Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples

Saga

Saga

Seguramente hayan sufrido alguna vez el síndrome Soy leyenda cuando un producto cultural, ya sea película, serie de tv, novela o tebeo, triunfa entre crítica y público y a usted no sólo le parece incomprensible que semejante pufo pueda gustar a un ser vivo que no esté corrompido por un extraño virus, sino que además le resulta odioso y aborrecible, más aún, le ofende personalmente, es decir, no sé como os puede gustar esa puta mierda, joder. Y venga todo Dios a dar la turra con lo mismo, hasta que acaba uno encerrado en casa, pasando las noches abrazado a la recortada, odiando muy fuerte y soltando espumarajos en un blog, con la convicción febril del que sabe que todo el mundo es idiota menos él.

A mí esto no me ha pasado nunca, cuidao, pero me puedo imaginar perfectamente cómo se debe sentir un pobre desgraciado al que, por poner un ejemplo completamente al azar, no le haya gustado Saga, el tebeo de ciencia ficción de Image Comics que lo está petando entre público y crítica (tres Eisner y un Hugo en 2013) desde que comenzó a publicarse allá por 2012.

Los datos básicos. Saga es un tebeo de ciencia ficción, subgénero space opera o de aventuras en el espacio, guionizado por Brian K. Vaughan y dibujado y coloreado por Fiona Staples. La historia se centra en dos personajes, dos soldados, Alana, originaria de Landfall, el planeta más grande de la galaxia  y Marko, nativo de Wreath, el principal satélite de Landfall. Wreath y Landfall llevan siglos en guerra, pero como la destrucción de uno significaría que el otro saldría dando vueltas por el espacio por aquello de las quisquillosas leyes de la astrofísica, han subcontratado la guerra a otras especies y planetas implicando a toda la galaxia en el sarao bélico. El caso es que Marko acabó prisionero de la unidad donde servía Alana y en un breve plazo de tiempo acaban enamorándose, follando y saliendo por patas con Alana embarazada.  Así que la historia arranca con un parto, el nacimiento de Hazel, la hija de ambos, que además nos guiará como una narradora omnisciente por todos los recovecos de la historia. Peeeeero, puesto que Alana y Marko han cometido un acto impuro interracial, rompiendo la narrativa bélica que domina la galaxia, todo el mundo anda detrás de ellos; los landfalleños, los wreathianos, los cazadores de recompensas y el Príncipe Robot IV, miembro de la Realeza, unos extraños seres humanoides con cabezas de TV de tubo, (¡y antenas!), que colaboran, tapándose la nariz por motivos no explicados, con el gobierno de Landfall. De este modo la paternidad/maternidad, en teoría el acto de amor supremo, se presenta como una acción subversiva en un entorno hostil, en una mezcla de pacifismo y apología de los valores familiares. Como en los posters setenteros aquellos de Se Busca a Jesucristo por sus consignas revolucionarias de amor fraternal. Una idea ya planteada por Grant Morrison (y tratándose de Morrison, probablemente se la copió a algún otro) en uno de los arcos argumentales de la Doom Patrol pero un poco más a lo bestia; en aquella historia aparecían dos razas galácticas cansadas de darse estopa durante miles de años, así que se les sugería que pasasen del tánatos al eros, es decir, que después de darse de ostias sin resultado alguno, se pusieran a follar, a ver si así llegaban a un entendimiento.

En mi trastornada opinión de último hombre cuerdo, el mayor defecto de Saga es que abusa de la narrativa televisiva más cansina. La trama principal de Romeo y Julieta on the run, se va engordando a base de: a) argumentos secundarios, o tomando prestado un término de la jerga de los videojuegos, de side quests o misiones secundarias (el rescate de la niña fantasma); b) flashbacks para contarnos con más detalle información que ya conocemos (cómo se conocieron Marko y Alana, por ejemplo); y c) centrándose en otros personajes que siguen sus propias side quests (el cazarrecompensas y la prostitución infantil). No falta el sexo explícito y la violencia descarnada, como ocurre en cualquier producción televisiva actual, vengan o no a cuento, como intentando elevar lo que es claramente una fantasía juvenil a categoría de adulta, oscura o seria, por el camino más fácil. Y, por supuesto, la trama avanza a base de golpes de efecto televisivos que sustituyen al añorado sentido de la maravilla. Esto, lo confieso, me ha puesto hasta de mal humor, cómo Vaughan se carga lo que hace única a la space opera. Porque aquí no es atacar naves en llamas más allá de Orion, o rayos C brillando en la puerta de Tannhäuser, aquí es “Cariño, te presento a… ¡mis padres!” o “Ahivá, ¡la ex!”. Venga, hombre, a tomar por culo.

Porque la ambientación de cf o space opera es completamente superflua (incluso sale un personaje que se queja de unas aplicaciones de su teléfono listo, o una muchacha fantasma alienígena que parece una adolescente del Disney Channel de hace unos años). Bien podría contarse la misma historia en Palestina o Líbano, pero claro, ahí habría que mancharse las manos con la economía, la historia y la geopolítica, y manejar un mensaje más político que podría molestar. De momento es imposible extrapolar nada (quizá para el tomo trece ya sepamos por qué Landfall y Wreath están en guerra), la construcción del universo de Saga es mínimo y hasta la épica brilla por su ausencia. El problema es que se quiere hacer una historia de aventuras espaciales demasiado centrada en los personajes, al contrario de lo que ocurre normalmente en la space opera, mucho más interesada en las peripecias del argumento que en páginas y páginas de relaciones personales y familiares y personajes hablando sin parar.

El dibujo es correcto y limpio, me recuerda a Steve Yeowell, antiguo colaborador de Grant Morrison en Zenith o los primeros Invisibles. La ambientación y los fondos, resueltos a base de un agradable color directo, son resultones pero escasos y sospecho que no son el fuerte de la artista. Se nota que maneja con mucha más habilidad los personajes, las expresiones faciales y el lenguaje corporal, algo que encaja como un guante con el tono que busca Vaughan, pero que resulta excesivamente soso en una obra de aventuras en el espacio, el género de las naves chulas y los planetas exóticos. Como ilustradora me gusta, las portadas no están nada mal.

En resumiendo, Saga es coger todo lo que me enamoró de la space opera y pasárselo por el forro para construir otro culebrón televisivo lento y aburrido, vestido con ropajes diferentes a ver si cuela. Y lo malo es que sí, que ha colado. En otro lugar me quejaba de que la space opera literaria caminaba hacia el callejón sin salida del barroquismo excesivo. Si Saga es la alternativa, yo ya me bajo aquí.

Saga, Vol 1. Brian K. Vaughan y Fiona Staples.
Image Comics (Octubre 2012)
Tapa blanda. 160 pp. Inglés. 9€

Saga, Vol 2. Brian K. Vaughan y Fiona Staples.
Image Comics (Julio 2013)
Tapa blanda. 144 pp. Inglés. 13€

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