Solamente las huellas hacen soñar.
René Char: La palabra en archipiélago
No me quedó muy bien el texto sobre Lonesome Dove. Era, veo, una sucesión de párrafos acartonada y casi diría que muda. Pero bueno, mira, qué le vamos a hacer: cosas que pasan. Ahora, cinco (fascinantes) McMurtrys después, el autor se ha convertido en uno de mis escritores de cabecera, de esos de los que leerías cualquier libro sin necesidad de saber de qué va.
(Puede que exagere un poco. (Pero sólo un poco)).
McMurtry dijo que escribe de mundos que acaban, y sí: lo que vemos es el fin de mundo como tema vertebrador de su obra. Como uno de ellos, al menos. Esa melancolía y esa nostalgia van de la mano en sus atmósferas, como si la tarea de McMurtry fuese la de dejar constancia de unas vidas y de una manera de vivir que están a punto de desaparecer.
En La última película, por ejemplo, pone el acento en ese filo de la hoja de afeitar que es el paso de la adolescencia a la adultez, ese adiós a los años buenos (si lo han sido). Y es una despedida no sólo de quien deja atrás su adolescencia, sino de toda una manera de vivir en el lacónico Texas rural de su infancia (de la del propio McMurtry). Es un fin de mundo personal y social.
Fin de mundo que sienten los adolescentes que se van o se quedan, pero también lo es de los que se quedaron en su día, décadas atrás: vemos cómo ha pasado el tiempo para ellos, cómo ese fin de mundo ha quebrado sus ilusiones. En esa despedida que es homenaje, también vemos la posibilidad de recrearnos en las huellas del pasado de esos personajes.
Como escritor, McMurtry entreteje sus temas en sus argumentos, en sus historias, como si no pudiese ser de otra manera, y de esos temas a su vez se desprenden otros: tan bien entretejidos que parece que el texto los supure, que su escritura los rezume.
Tema delicado, el de la prosa de McMurtry. Es un prosista elegante, calmo, de ritmo moroso, que no obstante ha recibido sus críticas (por otra parte comprensibles y siempre templadas). Hay prosistas que lo que quieren –se les ve de lejos– es llamar la atención sobre sí mismos, sobre lo bien que escriben, y ya está bien que sea así: pienso inmediatamente en Cormac McCarthy. Quieren hacer del lenguaje el elemento más llamativo de su escritura.
Luego volveré sobre eso, de todos modos, porque creo que el puñado de entusiastas de McMurtry que hay por aquí nos podríamos poner de acuerdo en que lo suyo, puestos a destacar algo, es crear personajes. Para McMurtry la escritura es un medio para inventarse personajes y ponerlos a hablar. Para compartir y extender lo humano.
Leyendo La fuerza del cariño he pensado en varias ocasiones que el personaje de Aurora Greenway, verdadera protagonista de un libro poblado, por otra parte, de personajes memorables, me gustaba y, de hecho, la sentía, con todas sus particularidades, muy cercana, porque yo mismo conocía a gente así, y sin embargo la verdad es que no. Para nada. Y no sólo no conozco a nadie como Aurora sino que realmente no sé muy bien de qué manera podría llegar a conocer a alguien así. Pero llega toda la fuerza de su personalidad, de su humanidad, con esa lenta prosa suavizada del amigo McMurtry, y la asumimos con la naturalidad de lo que es cierto, de lo que nos es común a toda la humanidad, y esa personalidad resuena en nosotros, como si hubiese estado siempre a nuestro alrededor, aunque no sea así.
Y por eso sus personajes trascienden la página impresa. Es tanta la naturalidad con la que los aceptas y asumes que simplemente los haces extensivos a tu propia experiencia vital e impregnan así tu pasado hasta que influyen y hasta cierto punto modifican tu recuerdo real de determinadas personas, afinando el recuerdo que te ha quedado de ellas hasta ajustarlo a algo nuevo, más o menos como el proceso de la influencia de Kafka que, según Borges, iba hacia atrás y afinaba nuestra percepción y nuestra lectura de autores anteriores.
McMurtry no es el escritor con mayor vocación estilística, como ya he dicho, creo, un poco más arriba, y no quiere ser el gran prosista de este mundo. Pero me quiero contradecir un poco porque no estoy muy seguro de lo que estoy diciendo.
Su prosa es como el lento, pausado, paulatino avance del vacuno, yendo de sur a norte, que vemos en Lonesome Dove. Una masa orgánica y primitiva, ancestral y atávica. Palabras o frases-ganado que, lentas, sencillas, humildes, ancestrales y con la belleza de lo auténtico e imperecedero, te arrastran, telúricas, y hacen avanzar con el calor y la respiración de su prosa animal.
Y si la prosa de McCarthy es la perversa hermosura de un águila imperial cayendo en picado sobre una cabra montés y devorándola luego por los aires con sus restos chorreando por todas partes, la de McMurtry es el sosegador y calmo crepitar de las ascuas en la hoguera, las olas atemperadas que casi ni se oyen al romper en la arena.
O, por decirlo aun de otro modo, si la prosa de McCarthy es una escultura del Renacimiento, si la de Rulfo es una espiga reseca condensando el verano y la de Fernanda Melchor es el bramido de un huracán, la de McMurtry es la paz y el cansancio de ese grupito de cowboys que acompañan al ganado que, pastando lento, soñoliento, al sol de primavera, espanta molestas moscas con la cola.
