El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi

El ladrón cuántico

El ladrón cuántico

Como todo ser humano, tengo mis debilidades. En lo que a la literatura se refiere, una de las muchas recae en mi predilección por las editoriales que tienen una línea más o menos clara; sellos que dejan entrever la personalidad de su editor. Una “marca” que, sin ser excluyente, va más allá de la temática, de seleccionar novelas con premio o la búsqueda de meros pelotazos. Un compromiso con una visión de la narrativa, no presente en todos y cada uno de los títulos pero sí fehaciente en una mayoría suficiente, que invita a conocer libros sobre los que apenas tienes información.

Ya he hablado alguna vez de mi sintonía con la visión de Paco Porrúa y su Minotauro o con Alejo Cuervo, su etapa detrás de Martínez Roca o gran parte de los primeros años de Gigamesh. Y con independencia de las diferencias de criterio o los borrones que se pueden encontrar, me ocurre otro tanto de lo mismo con Luis G. Prado y sus sellos Bibliópolis, Marelle y Alamut. Además tiene algo que cada vez echo más a faltar en este mercado editorial repleto de retruécanos, medias verdades y colaboradores disfrazados de lectores de base que vocean y vocean como si no tuvieran relación alguna, sin ningún tipo de autocrítica. Acostumbra a hablar claro, dar los datos objetivos (que puede) y vender sus productos como lo que suelen ser.

Así, en un momento en el que, para bien o para mal, venga o no al caso, cuando las editoriales hablan de sus novedades acuden fórmulas en plan “literatura futurista de temática social que se acerca a la angustia que produce esta realidad de depresión económica, vulneración o supresión de derechos fundamentales, con toques dickianos u orwelianos”; u “obra imaginativa lúdica, accesible, fácil de desentrañar, plagada de homenajes a grandes clásicos o éxitos de la cultura pop pero que invita a la reflexión”; cuando Luis G. Prado tiene que publicar un libro claramente de ciencia ficción jamás lo oculta detrás de frases hechas destinadas a atemperar el contenido.

Visión ciega, Accelerando, Luminoso, un poco menos Zendegi, la reedición del 25 aniversario de Mundos en el abismo… son títulos que exigen lectores con un horizonte de expectativas en extremo moldeable. Sin entrar a valorar su calidad, son narraciones que juegan con una serie de elementos, referentes y, sobre todo, están relatadas con un lenguaje que si el lector desconoce probablemente terminen con el libro en la basura. Porque incluso, aun estando versado en ellos, demandan un esfuerzo adicional; casi perseverar con esa fe que muchas veces sólo los fieles tienen. La fe que a unos cuantos nos termina convirtiendo en fundamentalistas que vemos cosas que nadie más ve.

(Obviamente esta es mi percepción y no la del editor, que explica un poco sus ideas en esta presentación de una antología de ciencia ficción que prepara para los próximos meses, Tiempo profundo).

Hannu Rajaniemi

Hannu Rajaniemi

El último libro que pertenece a esta serie de títulos de ciencia ficción sin tapujos que han aparecido en Bibliópolis/Alamut tiene apenas tres meses: El ladrón cuántico de Hannu Rajaniemi. Un primera novela tan llena de color y de grandes momentos para el aguerrido lector de género como contraindicada para todos aquellos que desconozcan o desaprueben sus excesos. 250 páginas de la más esencial peripecia estroboscópica en un escenario vivaz, con su sustrato social simplote y a la orden del día, y con ese veneno que para un puñado de “zumbados” resulta peor que la heroína: obliga a descubrir qué narices está pasando partiendo de la escasa información que proporciona el autor y del bagaje de ciencia ficción con el que se cuente. ¿Un aliciente o estricnina en potencia?

