia el borde del acantilado será porque ha anulado todo comportamiento patológico que lo arrastra/empuja hacia la extinción. Y en “A lomos del cocodrilo” ha logrado elevarse por encima del abismo porque rencor, envidia, avaricia… son palabras en un diccionario sin ejemplos prácticos en las últimas tres vueltas al núcleo galáctico.

Por cierto, desde un punto de vista editorial, funciona como recordatorio de la competente labor de Carlos Pavón quien quizás algún día pueda realizar una deseable nueva traducción de Axiomático, cuya primera edición por el Grupo AJEC no estaba a la altura del contenido (la segunda no la he leído).

Charles StrossLa siguiente pieza extensa es “Palimpsesto”, de Charles Stross, una especie de reescritura posmoderna de El fin de la Eternidad con toques de los relatos de El Gran Tiempo de Fritz Leiber. Su protagonista es un joven a punto de entrar en Estasis, la organización pantemporal que preserva nuestra especie de “la extinción, la obsolescencia trascendental y un cosmos destinado a desvanecerse en la oscuridad”. Así, como trasunto de La Eternidad asimoviana, Estasis no se dedica exclusivamente a modelar el curso de la Historia; llega a manipular el propio sistema solar para impulsar su supervivencia más allá de su curso natural.

Premio Hugo 2010 a la mejor novela corta (algo que no he visto mencionado, lo que da una idea de lo por encima que está Alamut de cualquier asunto promocional), Stross utiliza una estructura hábilmente dividida en cuatro actos más o menos homogéneos; cada uno se inicia con un primer capítulo en segunda persona para sumergir al lector en una situación tensa experimentada por el protagonista, y después, en los siguientes, pasa a una tercera persona con fragmentos cruciales durante sus años como postulante a agente de Estasis. Así condensa en 75 páginas lo que en otras manos habría dado para dos novelones de 700.

Como ocurría con “A lomos de un cocodrilo”, tras las cháchara tecnofílica y su dimensión colosal no hay nada esencialmente novedoso en “Palimpsesto”, pero Stross yuxtapone todas esas ideas vistas en una miríada de historias haciéndolas pasar por su personal licuadora-amplificadora. El resultado trasciende sus limitaciones literarias o los peros que se puedan encontrar a ciertas decisiones, como la manera en que se soslayan ciertas paradojas. Me da que para la mayoría de aficionados a la ciencia ficción más clásica, la confluencia de viajes en el tiempo y cosmología a través de miles de millones de años puede con todo.

En contraposición “El otro fin de la historia”, de John C. Wright, me ha resultado mucho menos estimulante. En este relato enclavado en el universo de La edad de oro, Wright desarrolla la particular historia de amor entre dos inteligencias almacenadas en lugares tan atípicos como un planeta y la biosfera de otro en un escenario post-post-postsingularidad. Fragmentado en 20 capítulos de muy diversa extensión, comienza con un tono legendario que facilita la asimilación de un escenario tan alejado de nuestra realidad cotidiana para desprenderse después un tanto de él mientras extiende el foco hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y el espacio, acercándose y alejándose del lugar y del momento del encuentro. De esa manera, Wright revela y despeja incógnitas (quiénes son los personajes, qué hacen allí, su destino) hasta completar un monótono fragmento de una historia del futuro.

Tiempo profundoMi desencuentro con “El otro fin de la historia” ha sido doble. Primero, aunque es de lectura independiente, su pertenencia a un escenario que desconozco casi por completo me ha resultado un tanto incómoda por una sensación de estar perdiéndome matices, cosa que no me ocurrió con otra historia de Wright del mismo escenario incluida hace una década en Semillas de tiempo: “Un soldado en el paraíso”. Esta ligera molestia personal e intransferible se ha viso realimentada por mi absoluta falta de empatía/simpatía/cercanía con sus ¿personajes?, sus ¿vidas?… En el fondo, si lo que me estás contando es una especie de cuento de amor, con todas las comillas del mundo, qué menos que imprimir un poco de pasión, sentimiento, garra… Emoción. Mi pequeña decepción de Tiempo profundo.

