Cronopaisaje, de Greg Benford

Ambiciosa, impactante y absorbente; probablemente hipertrófica; algo irregular, pero, en última instancia, satisfactoria y muy bien rematada. Así es Cronopaisaje (1980), en la que el escritor y físico estadounidense Gregory Benford se zambulle en el pandemonio de las paradojas temporales y, al mismo tiempo, abre el melón de la investigación científica para mostrarnos sus intestinos: ahí están, por supuesto, la curiosidad, la exploración y la emoción del descubrimiento, pero también la competitividad, la falta de fondos, los egos inflamados, los jefes incordio.

La novela oscila fundamentalmente entre dos polos: la Inglaterra de 1998 y la California de 1962. El primero nos pinta un futuro sombrío; un mundo al borde del colapso sobre el que se cierne un desastre ecológico irreversible: el fitoplancton se ha combinado con un fertilizante artificial, causando una proliferación de algas que amenaza con destruir los ecosistemas marinos. En Cambridge, entre cortes eléctricos y supermercados desabastecidos, los físicos John Renfrew y Greg Markham conciben un plan desesperado: utilizar un haz de taquiones para enviar al pasado, en código morse, un mensaje de advertencia que prevenga la catástrofe. Para evitar la paradoja del abuelo, Renfrew y su equipo deciden confeccionar un mensaje intencionadamente ambiguo; necesitan provocar una respuesta lo suficientemente significativa como para paliar la situación en la que se encuentran, pero no tanto como para eliminar el problema por completo (de lo contrario no enviarían el mensaje y volverían a estar como al principio).

En la soleada San Diego de 1962, Gordon Bernstein, un investigador de la Universidad de La Jolla, detecta unas interferencias inexplicables en un experimento de resonancia nuclear. Su supervisor intenta convencerlo de que descarte la anomalía como ruido espontáneo y se centre en el proyecto que tienen entre manos: hay plazos que cumplir, artículos que deben publicar para justificar la productividad del departamento. Gordon lo desobedece, pero cuanto más averigua sobre el fenómeno mayor es su desconcierto, y las dudas continúan incluso tras haber descodificado el mensaje. ¿Quién lo envía? ¿Por qué? Los colegas a los que acude en busca de ayuda llegan a las conclusiones más dispares, desde un mensaje interceptado a los soviéticos hasta una comunicación extraterrestre.

La existencia de taquiones sigue siendo, hoy por hoy, puramente hipotética. Pero, más allá de esa licencia, todo lo relacionado con el envío del mensaje y los esfuerzos por interpretarlo está construido con un rigor impecable. Benford no solo levanta su historia sobre un sólido andamiaje científico, sino que, además, es capaz de explicar cada detalle del proceso con la precisión del físico que es, y hacerlo sin abrumar al lector. Es difícil alcanzar semejante equilibrio entre verosimilitud y claridad narrativa: quienes tengan formación en física podrán (imagino) disfrutar de un sinfín de sofisticadas delicatessen, pero para los que somos de letras —ejem, vamos a llamarlo así—, la novela funciona igual de bien.

Greg BenfordEl bagaje personal de Benford no solo se percibe en la credibilidad de sus planteamientos. Hay mucha trastienda científica en Cronopaisaje: investigadores que planifican experimentos, corrigen exámenes, debaten en simposios y dedican horas interminables a tomar datos mientras capean los roces y las rivalidades con sus colegas. Los vemos aquí, como insectos bajo nuestra lupa, enfrentándose al mismo problema desde distintas perspectivas: si en 1998 se devanan los sesos para decidir cómo enviar el mensaje, cuánta información revelar, cómo convencer a los políticos para que les concedan los fondos que necesitan; en 1962 se comen el coco tratando de averiguar de dónde proceden las señales, cómo darles sentido, hasta qué punto merece la pena invertir tiempo y esfuerzo en ese «ruido» que no para de filtrarse en sus lecturas.

