El crepúsculo de los dioses, de Richard Garnett

El crepúsculo de los dioses

“Los agitadores y los fanfarrones no me preocupan, es a los callados, los tranquilos a los que hay que vigilar”. Ni recuerdo la cita exacta, ni recuerdo al autor, pero qué razón tenía, abundando en el mito de la sabiduría popular española según el cual el callado siempre algo tiene que ocultar, nada bueno puede andar cavilando. Y si es leidillo, peor aún.  Sin duda alguna, Richard Garnett, el autor de El crepúsculo de los dioses, encaja perfectamente en este perfil. Hijo de un pastor anglicano, dedicó su vida profesional al Museo Británico, viviendo como un señor entre manuscritos, reliquias y caballeros eruditos, encargado de diversos puestos de responsabilidad en la Sala de Lectura, donde quizá coincidió con famosas personalidades, como el popular filósofo Karl Marx, que se pasaba la vida en la biblioteca, aprovechando que allí tenía calefacción y libros. Garnett era un serio, discreto y respetado intelectual que nadie supondría un peligroso pensador libertario, alguien que, en sus ratos libres, que imagino serían muchos, se dedicaba a una muy victoriana afición, la grafomanía. Artículos en revistas, poesía, entradas de la Britannica, traducciones de cinco idiomas, decenas de monografías, y a lo que veníamos hoy, autor de El crepúsculo de los dioses, publicada en 1888, una colección de relatos fantásticos, de un ingenio cruel y juguetón, que hizo las delicias de escritores tan dispares como Oscar Wilde o H.G. Wells, también habituales de la Sala de Lectura.

El volumen se abre con “El crepúsculo de los dioses”, cuento en el que Prometeo, una vez liberado de su tormento, encuentra el mundo de los hombres en manos de los primitivos cristianos, un mundo donde campan a sus anchas Eros y Pluto, dioses primordiales del deseo y la avaricia, mientras el resto de deidades se encuentran ocultas, desconcertadas y en retirada. El relato es de un tono crepuscular y nostálgico, que funciona perfectamente como entrada al subtexto fundamental de los cuentos de Garnett, marcado por la enorme erudición del sabio; la historia de la humanidad no es más que un largo sinsentido que se repite una y otra vez, un compendio de estupidez, avaricia y chapuza, iluminada por breves fogonazos de brillantez y contada por un idiota, ruido y furia, blablablabla, ya saben. Pero que también nos lo podemos tomar con humor claro está, a ver si no a que hemos venido a este valle de lágrimas. Porque el fuego que anima El crepúsculo de los dioses no es otro que hacer escarnio de la estupidez humana, un tema inagotable que tanto ha hecho por los escritores y, sobre todo, los humoristas. Y como la estupidez es el principio que rige muchas de nuestras acciones en la vida, la cosa da para mucho, sobre todo si, como ocurre en el caso de Richard Garnett, eres un escritor inteligentísimo, especialmente dotado para la sátira y el diálogo ingenioso, en la mejor tradición británica que continua hasta nuestros días en forma de magníficas series cómicas de mala baba. Pero ojocuidao, debajo del sarcasmo y la sátira también late el humanismo, encarnado en un personaje arquetipo que aparece en muchos relatos, que a pesar de las circunstancias adversas, escoge lo real, verdadero y perdurable en detrimento del espejismo de la vanidad, la ambición y la tontería.

En “Abdalá el Adista”, uno de los relatos más divertidos, que debidamente escenificado, no hubiera desentonado en el repertorio de Monthy Python, se satirizan los ideales de santidad, que son manejados al antojo de oportunistas y ambiciosos para cometer las mayores barbaridades en nombre de la espiritualidad y la virtud, como haría cualquier líder de secta o partido político que se respete. Por esa linde de pensamiento caminan “Ananda, hacedor de milagros” y “La ciudad de los filósofos”, donde de nuevo los principios y aspiraciones más elevadas se abandonan con toda facilidad cuando entran en conflicto con las más primitivas inclinaciones de la naturaleza humana.

El catolicismo, no sé si por el tradicional gato que en la pérfida Albión siempre han tenido por los Santos Papas romanos, o por convicción de apóstata, también recibe lo suyo como por ejemplo en “El demonio papa” otro graciosísimo cuento donde se satiriza una curia romana, que, nunca mejor dicho, pone una vela a dios y otra al demonio. Sin embargo, “El obispo Addo y el obispo Gaddo”, parece más un ajuste de cuentas anglicano, ya que en esta narración un sacerdote cristiano se convierte al islam por amor a una mujer, a la sabiduría y la belleza, en oposición a la asfixiante e hipócrita ortodoxia romana. Y en “El poeta de Panópolis”, donde, tomando como excusa una anécdota erudita, el último poeta helenístico del siglo V, Nonno de Panópolis, se ve forzado a elegir entre su arte y el evangelio, y escoge, por supuesto, el primero.

Y finalmente, el desencanto político, tema eterno que nunca pasa de moda. En “El duque Virgilio”, los habitantes de la ciudad de Mantua nombran al poeta Virgilio, muerto cientos de años antes, como gobernante de la ciudad. Y con el gobierno de un poeta muerto al frente, la población, sumida en una apacible anarquía, da lo mejor de sí misma gobernándose con justicia y en paz, sin necesidad de la coacción del poder y la autoridad, ignorantes ellos de las bondades de un gobierno estable y serio que dé confianza a los mercados. Por supuesto, tanta felicidad no puede durar mucho cuando entran en juego las viejas conocidas; la ambición, la avaricia y la estupidez. Y para que vean como se las llega a gastar Garnett, “La cabeza púrpurea”, una apología del gobierno de los filósofos, acaba con la paz, el conocimiento y la libertad graciosamente decapitadas. Y uno se sonríe, con esa sonrisa torcida del que sabe que lo del ser humano no tiene remedio y que la única esperanza que nos queda es la dictadura del robotariado, pero que en el fondo tiene gracia la cosa. Sin embargo, tenga presente querido lector, que Garnett se lo toma con humor desde la seguridad de su sala de lectura decimonónica en el corazón de un poderoso Imperio rodeado de otros sabios como él, y usted está a la intemperie en tiempos interesantes con el resto de desgraciados.

Eso sí, también encontrarán un par de relatos algo espesos, pero nada que empañe el conjunto. Veredicto; el doctor Garnett, bajo su fachada de sabio erudito victoriano, era un pernicioso elemento subversivo que no muestra el debido respeto a la religión organizada, el poder, la ambición, la avaricia y la humanidad en general y encima haciendo apología de la filosofía, la belleza y el amor. Y con humor, que cualquier día es declarado ilegal y violento. Ojalá hubieran más como él.

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