Rajaniemi sitúa el listón de acceso a El ladrón cuántico alto. La historia que elige contar (las desventuras de un ladrón de ladrones desde su fuga de una prisión perfecta hasta que desentraña los misterios de una ciudad móvil por la superficie de marte) se desarrolla en un futuro lejano postsingularidad en el que ser humano y sistema solar han cambiado respecto a los que conocemos. Cuerpos modificados biotecnológicamente, copias digitales de la personalidad, naves espaciales con todo tipo de cachivaches cuánticos, nanomáquinas que convierten en cotidianos los sueños húmedos de un guionista de tebeos de superhéroes, planetas que han desaparecido, costumbres más propias de los cuentos de hadas que de ciencia ficción… son el estándar de una realidad que es a la nuestra lo que el siglo XXI podría ser para un campesino del creciente fértil del siglo XXX a.C. Y para alegrar el día, se describe como si estuviéramos familiarizados con ello, sin mediar explicación y con un amplio glosario de terminología que, sobra decir, no aparece por ningún lado y se hace necesario decodificar a medida que aparece.

Y aquí Rajaniemi cumple. Toca los suficientes lugares comunes como para que el lector de ciencia ficción pueda hilar lo que ocurre ante sus ojos sin que la terminología o las descripciones que ha recreado para la ocasión sean una barrera insalvable. Para bien o para mal, esa imagen de salto al futuro es uno de los grandes alicientes de El ladrón cuántico. Ayuda la traducción de Manuel de los Reyes, obligado a bregar con una narración con niveles lingüísticos más exigentes de lo habitual y que mantiene a la perfección el juego del original (si alguien está interesado, recomiendo leer este artículo del propio traductor sobre su labor).

Aunque, también, hay momentos en los que Rajaniemi deja entrever las dudas que tiene en su propio método, porque el escritor finlandés afincado en Escocia no es todo lo consistente que debiera haber sido. En contadas ocasiones se siente obligado a introducir algún que otro diálogo entre personajes donde uno responde a preguntas del segundo para aclarar ciertos aspectos del escenario importantes para la trama y cuyo intríngulis no ha acertado a revelar a través de la acción o la descripción del entorno. Y esto, en un futuro donde las mentes están conectadas con infinitas bases de datos, donde esos mismos personajes demuestran ser cuasi omnisapientes, la verosimilitud se resquebraja. Menos molesta que psicológicamente los seres humanos apenas hayan evolucionado; al fin y al cabo estos libros siempre acaban hablando del ser humano contemporáneo y se requiere un talento especial como el demostrado por Peter Watts en Visión ciega para lograrlo.

The Quantum Thief

The Quantum Thief

El segundo gran valor de El ladrón cuántico es su sentido de la aventura en paisaje exótico, con un pícaro enfrentado a su “patrocinador”, a media sociedad marciana, a sí mismo y a su propio pasado, que se ha asegurado de olvidar. El escenario, de un colorido muchas veces surrealista a mitad de camino entre lo posible y la imposibilidad à la Vance, y la peripecia están cuidadas al milímetro. Sucede lo mismo con algo no muy habitual en los últimos tiempos como es la estructura de la novela, donde se suceden los capítulos dedicados al ladrón y a su acompañante, que alternan la primera y la tercera persona según quién sea el narrador, con los dedicados al detective que seguirá sus pasos y varios fragmentos ajenos a ellos que terminan de urdir determinados entresijos de la trama.

Detrás de su barroquismo conceptual, estamos ante una obra clásica en las formas, muy disfrutable por su público objetivo y que trae a colación lo encerrada en sí misma que vuelve a estar la space opera. Como comentaba fonz en este mismo blog,

es una novela divertida, trepidante, muy imaginativa, muy de fuegos de artificio, mucho sentido del humor. Pero también tiene un lado, ajem, oscuro, que para mí confirma que la space opera está en el mismo callejón sin salida que en los setenta; repetición de fórmulas, barroquización extrema y que se ha quedado un poco vacía.

Y aunque no estoy de acuerdo con su vacuidad, resulta complicado no darle la razón. El ladrón cuántico tiene bastante de los mejores tebeos de superhéroes a lo Wildstorm, pero más del clasicismo insustancial de los WildC.A.T.S. de Alan Moore que del transgresor de The Authority, del referencial de Planetary o del negro de Sleeper. Un relato donde lo importante es contar cómo los protagonistas escapan de las ascuas, descubren cuál es el santo grial, esquivan todos los cuchillos que arrojan sobre ellos y salvan el día. Y si no son capaces, siempre se confía en que el compañero, el recurso nanomecanocuántico o el superser de turno echen una mano en plan aparición estelar. Si puede ser en una splash page, mejor. Un recurso más propio de la fantasía, donde la propia presencia de “dioses” y “magia” forman parte del paisaje. Pero para nada una barrera para una historia jovial, amena y luminosa que marca la primera correría de un personaje del que me gustaría leer más aventuras. En inglés ya hay una nueva, The Fractal Prince. Veremos si es posible leer más entregas en España.

