El viaje de K en Blade Runner 2049

Blade Runner 2049

Dentro de la ciencia ficción, en los años ochenta, Blade Runner provocó un vasto incendio. Ni su director, Ridley Scott, ni el enrevesado Deckard, interpretado por un Harrison Ford con cara de pasmado, podían haber imaginado hasta dónde llegaría el fuego. El público del estreno la menospreció. Y de entre los que la vieron entonces, la mayoría la tildó de lenta, extraña, pesada, hueca, pomposa, confusa y aburrida. Pasaron unos años y se convirtió, gracias a las grabaciones domésticas de algún pase televisivo y a los videoclubes, en material de culto. Lo siguiente llegó una década después, con el pensamiento ordenado, la maleable memoria y la posverdad: todos la querían, todos la quisieron. La veneraron, en silencio, desde el mismo día que se estrenó. Amaron lo que se vio en cines, incluso los exteriores de The Shining añadidos para el amanerado final feliz. Apreciaron los sucesivos montajes del director, convertidos en carnaza para discusiones sobre cuál de ellos era el bueno. Adoraron la banda sonora de Vangelis, tanto la infumable versión recortada y manipulada de una tal New American Orchestra como la desmedida edición de coleccionista en 3 cedés del propio Vangelis, con la música original, material extra y material añadido al material extra que nunca apareció en la película. La cultura española, cómo no, también se dividió en dos bandos. A un lado, una pequeña resistencia que se entregó a ella, con nombres como José Luis Guarner, Guillermo Cabrera Infante, Rosa Montero o Fernando Savater. Al otro, una mayoría desmemoriada, la que se enamoró de Blade Runner después de despiojarla (operación de limpieza, todo hay que decirlo, llevada a cabo con parecido y divertido éxito cada vez que algo relacionado con lo fantástico adquiere respetabilidad para esta parte de la inteligencia española, ya sean novelas de Orwell o películas de Kubrick). No deja de resultar curioso que Blade Runner 2049 haya repetido algunos tics del estreno: poca afluencia de público y apelativos muy semejantes (aburrida, lenta, cargante, malograda, hueca, etecé). Ya veremos qué pasa con la película de Villeneuve dentro de un par de décadas, si repite o no el mismo camino, el que va del suplicio a la gloria. El comienzo ha sido bastante similar.

Para algunos, entre los que me cuento, Blade Runner 2049 ha resultado una experiencia fascinante. Las redes sociales, como es habitual, han servido para amplificar entusiasmos y menosprecios, con una potencia que nadie (no, tampoco Ridley Scott) podía haber previsto en los lejanos ochenta. Se me ocurren muchos temas de los que escribir. En un momento en el que se acumulan las reseñas agradecidas y las biliosas, las opiniones monolíticas y las razonadas, en el que para algunos aún sigue en el aire la pregunta sobre Deckard y otros montan duelos de pistoleros entre Vangelis y Walfisch/Zimmer, se me ha ocurrido centrar este artículo en el viaje que lleva a cabo el oficial K del departamento de policía de Los Ángeles para convertirse en Joe. ¿Por qué ese tema? Porque, creo, ahí está el corazón de la película.

LA 2049El tópico de que los años no pasan en balde se hace realidad en Los Ángeles. La ciudad se ha vuelto más fría. La soledad, la sensación de aislamiento, parecen bastante más ominosos. El escenario que vemos es impresionante y más despiadado. Los replicantes también son diferentes, están mucho más atados que entonces. El test de Voight-Kampff es historia, la psicología y la provocación de conflictos emocionales han dado paso a un agobiante y desagradable análisis de repeticiones de palabras. Los recuerdos implantados no pueden se reales, como medida añadida de seguridad, y los replicantes ya no se rebelan (menos aún, como lo hicieron en bloque los Nexus 6 de una misma colonia). El oficial K, un magistral Ryan Gosling, responde a la perfección a este modelo de replicante glacial y obediente, al menos durante el primer tercio de la película.