Aunque Cronopaisaje es, técnicamente, una novela coral, el protagonista con más presencia y más peso en la narración es Gordon Bernstein, el físico que recibe las señales en 1962. Y Gordon —un judío de Nueva York educado en una familia conservadora, tan fuera de lugar en la efervescente y despreocupada California como un pulpo en un garaje— es un gran personaje. Lo acompañamos en cada paso de sus investigaciones, y vemos cómo va haciendo frente a las complicaciones que cada hallazgo le acarrea: los choques con su jefe, el escarnio público y la pérdida de credibilidad, la frustración de sentirse incapaz de desentrañar el misterio. Pero a Gordon lo vemos también en todo tipo de situaciones ordinarias, aparentemente superfluas: momentos íntimos con su novia, cenas con colegas, carreras por la playa, visitas asfixiantes de su madre, recuerdos de la infancia que lo absorben de vez en cuando. ¿Divaga la narración en exceso? Probablemente sí; no le hubiera venido mal una podita aquí y allá. Pero creo que el lector necesita, en una novela como Cronopaisaje, un personaje como Gordon, con su abanico completo de banalidades cotidianas. Necesitamos empaparnos de Gordon, ser Gordon, comprobar que en última instancia él es un tipo corriente, no muy diferente de nosotros mismos. Porque ahí está el quid de la cuestión: el futuro de la humanidad está en juego y todo depende de él. De él, que no es precisamente El Elegido, un mesías a lo Paul Atreides, sino un mero profesor adjunto que da la casualidad de estar trabajando con antimoniuro de indio, un elemento sensible a los taquiones. Y es relevante que comprendamos que él, que tan listo es y tanto sabe de física, tiene, como cualquier hijo de vecino, lagunas en otros apartados, y a veces se atormenta por tonterías, pierde los papeles sin venir a cuento o le enternecen cosas que a otros les darán vergüenza ajena.

Benford, además, evoca a la perfección la California de la era Kennedy, una época que conoce bien porque estudió allí (se permite, incluso, la pequeña broma de introducirse fugazmente en la historia, a él y a su hermano gemelo, que aparecen descritos como dos jovenzuelos marisabidillos cuyo rendimiento académico es irregular). Mensaje de taquiones aparte, es fascinante recorrer ese territorio salpicado de surfistas, combatientes de Vietnam, activistas de todo signo y novedades de «Phil Dick» recién salidas de imprenta.

La parte ambientada en 1998 palidece en comparación. Es verdad que Benford no falla en lo más importante: la amenaza medioambiental global es verosímil y aterradora, y son perceptibles el caos, la desesperanza y el vértigo de una civilización en caída libre. Sin embargo, ese futuro imaginado (desde nuestra perspectiva actual sería, más bien, un pasado alternativo) no me resulta del todo convincente. Las pinceladas que va soltando aquí y allá —un personaje pasea ante una obra en la que trabajan chimpancés modificados genéticamente, alguien alude a cierta explosión nuclear que hubo en Central Park, la Reina Isabel anuncia que abdicará en su hijo Carlos para que este pueda reinar antes de llegar a viejo (¡toma sentido de la maravilla!)—, se perciben como elementos decorativos aleatorios, más que como las piezas de un puzle que encajan entre sí para conformar un futuro tangible.

CronopaisajeTampoco ninguno de los personajes de la trama del futuro alcanza la profundidad de Gordon. El protagonismo en este extremo de la historia anda más repartido: tenemos a John Renfrew, un padre de familia convencional y algo aburrido, y a Gregory Markham, sensato y con don de gentes (al menos para los estándares de su gremio), y a Ian Peterson, el burócrata a quien los anteriores deben camelarse para conseguir financiación pública. Todos correctos, pero ninguno especialmente memorable, con la posible excepción de Peterson, un cínico arrogante —Benford otorga rasgos redentores a casi todos los científicos, pero es implacable con los burócratas— que trata mal a los camareros y cosifica a las mujeres.

