Mundo hormiga, de Charlie Kaufman

Mundo hormigaAntes de comenzar esta reseña, estuve días dándole vueltas a qué pudo llevar a Charlie Kaufman a escribir Mundo hormiga. Una novela tremendamente vinculada con sus intereses hasta el punto que su protagonista y las ideas que formula, o sitúa a su alrededor, transmiten la sensación de surgir de él mismo en diferentes grados de elaboración. No en el campo de la autoficción pero sí en lo que vendría a ser un acercamiento al manifiesto transrrealista tal y como lo dejó por escrito Rudy Rucker en 1983. Una proposición que ponía a la ciencia ficción en el centro de la literatura como mejor manera de afrontar el hecho personal desde el presente. No hay nada como utilizar su lenguaje para introducirse en la neurosis propia para trabajar sobre ella y descubrir a dónde te lleva a través de su proyección sobre una novela. En este caso de más de 900 páginas.

Esta indagación es la que lleva al narrador, B. Rosenberger Rosenberg, a escribir el manuscrito contenido en Mundo hormiga. Una historia que se inicia con su descubrimiento de una película que va a sacar del anonimato a este investigador de la cultura popular. “Encantamiento”, la obra realizada en solitario por Ingo Cutbirth, tiene una duración de tres meses y fue grabada a lo largo de nueve décadas. Según le cuenta a Rosenberger Rosenberg antes de morir, Cutbirth plasmó en celuloide su experiencia como persona negra en un mundo hecho por y para los blancos. Y nada mejor que una película de animación de marionetas donde todos los muñecos que aparecen son caucásicos. Esto no significa que no representara a minorías en el set de rodaje. Cutbirth se molestó en colocar a todos esos personajes fuera de cuadro, su manera de simbolizar un orden social donde se mueven en los márgenes del foco de atención mediático. El propio protagonista va a participar de ello cuando anuncie la existencia de “Encantamiento”: como crítico blanco va a recuperar la obra de un afroamericano desconocido que supuestamente ha confiado en él esta tarea, aunque no va a tener evidencias de ello. Perfectamente puede habérselo inventado todo en un cuento de la lechera que termina saltando por los aires cuando en el viaje de vuelta a la Gran Manzana la película se quema. Como único vestigio queda un fotograma sin demasiado contenido a partir del cual B. Rosenberger Rosenberg tratará de recomponer “Encantamiento”. Tirando de su recuerdo gracias a una serie de técnicas con resultados extravagantes.

No hace falta prestar mucha atención para darse cuenta de que entre las vueltas y vueltas y vueltas y vueltas a su testimonio, el narrador es, cuando menos, ambiguo, contradictorio, tendencioso. Su pareja, afroamericana, está en el Norte de África grabando una película y aparece sobre todo cuando nos cuenta que mantiene esa relación y lo que le aporta (en lo personal o lo social, porque es Afroamericana. Sí, ¡AFROAMERICANA!), no cuando se manifiesta, que es más bien casi nada. ¿Es Cutbirth negro o de origen europeo-nórdico? ¿En su película las marionetas están animadas o aparecen estáticas en cuadro? ¿Puede no ser judío alguien con esos apellidos como se obceca en apuntar todo el rato? La anfibología en la que incide Kaufman crea una capa adicional de ficción dentro de la ficción que empuja a dudar de Rosenberger Rosenberg, algo que se acrecentará a medida que su relato ahonde en su extrañeza.

Una vez quemada la película el texto de Mundo hormiga se escinde en dos hilos. Por un lado hay una secuencia de capítulos centrados en la reconstrucción que se hace de lo que Rosernberger Rosenberg observó la única vez que vio la película completa (supuestamente a lo largo de tres meses) y por otro la vida del propio narrador entre las sesiones de recuerdo a las cuales se somete. Esta bifurcación da lugar a dos planos donde me han interesado más estos segundos, la lucha de un creador por desenvolverse en un mundo donde su obsesión le ha hecho más consciente de su condición de paria. Incapaz de ganarse el sustento desde el mundo de los estudios culturales, pasa por toda una serie de profesiones extravagantes, se las ve y las desea para pagar el alquiler, se obsesiona con una serie de mujeres con las cuales se comporta de manera enfermiza, despliega un comportamiento pasivo-agresivo con la carrera cinematográfica de su hija, recuerda las obras que le interesan… Kaufman dota al narrador de una personalidad neurótica, donde hay multitud de rasgos que hacen pensar en sus debilidades y en la finalidad de Mundo hormiga como una válvula de escape a una serie de comportamientos que llevan ahí mucho tiempo.

