El éxito en España de las novelas de Grady Hendrix y, supongo que en menor medida, su libro de divulgación sobre literatura de terror popular Paperbacks from Hell, ha traído la recuperación de varias de las obras recogidas en ese libro en una subcolección del mismo título. Tras la magnífica El subastador le ha tocado el turno a otro libro de la primera mitad de los 70: Ofrendas de verano. Una novela de casa encantada escrita por Robert Marasco que, al igual que la de Joan Samson, parece en las antípodas de la mayoría de títulos que Hendrix reivindicaba a través de sus extravagantes ilustraciones de cubierta y sus argumentos pasados de vueltas. Heredera de La maldición de Hill House, Ofrendas de verano se nutre de todo lo que llevaba a alejarse de las ciudades a quienes llegaban a perturbar la vida de la familia Moore en El subastador.
A la familia Rolfe le surge la posibilidad de pasar el verano fuera de la Gran Manzana, en el Nueva York más campestre. Allí, alejados de los tórridos meses de julio y agosto, las tensiones del vecindario y la rutina del matrimonio que toma la decisión, esperan disfrutar de La Mansión de los Allardyce. Un nuevo espacio amplio, alejado de cualquier estrés, disfrutable… La primera visita ya les pone sobreaviso que una cosa es hacer las cuentas de la lechera y otra lo que te encuentras cuando exploras sobre el terreno. Más cuando los peculiares dueños les ponen una condición que marca el resto del relato: durante su estancia tienen que alimentar a la gran matriarca de la familia, de edad avanzada, incapaz de abandonar la habitación donde se aloja y tan celosa de su intimidad que no tolera que nadie entre. Esta condición ya origina el primer conflicto entre Marian y Ben Rolfe. Mientras que Marian lo ve como un pequeño peaje que merece la pena pagar para disfrutar de un entorno hasta entonces vedado, para Ben es una responsabilidad destinada a alterar la experiencia a niveles imposibles de prever. Esa disensión planta las semillas de la crisis familiar durante su estancia en la mansión, cuando Ben claudica al deseo de Marian y ambos se dejan seducir por los cantos de sirena de su aspiración de ascenso social. Temporal, figurado, tanto da.
Como ocurría con El subastador, esta lectura de clase es una de las vertientes más afiladas de Ofrendas de verano. Los anhelos insatisfechos serán los puntos de apoyo de los Allardyce para lograr su objetivo. En el camino las aspiraciones de, sobre todo, Marian serán aniquiladas al terminar al servicio a una señora inmaterial mientras que las de Ben serán exacerbadas primero y después templadas sin posibilidad de conciliación.
Mola cómo Marasco va sirviéndose de los recursos del fantástico a pie de tierra para guiar esta subversión del sueño americano y la destrucción de la familia. A veces las señales de las cuales se sirve parecen “fáciles”, augurios de lo que está por venir sin demasiadas inflexiones (ese triciclo abandonado que parece cubierto de sangre en la primera visita a la casa; las gafas rotas en la primera sesión de piscina). Incluso se puede hablar de escaso vuelo imaginativo, de receta domada en base a un lenguaje y unas imágenes en el terreno de lo posible; formales, rendidas al buen gusto, frías, intelectuales. Más en unos años en los cuales surgirían La mansión infernal o El resplandor. Pero las situaciones por las que transita cada miembro de la familia trabaja en una línea insidiosa que tiñe su experiencia de una atmósfera enfermiza e irreversible. La vertiente psicológica toma filo y gana vuelo sin dejar dudas de una faceta sobrenatural inevitable.
En el protagonismo de Marian y Ben, a veces se carga la responsabilidad en demasía sobre la primera mientras que su marido bascula entre la exacerbación de su masculinidad y la sumisión a los deseos de su pareja. Pero Marasco es hábil en su manera de alienar a Marian de su pareja, de su hijo y de esa tía política que ha aterrizado con ellos en la antesala del infierno. Su servidumbre, un sometimiento jamás solicitado, llega junto a la liberación de no sentirse plegada a los deseos de Ben. Pero el camino, lejos de llegar a ser una realización personal, conduce su anulación absoluta; una consecuencia mucho más horrible.
Cincuenta años hace de la anterior edición de Ofrendas de verano y, aunque su argumento es previsible (se presta a lo de sota-caballo-rey), me parece un acierto que Minotauro la haya devuelto a las librerías no solo por la posibilidad de leerla con una nueva traducción. A la casa encantada que se alimenta de la vida/energía de sus inquilinos mientras exacerba las tensiones larvadas entre ellos, le añade esa connotación de lucha de clases que pone a los personajes a punto de caramelo para los zarpazos finales. Unos golpes demorados que ahondan la desolación de la ratonera en la cual nos abandona Marasco.
Ofrendas de verano, de Robert Marasco (Minotauro, col. Paperbacks from Hell, 2025)
Burnt Offerings (1973)
Traducción: Joan-Josep Mussarra Roca
Rústica. 288pp. 18,95€
Ficha en La tercera fundación
La adaptación al cine me gustó bastante. Uno de esos títulos de terror tardosetentero que, sin llegar al nivel de Al final de la escalera o La profecía, funciona bastante bien. Con buenos actores, además.