El efecto práctica, de David Brin

El efecto prácticaA raíz del fallecimiento de Ian Watson recordé por aquí su manera de escribir a través de “Pájaros lentos”. En poco más de veinte páginas, el autor de Incrustados sometía al lector a un viaje vertiginoso por toda una serie de ideas encadenadas, insospechadas cuando lo estás comenzando y todo parece una historia bucólica en un paisaje postapocalíptico. Los lugares por donde te lleva después, racional y emocionalmente, es uno de los motivos por los cuales la ciencia ficción me parece algo único y las narraciones breves su forma más prístina. Aunque en este formato, generalmente, no se apuesta tanto por el carrusel de ideas sino por una carga conceptual más concentrada. Ir más al pie del novum, la idea que vehicula el mundo de ficción y desencadenaría esa reflexión del lector sobre su propia realidad. El extrañamiento.

Esas ideas tienen un recorrido; una serie de situaciones desarrolladas a su alrededor y cuya precisión/certeza es clave para el sentido de la narración (y su disfrute). Pero no siempre son suficientes para sostener la extensión extra de una novela, siempre necesitada de capas de escenario, personajes, trama, giros, estilo que lleven la historia hasta validar esa entidad. Aquí, hay ocasiones en las cuales los escritores son conscientes que pueden andar escasos de parte de ellos y apuestan por explorar ese novum desde varios relatos; varios cuentos que ahonden en el potencial de la parte especulativa sin tener que exponerse a construir una integridad a su alrededor que puede dilapidar el poder transformador de la idea. Hay multitud de ejemplos, como lo realizado por Bob Shaw con el vidrio lento en Otros días, otros ojos. También hay muestras de lo contrario, como esta novela de David Brin. Su noción central me parece arrolladora. Pero una vez se conoce, el conjunto entra en la categoría “suena mejor contado que leído”.

El efecto práctica ocurre en una dimensión donde el segundo principio de la termodinámica sucede al revés que en nuestro mundo. No completamente, pero eso es otra historia. El hecho es que en el lugar ideado por Brin, cuantas más veces utilizas un objeto, mejora con su uso. Así, un cuchillo en vez de perder el filo a medida que lo vas usando, lo gana. Una cárcel puede convertirse en perfecta a base de golpear, tocar, empujar, rozar las paredes y la puerta de sus celdas. Las prendas de vestir lucen mejor cuantas más ocasiones te las pones, lo que lleva a que las personas con más posibles tengan siervos que se encargan de llevarlas para poder lucirlas en su máximo esplendor en las grandes ocasiones. Etcétera. Etcétera. Etcétera.

En la novela Brin no se queda solo en estas especulaciones que en el fondo son la misma. Sabedor que hay que ir más lejos para sacar partido al concepto, Brin la lleva a otros terrenos. En esa dimensión la innovación se ha parado puesto que no hay incentivos para la exploración de nuevas formas de hacer las cosas. Una vez tienes un objeto que mejora cada vez que lo utilizas, tiene más sentido invertir trabajo/capital/ingenio en practicarlo en vez de en buscar alternativas para hacer esa tarea de una manera alternativa. Esto explica en parte por qué la tecnología del mundo ha quedado en una especie de Edad Media perpetua. También la economía de mercado no existe, constreñida por una especie de feudalismo donde las fuerzas de trabajo son súbditos forzados a realizar tareas repetitivas sobre los objetos que sus señores dejan a su cargo para practicarlos. Como esto quedaría un poco fuera de moda, Brin imprime al sistema matices comunistas. La novela está escrita durante la primera presidencia de Reagan y había que lustrar las bondades del capitalismo frente al socialismo real.

David BrinMás allá de cuestiones ideológicas o que la novela lleve su especulación hacia los pagos de la fantasía, el novum es atractivo y se explora desde un extrañamiento que se realimenta con la época cuando fue escrita sin que Brin esté todo el tiempo haciendo homilías. Sí que hay ocasiones que agradecerías más de ir al grano en vez de recibir una nueva encarnación del efecto práctica. Pero no está aquí lo que me ha llevado a dejar la novela sin terminar, a 100 páginas del final. La ficcionalización de estas nociones, la suma de escenario, trama, personajes, tono de El efecto práctica es una de las manifestaciones más pobres de la literatura fantástica de los 80 que recuerdo. A su manera, un alegato de que todo habría ido mejor si el autor de Marea estelar y El cartero hubiera escrito dos o, a lo sumo, tres relatos alrededor del novum y sus implicaciones en vez de este libro de cerca de 400 páginas, aburrido, gris, reiterativo, cansino.

Dice mucho que en el corazón de la novela haya una comedia, una actualización de Un yanqui en la corte del Rey Arturo, con sus capas de romance (hay un pequeño ataque de celos de un rival por la chica en el viaje del protagonista a la dimensión de marras; una princesa local que le hace ojitos al protagonista) y una tensión romántica digna de una historia de A. E. Van Vogt, Murray Leinster o Doc Smith (XD); acción y comedia sin gracia, a la peor gloria de las más lamentables películas de colegas de los 80 (aunque aquí hay varios compañeros); tirantez política entre reinos de fantasía, del nivel de las que rodean a las luchas por el principado de Andorra (apasionantes para los que las viven; conspiraciones de tercera regional para el resto del mundo)… Más allá de esa idea fuerza no hay nada en El efecto práctica que me haya seducido. Aunque pueda apreciar alguno de sus componentes.

En un contexto en el cual la fantasía ya se había adueñado de las listas de bestsellers frente a la ciencia ficción, es de agradecer a Brin el intento de darle matices proyectivos, que entraran en continuo diálogo con su presente. También el recurso al humor para sostener la historia en un campo como el de la ciencia ficción que, ya por entonces, había caído en la extrema seriedad. Lamentablemente, ni Brin es Connie Willis ni Terry Pratchett. Comparar El efecto práctica con Oveja mansa o con esa “novelita” aparecida un año antes que lleva por título El color de la magia (sin mecionar todas las que vinieron después) deja en evidencia todavía más un libro que no merecía la traducción que recibió. Avisados quedan… si hay alguien interesado en leer este libro en 2026 más allá de servidor.

El efecto práctica (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción nº92, 1994)
The Practice Effect (1984)
Traducción: Rafael Marín Trechera
Rústica. 382pp.
Ficha en la web de La tercera fundación

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