Siete casas vacías, de Samanta Schweblin

Siete casas vacíasEs fácil dejarse llevar por el entusiasmo cuando una autora escribe un relato como Distancia de rescate. Un texto donde forma y fondo van indisolublemente unidos a la hora de construir una obra de misterio excelentemente asentada sobre ambos. De ahí la curiosidad por comprobar la pericia de Samanta Schweblin en historias más breves lejos del terreno del fantástico como las de Siete casas vacías; una colección de relatos galardonada con el IV Premio de Narrativa Breve Ribera de Duero y publicada por Páginas de espuma.

Ya el primer relato, “Nada de todo esto”, es una buena piedra de toque que nos pone sobre la pista del registro desarrollado por Schweblin en las seis piezas siguientes. Introduce a una madre y a su hija mientras recorren los suburbios acomodados de una ciudad para ver las casas y experimentar, de alguna manera, un modo de vida para ellas vedado. Parecen moverse desde la distancia, sólo por casas vacías, hasta que la madre comete un “error” y termina entrando en una habitada. Una transgresión a partir de la cual la rareza de la situación se revuelve sobre sí misma, llevando la narración hacia un terreno incómodo, con un aire insano que entra en resonancia con las expectativas del lector.

Schweblin pone su prosa pulcra, unos diálogos escuetos y un lenguaje certero al servicio de una atmósfera inquietante donde los últimos párrafos estilizan el sentimiento de desazón exhibido hasta ese momento. No hay grandes giros ni revelaciones profundas. Todo se sustenta sobre el equivalente literario a rascarse una herida todavía no curada (una separación en “Mis padres y mis hijos”; la desaparición de un hijo en “Pasa siempre en esta casa”…) para explorar y ahondar las secuelas de pequeños apocalipsis cotidianos hasta dejar al descubierto una sensación insana en el ambiguo territorio que va de la extrañeza a la familiaridad.

El mejor exponente de esta senda se encuentra en “La respiración cavernaria”. El relato de la convivencia de una pareja de ancianos sostenido sobre la rutina a la que la mujer se aferra para hacer frente a la demencia que se cierne sobre ella y el misterio de algo que ha ocurrido y sólo observamos a través de pequeñas inconsistencias en la narración. Quizás porque es el más largo de Siete casas vacías (abarca cerca de la mitad de su extensión), el campo de juego va más allá de la sugerencia y trabaja con amplitud la fragilidad de sus personajes, la dificultad para asumir las pérdidas, su inevitable angustia ante lo nuevo… convirtiendo la confusión de su protagonista en un acerado proyectil contra las buenas intenciones o cualquier esperanza.

Pero ninguno de estos cuentos logra alcanzar el aire morboso de “Un hombre sin suerte”, el recuerdo del día en el que una mujer entonces niña vivió una experiencia traumática donde lo que el lector pone en la historia cobra tanta importancia como lo que la narradora relata. Un regusto siniestro presente también en “Salir”, una historia sutilmente perversa que se deleita de nuevo situando al lector ante el perturbador reflejo de sí mismo. El común denominador de estos siete relatos que invitan a participar de una visión incómoda de nuestra realidad cotidiana.

Siete casas vacías (Páginas de espuma, Colección Voces / Literatura nº213, 2015)
Rústica. 128 pp. 14 €
Ficha en la web de la editorial

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