I Am a Hero, de Kengo Hanazawa

I Am a Hero

I Am a Hero

Algo que me intrigaba mucho cuando fueron apareciendo en España, publicados un poco a voleo, los primeros tebeos japoneses que miraban más allá del público adolescente masculino (la demografía shonen), era la aparente contradicción que existía entre entre una industria muy férrea, estajanovista y completamente sometida a resultados y la (aparente) libertad absoluta con la que se movían los autores. El descaro calpurniano de aquel Crayon Shin-Chan de Yoshito Usui que se publicaba en cuadernillos como si fuese una Mafalda oriental enloquecida (y mira, luego éxito mundial), el inclasificable Gamma, el hombre de hierro de Yashuito Yamamoto, la historia de un tímido sarariman que se convertía en una Masa oriental en los momentos de agobio cotidiano (por no hablar del inenarrable momento en el que se enamora de su mujer cuando la ve… ¡cagando en el campo!), el Ikkyu de Sakaguchi, mil doscientas páginas para contar la trepidante historia de un monje zen en el Japón del siglo XIV, El caminante, el tebeo de Jiroh Taniguchi sobre los paseos de un señor por su barrio o Gon, un peculiar tebeo de funny animals, las aventuras de un dinosaurio enano cabrón dibujadas con agónico hiperrealismo detallista por Masasi Tanaka. O el Dr. Slump en su totalidad. Aunque quizá lo que me admiraba, y me admira todavía, no son más que herramientas trilladísimas del tebeo japonés, propias de su cultura y de su industria, que yo confundía con la personalidad creativa del autor. Es posible que la respuesta sea una mezcla de ambas cosas. El caso es que si algo me sigue atrayendo del tebeo japonés es que, dicho vulgarmente, no tiene ningún miedo a sacarse la chorra. Y en I Am a Hero, Kengo Hanazawa no solo se la saca, sino que te la restriega por la cara las veces que haga falta, lo que no le impide vender miles de ejemplares y llevarse varios premios de la industria.

Al turrón, I Am a Hero (que homenajea no sólo en el título, a Soy leyenda, de Richard Matheson) comienza narrando la vida gris de Hideo Suzuki, ayudante de un mangaka porno japonés, encargado de los fondos y las tramas, un trabajo sin futuro al que se ha visto abocado tras fracasar en la gran oportunidad de su vida, cuando logró publicar su propio manga que no pasó de dos tomos. Suzuki es tímido y cobarde, tiene grandes ideas acerca del manga, la vida, la gente y el Japón que no se corta en exponer en largos monólogos de cuñao, sufre de vívidas y terroríficas alucinaciones, le acompaña un amigo imaginario con el que habla mientras le mea, ejecuta con gran destreza el baile de los coños para tranquilizarse en momentos de estrés y mantiene una triste y tierna medio relación con una medio novia que cocina estupendamente y con la que se acuesta por inercia. Mientras, por la calle hay gente que se comporta de manera extraña, caminando con los miembros dislocados y arreando bocaos a peatones al azar, ante la indiferencia de sus conciudadanos, que incapaces de asimilar lo que ocurre a su alrededor, continúan con ciclo infernal de trabajo-karaoke-borrachera-tres horas de transporte público-sudar el sake en el futón-soñar con el funeral de empresa, mientras en el horizonte la ciudad se consume en llamas anunciando el fin del mundo.

Hasta que todo salta por los aires al final del tomo uno y principio del dos, cuando Hideo va a visitar a su novia una mañana. Me detengo en ella porque es la piedra de toque que condensa todo lo que me gusta de este tebeo. Son unas treinta y tantas páginas, más de un número entero de comic-book americano para narrar una acción que en tiempo real no debe pasar de los diez minutos, planteada como si fuese un sketch humorístico de suspense (básicamente es un tío que ha atravesado una puerta con la cabeza y no la puede sacar) trufado de escalofriantes viñetas dignas de todo un Junji Ito, y un detalle cotidiano de ternura que en ese contexto resulta especialmente desarmante. Elementos con los que se construye una escena impactante y desconcertante que une el terror y el humor idiota, habitual en la vida de un pringado como Suzuki, en la mía propia y seguro que en la de muchos de ustedes. Este concepto de la mezcla de lo ridículo y lo sublime, del elemento de horror y comedia del absurdo, llega a su culmen en la enloquecida carrera en taxi del tomo tres, cuando ya Hideo se encuentra huyendo hacia ningún lugar en un Tokio infectado de zombis. Son más de cien páginas que resumiré así; ir aplastado en el asiento de atrás por una pareja que discute violentamente, mientras en el devastado paisaje urbano de la ciudad aviones de transporte militar norteamericano caen del cielo. Ante tal despliegue de habilidad, la desquiciada combinación de situación absurda de la que no puedes huir, humor, terror e imágenes apocalípticas, con el que me habían obsequiado Hanazawa y su equipo, su pasmoso control del tiempo narrativo, me dieron ganas de aplaudir, quitarme el sombrero y arrancarme la cabeza.