Y, hablando de mujeres… No abundan, precisamente, los personajes femeninos en Cronopaisaje. En los sesenta, porque muy pocas se dedicaban a la investigación, y está claro que Benford aspira a hacer un retrato lo más realista posible del entorno científico-universitario de la época. En los noventa, porque (supongo) a Benford no le dio la imaginación para tanto. Aun así, diría que el autor —que, claramente, se siente más cómodo cuando maneja personajes masculinos— hizo un esfuerzo consciente por incluir representación femenina en la novela. En ambos escenarios temporales figuran científicas que, pese a la fugacidad de sus apariciones, tienen un cierto peso en la trama: en 1962 hay una física que juega un papel crucial en las investigaciones de Bernstein, y en 1998 una especialista en microuniversos debe viajar urgentemente a Cambridge desde Estados Unidos para proponer soluciones a algunos de los problemas a los que se enfrentan Renfrew y Markhem (también, a modo de propina, se las apaña para dejar a Peterson en evidencia). Pero las únicas mujeres con una presencia real en la historia son los intereses amorosos de dos de los protagonistas: Penny, novia de Gordon, y Marjorie, esposa de Renfrew.

Nada que objetar a Penny, una joven independiente y segura de sí misma que —aunque la física le suena a chino— tiene sus propias opiniones e inquietudes. Marjorie, en cambio, es la oveja negra de Cronopaisaje, un eccehomo de Borja en mitad del Museo del Prado.

Ama de casa, esposa abnegada y anfitriona ideal, la mujer de Renfrew parece un arquetipo sacado de los años 50. (Ahora, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que siempre la he visualizado con el pelo a lo Doris Day, falda con enaguas y mandil con volantito, a pesar de que no hay en el libro, que yo recuerde, ninguna descripción física de ella). Si el narrador omnisciente nunca nos introduce en la mente de Penny —a quien vemos solo a través de los ojos de Gordon—, Benford escoge una aproximación diferente con Marjorie. Error. De haber mantenido una cierta distancia, podríamos correr un tupido velo, asumir que la pareja de Renfrew es mucho más de lo que parece, del mismo modo que damos por hecho que la miríada de mujeres a las que Peterson va seduciendo a lo largo de la novela (una de ellas es tachada de «ninfómana»; en fin, eran otros tiempos) se nos muestran no como son, sino como Peterson las ve. Pero el autor, ay, le niega a Marjorie el beneficio de la duda, y cuando nos asomamos al interior de su cabecita atisbamos poco más que sufrimiento porque su marido pasa demasiadas horas fuera de casa, un deseo reprimido de flirtear con Peterson, buena mano con las rosas y numerosas recetas de soufflés. Y, aunque tampoco es que se trate de algo extremadamente grave (a fin de cuentas no es más que un personaje secundario, uno entre un montón), molesta por lo mucho que avejenta un texto que, por lo demás, ha resistido bien el paso del tiempo. Hace poco, escuchando este podcast, me enteré de que el editor de Cronopaisaje, David Hartwell, convenció a Benford para que eliminara un capítulo entero dedicado a Marjorie, con el argumento de que la historia se sostenía perfectamente sin él. Y yo, sin haber leído ese capítulo perdido, solo puedo decirle a Hartwell, donde quiera que esté: gracias.

En cualquier caso, la sombra de Marjorie no es ni de lejos lo suficientemente alargada como para oscurecer los méritos del libro. Tampoco el exceso de páginas, que probablemente sea su principal defecto. Si Cronopaisaje no es perfecta, sí se acerca a lo monumental. Está cargada de ambición —habla del destino de la humanidad sin pasar por alto las pequeñas miserias de los individuos que la forman; reflexiona sobre la capacidad de la ciencia para salvarnos, para destruirnos y para elevarnos por encima de lo que somos; revela el hilo invisible que ensarta unas generaciones con otras— y su autor consigue llevarla a buen puerto. Y, aunque la fortaleza de Benford se encuentra más en sus ideas que en su pluma, su escritura tiene la suficiente solvencia como para ser disfrutada sin problemas (su prosa sufre en España una mala fama que me parece inmerecida, sospecho que por ciertas traducciones que pululan por ahí). Cronopaisaje es una carta de amor a la ciencia, una pirueta intelectual fascinante, un clásico con todas las de la ley.

Cronopaisaje (Ediciones B, col. Nova Ciencia Ficción nº66, 1994)
Timescape (1980)
Traducción: Domingo Santos
Rústica. 499pp.
Ficha en la web de La tercera fundación

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