Es curioso cómo la otra historia alejada de la humanidad tal y como lo conocemos tome también la forma de una pseudo-historia de amor: “El servidor y el dragón”, de Hannu Rajaniemi. Sólo que en mucho menos espacio y con parte de lo que he echado en falta en la historia de Wright. En menos de diez páginas el autor de El ladrón cuántico relata los avatares de una IA aislada en la inmensidad del espacio (el servidor) y su posterior relación con una criatura (el dragón). La manera de plasmar la soledad de ese creador en mitad de la nada me ha resultado tan atractiva como la evolución de ese sentimiento cuando entra en contacto con otra inteligencia.

Salvando las distancias, Rajaniemi nos acerca a un “Amor es el plan, el plan es la muerte” tan inteligente como, me temo, frío, con un potente contenido simbólico. No obstante, no me quito de la cabeza que si el amor en este futuro trans vislumbrado a través de las historias de Rajaniemi, Wright o, incluso, Egan, es de naturaleza tan gélida casi que me quedo con esa ceniza literatura prospectiva contra la cual “carga” el seleccionador, Luis G. Prado, en la introducción del libro. Un texto que, por otro lado, recupera el hálito de columna de opinión de las introducciones con las cuales Miquel Barceló abría determinados libros de la colección Nova; circunstancia para la cual está, como dueño de la editorial, más legitimado (ya saben, la gallina es mía y…). Además tiene a su favor el punto de que en ningún momento intenta darte gato por distopía y expone Tiempo profundo como lo que es.

Peter WattsMe falta por escribir de la guinda de la selección; la historia que más me ha acercado al recuerdo de mi pasión por la ciencia ficción cuando tenía 15 o 16 años; ese sense of wonder que, a base de sumergirse en sus entrañas, ha perdido parte de su lustre: “La isla”, de Peter Watts. Una narración que rompe las barreras del espacio, el tiempo y la inteligencia humana mientras tumba sus leves inconvenientes a medida que superpone las ideas que lo dan forma.

Bajo el barniz superficial sus mimbres tampoco resultan novedosos: una pizca de nave (más o menos) generacional con millones de años a sus espaldas, escindida por completo de su civilización; un bastante de encuentro con una inteligencia extraterrestre y los consiguientes problemas de comunicación; un poco de compleja relación con una IA y algo de brecha generacional. Pero Watts pone una vez más sobre la mesa que más importante que las novedades aportadas en una historia es cómo las introduzcas, dosifiques o las hagas realimentarse entre sí. Ya después uno puede ponerse “importante” y demandar un narrador más atractivo o consistente, un trato de unas relaciones menos cargantes o diálogos menos afectados, pero llegados a este punto con este libro tan especial me da un poco lo mismo; dentro de su corrección literaria a Tiempo profundo se viene a otra cosa. Y como sucesión de enigmas y revelaciones sobre la relación entre ser humano y universo “La isla” no tiene precio.

Quizás el mayor problema de Tiempo profundo está en su relación contenido/coste, bastante por encima de otras antologías publicadas en los últimos meses por editoriales con más posibles. Sin embargo, retomando la idea que plasmaba al comienzo, ofrece un criterio vertebrador que es soma potente para su público objetivo. De hecho, si me permiten un último exceso en esta sublimación del hype que ha terminado siendo esta reseña, mantiene una homogeneidad no demasiado habitual en libros de este tipo. Aquí no te vas a encontrar esos dos o tres relatos inflamables que se comen, mínimo, un tercio del volumen. Como mucho será sobre un cuarto o un quinto. Una ganancia para los que no nos gusta perder… el tiempo.

Tiempo profundo, Selección de Luis G. Prado
Trad. Juan Carlos Pavón, Luis G. Prado y Carlos Gardini
Alamut Ediciones, Artifex (2014).
224 pp. Tapa Blanda. 19,95€
Ficha en La Tercera Fundación

2 pensamientos en “Tiempo profundo

  1. Jeje,

    “(algo que no he visto mencionado, lo que da una idea de lo por encima que está Alamut de cualquier asunto promocional)”.

    No sé si es estar por encima o por debajo, pero el caso es que el relato de Watts, “La isla”, también ganó el Hugo a la mejor ‘novelette’ en 2010.

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