Charlie KaufmanMás me ha costado disfrutar de los capítulos intercalados en los cuales supuestamente se recuerda el metraje de “Encantamiento”, primero elaboraciones del mundo del cine de los tiempos en los cuales Cutbirth la crea (la épica de Griffith, la comedia de dúos a lo Stan Laurel y Oliver Hardy…). Posteriormente realizaciones sobre cuestiones de actualidad, como la anticipación/plasmación de la primera presidencia Trump, a través de un presidente con un discurso racista, clasista, errático, mentiroso… y una legión de dobles mecánicos a su servicio, que vuelven a la figura del doble en Mundo hormiga. Tal y como hacían los duetos de cómicos que ya han pasado por la novela, o las proyecciones de Kaufman que se pueden ver en el testimonio de Rosernberger Rosenberg.

Es en esta intersección donde Mundo hormiga revela su corazón transrrealista. Un vehículo de Kaufman para proyectar su mundo y sus obsesiones a través de un arsenal de ensoñaciones en las cuales su narrador se siente (y ocasionalmente se manifiesta como) un trasunto suyo. En general, a través de una fabulación limitada por un continuo control para que la “locura” no descarrile y se mantenga dentro de un cauce restringido. Un discurso domado para no molestar a lectores con más problemas para aceptar una estética que desborde el surrealismo más a pie de tierra, donde creo que la novela habría resultado mucho más satisfactoria.

He conseguido quedarme dentro haciendo mío el discurso sobre la erótica del arte de Sontag, dejando de interpretar lo que Kaufman estaba contando en estos fragmentos para intentar disfrutar de lo que estaba contando. Me ha costado porque tampoco es que muchos de ellos sean disfrutables per se, dada la vulgaridad de la mayoría de construcciones. Ni el humor está igual de afilado siempre, ni la peripecia es memorable, determinadas obsesiones restan variedad, se vuelve una y otra y otra vez a los mismos temas (y chistes). Sin embargo, ocasionalmente aparecen ideas chulas. Por ejemplo, la noción cuántica de una película a partir de su grabación como 24 fotogramas por segundo y lo que supone a la hora de contar una historia, quitar fotogramas, crear películas completas desde un fotograma…

Hay lectores encantados con el trabajo de Kaufman. Muchos, sobre todo en los que han llegado al final. Si me permiten la maldad, un poco fieles, supervivientes al Arrakis de lidiar con el volumen del texto. Me apena no ser uno de ellos a pesar de los hallazgos. Sobre todo cuando ya resulta complicado diferenciar en qué es vida y qué ensoñación y aparece primero la hormiga del título y, posteriormente, el mito de la caverna. Pero no en su perspectiva más explotada en la ficción sino en un giro de 180 grados. Kaufman hace regresar al individuo explorador que ha escapado de la gruta y ha experimentado el mundo de las ideas, deslumbrante en su pureza y sencillez. De nuevo en su lugar de origen toma conciencia de lo que es el hogar de todas las proyecciones que produce; un marasmo de sombras, reflejos, interferencias donde resulta casi imposible destilar de dónde vienen y sólo queda sobrevivir entre el caos de lo que somos capaces de hacer en el galimatías de visiones fruto de esa representación sesgada y subjetiva.

Es una pena que, más allá de esta potencia imaginativa, Kaufman no haya sido capaz de centrar el tiro en un libro más escueto. Frente a la tremenda Parpadeo, de Roszak, es capaz de evitar los ladrillos explicativos para anidar un discurso sobre la creación y los vínculos con nuestra vida en un texto que se siente alineado con nuestro tiempo. Pero en mi caso ha fracasado a lo grande a la hora de interesarme por sus inquietudes o crear un argumento que demasiadas veces se siente una sucesión de ocurrencias. Lejos le queda la obra de Steve Erickson, que en Días entre estaciones entraba en otra historia de películas perdidas plagada de una imaginación deslumbrante concentrada en una narración certera. O Zeroville, pero esto son ya palabras mayores. Y para una primera novela como Mundo hormiga, quizás sea aventurado pedirle imposibles.

Mundo hormiga (Barret, 2021)
Antkind (2020)
Traducción: Ce Santiago
Rústica. 916pp. 28 €
Ficha en la web de la editorial

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