La máquina de la eternidad, de Mark Clifton, Frank Riley y Alex Aspostolides

La máquina de la EternidadNada menos que tres autores para parir esto ¡Válgame la caridad!, un esfuerzo digno de mejor causa y que me recuerda a esos truños hollywoodienses donde firman el guion media docena de esforzados juntaletras y uno se pregunta cómo es posible tanta gente para resultados tan absurdos. Pues lo mismo.

Tres autores, todo hay que decirlo, bastante poco conocidos y del que solo hay alguna noticia extensa del alma mater del proyecto, Mark Clifton (1906-63); uno de esos segundones con más pena que gloria, al que apenas se recordará por este libro, una discreta nota a pie de página en cualquier ensayo al uso. Y es que estos señores ganaron el segundo Hugo de la historia en el apartado novela allá por 1955, lo que no deja de ser un dato sin mayor trascendencia. Porque, a ver, para pasar a la historia tienes que ser el primero en algo y no el segundo, y eso ya lo consiguió Bester en el 54 por El hombre demolido (palabras mayores). O, puedes escribir algo tan bueno que a todo el mundo le dé lo mismo que hayas ganado el Hugo o el Trofeo de la Galleta de Villarejo de Salvanés y, me temo, eso tampoco.

Pero bueno, hay un cierto consenso en decir que si Clifton y compañía han conseguido pasar a la historia de alguna manera es por haber escrito el peor libro galardonado con un Hugo. Y eso, en un colectivo como el nuestro, donde el lema “paz y amor” no está precisamente de moda, no deja de tener su mérito. Y más si recordamos otros títulos ganadores como Cyteen, Cese de alerta/El apagón o Redshirts, ahí es nada.

Clifton no deja de ser un producto de su tiempo, un psicólogo que decidió que era más fácil ganarse las habichuelas como escritor de ciencia ficción dentro de la cuadra de Campbell y que, deformación profesional, tuvo como tema principal una cosa tan viejuna como los poderes psi, que allá por los 50 eran lo más y hoy en día están olvidadísimos.

Trabajó a cuatro manos muy frecuentemente con Alex Apostolides (1923-2005), un tipo con una carrera fugaz pero con un nombre digno de bolsilibro de Bruguera que, pásmense, era el suyo propio. Apostolides dejó pronto la ciencia ficción, con menos de diez relatos en su haber, y solo uno firmado en solitario, por una, esperemos, carrera más prometedora como arqueólogo.

El otro compinche de Clifton fue Frank Riley (1915-96), otro que tampoco llegó a la decena de historias y que, igualmente, se circunscribió a los plateados 50, para, posteriormente, ejercer de columnista, guionista, escritor publicitario y todas esas cosas tan variopintas que solo un buen estadounidense es capaz de hacer y que nos deja pasmados a la mayoría de los europeos.

En fin, como decía el abuelo, vaya tres patas para un banco…

The Forever MachineEn cuanto al banco, pues, en fin, que sí, que salió malo. Y eso que empezar, la cosa empezó muy dignamente, aunque algo enrevesada, porque este libro tiene un hacer más bien cansino y farragoso. Todo comenzó con un relato “El loco Joey” (“Crazy Joey” 1953 en Astouding) firmado por Apostolides y Clifton sobre un niño que es telépata y que anda traumatizado, el pobre, con las cosas que lee en la mente de sus padres, amén de intentar que nadie descubra su secreto, hasta que un psicólogo muy listo lo consigue. ¡Hombre! Sturgeon no es, desde luego, pero se le acerca un tanto y no deja de ser un cuento bien hecho y bastante apañado. Lo malo es que aquí Clifton se vino arriba y de nuevo con Apostolides escribió otro cuento, “¡Escóndete! ¡Escóndete! ¡Brujo!” (“Hide! Hide! Witch!” 1953 en Astouding, ¡cómo no!), que es igual de horroroso que el título y que me ahorro describir. Simplemente indicar que ahora la cosa no va de telépatas, aunque Joey anda por ahí, sino de crear una inteligencia artificial llamada Bossy, buen cambio de tercio, ¡sí señor!

A partir de este momento Apostolides se baja del carro y Clifton, inasequible al desaliento, enrola a Riley con el que culmina el ciclo con toda una novela: “Prefieren tener razón” (They’d rather be right serializada en Astouding en 1954), y aquí ya entramos en lo chungo pero muy chungo.

En esta breve novela Clifton y Riley hablan de una distopía mccarthista, inteligencia artificial, telepatía, el rechazo social a los cambios científicos y transhumanismo. Y todo ello en menos de doscientas páginas y, sí, efectivamente, demasiados ingredientes para un cóctel tan corto. Falla el enfoque y uno no sabe muy bien a qué atenerse ni cuál es la intención exacta del autor. Por desgracia, además, los tópicos salpican el libro por doquier. Joey, el telépata, es un jovencito listísimo y todopoderoso que él solito puede con todos (¡Ah!, el emperador de todas las cosas nunca falla para atrapar a los adolescentes, cronológicos o no, que leían Astouding en los 50), el gobierno es burocrático e ineficaz, los militares medio lelos (bueno, se lo perdono, la Guerra de Corea estaba muy reciente), los científicos estrechos de mente, hay un empresario que es la bomba de rico y que ¡tachán! TIENE UN OBJETIVO PARA MEJORAR A LA HUMANIDAD, hay comentarios machistas por doquier, y el pibón de turno, que corretea deliciosamente desnuda por el inevitable experimento, cae en brazos de Joey nada más verle. En fin, más los EE.UU. de los 50 imposible, solo falta Elvis haciendo un cameo.