A partir de ahí, quizá Hazanawa no quiere, no debe o no puede forzar más la rosca y el argumento se estanca un pelín en los meandros de la narrativa japonesa más morosa en momentos especialmente aburridos, como el encuentro en un bosque con Hidori, futura compañera de viaje de Hideo, aunque la cosa remonta rápidamente en la inevitable batallita del centro comercial (grandes momentos muy desagradables ahí) o cuando el protagonismo lo toma un hikikomori que entra en contacto con los supervivientes de un suburbio. Se pierde en gran medida el humor absurdo que sólo aparece en momentos puntuales (la memorable escena en la que Hideo le cambia el tampón a una catatónica Hidori, muy sensible y enternecedora a su particular manera), y se mantiene cierto tono grotesco y brutal en los momentos más terroríficos (especialmente perturbadora la historia de la pareja adúltera). El relato transita por los caminos más habituales del género apocalíptico, se tiende más a las escenas de acción y tensión agónica, articulados sobre la estructura de road movie. En este caso con una diferencia clave, si en otras historias como ésa que tienen ahora mismo todos en mente, se emplea el enfoque de una figura de autoridad que gobierna al grupo con la férrea la “ley del bote salvavidas” y los conflictos que esto genera, en este caso vamos de la mano de Hideo Suzuki, el héroe de pega (“Hideo” se escribe con los mismos caracteres que “héroe” en japonés), un tipo alienado y fracasado, atenazado por una cobardía paralizante, que evoluciona lentamente forzado por las nuevas circunstancias extremas que le han tocado vivir. Como le ocurre al personaje estancado en el tiempo que interpreta Simon Pegg en la estupenda comedia Bienvenidos al fin del mundo, el apocalipsis es el entorno ideal, quizá el único, en el que Hideo pueda superar el miedo que atenaza su vida, simbolizado en esa masa zombi que continúa representando como puede los quehaceres cotidianos de su vida anterior, y lograr su completa transformación, que queda ver todavía a dónde le lleva, a convertirse en un Héroe, a ser simplemente Hideo, o a algún lugar completamente diferente. Un bildungsroman de peterpanes treintañeros con zombis.

Finalmente el grafismo es el que podemos esperar de un tebeo japonés comercial; realismo que se apoya en fotografías para fondos y elementos de la vida real, sin impedir que la narración resulte excepcionalmente dinámica, empleando todo tipo de recursos para dar espectáculo; la splash page desquiciada (la muerte del compañero de estudio de Hideo es ejemplar en ese sentido, tres splash pages seguidas a doble página descacharrantes), grandes angulares deformantes que intensifican la sensación de urgencia y terror, escenas de horror macabro que detienen el tiempo, secuencias desarrolladas en primera persona como si de un first person shooter de acción se tratase y sobre todo, un magistral control del tiempo que se estira, se pausa o se acelera, según las necesidades de la narración.

Pues da como cosica recomendar otra historia de zombis/infectados cuya sola mención ya arranca bostezos, pero de nuevo el bicho exhibe la razón de su éxito; su extrema flexibilidad como metáfora, un baúl en el que se puede volcar lo que uno quiera, porque lo aguanta casi todo. Y Soy leyenda en manos de un japonés loco se convierte una historia desconcertante, perturbadora y graciosísima. Un brebaje tóxico, amargo al primer trago, pero del que resulta difícil desengancharse. De nuevo, para el degustador de exquisitas locuras tebeísticas, Japón no decepciona.

I Am a Hero nºs 1 a 6, de Kego Hanazawa
Norma Editorial. Traducción de Marc Bernabé
Rustica. 240 pp cada tomo aprox. 8,50 €

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