A propósito de La Estrella de Ratner: la desprestigiada herencia de Voltaire y Swift

La estrella de RatnerBilly Twillig, un genio de las matemáticas de 14 años galardonado a tan temprana edad con el Nobel, es trasladado a una megaestructura apartada del ruido contemporáneo en la que trabaja el exquisito grupo de elegidos del Experimento de Campo Número Uno. ¿Y para qué una reunión de escogidos cerebros superespecializados, que trabaja y vive allí enclaustrada? Para lograr el Conocimiento. Con C mayúscula. En concreto, a Billy Twillig lo han llamado para que descifre un código de números en apariencia muy simple. La señal procede de algún lugar invisible cercano a la estrella de Ratner, y parece tratarse del primer contacto con una inteligencia alienígena. Esa es la excusa para, a lo largo de los 12 capítulos que conforman la primera parte, ir presentando de la mano del joven Billy a los diversos pobladores del Experimento de Campo Número Uno, científicos disfuncionales socialmente en el mejor de los casos y del todo idos en el peor. La segunda parte, como un juego musical de Preludio y Fuga, conduce a los elementos presentados en la primera -una riada de personajes, ideas e historias en las que prevalece el desconcierto y el sinsentido- hacia un desenlace coral y en bucle acorde con lo mostrado.

Han tenido que pasar 38 años para que La Estrella de Ratner conozca una primera edición en español. Si no fuera una novela del ya entronizado Don DeLillo, cabe preguntarse cuántos más habrían transcurrido hasta que hubiera visto la luz en la lengua de Cervantes, o si alguna editorial habría encargado una traducción. Tildada de espesa, extraña, enigmática, La Estrella de Ratner se ha convertido en una rara avis dentro de la producción del norteamericano. Y, es cierto, la novela exige, pero sobre todo obliga a romper con el estereotipo de novela realista contemporánea al que el lector de hoy está tan acostumbrado (asaltado constantemente por lo que se podría llamar el pienso editorial o, con menos finura, proteínas prensadas y ofrecidas en paquetes blandos similares a las de Snowpiercer).

El QuijoteEn El arte de la novela -de donde proviene el título de este escrito-, Milan Kundera defiende que con Cervantes comienza la Edad Moderna de la novela: la razón se apropia de la manera de pensar y también de contar, pero, paradójicamente, al mismo tiempo lo irracional se impone con fuerza desde dentro de las historias. Las aventuras del Quijote son delirantes, una acumulación imposible de anécdotas, páginas llenas de encuentros y casualidades poco creíbles. Da igual. A Cervantes y al lector de entonces le fascinan la montaña rusa en la que se han subido, la diversión, el placer del viaje, las interrogaciones que surgen (es curioso que la tradición decimonónica española otorgue al Quijote la medalla de oro del canon en español, cuando Cervantes está disparando entre los ojos a esos personajes dibujados por los Antonio López de la literatura, además de exudar constantemente veneno antireglas, antimecanicismos y anticonvenciones). Más alocadas resultaron las aventuras de Alicia y Gulliver, pero con ellos no quedó margen de duda. Estos tres libros mencionados tienen en común que no encierran verdades universales: dudan, interrogan, relativizan, exponen, pero no concluyen ni dan respuestas, dejan que sea la otra parte, el lector, el que continúe; y el pacto de verosimilitud no existe, ese arreglo que hoy se impone en el 95% del cine que vemos y en la mayor parte de las novelas colocadas en las mesas de novedades. Las historias de Swift, Carroll y Cervantes son narraciones lúdicas que no quieren simular lo real: no que no sepan o no puedan, sino que no quieren. No son sus autores ingenuos o torpes escritores, ni su estilo está ya superado. ¿Hay que decirlo? Probablemente no, están incluidos en la Gran Literatura. Más crudo lo tienen quienes no forman parte de ella y se deciden a deambular por esos mismos caminos. A este respecto resulta descorazonador que parte de los lectores reclame como condición sine qua non ese pacto de verosimilitud con la literatura de hoy. Por ejemplo, lectores que quieren solamente novelas de una ciencia ficción que calque las convenciones de la novelería realista. En esencia se exige lo mismo que en la narrativa histórica: apariencia, imitación, credibilidad de una realidad futura o alternativa (lo mismo que en las novelas de romanos y buques ingleses, pero en otro tiempo, no en el pasado). De nuevo una paradoja: esta ficción hipotética hiperexigente con la verosimilitud es más hija de la novela gris de Flaubert que de las andanzas verdaderamente fantásticas de Swift. Lo mismo podría predicarse de la fantasía de Martin: se afirma en algunos círculos que Tolkien está superado y se prefiere una ficción que se encuentra más cerca del folletín que del auténtico asombro al que conducen los mundos de Gulliver. No se trata de defenestrar a Emma Bovary ni de renunciar a los paisajes sociales, económicos o humanos de hipotéticas civilizaciones de fantasía, pero es bueno recordar que el cómico y delirante soldado que escribió Hasek puede reflejar esos mismos paisajes con una potencia mayor que al volar sólo a ras de tierra y mantener estrictamente el pacto con lo creíble. En definitiva, otras maneras de relatar deberían ser más que bienvenidas. Y aquí es donde encaja DeLillo.

