No temas a la parca, de Stephen Graham Jones

No temas a la parcaHe demorado la lectura de No temas a la parca tras la pequeña decepción de Mi corazón es una motosierra; una novela alejada de las cualidades de El único indio bueno, demasiado sostenida en su primera mitad sobre la ironía de uno de sus dos narradores. Este tono terminó por cargarme hasta el punto que, a pesar de la corrección del rumbo, dejó mi valoración en un simple bien. De ahí mi recelo, realimentado con sus propios fantasmas (esa extensión generosa, la promesa de repetir coordenadas de Mi corazón es una motosierra). Sin embargo, desde sus primeras páginas Jones acierta a imprimir su propia identidad a No temas a la parca. Un slasher apenas sin inclusiones de otro tipo que parece escrito para leerse en tiempo real.

Toda la novela transcurre en el mismo lugar narrativo, Proofrock, (el pueblo, el lago, la urbanización en construcción, el bosque) durante una noche invernal con tormenta de nieve. Un asesino en serie, Molino Oscuro Sur, ha escapado del furgón que lo estaba transportando y se ensaña con una serie de adolescentes que habían sobrevivido a la matanza al final de Mi corazón es una motosierra. De entre las víctimas de aquella aciaga proyección de Tiburón sobre el lago un cuatro de julio surgen también quienes dan un paso al frente para encontrarlo y terminar con él; sobre todo Letha Mondragón y Jade Daniels. La primera, ahora madre de un bebé, se ve obligada a recomponer la relación con Jade por la vía rápida ya que reaparece en su vida con la irrupción de Molino Oscuro Sur. Mientras, esta tiene que quitarse el sambenito del calvario judicial de los últimos años, sin llegar a librarse de las sospechas sobre su implicación en la masacre, en particular la muerte de su padre. Jade ha llevado a “normalizar” su comportamiento, alejándose de esa interpretación de su vida en clave de cultura popular. Hasta que los cadáveres empiezan a aparecer. A lo grande.

Como compromiso con su historia y el lector, en las primeras muertes descritas por Jones se vuelve a observar una elaboración que las dota de una cierta sofisticación. Fiel a su manera oblicua de establecer el relato, el narrador deja ver que está apunto de suceder un asesinato salvaje, pero el zarpazo no se ve venir del todo por esa manera de contar las cosas. Acude a imágenes que despliegan los hechos desde las sensaciones y pensamientos de las víctimas, siendo explícito pero con un discurso que conecta con sus vidas, sus recuerdos, su bagaje, el lugar donde están. Sirva como ejemplo la primera:

Se encoge todo lo que puede para paliar el castigo del viento, momento en el que nota… algo caliente. Caliente y veloz.
Al principio, para su primitivo cerebro de tiburón, aquello no tiene sentido.
Parte del juego (la “versión avanzada”, como lo denominó Galatea, volviéndolo todo académico y superaburrido) consiste en que las bruja del lago pase corriendo a tu lado para “tocar en el hombro a su enemigo o enemiga” -dijo Galatea, sin que nadie se riera esta vez- “forma parte de la danza”.
“Tocar al enemigo” es una tradición de los nativos americanos […]
El rojo que las tiñe no proviene exclusivamente de las luces del indio, sino que están manchadas de sangre y lo que sostienen es su, su…
Sacude la cabeza y da un paso atrás.
Lo que está sujetando son los intestinos, las tripas, el hígado, el páncreas, el bazo y quién sabe qué más; tiene las manos tan entumecidas que ni siquiera ellas saben qué están haciendo.

Stephen Graham JonesEste estilo perifrástico, fan total de las metáforas y los circunloquios, genialmente trasladado al castellano una vez más por Manuel de los Reyes, tiene la brutalidad de Jack Ketchum mientras enfatiza su propia poética alrededor del sufrimiento y esa confusión de quien está descubriendo que eso es todo. A veces me ha costado seguir algunos ramales cuando, en el encadenamiento de subordinadas y referencias, he perdido pie. Nada que no solucione una vuelta atrás para retomar el sentido.

Otra constante respecto a Mi corazón es una motosierra está en ese plano de referencias que dialoga con lo contado por el narrador omnisciente a modo de informes intercalados con la narración. Puntea los sucesos con referencias al pasado de los personajes y del lugar, entre lo objetivo de la información y lo subjetivo de su interpretación, que se beneficia de una voz menos intrusiva que la de Jade Daniels. El misterio de quién escribe estos memorandums se resolverá junto a otros más ligados a los giros argumentales, sobre todo en ese tramo final donde le dan vida a un relato que podría haberse quedado estancado.

A pesar de todo lo que Jones resuelve, quedan en todo lo alto varios enigmas alrededor de Proofrock, su historia y la explicación de ciertos sucesos entre lo inexplicado y lo inexplicable de estas dos novelas. Una intriga que queda por ver si se resolverá en El Ángel del lago Indian, la tercera y última novela. Un cúmulo de la violencia xenófoba, clasista y contra los jóvenes sobre la cuál se ha construido EE.UU. y la mayor parte de historias de Stephen Graham Jones.

Mi corazón es una motosierra, de Stephen Graham Jones (La Biblioteca de Carfax, 2025)
Don’t Fear the Reaper (2023)
Traducción de Manuel de los Reyes
496pp. Rústica. 24 €
Ficha en la Tercera Fundación

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