La válvula de escape que impide que la presión le haga explotar se llama Joi. La relación de Joi y K es intangible, en cierto modo quijotesca, un amor más entregado de lo que quizá la programación de las IAs había previsto. Al contrario de lo que sucede en Her, el divertimento diseñado por la compañía Wallace es capaz de esquivar la barrera material que la separa de K. Ya que no puede resolver el problema, Joi lo soslaya. Lo vemos en una escena de sexo imaginativa y hermosa, y ese es un campo, el de la filmación del amor, ocupado de manera habitual por secuencias muy aburridas. A los mitómanos de la primera Blade Runner no se les puede tocar la escena de amor entre Deckard y Rachel, pero la química, por completo ausente, entre Harrison Ford y Sean Young creo que habría agradecido unas gotas de la que sí destilan Ryan Gosling y Ana de Armas. El peregrinaje de K empieza aquí, en su relación con Joi, la cual se niega a llamar al replicante por su número de serie. Es ella la que sienta la primera piedra en la identidad del blade runner, la que logra que K diga más adelante que su nombre es Joe. Pero esta entrega contrasta, de nuevo, con la manera en que Samantha se relaciona con Theodore Twombly en Her. Casi es inevitable volver a mencionar la película de Spike Jonze. Para la sensible y atractiva voz de Samantha, Theodore acaba siendo un alto en el camino, un amor adolescente por el que en absoluto se arriesgará. Samantha es una IA más perspicaz, intuitiva e inteligente que Joi, y tiene más ganas de crecer. Joi, más simple, solo aspira a la felicidad de K para la que está programada. Joi no puede competir con la IA de Her. Más que una compañera de viaje, Joi es una geisha. La coercitiva empresa de Wallace, además de interesada en encontrar una manera mucho más rápida y económica de multiplicar sus replicantes (espera que eso ocurra de modo exponencial con el auxilio de la biología), está obsesionada con la seguridad de sus modelos. La paradoja es que sea Joi, una de esas acompañantes en teoría más seguras, la que enciende la cerilla. Así la programaron y ese es el error de la compañía de Wallace: Joi está programada para complacer al replicante, para decirle lo que necesita oír, y acaba convertida en la conciencia reprimida de K.

El oficial K no es un personaje monolítico. Su metamorfosis quizá es la esencia de la película, o al menos uno de sus aspectos más interesantes, y va a tener lugar en tres etapas. Se podría decir que hay tres replicantes interpretados por Ryan Gosling. El primero es el blade runner obediente y mecánico, el que encuentra alivio en Joi para su cárcel física y mental. La búsqueda del nuevo espécimen, el nacido del vientre de una replicante, dará paso al segundo.

OrigamiEn Blade Runner, el origami de un unicornio era el objeto que trastocaba a Deckard. Le forzaba a replantearse su verdadero origen, la naturaleza de sus recuerdos, aquello que conformaba su personalidad: en definitiva, quién era realmente. Un caballito tallado en madera va a tener un efecto similar en K y, de nuevo, se relaciona con el significado y origen de los recuerdos. En Blade Runner 2049, de manera perversa, se le da la vuelta a la tortilla: el objeto destinado a provocar una catarsis en el protagonista es de signo contrario. En lugar de un supuesto humano al que se le revela una naturaleza artificial, nos encontramos ante un ser artificial al que se le revela un posible origen humano. Deckard cree que su recuerdo es real, pero el origami del unicornio le obliga a plantearse que quizá no es así, que su recuerdo puede ser implantado. El oficial K sabe, o cree saber, que el recuerdo del caballito de madera es un implante, y las pesquisas que lleva a cabo le llevan a la conclusión de que aquello le sucedió realmente, y por tanto, fue un niño, y por tanto, fue él quien nació del vientre de Rachel. Llegados a este punto, toca otra maldad. Harrison Ford ha confesado que no entendió, mientras rodaba la película, de qué iba Blade Runner. Su cara de alelado al contemplar el origami del unicornio lo confirma. Apenas transmite algo más que un qué cojones pinta eso ahí, tirado en el suelo. No es de extrañar que un par de generaciones haya andado a la gresca acerca de ese asunto. La cara neutra de Ford ni aclara ni desmiente. Por eso que no se debe hacer, por comparación, cambiaremos de película y volveremos a K. El momento en el que Ryan Gosling descubre el caballito de madera muestra el siguiente paso en la metamorfosis. El joven blade runner, diseñado para reprimirse, condenado dentro de la armadura artificial de Wallace, parece un volcán con la lava contenida, lleno de un magma que no puede erupcionar. Es otra escena fabulosa.