FerdydurkeLa Estrella de Ratner vuelve a esa tradición en la que no existe un contrato que inmoviliza a los personajes. Y eso provoca un choque. El lector maniatado por el pacto de verosimilitud hoy arquea las cejas cuando lee cómo, de manera más que improbable, empiezan a llegar a una misma posada diferentes personajes del Quijote, sólo por el artificio de reunirlos y jugar con ellos. Novelas como Ferdydurke llevan la infracción aún más lejos. Guasona, demencial, paródica, Ferdydurke transgrede bastante más que las convenciones y el sentido común: la misma manera de contar vuela en pedazos. El narrador de Ferdydurke, de 30 años, despierta dentro del cuerpo de un adolescente de 15. Ese sueño grotesco no adquiere los tintes de comedia hollywoodiense de Big, en lugar de eso se convierte en un guiñol burlón y deslenguado que se pasa por el forro las convenciones sociales, educacionales… y gramaticales (no sé qué diría un corrector al encontrarse en un texto continuas repeticiones de palabras y cacofonías a lo filifor forrado de niño. Quizá haría lo mismo que con una aventura medieval de Chrétien de Troyes: le molestarían las continuas repeticiones del nombre del protagonista y podría tomar como errores las continuas repeticiones de palabras, entendidas como técnica pobre o defectuosa, cuando es un estilo que podrá gustar más o menos al lector de ahora, acostumbrado a otras convenciones -la continua búsqueda de sinónimos-, pero un estilo). La cuestión del pacto lingüístico y descriptivo resulta aún más divertida si caemos en la cuenta de que la gran novela realista de causalidades bien hilvanadas y razonadas de Tolstoi llega a la conclusión de lo contrario: es lo irracional lo que domina a los personajes de ese gran fresco histórico.

MicromegasSi retrocedemos en el tiempo, nos encontramos con que Voltaire relató cómo fueron los viajes interplanetarios llevados a cabo por seres no humanos con parecidas armas a las que emplea DeLillo en La Estrella de Ratner: protagonistas que se ven arrastrados por una secuencia de acontecimientos y encuentros sin sentido aparente. La historia narrada por Voltaire en Micromegas enfrenta a la humanidad con dos exploradores espaciales la mar de curiosos, dos gigantes que literalmente se descojonan de risa cuando por fin son capaces de ver y escuchar a esas diminutas pulgas humanas a través de una rara especie de microscopio y comprueban que esos especímenes casi subatómicos se creen el centro del universo y los reyes de la creación. Más paradojas: el hombre de pensamientos filosóficos que fue Voltaire, el gran defensor del pensamiento ordenado, el paladín de la razón, ha pasado a la historia de la literatura por unos relatos en los que la fantasía y la imaginación inundan todo y el principio de verosimilitud está ausente. DeLillo no ha sido el único que, después de Voltaire, se ha convertido en heredero de esa escritura hoy desprestigiada. Las narraciones satíricas y de apariencia caótica dentro de la ciencia ficción conocieron en Stanislaw Lem a, quizá, el mayor exponente de esta forma tan libre de poner al corriente de los hechos. Así lo atestiguan, por ejemplo, los grotescos y alocados Diarios de las estrellas (unos agobiantes, otros hilarantes, otros las dos cosas a la vez). Para algunos, entre los que me cuento, una de las mejores novelas de ciencia ficción comparte esta herencia: Las sirenas de Titán de Kurt Vonnegut, en la que el contacto entre una inteligencia extraterrestre y la humanidad da como resultado un circo de pulgas que deja pequeño el inventado por Voltaire en Micromegas. El traductor de la edición en español de La Estrella de Ratner, Javier Calvo, ha cultivado como autor esta novela libre de órdenes, barroca, que divierte y sorprende sin someterse a las reglas de la verosimilitud, pero no es precisamente la norma entre los autores que, con todas las excepciones que se quieran poner, cultivan el fantástico español. Y un apunte personal. Quien esto escribe ha comprobado de primera mano cómo unos personajes se consideran extravagantes cuando la novela rompe con el mencionado pacto y quien narra en primera persona de una manera demencial es además gilipollas y poco fiable (La sonrisa de los muertos) y, en cambio, cómo los personajes de ese mismo universo tóxico son aceptados cuando la historia recupera el acuerdo de verosimilitud, los protagonistas se expresan de manera realista y la percepción del tiempo vuelve a ser la exacta de un reloj (14 maneras de describir la lluvia).