McCarthy atrae por la curiosidad de ver lo nunca visto, McMurtry por lo hipnótico de unos ritmos tranquilos que enlazan bien con nuestros desoídos mecanismos internos.
Así, sedante, es la prosa de McMurtry.
Alguno seguro dirá: vale, estupendo, pero podría ampliar el léxico, sofisticar un poco el vocabulario. Y no, claro, yo no creo que el vocabulario que uno tenga o con el que uno escoja expresarse por escrito sea indicativo de mucho, entre otras cosas porque escribir bien, signifique lo que signifique, no depende de la dificultad de las palabras usadas, de la frecuencia con que se usen en general y por tanto con lo común y conocido de su significado, sino de otros elementos en juego, de la precisión y la sorpresa, tal vez, y eso se puede conseguir con un léxico rutinario y por todos ya sabido.
Y muchos tramos de su escritura tienen la cualidad envolvente de la oralidad: parece que tengas a McMurtry al lado, con el brazo sobre tus hombros, contándote una historia en voz baja, y en ese sentido no se habla como se escribe, sino que McMurtry escribe como se habla, y lo digo pensando, sobre todo pero no sólo, en La fuerza del cariño.
A veces se lee por ahí que tal o cual autor destaca porque tiene mucho vocabulario (lo recuerdo de Cormac McCarthy y de John Ashbery). La verdad: no le veo mucho mérito a eso (entre los diccionarios de sinónimos y el socorrido báculo de internet con sus respuestas para todo no parece muy difícil simular esa cualidad): es como decir que alguien está muy leído. Sí, claro, muy bien, ese bagaje te puede facilitar algunos aspectos de la escritura, o puede ser visible en algunos tramos, pero no hace falta leer dos mil libros para escribir uno bueno en la misma medida en que no hace falta tener mucho vocabulario para escribir bien, con precisión y gracia.
Y me estoy yendo del tema pero la adquisición de vocabulario es gradual, y muchas veces funciona por una afinidad difícil de explicar: te gusta una palabra por cómo suena, por su significado, por lo sorprendente que para ti ha sido, y de repente te das cuenta que en tu próximo texto la palabra nueva te encaja bien y la usas por primera vez y la ves incardinada en el fluir del texto y te gusta cómo queda y se acercará a la buena prosa porque será parte auténtica de tu personalidad, de una manera natural y significativa sin que, todo ello no obstante, la cantidad de palabrejas que uno incluya, determine, en el fondo, mucho de nada. O sea que, en definitiva, el léxico dice poco.
Es, por otra parte, y de esto me di cuenta al tercer libro –que para mí fue Leaving Cheyenne– el campeón del así llamado poliamor. (No tengo muy claro si se sigue usando la palabra como cuando se puso de moda, pero creo que se entiende). En todas las historias que le he leído hay adulterios y amantes y amores permeables y clandestinos que no por ello son menos reales ni intensos que los consensuados amores de los casados y todo esto tiene como consecuencia unas vidas paralelas o gente que al hacerse mayor recuerda con la fuerza del cariño a un antiguo amor que no pudo ser, que jamás fue, y que en cualquier caso no fue el de la pareja que, aburrida y cansada ya, la acompañó en las décadas centrales de su vida. Y en ningún momento la mirada del libro es cuestionadora ni crítica ni, lo que es peor, juzgadora. Acepta que las cosas a veces pasan así.
No tarda mucho, en Luna Comanche –por otro lado mi lectura más reciente y, de las que he leído, la más digresiva– en bifurcar la historia, en pararla un momento para dar contexto y pasado al capitán Inish Scull, y lo que vemos, como parece ser que no podía ser de otra manera, es a Inés, su mujer, libre, yéndose con otros jóvenes más atractivos que su marido, lo que tampoco era tan difícil. (Para otro apunte dejo la violencia y el humor en McMurtry, dos pilares de su narrativa).
Maestro, además, del punto ciego, por usar la expresión de Javier Cercas, hueco argumental dispuesto en el tejido de la escritura para que tú te recrees más tarde con la posibilidad de que algo haya podido suceder o no, con la posibilidad de imaginar qué le pasó, hace décadas, a tal o cual personaje, McMurtry, en La última película, abunda en estos detalles, en estas huellas narrativas que hacen que te fascines por el pasado de algunos personajes, recreándote como digo en la posibilidad de lo que pudo haber sido. Particularmente significativo es el de Leaving Cheyenne, que multiplica las implicaciones de un hecho concreto del pasado intrafamiliar de ella. No digo más.
Ligado a esto, dos detalles con los que ya acabo. El final de La jornada del muerto es apoteósico, uno que imagino orquestado por ese dúo de la perfección que fueron Sergio Leone y Ennio Morricone, o por el Alejandro Jodorowski (cineasta) de los años setenta. Y tampoco me resisto a citar aquí la descripción que hace del enamoramiento –del de Gus y de Clara– que ocurre así, tal cual, sin que te des cuenta, y luego vuelves a leer esas –nada– tres o cuatro páginas, y te das cuenta que McMurty, con pocas pero ciertas palabras juntas, ha cogido en el acto el chispazo inasible de esos momentos como si no le hubiera costado nada, y te los da para que tú, a través de sus personajes, los vivas o revivas cuando quieras.