Transcrepuscular, de Emilio Bueso

Los ojos bizcos del sol 1

Para todo aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día, debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de Transcrepuscular, Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa, el apellido del propio escritor.

Por decirlo de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los medios a editor y autor, de los blurbs, de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado una retahíla de conceptos tales como biopunk, evolución por simbiosis, road movie, worldbuilding, ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente, los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales, derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto bombo previo a una obra.

Emilio BuesoEn una entrevista aparecida en El País realizada a los dos grandes protagonistas, el escritor y el editor (tan estrella en toda la promoción como el primero), Emilio Bueso se quejaba medio en broma de que llevaban un buen rato hablando mucho del marketing y nada de la novela. El interés por las especiales características de la edición, en formato de lujo, con un precio elevado y un número limitado de copias, parecía quitarle espacio a lo verdaderamente importante, el texto. De hecho, el editor aprovechaba el altavoz que suponía el periódico para vender su sello de marca sin cortarse (ninguneando a generaciones anteriores de escritores españoles, publicados incluso por la propia editorial; delatando con pésimo gusto la cifra exacta que se iba a embolsar el autor como adelanto; detallando con elogio la fastuosa campaña diseñada para un escritor que, según él, no puede ir más allá de los mil lectores), de lo cual se desprendía una cierta sensación de traslado de protagonismo, del libro a la maniobra de venta. Era posible que, ante esta avalancha de medios, más de un simpatizante escribidor sucumbiera a la gran estrategia promocional. Hasta yo mismo he caído en parte en sus redes; véase si no cuántas palabras van ya sin haber comenzado aún a escribir sobre la obra, sobre su contenido, que es lo realmente importante. Y cuántas más llegarán, ya lo anuncio, al final del texto.

Soslayemos por un momento este cúmulo de intereses espurios para hablar de Transcrepuscular, una novela cuya aparición tenía, a priori, un gran atractivo por sí misma. Bueso es un autor que, si bien no brilla especialmente en el apartado formal, sí cuenta con una gran ambición y una voz diferente, y puede, por lo tanto, aportar perspectivas nuevas e interesantes a la ciencia ficción. Lo demostró en Cenital, una novela que, a pesar de sus defectos de estilo, se instituyó como uno de los postapocalípticos españoles a tener en cuenta, tanto por su carga ideológica como por la fuerza que transmitían algunos de sus episodios. Había, por tanto, una cierta expectativa en los mentideros de la ciencia ficción española por comprobar en qué terreno se situaría la trilogía acometida por Emilio Bueso, si ambicionaría la excelencia de Mundos en el abismo de Aguilera y Redal o se inclinaría por la diversión intrascendente de la Trilogía de las Islas de Angel Torres Quesada; o si, más probablemente, se instalaría en un nicho propio. Leída la primera entrega, no estamos, a mi parecer, ante la mejor obra que haya dado el género en este país, que exclamaba el escritor y traductor Javier Calvo (quizás se refería a la Nueva Narrativa Extraña), pero sí ante lo que se erige, principalmente, como una esperanzadora promesa. Diría que se trata de una buena novela, divertida y ambiciosa, aunque el acierto o desacierto de ciertos planteamientos, pendientes de una futura resolución, se me antojan cruciales para un correcto enjuiciamiento.

La novela cuenta con buenos personajes, un alto vuelo imaginativo y una trama bien desarrollada. Es quizás el diseño del escenario, al que el escritor ha fiado gran parte del peso del libro, el que más dudas (o deudas) de futuro genera. Transcrepuscular es una historia de aventuras en forma de viaje iniciático. En ella se narra la peripecia de una variopinta expedición en busca de un objeto robado. Al igual que en otras series de fantasía (El hobbit cinematográfico sería un buen ejemplo), el primer libro se limita a desarrollar parte del viaje, dando a conocer la fisionomía del mundo por el que transcurre y, a la vez, las peculiaridades de los distintos personajes, así como la semilla de los futuros cambios. La personalidad de los protagonistas responde a distintos arquetipos: el guerrero, el hombre de ciencia, el político. Por el camino, como es preceptivo, se irán añadiendo miembros a la misión animados por intereses propios. “El trapo” es sin duda el más atractivo de ellos, por carisma y porque es el que mayor rendimiento presta, desde el punto de vista humorístico, a la particular voz coloquial con la que Bueso narra usualmente sus historias. Sin embargo, no es este, sino el personaje principal, a través de cuyo punto de vista conocemos los hechos y el escenario, el mejor trabajado de todos ellos, pues al contrario que el resto, evoluciona interiormente, crece con sus descubrimientos adquiriendo, gradualmente, un concepto nuevo del mundo.

