The 100

The 100

Esto de estar enganchado a las series de televisión incluye ese punto irracional que te lleva no sólo a ver las obras “maestras” de cada mes sino a picar una tras otra con series que, si valoraras un poco más tu tiempo, seguramente dedicarías a algo más provechoso como preparar esas oposiciones por las cuales tu madre sigue preguntándote todas las semanas. The 100 es una de ellas y ahora que estoy en pleno tramo final de su segunda temporada, me enfrento a una voz interior que me dice semanalmente “escribe algo sobre ella; abandona el postureo frikster elitista y reconoce cómo te lo pasas con ella”. Y aquí estoy, dándole al botón de publicar antes que el arrojo se evapore del todo.

The 100 es una de esas historias de ciencia ficción juvenil que tanto se estilan estos últimos años sólo que más que centrarse en una perspectiva distópica se lanza de lleno a trabajar un escenario postapocalíptico. Sus primeros episodios nos ponen sobre la pista de una Tierra a un siglo en el futuro tras un holocausto nuclear. Los que parecen los únicos supervivientes orbitan el planeta en una macroestación espacial en condiciones límite. La natalidad está controlada al mismo nivel que los recursos, cualquier crimen acarrea severas penas y la disidencia se pena con un paseíllo a través de la escotilla de aire. Sus habitantes viven entre la rutina y la resignación sin saber que se avecinan tiempos aún más duros; el consejo que gobierna la estación ha descubierto que el sistema vital está en trámite de petar y planifica soluciones desesperadas. La más evidente, lanzar de vuelta a la Tierra a 100 jóvenes “delincuentes” para comprobar si es posible la vida en la superficie. 100 zagales cuyos crímenes van desde ser el segundo hijo cuando sólo se permite uno hasta haber provocado una pequeña pérdida de oxígeno en la estación. Lo que en 13TV llamarían perroflautas antisistema. Estos «indeseables» llegan a la Tierra y, claro, se encuentran con un vergel perfecto para un nuevo comienzo lejos de leyes, convenciones, padres o tabús. Que a su alrededor haya peligrosos animales mutados, zonas con radiactividad residual, un humo amarillo con propiedades ácidas y los violentos salva… otro… “grounders”, inquieta menos cuando no tienes que rendir cuentas ante nadie. Y a los de arriba que les den. Más o menos.

Así comienza una serie cuya primera temporada, sin haber leído el libro de Kass Morgan en el que está basada, era una coctelera de cualquier tópico que se le pudiera ocurrir a su equipo de guionistas sobre el tema. El señor de las moscas, Defcon 4, Lost, Fallout 3, Mad Max, La máquina del tiempo… Cualquier estereotipo de una historia similar está ahí, aderezado con rollete juvenil picantón y los siempre socorridos triángulos amorosos. Si no me falla la memoria, creo que lo único que todavía no hemos tenido ha sido un parto.

Sin embargo….

Somos guapos, somos peligrososSin embargo funciona. Le cuesta arrancar, es difícil encontrar asidero entre tanta idea reutilizada y rollete risible, la cosa amenaza con convertirse en un Sensación de vivir o un OC postpunkie, abundan los actores de saldo… pero los guionistas le pillan el punto a lo que tienen entre manos: un folletín que continuamente se mueve alrededor de las elecciones y sus consecuencias en un ambiente donde la coerción social está tan diluida que, en la práctica, cualquier acción es posible. Algo que empieza a verse en el episodio tres y que, si bien los creadores se recrean demasiado en el amago, lleva a los personajes a situaciones límite y contradicciones enriquecedoras.

Así, los chavales que abrieron la serie viviendo El señor de las moscas ya han recorrido una variada gama de posiciones. Los que intentaron llevar a la superficie la organización que conocían en la estación espacial, guardianes de la estricta moral y el respeto a los valores establecidos, han acabado abrazando el pragmatismo de unos “grounders” que han hecho de la ley del más fuerte (y la del talión) la clave para su supervivencia. Incluso alguno se ha dejado arrastrar por sus instintos más primarios hasta convertirse en un pequeño genocida. Mientras los que se movían en el extremo contrario y celebraban la recién encontrada libertad en la Tierra, intentaron establecer un régimen tan tiránico como el que les permitía sobrevivir en el espacio para, más tarde, revelarse como entregados soldados defensores del status quo. Recorridos en su mayoría bien llevados por un equipo creativo que, además, en la segunda temporada imprime un ritmo todavía más alto, llevando en paralelo varias acciones que avanzan sin que se pierda ninguna de ellas.

Se puede discutir largo y tendido sobre lo conservadora que termina siendo en muchos aspectos; cómo se fuerza la verosimilitud con cuestiones de escenario o de funcionamiento para que ciertas decisiones narrativas funcionen; cómo el lugar por el que se mueven los personajes, por su «estrechez», parece más un mapa de videojuego que una traslación de un universo real. Pero son cuestiones muy secundarias cuando se comparan con la construcción de un relato de aventuras tradicional que hará las delicias de los aficionados a la ciencia ficción de serie B. En mi caso, no seguía con el mismo interés una serie de televisión de género desde la tercera temporada de Fringe. Y no ha sido por no intentarlo.

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