Las casas de los rusos, de Robert Aickman

Las casas de los rusosComo lectores habituales de la página y por tanto personas con criterio y buena memoria, recordarán que la última reseña que publiqué en C fue un desvarío plagado de ditirambos acerca de Cuentos de lo extraño, de Robert Aickman. Embriagado por la sensación de poder al comprobar que la reseña obtuvo un par de «me gusta» en tuiter, me dediqué a darle la brasa al sufrido y principal responsable de la página, amenazándole con dejar de respirar si no le pedía a Atalanta un ejemplar de prensa de Las casas de los rusos alegando mi condición de submileurista y padre de familiaEl caso es que, contra todo pronóstico y en vez de mandarme a hacer puñetas como habría hecho cualquiera, Nacho solicitó una copia de prensa y Atalanta, muy amablemente, nos lo envió. Y el problema es que, después de dar la lata a todo el mundo con el libro de marras… resultó ser una relativa decepción. ¿Qué podía hacer? ¿cumplir mi sueño de salir a por tabaco o a cazar pokemones y desaparecer? ¿mentir como un bellaco? ¿dar la cara? La opción «cazar pokemones» era la que, en un principio, partía con más posibilidades, pero finalmente prevaleció mi sentido de la responsabilidad, que tantas veces se ha interpuesto entre lo que quiero y lo que debo hacer. Así que voy a contar sinceramente lo que me ha parecido el libro y que salga el sol por Antequera.

La antología se abre con «La tolvanera». Un cuento de aparecidos en un ambiente de aristocracia rural británica en decadencia, superada por la velocidad de la burocracia y la modernidad de la Inglaterra que resurge de la postguerra. El empleado de una Fundación, que se dedica a adquirir y restaurar viejos y pintorescos edificios propiedad de antiguos nobles que sufren la humillación de acabar como inquilinos de sus propias mansiones, se aloja en una casona en la cual residen dos hermanas aristócratas caídas en desgracia que le acogen con resignación, introduciéndole en su juego de soterrada hostilidad. Aunque están presentes alguno de sus temas habituales, como la sorda y extraña tensión sexual, el omnipresente polvo como la metáfora de un terrible secreto que lo impregna todo y ese enfrentamiento entre dos mundos, el pasado rural, decadente y aristocrático de Inglaterra contra el moderno, joven y casi incomprensible para el protagonista, el relato resulta francamente aburrido, e, incluso, palabra que debería ser pecado para describir a Aickman, convencional.

«Las casas de los rusos». Un cuento de fantasmas anticomunista que me ha recordado mucho a Giovanni Guareschi, quien es posible que haya escrito algo parecido en su serie de Don Camilo (de fantasmas, fijo, anticomunista, también, de ambas cosas ya no estoy tan seguro). Un relato que podríamos definir como «de cementerio indio» , en el que un anciano advierte del peligro rojo a unos universitarios, quizá simpatizantes izquierdistas (la narración fue publicada en 1968), contándoles la historia de dos agentes inmobiliarios buscando casa para un cliente inglés en un pueblo de Finlandia. Uno de los agentes sale a dar un paseo una tarde y encuentra en una pequeña isla fluvial las residencias de unos cristianos ortodoxos rusos que, claro, esconden un terrible secreto. Pues lo dicho, una fábula anticomunista algo aburridilla pero con un ambiente realmente conseguido en el encuentro con los aparecidos, que resulta además una especie de parábola sobre el conflicto entre materialismo/fantástico y ateísmo/espiritualidad, conflicto de conceptos en el que las sensibilidades estéticas y éticas de Aickman están a años luz de los primeros y muy identificadas con los segundos.

«No más resistente que una flor». No sé por qué esta narración de liberación femenina me ha recordado mucho a La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942). Se trata de una historia donde la relación de poder en un matrimonio se ve puesta patas arriba cuando la esposa, una mujer acomplejada por su aspecto físico, se somete a un extraño tratamiento de belleza a causa de un comentario de su marido. Un relato que no está mal pero tampoco mata, en la parte positiva me gusta que en ningún momento se nos describe la transformación de la esposa, lo que implica una metamorfosis interior que se proyecta sobre sus acciones y que genera una extraña tensión y sensación de desasosiego, pero que finalmente resulta demasiado repetitivo y difuso en sus intenciones.