Transcrepuscular WaspPero la carga crítica del libro no se limita a los detalles que conducen a este crecimiento personal. Se encuentra, principalmente, en la propia configuración de la sociedad del Círculo Crepuscular, un sistema estratificado que mide la importancia de sus ciudadanos según la función que estos tengan, casi un sistema de castas basado en el nicho profesional. Los miembros de la misión no tienen nombre, son reconocidos por su función social, el Alguacil, el Astrólogo, la Regidora…lo cual apunta al primado de la función sobre la individualidad. Así, cada papel marca el origen del individuo y los lugares y valores en los que será educado, los indicados a su vez para el servicio posterior a la comunidad. Esta situación social no responde, sin embargo, a una imposición tiránica como la que suele darse en las distopías, sino que parece ser el estado natural de las cosas, aceptado como tal por sus ciudadanos, exactamente como ocurre en nuestra actual civilización occidental. Hay también una crítica expresada directamente por boca de algún personaje, algo muy común en la escritura de Bueso, sobre la falta de alteridad, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, tanto de las naciones como de los individuos. Esta crítica directa del egoísmo personal, aparentemente inversa a la de carácter social procedente de la configuración del sistema, se une a ella, sin embargo, en una misma dirección.

Tenemos una sociedad que considera a los individuos engranajes de un todo, y un personaje que se queja del excesivo individualismo que nos hace ignorar al otro, lo cual expresa un deseo de integración en una entidad mayor. Un tercer detalle complementa el conjunto, y es el modo en el que el sexo, la forma más directa de comunión con el otro, es tratado en el libro. Primero, como un acto ajeno a sus participantes, una violación de los cuerpos del Astrólogo y la Regidora, gobernados por sus simbiontes; luego, como suceso involuntario en el que uno de los personajes acaba asesinando de forma extrema a una prostituta y, finalmente, con la promiscuidad del personaje minero, que propone una mezcla indiscriminada cuyo único fin es el propio acto, enfrentado a la imposibilidad. El protagonista principal es, no casualmente, un eunuco y el único de los personajes que se resiste a la simbiosis con los extraños moluscos que proliferan en ese mundo. Hay un reflejo entre sexo insano e improductivo y simbiosis que expresa un mensaje de rechazo a este proceso asociativo, y sin embargo, los elementos de crítica antes mencionados apuntan hacia la pérdida de la individualidad en bien de la asociación. Este doble juego de lo correcto y lo incorrecto, de apuesta en doble sentido, culmina en el último acto de la novela, produciendo un efecto sembrado anteriormente, y que no por esperado resulta menos contundente.

En superficie, el primer nivel de lectura delata a Transcrepuscular como una aventura pulp, narrada en clave de fantasía con un trasfondo de ciencia ficción. Es un viaje de descubrimiento por paisajes exóticos y ruinas de civilizaciones perdidas, con duelos a muerte, vuelos en insectos enormes y hasta un combate contra hormigas gigantes en un coliseo subterráneo. En este mundo, la civilización subsiste en el terminador de un planeta acoplado por marea, con la noche perpetua a un lado y el sol golpeando eternamente el otro. Los humanos viven en simbiosis con una suerte de moluscos diversos, presuntamente autóctonos, que les confieren distintas habilidades. Es precisamente esta relación la que se ve complementada por el elemento crítico, señalándola, junto al viaje en sí, como el centro de la obra. Aunque es necesario aclarar que si bien eso convierte a Transcrepuscular en el anunciado biopunk del que habla la presentación (o ribofunk para quien siga a Paul Di Filippo), la tan cacareada condición de motor evolutivo de la simbiosis no aparece en la historia en ningún momento. Solo se percibe un cambio físico en el gremio de los animistas, seres humanos que, merced a alojar decenas de simbiontes, se han convertido en masas amorfas. Considerar eso como evolución parece algo aventurado. La simbiosis, una mera asociación que apunta a parasitismo al final de la historia, no produce cambios, si hacemos caso a la información que arroja este volumen. La cita de la polémica bióloga Lynn Margulis, colocada innecesariamente entre el penúltimo y el último capítulo, parece más un anuncio de lo que viene que un refrendo de lo ya leído.

