Se me ocurre que quizá el gran ejemplo de novela sobre la telepatía sea Muero por dentro, de Robert Silverberg, que por otra parte se puede utilizar también como puerta de entrada a la ciencia ficción, como recomendación para aquellos desafectos al género que, no obstante, le quieran dar una última oportunidad a sus desafíos y desafueros optando por uno de sus títulos de imaginario menos colorido. La novela de Silverberg, de la que ya mismo dejaré de hablar, es de las mejores de los años 70. Pero no es la única que se centra en los poderes telepáticos, claro.
En Dagger of the Mind, de Bob Shaw, que es la novela escogida para este especial y de la que no estoy muy seguro de si hay traducción –podría ser ‘puñal de la mente’, o ‘daga de la mente’, no sé– en este novela, digo, hay telepatía, también, pero entretejida en un contexto de experimentación y paranoia que la vinculan, o la acercan, a la personalidad y puesta en escena del terror; más, probablemente, que a la ciencia ficción a la que sin duda, como veremos con el correr de las páginas, también se adhiere.
Conocemos a Redpath, el protagonista, ya en la primera página, con sus preocupaciones y sus visiones francamente desagradables: es epiléptico y ve, a través de la mirilla de la puerta de casa, una cara desollada, sangrante y húmeda. Cuando, por instinto, abre la puerta, ve que ahí no hay nadie. Así empezamos. Luego vemos que forma parte de un proyecto de investigación científica sobre la telepatía; que, para ello, se medica, y que, de hecho, se quiere dar de baja del programa porque empieza a pensar que está perdiendo el control de sus pensamientos. Que, en una palabra, se está volviendo majara perdido.
Hablando con una desconocida que le ofrece una habitación de alquiler nos sumerge Shaw en una escena de miedo creciente, de angustia ante lo conocido-desconocido. ¿A qué me refiero? A que sus habilidades telepáticas le hacen prever el interior de la casa, y acierta, y eso le llena de terror. ¿Cómo puede explicarse eso? ¿Qué es, de hecho, eso?
Antes he dicho que le medican pero lo que de verdad le hacen al protagonista es drogarle para potenciar sus habilidades, cosa que no liga demasiado bien con su epilepsia. Pero tanto la paranoia, el miedo del personaje (que nos transmite a nosotros), como un macabro asesinato –del que no sabemos hasta qué punto es consciente de estar cometiendo–, y la institución claramente kafkiana que le tiene sujeto y sus visiones y el hecho de que todo esté totalmente fuera de su control hacen que la historia sea un híbrido soberbio entre las maravillas estéticas y semánticas que nos permiten la ciencia ficción y el terror en la página impresa.
Y este descenso pesadillesco en sus visiones, encadenando una con otra y a cual peor, es, como en Dick, su manera de indagar en la percepción de la realidad, en la soledad del que duda de su entorno.
Construida sobre unos raíles que van en constante ascenso, la novela se beneficiaría, de todos modos, de la duda como planteamiento principal, como punto del que irradiase el resto de la historia. El problema de la respuesta (como lo dice en Furor y misterio el poeta René Char: “no te detengas en el surco de los resultados”), es que es unívoca, estática: después ya no hay nada más. Shaw, que consigue a la perfección el maridaje entre géneros, haciendo de la novela tanto una incursión en la ciencia ficción más introspectiva, la que duda del entorno –tema sobre el que escribí, por casualidad, hace nada– y el terror que prefigura lo que luego se ha dado en llamar body horror, no redondea el conjunto, al final, seguramente por la inseguridad de querer explicarlo todo para que se entienda bien. La novela subiría un par de peldaños si no hiciese en el último tramo un repaso a lo acontecido. La gracia es, precisamente, quedarse en el filo de la navaja de afeitar sabiendo que la novela es tanto una cosa y su contraria.
No es una mala novela, qué duda cabe, y tampoco quiero caer en lo de que ha envejecido mal, porque eso no lo sé, pero si la considero polvorienta o cenicienta en este tibio mes de noviembre es porque la explicación de todo empobrece el conjunto. Uno que, hasta ese momento, era rico y polisémico en su cruce de géneros, en la multiplicidad de lecturas que proponía.
Dagger of the Mind, 1979
173 pp. Tapa dura
Ficha en la isfdb