Cualquiera que lea las reseñas que tengo en C de las dos novelas anteriores de la trilogía El profeta blanco, pensará que hay mucho de cabezonería en continuar en esta serie. Siempre hago mención a lo prolijo en la narración de una Hobb fiel hasta el tuétano a la forma que ha elegido para relatar esta historia. Una primera persona apegada a un personaje empecinado en plasmar su existencia de manera obsesiva, lo que le lleva a describir con detalle también el lugar y el tiempo que le ha tocado vivir. Una servidumbre que implica narrar lo determinante para la trama que viven otras personas cuando él no está delante. Y así, lo que con otro tratamiento serían 300 páginas para él son 900, implicando un esfuerzo que otras novelas no requieren porque Hobb cae en agujeros evitables.
Ahora bien. Sin este estilo pormenorizado donde cada elemento, incluido el escenario, acentúa el paisaje emocional, no se podrían tener estos personajes principales y secundarios. Personas definidas con agudeza desde su mismo nombre que despliegan una variada gama matices a medida que tratan con Traspié hasta componer uno de los repartos más heterogéneos de la fantasía épica. Una docena y media larga de caracteres que, en la mayoría de los casos de La suerte del Bufón, son propios de esta trilogía y han crecido libro a libro, en particular el príncipe Dedicado. Pero también un puñado que desaparecieron en la trilogía previa y ahora regresan. Todos focalizados en mostrar la transición a nuevas fases de su vida además de permitir a Traspié cerrar los matices de los temas sobre los cuales ha pivotado esta segunda trilogía/etapa de su existencia: la entrega y el cuidado.
Puede parecer ridículo explicar lo que es la entrega para un personaje que lleva seis libros haciendo honor al nombre de Traspié Hidalgo Vatídico; una persona educada para servir a su familia con abnegación, hasta el punto de poner su misión por delante de cualquier consideración personal. Y, por tanto, con una tendencia a dañar sus relaciones personales, siempre supeditadas a ese servicio a la casa Vatídico. Esta manera en la que se ha visto programado le ha llevado a una serie de renuncias, pérdidas, privaciones que han conformado una personalidad a ratos frustrante. En más de una conversación con Chade y Dedicado, sus superiores jerárquicos, me he cabreado al ver que cedía en sus convicciones una vez más en vez de enviarles a la mierda, atrapado en una componente Tío Tom que le han arrastrado por una senda de sacrificios sin par.
Sin embargo, Hobb continúa trabajando en el personaje como un héroe de fantasía épica singular, consciente de sus límites y acogotado por las dudas pero capaz de vencer esas limitaciones. Con una disposición para amar que trasciende cualquier connotación romántica hasta auparse como tótem de lo que supone esta palabra. Es ese potencial y su manera de manejarlo lo que le permite dar toda su dimensión a calificativos como propósito, altruismo, compromiso, afecto; forjar relaciones capaces de sobreponerse a las innegables metidas de gamba del personaje o las pequeñas traiciones que padece; salvar las dificultades, sobre todo la suma de expectativas, deseos personales; fraguar una comunidad entre gente con intereses a priori incongruentes donde todas las fricciones de la red pueden ser superables mediante vínculos adaptables que no renuncian a la forma de ver el mundo.
Esta es una de las vertientes donde La suerte del Bufón recibe un impulso respecto a los dos libros anteriores. Ya se había visto el camino para reparar la relación con los mañosos en los Seis Ducados, hasta dejar atrás todo el daño causado en la forma de ajusticiamientos o reprimir a las personas que cuentan con esta conexión con el mundo natural. En el volumen anterior se había abierto la puerta para asociarse con los Marginados, el gran enemigo de la primera trilogía, ahora una ocasión para prevenir conflictos futuros, nuevas oportunidades de negocio y crecimiento personal. Igualmente se intuía la importancia de un pasado desconocido donde vetulus, dragones, todo lo referente a la Habilidad seguía detrás de un velo que comenzaba a resquebrejarse. Los tres aspectos reciben un impulso que los redimensiona y les dota de calado y sentido, ahondando en una visión utópica. A través de las acciones de Traspié, convertido en catalizador del cambio, se superan las complejidades sin trivializar. Sigue habiendo problemas, perspectivas incongruentes, riesgos, amenazas, pero se pueden superar con disposición y una aceptación del compromiso que requiere estar en el mundo.