Un último aspecto a señalar es el de la configuración del mundo en el que transcurre la aventura, que en su morfología, a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de los universos de fantasía, busca la verosimilitud en un entorno de ciencia ficción. Como ya he mencionado, la sociedad descrita vive en el terminador de un planeta que presenta acoplamiento de marea, esto es, que su periodo de rotación coincide con el de traslación alrededor de su estrella. Eso hace que siempre presente a su sol la misma cara, lo cual, dependiendo de la proximidad, convierte el lado diurno en un horno y el nocturno en un congelador. La vida solo es posible en la franja que media entre ambos. La novela parece presentar datos anómalos, pues en un terminador de este tipo el crepúsculo o el amanecer, detalle que depende de a qué lado del planeta estés, es continuo, el sol siempre se ve pegado a la linea del horizonte, permanece fijo independientemente de la latitud, y sin embargo, en la novela el sol sale y se pone repetidas veces. No me atrevo a afirmar aún, parafraseando el caso más famoso del pasado, que el mundo anillo sea inestable, pero sí es otro misterio que Bueso habrá de aclarar en los siguientes volúmenes, en los que, quizás, el astro verde Jiangnu o el tiempo caracol cobren una mayor importancia. En todo caso, no parece que estemos ante una obra de ciencia ficción dura, y los errores de ese tipo solo son relevantes si se denota una ambición por que lo sea.

Hom

No lo fueron en Invernáculo, de Brian Aldiss, una obra a la que Transcrepuscular le debe, y hasta qué punto, inspiración y estética. Sin llegar a ser una adaptación como la que realizara Carlos Giménez en Hom, es innegable que se trata de la obra de referencia para esta novela. En el libro de Aldiss, la Tierra se ha detenido y presenta, en su lado visible, una naturaleza salvaje repleta de insectos gigantes y plantas devoradoras. Al joven protagonista, Gren, se le adhiere a la cabeza una morilla telépata caída de un árbol. Siguiendo su influjo, con el hongo pegado al cráneo, el humano de pequeña estatura viajará hasta el terminador buscando el lado oscuro del planeta. Hay también arañas gigantes en las copas de los árboles, que si bien no salen en Transcrepuscular, sí podrían estar presentes en la continuación, pues la sinopsis (“bosques de helechos plagados de arañas gigantes”) así lo promete. Invernáculo fue muy criticada en su día por su falta de rigor científico. James Blish llegó a calificarla como “absoluto sinsentido”, y sin embargo aún es recordada por su valor imaginativo. La obra de Bueso parece seguir a su referente incluso en eso.

O tal vez no. Porque, como escribí al principio, esta novela es, antes que nada, una promesa. Nada hay explicado todavía. Bueso ha escrito esta vez con mejor pulso, con una concisión que le aporta una gran agilidad a la narración. Ha medido bien los tiempos, ha estructurado sabiamente el relato y acelerado al final, como es preceptivo. Y aunque le haya llevado a errores puntuales (un personaje que ignora lo que son los evangelios se piensa poniéndose una corona de espinas), con la utilización de la primera persona ha evitado esa sensación de ligereza, en el mal sentido, que producía el uso de la voz cheli en sus anteriores novelas, una voz más creíble en la cabeza de un personaje que en la del narrador. Con ella, desde la percepción del protagonista, las humoradas del Trapo, el mejor personaje de este libro, han resultado tremendamente efectivas. Pero decía que nada sabemos aún, porque toda la información de la mecánica celeste que le ha llegado al lector ha venido de la mano de un personaje, el Astrólogo, que bien podría mentir o estar mal informado. La propia percepción que el lector tiene de los hechos está pasada por el filtro del Alguacil, imagen física incluida, así que todo está abierto a nuevas interpretaciones y sorpresas venideras.

