Un radiante amanecer. El sol se esfuerza por desprenderse del mar, liberarse de él, seguir lentamente su ascenso habitual. Eso es lo que nos muestra la apertura, en plano fijo, de El único superviviente de Geoff Murphy.
Al ver el inicio de esta película uno piensa que Danny Boyle la tuvo muy en mente al rodar 28 días después. E imagino que Alejandro Amenábar también la tuvo en mente para Abre los ojos, tan alejada, por otra parte, de sus intereses historicistas de hoy. (Me refiero, sobre todo, a esas secuencias de una ciudad vacía). El protagonista de The Quiet Earth, su título original, no sabe muy bien por qué pero es, cree, el único superviviente de una catástrofe nuclear, por decir algo, y empieza a recorrer las calles de su ciudad neozelandesa hasta que se cerciora de que, sí, parece ser que es el único con vida, el único que sigue respirando en esta ciudad de coches volcados, semáforos ignorados y hogueras desperdigadas por ahí. No tiene ninguna barrera limitadora. Así, con el creciente y comprensible desespero que le entra, la actitud del personaje recuerda poco a poco a la de Bill Murray en Groundhog Day. Actitud que se podría resumir así: si mis actos no tienen consecuencias, puedo hacer lo que quiera. Actitud descendiente directa de aquella lúcida frase que Dostoyevski dejó escrita en Los hermanos Karamazov: si dios no existe, todo está permitido.
En un momento que a la comunidad religiosa la habrá parecido la mar de mono, el protagonista entra en una iglesia, pregunta por dios, y, al ver que nadie contesta, amenaza con disparar “al chaval”, apuntando al crucifijo colgante (que después de un silencio acaba convertido en astillas).
Aparte de hacer el loco tan libremente, el protagonista empieza, como Tom Hanks en Náufrago, a crearse un público para poblar su atormentadora soledad, figuras de cartón que en su mente se han convertido en súbditos de un imperio que sólo él lidera. Hasta que, a la media hora de la película, conoce a la chica. A partir de aquí el personaje recupera la cordura (cordura que, por otra parte, jamás llegó a perder del todo), y él y la chica se hacen amigos. Con el tiempo conocen a otro chico y descubren que el protagonista estaba metido en un proyecto secreto que, caso de funcionar, supondría un adelanto en la comunicación mundial (en el sentido de evitar, o prevenir, posibles agresiones militares). Satélites e investigaciones tan punteras como arriesgadas han acabado con la vida en la tierra, parece ser el caso.
Hablando, de todos modos, descubren el vínculo que les une.
Así como en el Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo, sólo sobrevivieron los seres que, al extinguirse la vida, estaban bajo el agua, en The Quiet Earth –más tenebroso–, solo sobreviven los que, en el momento de la conflagración, estaban muriendo. Surgen algunas preguntas. ¿Están realmente vivos? ¿Han muerto y están en una dimensión paralela? ¿Qué significan esos destellos cegadores? El final, ¿representa que es la Tierra? ¿Son los dos amigos, como dice el protagonista en un momento, producto de su imaginación, como el Quijote es producto de la mente de Sancho en el revolucionario cuento de Kafka? O en otro orden de cosas: ¿no será una tentación sentirse dios en una situación así, como le pasaba a Marlon Brando en Apocalypse Now?
El último plano de la película es un eco del primero, tan igual y tan distinto que uno no entiende demasiado, pero se deja encantar por esa visión. Podemos especular sobre el significado de esa última imagen. Podemos debatir y llegar a ciertas conclusiones porque la película lo permite. Por otra parte, no me gusta decirlo porque parece que uno escriba sobre los demás con un aire de altiva condescendencia, pero la dirección es en su mayoría funcional. Geoff Murphy no quiere gustarse. Va al grano. Pero es eficiente. Tiene garra y nervio. No hay sutiles movimientos de cámara ni la fotografía es particularmente memorable, pero, contradiciéndome un poco, podemos ver que la escenificación del vacío es algo más que meramente funcional.
La hora y media de duración me dejaron en su día como a Antonio Martínez Sarrión en su poema “el cine de los sábados”: con los ojos ardiendo como faros. En los años ochenta surgieron grandes películas que hoy vemos como clásicos: Regreso al futuro, Blade Runner, E.T. (aunque no sea el santo más grande de mi devoción), Los inmortales, Terminator, Cocoon, Tron, Starman, incluso El vuelo del navegante, RoboCop, La cosa o la que quizá sea la mejor de todas: 70 minutos para huir, de Steve De Jarnatt. En un texto de hace tiempo dije que las grandes películas setenteras habían eclipsado a las grandes películas setenteras. Se puede adaptar la frasecita ahora para que diga que las grandes películas de ciencia ficción han eclipsado a las grandes películas de ciencia ficción.
Y para eso estamos nosotros, espero, paseándonos por lugares desconocidos con la mirada despierta, desconfiada de lo canonizado por el tiempo, descubriendo obras semisecretas por azar.