«En edad de crecimiento» me parece el peor relato que he leído de Aickman de largo, una parodia sobre la paternidad cuyas responsabilidades superan a la pareja protagonista cuando sus hijos, más adolescentes eternos que nunca, no dejan de comer y crecer. A mí el humor que impregna el relato no me funciona en absoluto, el cuento me ha parecido bastante pestiño y excesivamente largo y tampoco le salva su toque perturbador típicamente aickmaniano en la extraña atracción sexual soterrada entre la protagonista y su tío, o la referencia final a una macabra leyenda tradicional inglesa que altera todo lo que habías leído hasta entonces, Los niños del bosque de las lamentaciones.

Cuando ya tenía la moral un poco tocada, llegué a «Ravissante». Se trata del cuento de posesiones fantasmales y la creación artística más raro que he leído en mi vida, aparte de ser un extraño manifiesto y apología de ciertas estéticas perturbadas y macabras como manera de representar o interpretar la realidad. Un aspirante a artista visita a la viuda de un pintor belga muy admirado por nuestro protagonista y allí asiste a un agobiante y giallesco aquelarre de sexo y fetichismo chunguísimos orquestado por una señora ya muy mayor, un inquietante caniche que en realidad no lo es y pinturas muy desagradables. Aunque lo mejor es como el protagonista escapa de esa mansión de pesadilla en pleno clímax de mal rollo, en el más desconcertante y puro estilo Aickman. Un relato buenísimo, del que lo que más me gusta es como Aickman dispone los elementos sin apenas dar explicaciones y luego el lector es el que ha de relacionarlos como buenamente pueda, donde los huecos forman tan parte del cuento como la escasa información que se nos proporciona.

Finalmente «Las manchas» (cuento premiado con el British Fantasy Award en 1981) es uno de los últimos relatos publicados por Aickman, un maravilloso cuento extremadamente romántico, y, por supuesto, extrañísimo en su desarrollo, entre la leyenda «Ojos verdes» de Gustavo Adolfo Bécquer y la película Cloverfield (Matt Reeves, 2008). Si, voy ya muy sobrado a estas alturas de la reseña, pero el final de Cloverfield, (una película romántica con el «mostro» como metáfora destroyer del amor cuando se acaba) es clavado en temática e intenciones al cuento de Aickman.

El relato nos cuenta la historia de Stephen, un funcionario de mediana edad que se refugia en los páramos del norte de Inglaterra de su reciente viudedad, un matrimonio que el protagonista nos asegura ha sido feliz, pero que el lector intuye rutinario, cómodo, y, sobre todo, carente de pasión. Vagando por el campo, Stephen conoce a Nell, una extraña jovencita que puede ser una mujer real, una ninfa de los páramos o un producto de su imaginación y de la que se enamora rápida y perdidamente, con una urgencia que llega a resultar incómoda. Un cuento memorable con su triste fatalismo de amor fou, ésa Inglaterra arcana y terrible de los páramos y los seres que la habitan, la necesidad desesperada de sentir la pasión por última vez, y cómo la única manera de vencer al tiempo es con el amor puro, un instante convertido en eternidad en el momento de morir. Algo que otorga al amor romántico un carácter casi religioso, el de la esperanza del amor eterno después de la muerte.

En resumen, un volumen quizá decepcionante en conjunto pero que a su vez, y gracias a «Ravissante» y, sobre todo, «Las manchas», se convierte imprescindible para el que haya caído bajo el embrujo de los relatos de Aickman y, como me ocurre a mí, sea ya devoto para toda la vida, puesto que como ya sabe el iniciado, sus mejores historias conforman una experiencia lectora como nunca antes había tenido y a la que confieso, soy adicto.

Una observación final acerca de la edición en forma de crítica constructiva, he echado en falta información sobre los relatos, el año en qué fueron publicados y la antología original donde aparecieron. También sería de agradecer que se indicara la persona encargada de la selección de cuentos y una pequeña introducción sobre el cómo, el cuándo y el porqué de su inclusión, como ocurría en la anterior antología. Finalmente, y aunque no soy partidario de agobiar con notas al pie de página, sí creo que hay algunos detalles que deberían haberse aclarado un poquito más; la temática de la leyenda de Los niños en el bosque que se menciona en «Edad de crecimiento», que comenté más arriba y creo fundamental para entender el relato, o que se hubiese incluido una breve nota sobre el pintor romántico belga Antoine Wiertz que aparece en «Ravissante» de cierta importancia en la historia, o que no se mencione que «Las manchas» recibió el British Fantasy en 1981. Esperemos que para futuras antologías estos detalles se cuiden un poco más y esta se convierta en la edición definitiva de los cuentos de Aickman en España.

Las casas de los rusos, de Robert Aickman
Atalanta, 1ª Edición, 2016
Traducción de Arturo Peral Santamaría e Irene Maseda Martín
Tapa blanda. 320 pp. 23,75€

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