La isla de Bowen, de César Mallorquí

La isla de Bowen

La isla de Bowen

Hace unas semanas, César Mallorquí ganó el premio nacional de literatura infantil y juvenil con La isla de Bowen. Según el jurado, “un canto a la aventura y homenaje a la literatura clásica, escrita con pasión, amenidad, humor e inteligencia”. Cuesta no dar la razón a tal elogio, incluido al uso del calificativo clásico, en demasiadas ocasiones utilizado para enmascarar una obra apolillada, vetusta, antigua. La isla de Bowen surge del amor a una literatura de otra época, cuando todavía quedaban territorios inexplorados sobre nuestro planeta, los escritores contaban con abundante terreno para sorprender y los lectores eran más impresionables.

En un texto escrito a raíz del premio, el propio Mallorquí relata la génesis de La isla de Bowen y cómo buscó recuperar con ella el espíritu de la novela de aventuras a caballo de los siglos XIX y XX. Es fácil encontrar en sus páginas el hálito de las grandes obras de Verne, London, Stevenson o Wells, el cine de Richard Fleisher (Los Vikingos, 20000 Leguas de viaje submarino) o La isla del fin del mundo (basada en la novela The Lost Ones, de Ian Cameron), con la que comparte pequeñas similitudes. Sin limitarse a ser una mera imitación, utilizando con ingenio múltiples recursos ya inventados, sin caer en vicios que deslucen hoy algunas de ellas (me costaría encontrar una novela de Verne en la que no pasase páginas y más páginas leyendo en diagonal).

Si tal galardón no pareciera suficiente, la novela ganó el premio Edebé de literatura juvenil de 2012 evitando uno de los mayores sesgos de las obras orientadas a los planes lectores de los centros de Secundaria: carece de protagonistas en el mismo rango de edad que su público objetivo. De hecho, en las antípodas de este estereotipo, el personaje más carismático y con presencia es un profesor en los “cuarentay” con mucho carácter: Ulises Zarco. Entre los otros coprotagonistas, el fotógrafo Samuel Durango y el dueto madre/hija Elizabeth/Katherine Faraday, solo la parejita en ciernes “Durazno”-jovencita Faraday se acercan al estereotipo que protagoniza en la actualidad nueve de cada diez obras juveniles. Sin embargo tardan en tener protagonismo y no es hasta el final cuando consiguen escapar a su sombra. Zarco, con sus arranques de genio, su poder observador, su resolución a la hora de tomar decisiones, su bravuconearía y su ego, controla gran parte de los movimientos de una narración supeditada en muchos momentos a su figura.

Haciendo un juicio de intenciones, podríamos estar ante un nuevo caso de jurado de un premio juvenil que galardona una novela pensando que los jóvenes de ahora disfrutarán con ella como ellos hubieran hecho cuando contaban 15 o 16 primaveras. Sin embargo después de haberme leído un buen puñado de obras premiadas en certámenes como este, y viendo cómo aquí se rehuyen otros lugares comunes, han apostado por valores literarios sin prestar atención a muletillas como la identificación con los personajes, las cuestiones de índole social, la presencia de una relación sentimental en primer plano, los motivos didácticos… Además nos ahorramos protagonistas impostados surgidos del recuerdo de cómo era el autor cuando tenía esa edad, y ganamos un relato de aventuras ágil, atractivo, lineal.

La isla de Bowen sigue un hilo de misterios abierto por la búsqueda de un aventurero inglés desaparecido en las costas de Noruega junto a su barco. Una cadena de averiguaciones que dan pie a nuevas preguntas que dan lugar a nuevas averiguaciones resueltas casi siempre por el sabio de la montaña; durante 300 páginas el gran timonel de la historia, capaz de responder a las preguntas más insospechadas sin que nadie le tosa, hasta el punto de dar la impresión de poder haber realizado el viaje en solitario, en un bote a remos o en un veleruco impulsado por sus pulmones. La narración tampoco escapa a su villano de opereta, cuya riqueza es proporcional a su estupidez, con un merecido desenlace en el cual, una vez probada su irrelevancia, da lo mismo lo que le ocurran a él o a sus secuaces. Sin embargo esta simpleza no molesta si se otorga una mínima complicidad o se lee con un cierto aire nostálgico. Como las buenas olas, una vez que has iniciado el gesto y ganado un poco de impulso, es fácil dejarte “arrastrar” por ella.

Me ha llamado la atención el uso de referencias culturales utilizadas por Mallorquí. En el universo de La isla de Bowen aparecen o se citan personajes reales, bien como una figura a la que se visita (Conan Doyle), bien como posible fuente de ayuda (Amundsen), bien como parientes de los personajes (Faraday, Verne). Todo hay que decirlo, un tanto gratuitamente. Más interesante es la aparición de nombres de ficción, entre los que se distinguen dos niveles según existan o no en el universo recreado por Mallorquí. Así, Phileas Fogg o El Capitán Nemo han compartido mundo con el profesor Zarco mientras otros personajes, como el profesor Challenger y su aventura en el mundo perdido, se mantienen como una ficción dentro de la ficción. La línea que delimita la “existencia” de la “inexistencia” es la misma que separa el misterio de La isla de Bowen del mito de la Atlántida. Tras la novela de aventuras hay un corazón ciencia ficción, tan clásico como los referentes citados, y Mallorquí tiene muy claro hasta qué punto pertenecen a ella los elementos que decide introducir como “reales” y cuales deben mantenerse en el terreno de la fabulación para no romper con lo que el lector acepta como posible. Además la aparición de la ciencia ficción marca sendos relevos: el de Zarco como motor de la trama, y el de la aventura como género predominante, asimilada en un porcentaje importante por la ciencia ficción tal y como ocurriera en la literatura popular del siglo XX.

Para un lector encallecido, La isla de Bowen puede parecer engañosamente simple. Sin embargo hay un subtexto que va mucho más allá del revival de una literatura extinta; algo muy difícil de observar en un libro publicado en una colección de este tipo. Después está el talento de Mallorquí para contar historias, pero eso ya no sorprende a nadie.

La isla de Bowen (Edebé, Colección Periscopio, 2012)
Rústica. 512pp. 9,95 €
Ficha en La tercera fundación

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