Termino con La Estrella de Ratner. Hay un problema añadido con esta novela. Cualquier lector de Los viajes de Gulliver sabe, antes de abrir la primera página, que las andanzas del protagonista transcurren en otro territorio y que las reglas han cambiado. Es más difícil percibir eso con DeLillo. La mala recepción que tuvo Cosmopolis -la película que Cronenberg filmó respetando escrupulosamente la artificialidad tanto de los diálogos como del viaje en limusina, pero mostrándola como si fuera real-, confirmó que al espectador le cuesta romper con el mencionado convenio, hoy extendido a casi cualquier expresión artística. DeLillo no lo pone fácil. La apariencia es la de quien está respetando el acuerdo, pero no es así. Cada capítulo del Quijote nos enfrenta a una situación diferente, a nuevos personajes de un vodevil que no se detiene. En La Estrella de Ratner no hay garrotazos ni persecuciones, la lucha contra los molinos sólo es dialéctica. Las explicaciones de los científicos del Experimento de Campo Número Uno en muchas ocasiones recuerdan a aquel zumbado que en La guerra de los mundos se dedica a relatarnos cómo imagina la Tierra ahora que los extraterrestres se la están quedando para ellos (de qué manera podríamos reconstruir absurdamente la civilización bajo tierra, dejando la superficie para los colonos llegados del espacio). Cada capítulo de La Estrella de Ratner es una nueva Teoría del Todo, la definición categórica de lo que es ciencia, la interpretación filosófica definitiva de unos insectos (nosotros) acerca de qué y quiénes somos. Ratner es un Quijote cuántico, un Gulliver que rompe las supuestas simetrías de la naturaleza. Y el escenario, el de un Congreso de Futurología presidido por el nazi en silla de ruedas de Dr. Strangelove, or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. Cuesta, de acuerdo. Pero a pequeños sorbos de un capítulo, La Estrella de Ratner se convierte en un arma de destrucción masiva.

La estrella de Ratner, de Don DeLillo (Seix Barral, Col. Biblioteca Formentor, 2014)
Ratner’s Star (1976)
Trad. Javier Calvo
552 pp. Tapa Blanda. 21€

9 pensamientos en “A propósito de La Estrella de Ratner: la desprestigiada herencia de Voltaire y Swift

  1. Muchas gracias por este texto, Daniel. Das muchas ideas y una buena manera de acercarse a ciertas obras. No creo que el Quijote y el realismo decimonónico sean solo eso, pero evidentemente también son eso y me parece un gran acierto cómo lo planteas.

    Por cierto, me he puesto hace poco con DeLillo, a través de Mao II, que me ha encantado. Dudaba con esta, pero creo que voy a hacerme con ella en cuanto pueda.

  2. Excelente análisis y reseña. Por lo que comentas me recuerda en cierto modo a La voz de su amo de Stanislaw Lem, autor que citas en el texto, y que me viene a la mente por las referencias a Swift y Voltaire. ¿Tiene realmente la novela de DeLillo ese espíritu? En cualquier caso, parece interesante.

  3. Gracias por comentar. Ratner es diferente a otros DeLillo. Único acercamiento a algo que se le podría llamar cf. Sigue esa línea de Vonnegut y Lem en cuanto a sarcasmo.

  4. Ratner tiene una estructura concéntrica en la que el tema principal es la ciencia, en concreto la física y las matemáticas. Eso la diferencia de tantas novelas centradas obsesivamente en otro tema, como el sexo, la economía, la amistad, la injusticia social o las relaciones sentimentales, temáticas que parece que hacen a las novelas más respetadas. Gustará especialmente a los de la ficción especulativa. También a los físicos seguidores de la Editorial Crítica (José M. Uría, hablo de ti). Pero sobre todo a los Las sirenas de Titán. La apariencia de seriedad y lógica se desvanece cada vez que aparece algún personaje nuevo. Más que un libro sobre la física es una parodia de lo humano y de lo cuántico.

  5. Cosmopolis tiene una parte de reflexión sobre el presente, ese presente totalmente cf que es nuestra realidad, que me atrajo mucho. Y una preocupación latente sobre el futuro, ese posible futuro transhumano en que el humano ha quedado trasnochado o trastocado o yo qué sé, que también le aporta cierto sabor cf. Claro, una cf muy literaria, esa cf que tan poco predicamento tiene en la actualidad, por lo menos en los cenáculos del “mundillo cf”.

    Tengo que leer La estrella de Ratner ya mismo.

  6. Mis felicitaciones 🙂 Me he reído con el artículo, y para el año nuevo trataré de leerme este DeLillo, porque esa referencia a Vonnegut y a Lem me pone los dientes largos.
    No comento muy a menudo, pero aprovecho para felicitaros por el blog, da gusto leeros y seguiros.

  7. Anabelee, muchas gracias, comentarios como el tuyo hacen que merezca la pena dedicar unas palabras a esta novela de DeLillo. Tiene un gran sentido del humor, aunque la apariencia sea de estricta seriedad.

  8. Es imposible etiquetar Ratner, cp1, pero los elementos de cf están ahí, muy evidentes. Ese camino lo recorrió DeLillo sólo esa vez. No he leído nada suyo que se le parezca.

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