El oficial K, el blade runner insatisfecho al que le desagradan las neutralizaciones que lleva a cabo, a las que su naturaleza obediente impide negarse, encuentra en el caballito de madera la lumbre que le faltaba. Creerse humano va a traer una serie de consecuencias, terribles para el fiel agente del orden y, en teoría, afortunadas para el diminuto yo que permanecía encadenado. El fracaso de K en el test al que periódicamente se ven sometidos los replicantes de la empresa de Wallace es la primera y más que predecible de esas consecuencias. La investigación que ordenó la teniente Joshi se convierte en la búsqueda del padre. Encontrar y eliminar a Deckard es una promesa que el oficial K hace a su teniente y que nadie puede ya creer.

K y Deckard

El oficial K, que ya no es un blade runner, y que además se cree humano y se hará llamar Joe, viaja a una radioactiva Las Vegas, a un escenario que visualmente parece el alma solitaria y devastada de Deckard, al pasado. Tampoco es de extrañar que esta parte de la película haya obtenido las mejores críticas, o que muchos de los que subestiman Blade Runner 2049 salven esta reaparición del cazador de replicantes de los ochenta. Pero no, no creo que el mérito recaiga solo en Ford, bastante más expresivo y acertado que en la película de Ridley Scott, sino en lo que las escenas de esa Las Vegas amarilla y polvorienta significan. El edípico encuentro entre Deckard y Joe no se salda como mandan la tragedia griega y las ordenanzas de la empresa Wallace. Joe no hace lo que esperan de él. Joe se rebela, baja los brazos. Joe se comporta compasivamente, ahora viene lo bueno, porque se cree humano.

Si Blade Runner 2049 hubiera terminado ahí, creo que sí que habría sido, en parte, una decepción. Porque tendríamos otra película de elegidos, al más puro estilo Matrix. Joe, convertido en otro Neo, en un salvador más de los muchos que pueblan la historia del cine, se habría rebelado contra la empresa de Wallace porque era diferente de los demás, porque tenía algo distinto dentro de él, porque se lo permitía la biología, su supuesto ADN, porque era un digno descendiente de Prometeo.

Que la implacable Luv -la más dotada de los replicantes y la mejor encarcelada, como muestran las lágrimas que fluyen de ella cuando muere uno de los suyos, el único rastro de compasión que Luv puede emitir hacia fuera- se lleve a Deckard, al padre del elegido, y derrote y deje moribundo en el suelo a Joe derriba el castillo de naipes que el joven replicante había levantado. La líder oculta de los rebeldes (la rebelión en ciernes es la parte más débil de la película, quizá innecesaria) se lo confirma. K no es especial, sino alguien del montón, un replicante como cualquier otro, con implantes de memoria que no le pertenecen. Y es a partir de aquí, a partir de esta derrota, cuando tiene lugar el siguiente paso, cuando conocemos al tercer y definitivo K.

Sin nada que lo distinga de otros replicantes, el personaje que interpreta Ryan Gosling se hace humano de una manera muy parecida a como lo logró el mítico Nexus de Rutger Hauer. La compasión, la empatía por el sufrimiento de otro, ese aferrarse a la vida en el último momento, recondujo al histriónico Nexus 6, que pasó de intentar matar al cazador de replicantes a salvar su vida. El cambio de K no será tan dramático ni tan de último momento. Y acorde con la manera de interpretar de Gosling a su replicante -mucho más reprimido por Wallace que por Tyrell-, la humanización tampoco será tan verborreica, tan discursiva, sino contenida.

