La casa de la rosa, de Arkady Martine

La casa de la rosaTras el retraso en la publicación de Una desolación llamada paz, Nocturna no debía querer un hiato de dos años sin incorporar a su catálogo nada de Arkady Martine. Así que han publicado La casa de la rosa, una novela corta con una pretendida entidad suficiente para justificar uno de esos libritos de poco más de 100 páginas a 15 euros. Mantienes a una autora con público en circulación, incentivas en el punto de venta que se deje a la vista conservando un cierto margen, ofreces una historia con el gancho de la IA y la resolución de un crimen… Todo ganancia sobre el papel. Sin embargo, para el lector la cosa sale regulinchi.

El argumento se articula alrededor de otro gancho. La casa de la rosa es un ¿quién lo hizo? en habitación cerrada, como el que comentaba hace dos semanas escrito por los hermanos Strugatski. Un cuerpo ha sido encontrado en el interior de Rose House, una casa icónica que perteneció al arquitecto detrás de su construcción: Basit Deniau. Este genio de lo suyo llevó la idea de incorporar la IA a los edificios hasta límites que nadie más ha logrado: la IA gobierna el espacio, lo modula según su personalidad y, además, gestiona su legado. Es en esta última tarea en la única en la que hay una persona involucrada: Selene Gisil, discípula de Deniau y principal sospechosa. Tras la muerte de Deniau, nadie más tiene el acceso permitido a Rose House, aunque Gisil tiene una coartada. Cuando se produjo el crimen se encontraba en Turquía, con un océano de por medio. Maritza Smith, la detective de la policía encargada de esclarecer la muerte, la cita en el edificio, para entrar, averiguar la identidad del cadáver e iniciar las pesquisas.

Un asesinato en un lugar único, intriga alrededor de un crimen imposible, tecnología de vanguardia, las peculiaridades del escenario… El potencial de La casa de la rosa parece arrollador, más viniendo de la autora de Una memoria llamada Imperio que, a pesar de los pesares, contaba con una exuberancia en el escenario y el planteamiento de una serie de enigmas que ya eran recompensa suficiente para su lectura. Nada más lejos de la realidad.

Aunque la novela se desarrolla a finales del siglo XXII, salvo un par de pasajes, Martine mantiene el nivel de detalle bajo mínimos. De hecho, transmite la sensación de estar en una representación teatral de un suceso ocurrido pasado mañana. Toda la escenografía obedece a un presente ligeramente proyectado hacia el futuro, sin mucha evidencia de por qué Deniau era un genio. Martine prescinde de cualquier elemento proyectivo más allá de la existencia de esa IA conectada con el lugar donde se desarrolla el argumento. Y, durante gran parte del argumento, le da la forma de una Alexa vitaminada; una especie de agente domótico responsable de la supervisión de un edificio modernillo. Todo el mundo anhela esa pieza combinada de tecnología. Cuesta ver por qué.

Arkady MartineLos personajes tampoco destacan por sus cualidades, salvo quizás Smith. La detective asume que tiene un marrón entre manos, muestra vulnerabilidades y termina sobreponiéndose a ellas, en un arco mejor asentado que el de Gisil. La arquitecta cargada con la maldición de encargarse de la herencia de Deniau, cuando se tuercen las cosas pierde los papeles y apenas llega a enfatizar lo que está ahí desde el comienzo: las complicaciones para gestionar este legado, una losa a la que quedan supeditados los intereses personales. El resto se centran en su papel vehicular; los interesados en hacerse con el producto creado por Deniau (spoiler: aparecen andorranos y no son los streamers que huyeron para salvarnos de Hacienda) o el colega de Smith, necesario para desvelar el misterio detrás de la habitación cerrada. Una intriga gestionada sin convicción y que no potencia al novum detrás de la trama: la tensión entre ser único y crear copias.

Es esta contradicción detrás de la búsqueda de clonar lo que hace única a Rose House y también la que atenaza a la propia IA, la principal interesada en bloquear su copia, limitada a su individualidad y no proliferar (una de las características centrales de la vida). Cuando llega el momento de que esto gane peso y Martine profundice en la extrañeza que debiera ir asociada al novum no lo hace y se queda en un subtexto supeditado al crimen de marras; muy pocho, aquejado de la falta de carisma de los personajes involucrados, incapaz de ganar presencia y golpear. Como he comentado, las revelaciones sobre la habitación cerrada apelan a una ingenuidad que puede ser coherente con el lugar del crimen (no hay muchos crímenes en el condado), pero restan grandeza algo que debiera ser más ambicioso (lo de Andorra ya da pistas). Al menos la narración es breve y permite llegar al final sin demasiadas complicaciones.

Nota final: Ahora que estoy leyéndome los mejores cuentos y novelas cortas de Connie Willis, al escribir sobre La casa de la rosa me doy cuenta de lo complicado que es hacer lo que para ella es simple. Cómo con situaciones muy traídas por los pelos (un proceso para eliminar residuos en la estratosfera que produce cambios en el azar; un hedor en el metro de Londres que puede llevar ahí medio siglo, desde los bombardeos del blitz…) hace funcionar sus relatos a partir de dinámicas de personajes muy de comedia clásica (Dudley Nichols, Hagar Wilde, Charles Brackett, Billy Wilder, Preston Sturges…). Quizás desde este acercamiento, Martine podría haber rescatado de la inanidad su historia (receta con la cual los Strugatski salvan El hotel del alpinista muerto). Desafortunadamente sus referentes son otros y no consigue que le funcione nada.

También tiene su comentario cómo una novela corta que hace un cuarto de siglo habría sido material de un volumen de cuentos de 400 páginas, ahora se nos vende separada en un librito de leer en cinco viajes de cercanías al trabajo. El mercado de ciencia ficción sigue en contracción y es difícil ver cómo con ediciones así va a levantar cabeza.

La casa de la rosa, de Arkady Martine (Nocturna Ediciones, col. Noches Negras nº44, 2026)
Rose / House (2023)
Trad. Ainize Salaberri
128 pp. Rústica. 15€
Ficha en la Tercera Fundación

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