El ladrón cuántico (Bibliópolis, 2013)
Quantum Thief (Gollancz, 2010)
Traducción: Manuel de los Reyes
Rústica. 264pp. 19.95 €
Ficha en La tercera fundación

4 pensamientos en “El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi

  1. Bueno, primero asentir ahí con fuerza cuando hablas de colecciones con carácter. En mi opinión una colección de cf debe tener una dirección clara, una actitud, un “esto es lo que os propongo como ciencia ficción válida” y no ser una mera acumulación de premiados y finalistas de los Hugo, los Nébula, etc. Alamut la tiene y cuando publique “Empty Space” de Harrison su carisma se elevará a niveles estratosféricos, jeje.

    Sobre “El ladrón…” A ver, es una novela muy divertida, imaginativa, graciosa, lo que has escrito perfectamente en la reseña. Vamos, que si alguien (bregado en cf, claro) me dijera; “¿vale la pena leerla?” pues le respondería que sí, que va a pasar un buen rato, que se divertirá e, incluso, en algún momento, maravillará. Pero el poso que deja es algo amargo, por eso que dices, que Rajadindon se limita a jugar con los tópicos de la space opera y la cf moderna que ya empiezan a oler a rancio, entra en el supermercado de la cf y empieza a llenar el carrito: desde la técnica de la inmersión sin piedad al transhumanismo, pasando por las IAs, las personalidades codificadas, las redes informáticas llevadas al extremo, etc, para construir una farsa aventurera, remedo de los relatos de Arsene Lupin o la peli de Fantomas. Que yo a tope con las novelas de aventuras, ¿eh?, pero el problema es que aparte de eso no hay nada más, esta no es una novela que hable del mundo, de nuestra realidad, no se relaciona con nosotros y el mundo en que vivimos y al final queda como un artefacto barroco, exhuberante pero inofensivo. Por ejemplo, Rajaniemi gusta de trufar el relato con jerga científica de vanguardia, pero esto no es más que un ropaje para adornar su gran guiñol de ladrón contra detective, un mero mecanismo del guión para seguir con la diversión, no te vuela la cabeza como un Egan, un Watts, como aquel momento clásico de Cosmos en el que Sagan te revela que estás hecho de estrellas, al final la ciencia en “El ladrón…” podría tranquilamente ser magia y ya está. ¿Hasta dónde puede la space opera rizar el rizo, seguir viviendo de rentas? ¿Qué quedará cuando se agote la Singularidad? Yo aquí creo que se está entrando en un callejón sin salida, y si la cf no habla del mundo, no se relaciona con él, no tiene razón de ser.

    Me releo y me veo contradictorio, injusto y confuso, pero no doy para más.

    • Estando completamente de acuerdo con lo que cuentas, sí que creo que tiene un poco de contenido. Aviso de spoilers.

      Spoilers

      Spoilers

      No digas que no te lo dije

      En cierta forma, la historia de la Oubliette está llena de resonancias a lo que es nuestra sociedad y lo que, seguramente, vaya a ser. Haces la revolución, te liberas de la tiranía, vives de manera despreocupada gracias a una tecnología que te lo permite todo y descubres que vives en una prisión, te han modificado la historia, esa tecnología es una herramienta de control y el titiritero derrocado sigue moviendo los hilos.

      Aunque esto carece del peso que podría haber tenido. Fantomas (juas, genial la referencia) se lo come casi todo.

      Y Empty Space… Ojalá, pero me temo que el esfuerzo que ha hecho Bibliópolis con Harrison está por encima de sus posibilidades. Nova Swing debimos comprarla todavía menos que el último de Viriconium.

  2. Pingback: Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples | C

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *