Iain (M.) Banks, descanse en paz

Iain Banks

Iain Banks

Cuesta decir algo interesante sobre Iain Banks que no hayan escrito ya John Mullan en su exhaustivo obituario para The Guardian o Neil Gaiman en su emocionante recuerdo (a la espera de lo que escriban, si algún día lo hacen, M. John Harrison o fonz). Pero me he dado cuenta que, más allá de lo que todos van a resaltar, hay algo que puedo aportar. Probablemente no lo más apropiado por su punto amargo, pero la edad me ha hecho así.

Llegué a Banks como la mayoría de los aficionados a la ciencia ficción de comienzos de los 90. A través de sus novelas de La Cultura publicadas por Martínez Roca y, como no podía ser de otra manera, Pensad en Flebas. Iván Fernández explica el por qué en este fragmento que seleccionó para ilustrar una entrada sobre el space opera en Memorias de un friki. Aunque me gustó mucho más la que leí un par de años después, generalmente peor valorada: El uso de las armas. Además de ganarme por la magnitud de su peripecia me cautivó por su personaje protagonista y por su estructura. Quizás, como señala fonz en un imprescindible artículo sobre La Cultura de hace ya ocho años, excesivamente artificiosa. No obstante contiene todo lo que el space opera británico posterior carece. En gran parte.

Banks no se limitaba a mezclar personajes variopintos, paisajes coloristas y tecnologías avanzadas al servicio de una aventura molona. Forma y fondo iban tan de la mano que ambos aspectos se cuidaban hasta extremos que solo otro autor británico ha alcanzado posteriormente: M. John Harrison. El resto podrá destacar por hacer space operas más “ricos”, “frenéticos”, “explota-mentes”. Pero en su parte literaria casi siempre más romos, torpes, rudimentarios…

El jugador

El jugador

El segundo aspecto que siempre me fascinó de la serie de La Cultura es ese cinismo tan sui generis sobre el que estaba construida. A pesar de su condición de utopía de izquierdas, Banks no dudaba en describir con saña una sociedad manipuladora en la cual el individuo es prescindible. Un “ente” sin compasión al que no le importaba terminar con la vida de miles de millones, el “otro”, y que se servía de individuos desquiciados para lograr sus fines. Una perspectiva de lo más subversiva por cómo trata los arquetipos de un género tan dado a las fantasías masturbatorias de poder y que explica el por qué Banks aquí en EE.UU. apenas es uno más, si alguna vez siquiera lo fue.

Llegué más tarde a sus novelas mainstream, las que firmaba sin la M. Creo que la primera fue Cómplice, un título que comparte las señas de identidad de la mayor parte de sus obras. Atractivo protagonista con una acusada componente antiheroica, un viaje por las ambiciones más oscuras del alma humana, una visión del thriller única… Pero sin duda la que me rindió de nuevo a sus pies fue La fábrica de avispas, uno de los tour de force más asfixiantes que recuerdo; la novela con la que se dio a conocer y que se ha convertido en su carta de presentación. Por su atmósfera enfermiza, por la tensión que genera a lo largo de su breve extensión, por la voz rotunda con la que está narrada. Y, sin duda, por el peculiar mundo interior de su protagonista.

Si en sus novelas de ciencia ficción Banks se mostró escasamente acomplejado a la hora de plasmar las desventuras de sus antihéroes, en sus novelas mainstream más recordadas recreó nuestro mundo a partir de la singular visión de sus personajes. A veces con una percepción alterada por los ambientes en los que se habían criado, otras fruto de la más elemental ensoñación, siempre reivindicando el poder de la imaginación, y del lenguaje, a la hora de conformar la realidad. Códigos éticos incluidos.

