Una alerta de tornados lleva a una familia a encerrarse en el lugar más seguro de su casa: el baño interior. La madre, el padre y los dos hijos se enfrentan a lo que parecen unas horas de pánico ante la incertidumbre de si serán golpeados por lo peor de la tormenta. Pero va a ser más tiempo: un árbol cae sobre la casa y bloquea la única salida dejándoles incomunicados, sin comida y bien cargaditos de conflictos sin resolver; entre ellos y con ese mundo del que han sido separados de manera abrupta.
De los cuatro, Max Booth III se acerca sobre todo a Mel, la hija mayor. Es a través de su mirada y su bagaje mediante los cuales se observa ese espacio exiguo atestado por cuatro personas, condenadas a chocar en una incesante partida de billar sin troneras con disparadores como el alcoholismo del padre, el conformismo de la madre, la inocencia de un niño para el cual todo es un juego y una adolescente enamorada de una compañera en un lugar donde la homofobia es parte del menú. Los secretos no dejarán de acechar y saltar en ese espacio liminal convertido en un lugar que habitar, dispuesto a ser humanizado a golpe de incomprensión, ataques personales, amagos de reconciliaciones… En su revoloteo continuo alrededor del trauma , además de la hiel, Booth III deja márgenes para la ternura incluso en el comportamiento del padre. Fogonazos de cercanía y cariño que ayudan a entender por qué han seguido juntos.
Aparte de estos asuntos “mundanos”, en Tenemos que hacer algo se convive con la duda de si existe una componente sobrenatural. Una incertidumbre que se disipa a medida que se exploran más a fondo las frustraciones de los vínculos familiares, el encaje en la comunidad, la zozobra ante la incertidumbre del día a día, las complejidades de la vida de pareja, la crueldad de tus pares… Se desciende hacia derroteros irreconciliables con lo racional, entre lo pesadillesco y lo extraordinario, que desembocan en una falta de resolución que requiere de una intensa complicidad. Estar abierto no sólo a la enajenación de los personajes sino a que se han puesto de manifiesto fuerzas ajenas a su entendimiento; martillo y catalizador de lo que no está resuelto. Un detalle en lo que no me ha costado entrar porque abunda en lo verosímil/”auténtico” que tiene el relato. Una historia de existencias erráticas que se viven a salto de mata por personas que no han aprendido a gestionar su entendimiento con el otro, a abrir sus sentimientos y cuidarse, o a desenvolverse con situaciones críticas de su pasado. Si a esto le añades que, casualmente, cuenta con una lectura adicional al haberse publicado en los inicios del confinamiento por el COVID, se entiende mejor por qué me ha gustado.
Con una visión distante, Tenemos que hacer algo puede parecer una batidora. Pero las cuchillas con las que Booth III la ha cebado, hacen de esta novela corta un texto absolutamente pertinente. Afilado sobre una piedra que parece esencial de su repertorio, tal y como se puede ver en Estadísticas anormales. Su colección de relatos publicada en 2025 que abunda en la transferencia del trauma de una generación a la siguiente y esa carencia de mecanismos de defensa que deja a los más jóvenes entre vendidos y condenados a convertirse en correas de transmisión del daño recibido.
Tenemos que hacer algo, de Max Booth III (La Biblioteca de Carfax, col. Démeter nº2, 2022)
We Need to Do Something (2020)
Traducción de Shaila Correa
210pp. Bolsillo. 17,5 €
Ficha en la Tercera Fundación