JoeK comprende, por fin, a quién pertenece el recuerdo del caballito de madera, quién le implantó un recuerdo real, desobedeciendo las consignas de Wallace, quién hizo con él de hada madrina de Pinocho, quién sembró dentro de él la semilla que rompería la cárcel del replicante. Y, a continuación, K hace lo que cree correcto. Guiado por una empatía como la de Rutger Hauer, K se hace humano. La biología, parece ser, nunca fue la clave, ni en Blade Runner ni en Blade Runner 2049. La continuación es fiel a su predecesora: cualquiera puede ser más humano que los humanos, el ADN no te hace especial.

K no explicará nada. Ni siquiera en la parte más emocionante de la película, cuando Deckard le pregunte por qué le ha ayudado, y quién es él, el viejo blade runner, para él. K solo sonríe. Se ríe de su equivocación, del chiste en el que se convirtió lo que creyó la gran revelación de su vida. Tampoco dice nada cuando, significativamente, en ese mundo de 2049, lo que cae en su rostro es nieve en lugar de lluvia. No hace falta. Esos microgestos de K lo dicen todo. Son tan expresivos, tan claramente humanos…

5 pensamientos en “El viaje de K en Blade Runner 2049

  1. Muy buen y concienzudo análisis.

    Puede que tengas razón y que ocurra como con Blade Runner y se convierta en una película de culto. Todo es posible. Aunque según mi punto de vista Blade Runner 2049 carece del carácter innovador de la primera. La estética de Blade Runner reforzada por la música de Vangelis influyó en el cine y en la novela cyberpunk posterior. La versión reciente es muy continuista en la estética. No digo que no esté lograda, pero está prácticamente calcada de la primera.

    Por otro lado carece de una escena icónica como la de Rutger Hauer en la lluvia cuando suelta la paloma. Blade Runner 2049 tiene un momento único y maravilloso que es cuando K cree hacer el amor con Joy cuando en realidad lo está haciendo con una prostituta. Es un buen momento, sí, aunque carece de la trascendencia de la escena que he mencionado antes de la primera. Blade Runner no se caracterizaba precisamente por su ritmo, pero Blade Runner 2049 tiene momentos que puede hacer caer al más insomne.

    Y has soslayado muy hábilmente lo que es lo peor de la película que es Niander Wallace, el mesiánico y caricaturesco personaje interpretado por Jared Leto. Todo lo relacionado con la Wallace me sobra, lo cual es mucho.

