El otro, de Thomas Tryon

The OtherEs curiosa, la historia de Thomas Tryon. Después de su paso por el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, cursó estudios de letras en Yale, hasta que, poco después, se estrenó, primero, como actor de teatro, y, algo más adelante, como actor de cine y televisión. En 1969, cansado de las ataduras del submundo cinematográfico, de sus tiranías, cambió de tercio y se puso principalmente a escribir, pero también a financiar proyectos ajenos (como, entre otras, la película Johnny cogió su fusil, nada menos), y a encontrarse, en definitiva, con un entorno que le era más afín, en el que podía encontrar unas libertades más estimulantes. En 1971 publicó El otro, su primera novela y diría que la más conocida, dejando a la crítica ojiplática perdida y a mí, cincuenta y pico años después, la verdad es que con ganas de más. Un talento fuera –pero totalmente fuera– de lo normal, el de Thomas Tryon.

Lo primero que vemos es una prosa excelente en una novela de terror que ya quisieran para sí muchos autores de carrera consolidada; prosa de avance escalonado, creciente, como las implicaciones de la historia narrada, con unas descripciones evocadoras, envolventes. Y es que desprende una seguridad en sí mismo, el autor, con esta escritura, que sorprende en un primer libro. El párrafo de apertura, por ejemplo, nos presenta ya una rareza que es cronológicamente posterior a los hechos principales de la novela, una voz en primera persona que no sabemos quién es. Eso ya vendrá.

La base de todo es que hay unos hermanos gemelos en la casa familiar, en la feliz inactividad del verano: uno es inocente, infantil; el otro, cruel e incognoscible. La novela tiene un aire parecido, en su soledad enclaustrada y familiar, a Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson: en ambas historias la casa, el cerco del hogar familiar, parece que potencie la locura, parece que a los moradores de la casa les aísle de los beneficios liberadores de la palabra.

Hay una muerte inesperada en la novela –el padre de los gemelos–, y luego otra, la del primo (lo digo sabiendo que no estropeo nada en la lectura), que aparte de ser ya en sí mismas un golpe, lo que destaca es la reacción de la familia. Ahí está el nido del terror. En esa sensación. El deterioro emocional de la madre, sonará raro decirlo así, pero la descripción de ese declive, es una delicia: se hace con el espanto y la candidez de la mirada infantil.

La novela está llena de detalles encantadores, como el hecho de que uno de los hermanos coleccione palabras. O como la relación, cómplice y fascinada, con la abuela inmigrante de Rusia, y las extrañas sabidurías que transmite a los críos (lo que para mí no deja de ser el eje central de la novela). Todo contribuye a tejer un aire de rareza, de inminencia, a crear esta cerrada atmósfera de vida de pueblo que por otra parte y por contraste parece un horizonte sin fin comparado con el búnker emocional que es la familia. Los giros, o el giro argumental, son menos importantes que la mirada sobre la familia como institución, como la vida de pueblo, y menos que los personajes, que la atmósfera que crea con sus palabras el autor. Y quizá por eso la adaptación homónima que Robert Mulligan hizo al cine en 1972 es tan digna, tan memorable, con uno de los primeros papeles, por cierto, del posteriormente muy ochentero John Ritter. (Se puede ver en Youtube tanto en inglés como en castellano, por si a alguien le curiosea).

El otro da una sensación de amenaza constante, y el ambiente enrarecido, macabro, se exacerba por el contraste de darse en verano. La literatura de terror, en contra de lo que sucede con el cine de terror, no te asusta, o al menos no igual: no estás pasando páginas y de repente pegas un salto de metro y medio en la butaca. Pero el malestar y el enrarecimiento crecen, se te pegan, de una manera que quizá no siempre pasa en el cine.

Llega un momento en que ese ‘otro’ del título se sabe, pero crecen las preguntas. ¿Estamos ante un caso de locura? ¿Quién es responsable de esas muertes? ¿Sólo el responsable-responsable, o también lo es el entorno en la medida en que ha moldeado, en que ha ahormado esa mente reptante?

El otroEl duelo y el dolor pueden convertirse en locura y crueldad. Se convierten en crueldad y locura, de hecho, si no se hablan bien; si no se arrostran. En este sentido, lo pienso ahora, esta novela es una defensa de la palabra. De los beneficios emocionales que trae, de lo liberadora que puede llegar a ser. Quiero decir que la abuela, conmovida por los sufrimientos del crío, le enseña un juego de aislamiento, de enajenación, que trata de, en lugar de enfrentarse al problema, huir de él. Es decir, en lugar de ponerlo en palabras para entender y superarlo, huye de él. Los adultos interfiriendo para mal en las vidas de los críos, una vez más (como veríamos algo más tarde en El resplandor, lo que tampoco es raro teniendo en cuenta que King es uno de los grandes admiradores de Tryon).

El duelo enquistado, cristalizado, rechaza la realidad, y de repente se convierte en un ente en sí mismo que teledirige la voluntad del anfitrión. Esto es lo que da miedo y no los tropos con que se recubre.

Es posible que se recurra de vez en cuando a algún tópico, pero esta novela, creo, gana con la relectura: cuando los quiebros y las revelaciones ya estén aprendidas, cuando los esperables tropos del terror hayan cumplido su (única) función, tocará releer la historia por su estructura, por la prosa y por ver, una vez más, cómo se sumerge en la familia para eviscerarla. Que sorprenda más o menos el ocasional zigzagueo argumental, es un rasgo menor; lo que importa, lo que queda, es la atmósfera de soledad y de enmudecimiento emocional, la imagen de la familia vista como origen fundamental y fundacional de los males de este mundo.

Exacto. Apagado el chisporroteo de los tropos, quedará una historia extraordinariamente bien escrita sobre el trauma y la incapacidad de lidiar con él, sobre lo lesivas que pueden ser algunas relaciones familiares, sobre la culpa y el silenciamiento de la culpa. Sobre heredar esa culpa, aunque no hayas hecho nada. Esta es la mirada de la novela, el profundo poso que deja.

El otro (The Other, 1980), de Thomas Tryon
Ed.Impedimenta, 2019. Traducción de Olaya García
Rústica con sobrecubiertas. 368 pp. 24,95€
Ficha en la web de la editorial

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