Esta visión del mestizaje como oportunidad para la convivencia, con sus retos y sus ganancias, resulta de una madurez equivalente al relato de la transición y el legado a una nueva generación. Algo que, por ejemplo, Le Guin trabajó en varias de sus novelas de Terramar (particularmente En el otro viento) con mucha más precisión pero sin la cantidad de matices que Hobb incorpora.
Sería del género bobo no mencionar la relevancia de la familia en una idea que deja en paños menores lo ya trabajado en la primera trilogía, con una serie de ramificaciones que amplían el tapiz de los Vatídico con capas que fuerzan el concepto más allá de la concepción medieval que sigue siendo primordial en nuestra acepción del término. Al igual que la recuperada pasión romántica. Traspié (y hasta cierto punto de vista El Bufón), había terminado viviendo esta faceta como un sacerdote, con sus escarceos sexuales y sus potenciales vínculos, pero sesgando hasta anular esta cara. Es bonito ver cómo se recupera desde la madurez… aunque en el proceso hay un artificio mágico que no puedo dejar de ver como una pequeña traición a la manera de actuar de Hobb en todo momento.
Y aquí entramos en la parte adversativa de la reseña. La Habilidad, la Maña, lo que sea que tengan los dragones, todos los utensilios que hay en el mundo que se sirven de esto, el papel del Bufón como Profeta Blanco y de Traspié como su Catalizador… Aunque lo sobrenatural ha tenido siempre un peso en las historias de El Vatídico, no había tenido el peso que tiene en La misión del Bufón, hasta dominar por completo un argumento donde muchas de las transformaciones, cambios quedan subordinados a su acción, poniendo en cuestión que sean logrables de otra manera. Claro, estamos ante un libro de fantasía y los códigos del género hacen que la frase “Lo hizo un mago” no sea tan recriminable. Sin embargo, en las últimas cien páginas, cuando Traspié sana del todo y recupera su capacidad para forjar este vínculo, es problemático. Aunque no por ello menos emocionante.
También tienes que tolerar esa manera de concebir el testimonio en primera persona de Hobb. Su fidelidad a la elección del punto de vista y mantener un ritmo y una secuencia descripción-narración, le llevan en ocasiones a fragmentos cansinos. De hecho hay varios a mi modo de ver prescindibles, caso de detallar ciertos lugares un poco a lo partida de rol o recontar acciones que ya están expuestas cuando Traspié se encuentra con alguien que no las ha experimentado. Hobb pareciera tener dudas sobre la claridad de lo que ha relatado cuando llegan las situaciones inesperadas derivadas de la fantasía, inherentes al mundo que ha creado y ya establecidas en su prolijo relato.
Antes de terminar, es necesario alabar una vez más la traducción del tándem Manuel de los Reyes/Raúl García Campos, comenzando con ese título lleno de los matices del original (Fool’s Fate) que se hubiera perdido si hubieran acudido a la palabra “destino”. Una simple muesca de cómo han entendido lo que supone verter a nuestra lengua la complejidad de un texto de fantasía, equivalente a la labor de maestros como Cristina Macía en Canción de Hielo y Fuego y José María Faraldo en los libros de Geralt de Rivia.
La suerte del Bufón, de Robin Hobb (Fool’s Fate, 2004)
Trad. Manuel de los Reyes y Raúl García Campos
Penguin Random House, Fantascy (2017).
942 pp. Tapa Blanda. 24,90€
Ficha en La tercera fundación