El cementerio de barcos, de Paolo Bacigalupi

El cementerio de barcos

Zascandileando por internet, mientras buscaba información sobre El cementerio de barcos, me tropiezo con el término YA. El cementerio… es una novela YA, como Los juegos del hambre o la saga Crepúsculo o Harry Potter o las novelas de Phillip Pullman. Una entretenida y ágil novela YA, YA por aquí, YA por allá y que no me entero de nada (y eso que domino el internetés fluidamente, tanto hablado como escrito). Así que con el rigurómetro bajo mínimos, acudo a la Wikipedia y me encuentro con que YA es el acrónimo de Young Adult (fiction), o literatura dirigida al consumo del adolescente, esa criatura de edad comprendida entre los doce y los cuarenta años. Esto viene a ser como cuando la literatura femenina de toda la vida se convirtió en chick lit, es decir, en producto. Cuidao, que yo a tope con todo esto, soy perfectamente consciente de nuestro papel como consumidores de cultura. Bueno, que desbarro. En este artículo (pelín irritante cuando, en la sección “Historia de la YA” se trata La isla del tesoro, Oliver Twist o El señor de las moscas de novelas proto-YA, como si fuesen meras estaciones de paso en un proceso que culminaría ahora mismo con el esplendoroso presente literario Young Adult)  incluso analizan los temas más habituales de este género, subgénero o transgénero, la estructura de los argumentos, los personajes, los temas, en fin todo. Que estoy por copiarla y pegarla aquí y pirarme a leer unos tebeos.

Y sí, El cementerio de barcos encaja perfectamente en los parámetros de la literatura YA, como encajaría en la literatura juvenil, o de llegada a la madurez de toda la vida, pero actualizada al gusto moderno (drogas, violencia explícita, conflicto social), y teñida por las preocupaciones de las anteriores obras de Bacigalupi. En este caso traslada al futuro cercano, el futuro de un planeta que ha sido incapaz de mantenerse a la altura de la fórmula mágica del crecimiento infinito/recursos limitados, el día a día de los niños que se buscan la vida en los enormes vertederos de su país emergente favorito, un entorno donde impera el darwinismo social y el futuro es un enorme pozo negro del que parece imposible salir. Mientras la chusma se afana en sobrevivir, la élite sigue a lo suyo, sus trapicheos corporativos, sus guerras de poder, en fin, sus cosas de ricos de toda la vida.

En este transfondo se desarrolla la peripecia de Nailer, un chaval justo al borde de la madurez en todos los aspectos, que va perdiendo su infancia a jirones, y que sobrevive en una cuadrilla de trabajo infantil, arrastrándose por las entrañas de inmensos barcos varados en Bright Beach, una playa del Golfo de Méjico, no operativos por las cosas del peak oil y abandonados allí por enormes  tormentas, fruto de un clima desquiciado. Nailer y sus compañeros van desmontando lentamente las carcasas de los barcos, como hormigas carroñeras, intentando cubrir la cuota de material recuperado como buenamente pueden. El jefe de su cuadrilla se quedará la mayoría de los beneficios, revendiendo el material a una malévola corporación, mientras a los chicos sólo les quedan las migajas para que se emborrachen y se droguen a gusto mientras observan a los catamaranes de las grandes corporaciones que gobiernan el mundo deslizándose por el horizonte. Así que el único futuro de Nailer es el mítico Golpe de Suerte; encontrar un depósito de petróleo en las entrañas de algún petrolero o cualquier tesoro que pueda rapiñar, antes de que, canijo y desnutrido, se juegue la vida día a día en las cuadrillas pesadas. Hasta que un día, de tanto desearlo, Nailer se topa con su particular beso de la fortuna; un catamarán naufragado, una nave corporativa que transporta en su interior un regalo envenenado.

La aventura de Nailer sigue punto por punto el viaje del joven héroe que ahora veo por todas partes y que me tiene medio loco ya: una búsqueda espiritual de la que Nailer sale triunfante guiándose por los valores que premia Bacigalupi; el compromiso, la amistad y el altruismo, mientras la violencia gratuita y el egoísmo se identifican con infantilismo y el fracaso vital. Odisea que culmina enfrentándose a su brutal padre, rito de paso que se resuelve con una inusitada violencia que Nailer deberá incorporar a su proceso de madurez. Y aquí se establece cierto paralelismo entre Nailer y Tool, el hombre perro que le acompaña en su aventura como curioso mentor espiritual. Tool, un ser creado por ingeniería genética para ejercer la violencia que emana del poder y servir fielmente a sus amos, ha logrado librarse de la esclavitud de un destino grabado en los genes y alcanzar la libertad. Tal y como Nailer, criado en un ambiente brutal y despiadado, logrará en el transcurso de la aventura asumir su envenenada herencia, superarla, evitar convertirse en su padre, y escapar del no-futuro de Bright Beach.

En el debe de la novela me gustaría apuntar que el futuro que teje Bacigalupi no resulta especialmente interesante, un mero telón de fondo para las peripecias de Nailer y sus amigos. Tal y como ocurría en sus relatos recogidos en Pump Six, Bacigalupi hace prospectiva desde el punto de vista de una persona de izquierdas de escaso nivel ideológico; la Tierra ha sido arrasada por una élite de avariciosos (y malvados) oligarcas que saquean los recursos naturales puro en ristre, mientras las masas se mueren de hambre, el clima está hecho un asco y toda la vida animal se ha extinguido exceptuando la cucaracha y la rata. Una visión en exceso simplista en mi perturbada opinión, que olvida que somos todos los occidentales de a pie los que vamos de galeotes en las entrañas del sistema, los que remamos sin descanso manteniéndolo a flote, consumiendo como si no hubiese un mañana. A lo que hay que añadir un final algo inocente, “quizá sea posible cambiar el sistema desde dentro, si esos ricos vieran lo mal que lo pasamos aquí seguro que se les enternecería el corazón”, viene a concluir la novela. Aunque quizá otra cosa sería pedir demasiado si recordamos que estamos hablando de una obra YA. Lo que, sumado a que Bacigalupi, como es lógico, no se anda con finuras estilísticas, la novela, aunque distraída y con buen ritmo, quizá resulte insatisfactoria para un lector más bregado y adulto, y confieso que a mí se me ha quedado pequeña en muchos momentos.

El cementerio de barcos (Plaza y Janés, 2012)
Ship Breaker (Little, Brown Books for Young Readers, 2010)
Traducción: Manuel de los Reyes
345 pp. 17,90 €

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