  2. En mi opinión BR 2049 presenta, en tanto que película meramente autónoma, tal cantidad de problemas de planteamiento y ejecución que no puedo menos que verla como una película fallida. Fundamentalmente porque no logra en ningún momento aparecer cohesionada ni coherente en su estructura ni en lo que trata de contar. Creo que esto es así porque hay una exagerada tendencia a primar lo estético frente a la historia, delegando ésta última a un lugar secundario y por ende mermando su capacidad reflexiva . También porque toma decisiones de difícil comprensión, especialmente en la desigualdad, a mi modo de ver bastante evidente, entre lo que quiere contar y el ritmo que impone a su discurso. Hay una gestión entre su estética, contenido y ritmo tan poco ajustado que logra que unos y otros se entorpezcan produciendo un desequilibrio que permea a todo el metraje y que por ende supone una cojera continua que se acrecienta por mor de su larguísima duración. Corre o se demora en momentos en los que probablemente tomar el camino contrario hubiese venido mejor para lo que está contando, se toma una morosidad enorme en exponer lo que no necesita mientras que el desarrollo de aspectos fundamentales quedan mal perfilados, cuando no son poco más que apuntes insuficientes. Todo se reduce en realidad al primar continente frente a contenido. En 2 horas y 45 minutos debería haber dado de sobra para todo, tanto más cuanto que a pesar de tal duración el metraje decide prescindir del aspecto esencial a la hora de despertar reflexión y emotividad, esto es: el desarrollo de sus personajes
    Sin que exista un elenco especialmente numeroso, más bien al contrario, el tratamiento emocional y psicológico de los mismos llega en casos dolorosos a ser, más que minimalista, tendente a cero. Es paradigmático el caso de Niander Wallace, un némesis que está tan sumamente podado en sus líneas generales que diría que no alcanza ni el estatus de boceto. No sólo no hay interés por exponer sus motivaciones sino que parecen no ser necesarias por el énfasis tan marcado que hay de hacerlo básicamente un supervillano genérico. Tampoco ayuda que su presencia sea mínima. Pero sólo es un ejemplo más, en realidad ninguno escapa al recorte. Justamente los personajes más desarrollados, Joi y K, lo son de un modo tan lineal que es difícil ya no sólo empatizar con ellos sino tener un mínimo de sorpresa en lo que acontece. Al menos si uno desea ver cómo lo que hace y sufre un personaje determina su desarrollo. Supongo que hay una decisión consciente por enfatizar el tratamiento de los personajes no humanos. Aquí no se trata ya de usar la condición artificial para articular la cuestión de la identidad o lo que define a la humanidad. Por contra es un paso que en ese sentido se da por tomado, la película deja bastante claro quién es humano y quién no. Una decisión que puede ser discutible, pero que con todo tampoco incide en un desarrollo profundo de los replicantes, ni siquiera K, un personaje en muchas ocasiones que parece más una excusa o percha para servir de vehículo a la supuesta reflexión filosófica que una entidad realmente tangible. Para mi aquí hay otro de los problemas básicos de la película. Porque en este sentido K. no llega a tener nunca realidad per se, es un objeto que soporta el entramado filosófico de la obra pero que realmente no tiene capacidad de decisión, yendo siempre a contracorriente de lo que le ocurre de tal punto que incluso en su momento de redención autárquica es difícil no ver una suerte de tragedia motivada por el destino más que una elección libre que tome la rienda del sentido de su existencia. Esto me parece sumamente incoherente porque funciona como ejemplo de lo que se quiere vender: el eterno no humano que es más que humano. Es decir, hay tal necesidad por hacernos ver que su humanidad es ganada en su trayectoria redentora que su mismo trayecto vital acaba por ser una suerte de destino forzado, prefijado de antemano. El espacio que su peripecia va ganando a ensanchar su capacidad de libre albedrío es precisamente el que le hace más imposible tomar una decisión que no sea la pretendida desde el inicio, la que ya se conoce. Esto no puedo verlo como más que como puramente incoherente. Deshumanizas al personaje para presentarlo como un humano de todo derecho. Tratas a la vez de exponer un personaje en una situación puramente existencialista pero no asumes que por definición el existencialismo supone partir de un estado sin naturaleza, en sentido estricto, es decir implica que la naturaleza se gana en función a lo que se hace en la existencia. Historia antes que esencia. Quehacer antes que substancia. Personalmente me siento dolorido porque las bases para ello son claras y de hecho, el mismo concepto de replicante es ideal para trabajar de un modo existencialista. Si bien creo que la película original no exprimía este asunto sí lo exponía. Y esto es justo lo contrario en esta película. K pasa por ella, por su propia vida a modo de espectador dolorido, es esencialmente pasivo e inactivo. Su despertar es un colorario de lo que ocurre no una toma existencial de consciencia, un hecho causal de tipo mecánico y por ello no existencial. Cuando llega ese momento ya es tarde, carece de importancia. Pienso además que es porque en ningún momento hay intención de una reflexión real, más bien un modo de ilustrar una serie de tópicos, clichés apriorísticos en definitiva. La respuesta al respecto sobre qué es lo que define a la humanidad es anterior incluso a la pregunta, esta es mero prólogo no parte del asunto en sí. Un humano es un ser sensible que es capaz de sacrificarse por los otros incluso cuando no tiene nada. Curioso. Se echa en falta siquiera la existencia de un replicante que funcione como lo hacía Magneto en los X-Men, alguien que infiera que dado que son superiores en todos los aspectos a los humanos se asuma como el nuevo rey del barrio. Es decir, otras alternativas que abran la capacidad reflexiva final, que pueda quedar en el aire un abanico de respuestas posibles. Algo que tampoco sería novedad porque lo hemos visto en otras obras. Por ejemplo en Galactica, que haciendo homenaje a Blade Runner toma en algún momento una postura contraria a esta y que me parece que funciona de modo ejempla. En esta ocasión la trayectoria vital de K está escrita siguiendo un trazado muy obvio, incluso en el modo de exponer su redención la película es muy lineal. Nuevamente tensa el contenido a consta del continente. La buena fotografía al diálogo, a la psicología del personaje. La emoción irreflexiva a la reflexión emocionada. La apología frente al análisis. La empatía dada como algo de suyo en lugar de un punto que conquistar.
    De igual modo Joi, queda como un personaje desfigurado, ni es capaz de mostrarse como el programa que aprende pero cuyo objeto es meramente la satisfacción del cliente, ni es capaz de sostenerse como un sujeto amado o un amante, aunque sólo sea meramente aparencial (aspecto que hacía grande a Dick) . Quizás el mayor problema con el desarrollo de este personaje no está en si su naturaleza puede o no arroparse bajo el concepto de persona, cosa que por sí habría sido interesante. Sino en la falta de ambigüedad para ello. Porque tampoco saca partido al hecho de que finalmente no lo sea, de que se limite a ser una suerte de espéculo donde se pueda mirar el propio K, justo porque enfrentaría lo que es un ser existencial frente a uno que desarrolla una naturaleza a modo esencial, dentro de unos límites prefijados y por ello sin libertad. La película no saca partido a la idea de Joi en tanto que máquina humana. Y lo tiene a la mano, pero no opta por allí. Esa posibilidad de enfrentar ya no la humanidad real en tanto que épica de la emotividad, sino hacer exactamente lo contrario, la máquina humana porque no es capaz de salir de su programación. El terrible hecho de la pertinencia de buscar diferencia entre ser humano o aparentarlo, si acaso esto último implicaría diferencia alguna en realidad. El eterno dilema de si existe o no la libertad, y el caso concreto de que si bastara con la apariencia de la misma. Todo, reitero, está ahí, pero se pasa de soslayo en favor de la defensa de un discurso que es previo a toda cuestión, que nuevamente queda respondido antes de formular la pregunta. La falta de ambigüedad de la escena de sexo entre Joi, la replicante y K, su tendencia a mostrarla casi puramente estética y sólo ya por ello emocional, contrasta a mi modo de ver con lo enormemente fría que es la película en general. Pienso que esta frialdad se les acaba por descontrolar en la medida que no es continua, a veces se quiere poner densa y emotiva, pero no logra salir de cierta impostura. Es nuevamente una frialdad aparente, que no forma parte de la necesidad de establecer una visión desapasionada, neutral, y que sea el espectador el que aporte finalmente el juicio emocional. La película es fría pero también parcial. Como casi todo lo que la atañe quiere ser una cosa y deriva hacia la contraria.
    Personalmente me he encontrado en muchas ocasiones pensando si no es la misma película un simulacro. De hecho este último punto es el mayor problema que tengo con ella. Todo sabe a ir sobre raíles prefijados, en lo fundamental en el desarrollo (o no) de sus personajes, es fácil entrever la finalidad que se les tiene destinado, el hecho mismo de que como dije antes la reflexión que busca está en exceso planificada. Lo que acontece vitalmente a los seres conscientes de la película no es más que una excusa para llegar a un fin predeterminado, desde mi punto de vista el peor error que pueda cometerse frente a este tipo de reflexiones. La película es de hecho un constructo, una máquina que busca mediante la fijación superficial de un imaginario estético una suerte de reacciones emotivas, pero que no se toma esfuerzo o tiempo en que tales intenciones sean encarnadas, que exista en su interior sangre, hueso. Enfrenta con aparente solemnidad una tarea que nunca logra profundidad porque se deja en los márgenes lo fundamental, el tratamiento de sus personajes, sus vivencias más allá del mero videoclip. Lo da todo hecho. Se esfuerza, quizás no de modo consciente, en que la apertura interpretativa sea lo más estrecha posible. Quiere darte respuestas no abrir un abanico posible de reflexiones.
    Todo el pulso realmente esforzado gira entorno a su exposición estética, es de ahí de donde van desgranándose su temática real. Al igual que el ritmo, que lejos de ser impuesto por la necesidad de lo que se quiere contar, va justo en dirección contraria. Es la historia la que se somete al mismo, de su tempus pausado y en muchas ocasiones meramente expositivo se va desgajando a modo de meros apuntes. Algo que además empeora otros aspectos que me resulta difícil de entender como opciones coherentes. Un caso paradigmático de esto es la reincidencia explicativa. No basta con llevar de la mano al espectador de un modo más moroso que pausado, es que además se le reitera en más ocasiones que las deseables lo que ocurre. Como si tuviese miedo en que se pierda o, lo que es mucho peor, no tuviese confianza en la capacidad crítica y autónoma del mismo. Incluso en alguna ocasión rompe su propia imposición de ritmo para volver a un flashback que funciona como añadido brusco rompiendo su mismo discurso. Diría que podría ser necesario de haber contado con múltiples personajes y situaciones previas, pero que se hace incomprensible cuando el único modo en el que se perdiera el espectador sería por falta de interés. Hay poco que contar realmente más allá del tratar de imponer algún tipo de emoción muy general y dirigida. Queda un escenario rico, lleno de personajes pobres, excusas para ir allí o aquí… y una reflexión forzada desde el principio, que no busca más que el abrazo del tópico, que no profundiza ni pone nada en cuestión, ni siquiera a sí misma, que tiende a afirmar más que cuestionar y, dolorosamente, que constituye dicha afirmación en un tópico simple y más cercano a lo correcto que al remover, a la complacencia que a lo crítico.
    Por desgracia una oportunidad perdida.