Los defensores del libro, que haberlo haylos, Barceló sin ir más lejos, que para algo lo publicó, y Barry Malzberg y… ya, sostienen que Clifton describe la primera IA de la ciencia ficción y que se adelantó en años a la creación de este mismo concepto. No digo yo que no, faltaría más, pero lo de ser el primero no siempre basta y Bossy resulta aburrida hasta el extremo, su frase más recurrente es “Datos insuficientes” y hace cosas que no veo muy normales en una IA como rejuvenecer a la gente y hacerla telépata todo a la vez (pero solo a los de mente abierta, a los científicos retrógrados ni de coña).

The Forever MachineAdemás, Riley y Clifton defienden una serie de ideas anticientíficas de lo más pintorescas, básicamente que envejecemos porque nuestras células se agobian o algo así, que no me quedó muy claro, y que huelen a cienciología que echan para atrás (y, por desgracia, Elvis no hace un cameo pero Ron L. Hubbard sí y ahí si que me entró un escalofrío, se lo juro). En fin, un desvarío infantil con discurso final de Joey, el telépata, un tanto sonrojante para contarnos que el próximo paso en la evolución de la humanidad depende de nosotros y etc, etc.

Vale, suena ridículo, y lo es, pero, si resumimos de forma tendenciosa cualquier novela de ciencia ficción el resultado podría ser muy parecido. Entonces, ¿qué falla aquí? ¿Por qué Clifton, Riley y Apostolides la cagan y Bester, con tramas similares, triunfa? Muy fácil, Bester sabía escribir y este trío como que no. El libro no falla por las tonterías y tópicos de la historia (que también) sino porque es muy, pero que muy aburrido. Y es que no pasa nada, pero nada de nada, cerca de trescientas páginas inanes, flojas e invertebradas. No hay acción de ningún tipo y la mayoría de la historia es Joey hablando y Joey hablando y, joder sí, Joey hablando. No he visto un libro más discursivo y expositivo en mi vida y ¡ojo! que esto en sí no es malo, pero hay que ser muy bueno para mantener la atención del lector utilizando esta técnica. A Thomas Mann en La Montaña mágica le salía bien, ya ven, quizá Clifton and Co. no se la leyeron para cogerle el truco

Sigue resultándome incomprensible que se hicieran con el Hugo del 55, es obvio que el ganador inevitable tendría que haber sido Soy leyenda de Matheson, pero si los votantes de la WorldCon correspondiente no fueron capaces de captar la grandeza de una obra de alguien de fuera del fandom, no acabo de entender cómo prefirieron este engendro a libros más conseguidos como La onda cerebral, de Poul Anderson, o Búsqueda estelar, de Pohl y Kornbluth que tenían el pedigrí necesario. Las malas lenguas hablan de las presiones de Campbell, que por aquellos años vivía a tope su furor dianético-cienciológico, pero igual no hay que ser tan sibilinos y, sencillamente, es que a la peña del 55 este tipo de cosas les molaban. Vete a saber.

El Hugo se lo llevó “Prefieren tener razón” y como tal apareció en formato novela en 1957. Una decisión absurda porque sin los cuentos anteriores la historia cojea lo suyo. A partir del 58 las ediciones suelen reunir todos los relatos, como es el caso de la española, bajo el título La máquina de la eternidad (The Forever Machine). Curiosamente en las portadas apenas figura Riley acompañando a Clifton. Apostolides desaparece. Una pena, con lo molón que es el nombre, casi lo mejor de toda esta historia…

La máquina de la eternidad (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción nº155, 2002)
The Forever Machine (1958)
Trad. Miquel Barceló
304 pp. Tapa Blanda.
Ficha en La Tercera Fundación

2 comentarios en “La máquina de la eternidad, de Mark Clifton, Frank Riley y Alex Aspostolides

  1. Muchas gracias por ahorrarnos el penoso lance que, a tenor de tu crítica, debe de ser la lectura de esta novela. Los premios es lo que tienen, que algunos, analizados años después, no se explican si no es por la coyuntura de la época o por factores supuestamente externos. Lo bueno de llegar a cierta edad es que te ahorras caer en la tentación del completismo, o se te inhibe el fetichismo por los premios. Desde luego, nada de lo que cuentas parece merecer la pena.

    Que me desmientan o corrijan los más expertos, pero yo diría que el tal Alex Apostolides que participó en este engendro era el hermano de Kleo Apostolides, la segunda esposa de Philip K. Dick, y en los años de los que hablamos aún estaban casados. No he encontrado referencias en ninguna biografía de Dick, pero sería una auténtica fantasía que Dick hubiera metido la cuchara de alguna manera en este proyecto, ya que por aquel entonces Apostolides y él eran cuñados y, de hecho, el primero tenía aún más predicamento que el segundo en el fandom. Ahí lo dejo.

  2. A esta madriguera de conejo me tiro de cabeza… Que colaboraran los cuñados, ni idea, ojalá. Que lo fueron, eso seguro. Aquí (por ejemplo) te lo confirma la hija de Kleo, Anne Mini:

    It definitely reflects my extended family’s experience over the past 50 years. In the early 1950s, the literary productions of such writers as Philip K. Dick (my mother’s husband at the time) and Alex Apostolides (my mother’s big brother) were considered only marginally more respectable than pornography. (To underscore the irony of this, Uncle Alex was best known for a short story he co-wrote with Hugo Award winner Mark Clifton, “What Thin Partitions,” which appeared in The Best Science Fiction Stories: 1954, along with Richard Matheson’s “The Last Day.” Uncle Alex was also an editor at the Los Angeles Free Press, where for years he was listed on the masthead as Staff Shaman.)

    https://www.annemini.com/2008/01/

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