Juegos de familia

Juegos de familia

La pena es que estas lecturas me quedan demasiado lejanas, ocultas bajo las últimas novelas que elegí leer, surgidas de su faceta de escritor de thrillers de receta. Bestsellers llamados a satisfacer al gran público y que ni mostraban el sentido de la maravilla de sus obras de ciencia ficción, ni la estructura, los juegos de espejos, las imágenes revulsivas o su soberbio manejo del lenguaje de otros títulos. El negocio, Juegos de familia o, en menor medida, Aire muerto no son malas lecturas. De hecho El negocio es una narración convencional que destaca por, una vez más, la extravagancia de sus personajes o esos diálogos llenos de chispa que tanto echo a faltar en la mayoría de las novelas de este tipo que llegan a mis manos. Pero apenas deparan leves destellos del talento que ahora vamos a añorar. Obras que parecen escritas a la manera de Moorcock, en tres fines de semana, y que resultan frustrantes no por fallidas sino porque ni siquiera intentaban incomodar o tensar al lector. Algo en lo que fue (se hace duro hablar de él así, en pasado) un maestro.

Como curiosidad, me llena de gozo el haber aparecido una vez junto a él en uno de sus libros. Cortesía de La Factoría de Ideas, que cogió una frase de la reseña que escribí hace diez años sobre La fábrica de avispas y la situó en la solapa. A pesar de su mediocridad, espero que se mantenga por muchas ediciones para satisfacer mi ego de aficionado.

“Una novela de emociones fuertes en la que poder indagar en la compleja conducta de un individuo fiel a sí mismo. Absolutamente imprescindible para los amantes de la buena literatura. Eso sí, no recomendable para estómagos sensibles”

3 pensamientos en “Iain (M.) Banks, descanse en paz

  1. Pues yo ya nada voy a decir de Banks, salvo que menuda putada más gorda.

    A todas las virtudes de su obra en general y la serie de la Cultura en particular, me gustaría añadir su estupendo sentido del humor. Hasta en obras “menores” como “El Algebrista” o “Contra la oscuridad” hay pasajes de descojonarse vivo de la risa. Se le notaba un montón que era un tío ingenioso y divertidísimo.

    Sobre la degradación, o más bien callejón sin salida en el que se ha metido la space opera británica o escocesa, junto a cierto tipo de cf que cultiva gente como Stross me espero a tu reseña de El ladrón cuántico, aunque creo que ésta sí que te ha gustado.

    • Sí, me ha gustado. A diferencia de los nombres que más suenan en ese campo ahora mismo, Rajaniemi ha conseguido hacer lo mismo en 250 páginas, con una estructura sencilla y bien pensada, un escenario vivo y lleno de color, un sentido de la peripecia (guiño, guiño) embriagador… Incluso una lectura social simplota muy a la orden del día. En el fondo, “El ladrón cuántico” es la novela que como lector de space opera clásica todavía estoy dispuesto a leer. Además tiene el veneno ese que para cuatro zumbados del género es peor que la heroína: tienes que descubrir qué narices está pasando por tus propios medios (hasta que ocurre algo que traiciona este espíritu, pero esto lo dejo para la reseña). Obviamente, mejor no compararlo con lo que ha hecho en la última década M. John Harrison o el propio Banks en sus mejores obras, porque no hay color. Pero me ha parecido muy disfrutable.

      Por cierto, a Banks también hay que agradecerle que M. John Harrison volviera a la ciencia ficción. Aún recuerdo la entrevista que le hizo Arturo Villarrubia en Getafe en 2003, y cómo, con esa voz y ese ritmo tan solemnes, Harrison explicaba las pullas que le lanzaba Banks en plan “El problema que tienes, Mike, es que cuando escribes no te diviertes”. Y claro, el hombre decidió desmelenarse y le salieron “Luz”, “Nova Swing” y, ahora, “Empty Space” (que permanecerá inédita en español por los siglos de los siglos. ¡Mierda!)

  2. De acuerdo en todas esas virtudes, es una novela divertida, trepidante, muy imaginativa, muy de fuegos de artificio, mucho sentido del humor. Pero también tiene un lado, ajem, oscuro, que para mí confirma que la space opera está en el mismo callejón sin salida que en los setenta; repetición de fórmulas, barroquización extrema y que se ha quedado un poco vacía. Pero bueno, ya cuando salga la reseña comentamos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *