La Jornada del Muerto, de Larry McMurtry

La Jornada del MuertoA la hora de editar el resto de libros de la secuencia Lonesome Dove el director de Frontera, Alfredo Lara, se decantó por el orden cronológico interno en vez de seguir el orden de publicación original. La decisión cobra sentido al entrar en el primero de ellos traducido: La Jornada del Muerto. A la sazón, las correrías de juventud de Gus y Call recién unidos a los Rangers en una Texas que acaba de lograr su independencia pero todavía no forma parte de los EE.UU. Los Comanches y Apaches domeñan las extensas praderas y tierras yermas de los futuros estados de Texas, Nuevo México y Arizona. México se dice señor de los territorios al norte del Río Grande, aunque su presencia se ve reducida a un puñado de pueblos y ciudades situados en el seno de inmensas áreas deshabitadas. Este es el lienzo ideado por Larry McMurtry para curtir a ambos personajes con algo tan efectivo como esa frontera atestada de condena y muerte.

Así se viven el primer centenar de páginas, unas correrías en las cercanías del Río Grande durante las cuales se presenta a los protagonistas y algunos de sus acompañantes mientras se las ven y se las desean para salvar la cabellera en su enfrentamiento con Joroba de Búfalo. Este comanche, la némesis de principio a fin de La Jornada del Muerto, ha convertido la caza del hombre en su modo de vida: roba, secuestra y tortura a los granjeros que se han animado a salir de los poblados a buscar fortuna. Pero a falta de colonos bueno es cualquier infeliz que se desplace por la tierra de nadie de ese paisaje apenas alterado donde las manadas de bisontes acogen a decenas de miles de ejemplares y lo más parecido a la caballería son un puñado de rangers pertrechados con material de derribo.

Viniendo de Lonesome Dove las comparaciones son inevitables. Frente a una presentación meticulosa de casi trescientas páginas, secuenciada para introducir ambos protagonistas, el microcosmos en el que se mueven y el tipo de situaciones que forman su modus vivendi (el robo de ganado entre las dos orillas del Río Grande, la vida en el rancho, el inicio de la marcha hacia las praderas del norte), aquí todo se siente más “frenético” y “pequeño”, con un desarrollo más conciso donde se muestra y se dice mucho de manera directa. Por ejemplo, el peligro que representan los nativos se afirma con una conversación sobre la necesidad de quitarse la vida, y cómo hacerlo, antes de caer en manos de los comanches. Un detalle surgido a raíz de la certeza de saber que un mexicano, en la cercanía, padece a sus manos sin que ellos hagan nada. Como se va a ver, y sufrir, a continuación.

Salir corriendo en una dirección donde no vas a encontrarte con un fuego, que el comanche que te acecha se fije en otra persona, que la lanza que te atraviesa lo haga en una parte no vital, que le caigas en gracia a la persona que te hace cautivo, que un disparo casi al azar te libre de una muerte segura… La segunda parte de La Jornada del Muerto, la más extensa, ahonda en este caso práctico de supervivencia frente a una naturaleza y unos nativos insensibles al sufrimiento. La expedición de un grupo de voluntarios desde Austin a una Santa Fe expoleados por la codicia y el romanticismo. Unos infelices que, en su mayoría, no saben nada del purgatorio que se abre ante ellos, o prefieren el riesgo de las dificultades certeras que les aguardan a la seguridad en la pobreza que dejan atrás.

Mapa de La Jornada del Muerto

En esta incesante sucesión de episodios, Larry McMurtry reduce el heroísmo a salir adelante; algunas veces por habilidad pero en la mayoría de las ocasiones por mera fortuna. Frente al contexto de gesta, de superación ante las dificultades de Lonesome Dove, los Gus y Call de La Jornada del Muerto más que actores de proezas son observadores de la aflicción, propia y ajena. En el confín y en la misión que McMurtry los sitúa no hay lugar para hazañas y sí para la suerte, lo irracional o un humor que ayuda a sobrellevar el dolor. Algo que se enfatiza en el último acto; el enfrentamiento “definitivo” con Joroba de Búfalo, resuelto por una sendero inesperado (y delicioso).

En este relato iniciático brilla la composición de Gus y Call. Tanto permite conocer a dos inocentes hipnotizados por la belleza de la existencia en la frontera, descubriendo en sus propias carnes el precio por seguir allí, como reencontrarse con ellos en otro momento de sus vidas apreciando cómo eran. Algo especialmente claro en un Gus igual de putero pero mucho más voluble, enamoradizo, hambriento de ganar la experiencia de sus compañeros más experimentados.

Sus acompañantes, en su mayoría, no están a la altura de los tramados en Lonesome Dove. Normal: no gozan de la misma atención (el libro tiene quinientas páginas menos). Sin embargo, en algún caso, componen figuras memorables, caso de Matilda “Gran Oeste” Roberts, la prostituta que les acompañará de principio a fin; o el capitán Salazar, la personificación de la hidalguía al servicio de México. Pero ninguno destaca como ese paisaje convertido en el gran antagonista de la novela junto a Joroba de Búfalo.

Quizás habría quitado algún suceso de su viaje, más por acumular unas migas adicionales de intensidad que porque me haya sobrado. Pero de lo que no me cabe duda es que si has disfrutado de Lonesome Dove tienes que continuar con esta novela. No llega a sus niveles de grandeza, pero es igual de disfrutable. Más ahora que se acaba de traducir Luna Comanche y se vislumbran las calles de Laredo en el horizonte.

La Jornada del Muerto (Valdemar, col. Frontera nº30, 2024)
Traducción: Marta Lila
Tapa dura. 560pp. 28€
Ficha en la web de la editorial

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