Transcrepuscular prensaEsta primera entrega de la trilogía “Los ojos bizcos del sol”, de agradable lectura, deja, pues, tanto ruido como nueces. Es una novela entretenida, divertida, interesante en mi opinión, aun a la espera de diversas aclaraciones, pero el fenómeno montado a su alrededor ha acabado por eclipsar un tanto la narrativa. El seguimiento a ciegas que ha tenido la zanahoria publicitaria, con gran parte de la blogosfera actuando como agentes del aparato sin siquiera comprenderlo, delata parte de la situación actual del fandom. El acceso a la escritura que da internet, sin un método de filtrado, ha hecho que surja una crítica más centrada en agradar que en hacer una disección teórica de la obra. Hay cosas en cómo ha sido recibida esta novela que producen bastante perplejidad. Leer cómo personas bregadas en el género alaban la construcción de un mundo de ficción (el worldbuilding de marras, término que corre como una infección de teclado en teclado) que en cuanto a su rigor científico presenta anomalías que el autor habrá de explicar; cómo elogian divertidos la trama calificándola de “ida de olla”, las mismas palabras que usó el autor, ignorando decenas de obras anteriores que deben de haber leído y que cuentan con argumentos y escenarios bastante más desquiciados; cómo repiten el calificativo de road movie, citado en la sinopsis, para definir un viaje iniciático que transcurre exclusivamente por el aire y sobre las vías; cómo aluden a la simbiosis como motor evolutivo sin profundizar, sin decir por qué, sin plantear otro argumento que el de haberlo visto en la contraportada, señala un triunfo absoluto de la campaña de marketing de Gigamesh y una falta de ganas notable en los reseñadores, más atentos a la propaganda que al texto.

Acabo con un aviso obligado: la posibilidad de que parte de lo escrito aquí sobre la novela pudiera no ajustarse a la realidad. El ejemplar de servicio de prensa que me han enviado, por el que le doy las gracias a la editorial Gigamesh, es una edición no venal. En la página de créditos se avisa de que también es una edición no definitiva, y que pueden existir discrepancias con la versión comercial. Así pues, entiéndase esta como la reseña del libro recibido en servicio de prensa.

Transcrepuscular (Gigamesh, col. Novum, 2017)
Los ojos bizcos del sol (1 de 3)
Tapa Dura. 288 pp. 32 €
Ficha en La Tercera Fundación

5 pensamientos en “Transcrepuscular, de Emilio Bueso

  1. Bufff. Me ha gustado mucho la reseña, la mejor leída hasta ahora. Sigo sin ganas de leer la.novela de momento, pero si escribo aquí es porque me parece mal esa necesidad de agradecer a Gigamesh el regalo de una edición no venal. Pregunto: ¿te has encontrado alguna vez una edición no venal que difiera tanto de la edición definitiva como para cambiar tu percepción de la misma? Yo hasta ahora no.

  2. A pesar de no haber leído la novela, la parte en que analizas el texto me parece de quitarse el sombrero y arrancarse la cabeza ya puestos. También me mola mucho que hayas traído a colación a Invernáculo, Aldiss y la new wave. Felicidades.

  3. Con la venia, comparezco. A petición del Aburreovejas. No era mi intención, pero dado que la reseña remarca en más de una ocasión que mi mecánica celeste está mal…

    En fin. En la novela el sol sale y se pone repetidas veces, sí. Es correcto. No soy yo quien se equivoca aquí.

    En acoplamiento de mareas, aparte de la traslación orbital, no asiste un movimiento de rotación asíncrono, como muchos estáis señalando… Pero sí cabe esperar un movimiento de nutación, en este caso, provocado por el satélite ultrapesado, Jiangnu. También hay otro segundo movimiento: una fuerte precesión y, para rematar, un tercero: el conjunto de basculación del eje polar, similar a nuestro Bamboleo de Chandler, que es el que produce tantísima sismicidad. Aparte, la estrella a la que queda anclado el cuerpo celeste en cuestión se mueve mucho más rápido que nuestro Sol.

    El colmo es que todas esas anochecidas y acontecidas yo las he acentuado durante la persecución del primer capítulo, que se produce a gran velocidad y a la fuga norte, del cinturón hacia el terminador… Cosa que haría que lo abrupto de la orografía del planeta en cuestión provocara varias puestas y salidas de sol, a medida que cordilleras y montañas se fueran sucediendo para ocultar y descubrir la corona solar.