  3. Estoy de acuerdo con que Wallace es el personaje más débil de la película. Ya he comentado en redes que resulta más creíble el cínico y mercantil Tyrell del pasado que el mesianismo de las breves apariciones de Jared Leto. Pero Wallace, más que para ejercer de villano clásico, que no lo es, está ahí como motor de búsqueda. El enemigo en Blade Runner se hace visible en cada plano de la ciudad, en cada pasaje de transición. Esos paisajes de Los Ángeles resultan abrumadores tanto por el sonido como por la espectacular fotografía, pero en absoluto están vacíos. Cumplen una función que va más allá de la estética. El panorama es el de un futuro sin líderes visibles a los que adorar (Wallace no lo es), en el que lo tecnológico se ha convertido en un modo de represión y gobierno. Más que de Wallace, el personaje, habría que hablar de Wallace, la empresa. Ese es el rival, imposible de derrotar, porque está en todas partes. No hay apelaciones ni juicios contra la tecnología que domina 2049. ¿Qué tiene que ver con nosotros esta segunda entrega, más fría y más represiva? Todo. La diferencia entre humanos y replicantes, sí, está más claramente establecida. Para mí es un acierto. En 2049 se puede hablar de unos más aceptados racismo y esclavismo. Ese es el “malo”.

  4. Leto representa un enemigo que en su corta exposición se comporta como un científico loco clásico. Tanto que incluso se le representa con el rasgo básico de hibrys. Ese orgullo desmedido que lo hace sentirse un Dios. Su comportamiento es el de un villano clásico. Presentación llamativa, crueldad teatral, ego desmedido, megalomanía, en fin todo lo que supone el cientifico loco, tambien las usuales e incomprensibles decisiones tontas como plantear una tortura que permite a Ford el tener posibilidad de escape.

    Para mi la pelicula no tiene claro a dónde quiere ir, juega a ser densa y trascendental pero acaba dando vueltas sobre conceptos de una religiosidad bastante pueriles. El tratamiento de la natalidad, el alma como diferenciación creo que supone un ir para atrás gigantesco.

    En cuanto al “enemigo” da vaivenes entre personalizar la maldad en un individuo o corporación y señalar a la humanidad como responsable. Esto último me parece más interesante por ser menos infantil, pero tampoco profundiza o añade nada qie no se haya visto cienmil veces, ni siquiera a nivel visual.

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