    Aldiss se equivoca cuando dice que en un planeta como este el sol permanece fijo en el horizonte. El sol siempre se moverá, mucho o poco, así lo he recogido en el medio centenar de simulaciones que hice… En cualquier caso, lo que haya novelado Aldiss me da igual, porque no pienso leerme Invernáculo.

    El resto de las valoraciones que hace Kaplan son más subjetivas, no me corresponde a mí entrar a discutirlas o me llevaría mucho tiempo responderlas, por lo que lo dejo aquí. No sin antes recordaros que todos sabemos lo que son las musas pero nunca hemos despachado con un sacerdote de Zeus… Para mi protagonista una corona de espinas es lo mismo que para mí: una figura retorica de uso común. Él se pone una de esas en la cabeza al acudir a su martirio y yo, que soy ateo, al despachar con la crítica.

    Y como esta, señores, van todas. Chao.

  4. Buenas.

    ReneeVivien, la verdad es que aún no he encontrado un servicio de prensa con grandes diferencias (salvo un caso, aunque fue por defecto), pero soy una de las víctimas predilectas de la Ley de Murphy, y por si fuera esta la primera ocasión, he creído mejor avisar. Doy las gracias a la editorial por educación. Luego trato de ser riguroso.

    Alfonso, muchas gracias. Valoro mucho tu comentario por de quien viene.

    Emilio, muchas gracias por tomarte la molestia, que no era obligada, de dejarnos esta información. Gracias especialmente por adelantar unos datos que supongo que irán incluidos de algún modo en los próximos volúmenes. Decía en la reseña que todo quedaba a la espera de aclaraciones, y tus explicaciones así parecen anunciarlo. Decía también que puede que el satélite y el tiempo (caracol) sean importantes, y por lo que deduzco de lo que escribes así podría ser. Los movimientos de nutación, precesión y el bamboleo de Chandler (y desde el planeta, añado, la libración si la órbita es superexcéntrica) podrían ser causa de una salida y puesta de sol, pero si hacemos caso a las cantidades de tiempo en las que estos movimientos forman periodos completos y a la escasa inclinación del eje que los provoca en un planeta con rotación sincronizada, o la influencia de Jangmu es inmensa o el tiempo caracol no es lo que parece, sino todo lo contrario. Esperaré con interés a leer las siguientes novelas para ver cómo queda todo esto reflejado.

    Es cierto que en el primer capítulo hay un vaivén en el vuelo que permitiría ver aparecer y desaparecer el sol, pero eso no lo he interpretado como amaneceres y puestas. Mi comentario nace de los pensamientos del Alguacil, que en ese mismo capítulo y en otros refiere haber experimentado ese ciclo rápido en reposo.

    La excelente novela de Aldiss, que, como Álvaro, te recomiendo leer (ya que dices no haberlo hecho) guarda con la tuya las similitudes que mencioné en la reseña, pero no es igual. La Tierra futura de Aldiss no está acoplada por marea, sino que está detenida en el espacio, no se mueve, con lo cual, es evidente, caería hacia el sol. De ahí los comentarios de Bliss. Lo que menciono del sol fijo en el terminador no procede de su libro, sino de páginas y artículos científicos. Por supuesto, lo bueno de la ciencia ficción es que siempre puede imaginar escenarios extremos que pongan en un brete la teoría. Eso es lo que, como lector, espero de tus continuaciones.

    En lo que lamento seguir en desacuerdo contigo es en lo de la corona de espinas. Sabes lo que es una musa, además de haberlo leído, porque compartes historia y cultura con quienes utilizaban el término, y porque es un concepto que se ha sumado al saber colectivo y a la fraseología común. El protagonista de Transcrepuscular no tiene manera de conocer un concepto que pertenece a un planeta que no conoce y a una historia distinta. A no ser que estemos en la misma Tierra transformada en el futuro, claro (esa Gran Muralla…), y que el protagonista haga una mención a ello en forma de leyenda en próximos volúmenes. Lo cual me lleva de nuevo a mi apreciación de promesa.

    Enhorabuena por la novela, Emilio. Espero poder leer la segunda pronto, aunque esta vez procuraré evitar el fárrago promocional. Es todo lo que no es tu novela: cansino.

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