Detrás de Terminator se ven algunas sombras

BerserkersComo no me gusta pontificar, lo digo así: puede que Terminator sea la mejor película de James Cameron. Es posible. No lo sé. Lo que sí puedo decir es que es una de las tres o cuatro mejores películas de ciencia ficción de los años ochenta. Y creo que es un acierto considerarla una de las más oscuras de la década y, en el fondo, del siglo XX entero. Y sin duda podemos decir que es la mejor película de Linda Hamilton y de Arnold Schwarzenegger.

Pero hasta Terminator tiene sus precursores.

La saga de los Berserker, de Fred Saberhagen, va de unas máquinas que surcan el espacio exterior en busca de humanos. Estas máquinas sobrevivieron a sus enemigos originales y también a sus fabricantes alienígenas, a los ingenieros que, genocidas, las diseñaron para la guerra, y todavía cruzan, obstinadas, el vacío sideral con la única misión que les fue encomendada: capaces de autorrepararse, de reproducirse, lo único que hacen es, como Terminator, localizar y matar humanos. Esa misma, eterna obstinación homicida que veremos más tarde en la ciudad de Los Angeles con las máquinas de Cameron. Saberhagen, que por otra parte no se molesta en ocultar su machismo, en uno de los cuentos de The Ultimate Enemy, nos dice, evocador, que esa ‘armada’ mató a sus enemigos originales cuando la humanidad empezaba a dibujar sus primeras siluetas en las cavernas.

Pero la sombra que se percibe con mayor definición en la genealogía de Terminator es la de un cuento de Harlan Ellison.

Harlan Ellison es (era) un broncas de mucho cuidado. Pese a que muchos de sus cuentos sólo sean un vehículo para llegar a la moraleja de turno, en el que todo gira en torno a una enseñanza facilona y ya sabida, pese a que todo desemboque en un giro final moralizante y pseudosorprendente, su cuento “Soldier” –que es de los buenos– es el otro claro precursor de Terminator. (Sé que en algunas ediciones se llama “Soldier From Tomorrow”, pero en la antología que tengo se llama así, y viene precedida de una jugosa, enrabietada introducción, como los demás textos del libro, aclaro, en la que el autor se queda a gusto despotricando contra Cameron. “Soldier” era el episodio de Outer Limits en que se acabó convirtiendo el cuento a principios de los años sesenta: entiendo que de ahí adoptaron el título final del cuento para la antología).

Hay otros mejores, pero tiene su gracia este cuento de 1957 por el que Ellison demandó a Cameron por plagio, por el que le llamó, en la nota previa que menciono, “ese director empapado de ego”. Ellison, esa especie de matón de las letras bronco, bravucón, malhablado, rudo y tabernario, reconoció su idea en la película, y no dudó en denunciar. (Lástima que en tantos de sus cuentos esta faceta quede algo inocua y prevalezcan sus conclusiones tan graves, siempre tan aleccionadoras).

Pero volvamos a “Soldier”. En el cuento seguimos a un soldado de una guerra futura que viaja involuntariamente al pasado: en un mundo en trance de convertirse en postapocalíptico hace el mismo movimiento que Michael Biehn en Terminator: viaja a un pasado en el que todavía hay esperanza. Y él es, en sí mismo, con su arma láser y sus historias de un futuro en guerra, la advertencia que, por una vez y al contrario que en Terminator, los humanos no desoyen.

Cuatro retazos del futuro que nos espera, escritos por un broncas de cuidado, acabarían sofisticándose en la mente de Cameron hasta convertirse en, no me gusta decirlo así pero lo diré otra vez, (probablemente) su mejor película. El tono es más amable en “Soldier” y la humanidad escucha al involuntario viajero en el tiempo, a esta reliquia del futuro, y rectifica sus pasos equivocados en este cuento que prefigura tan sólo, como se ve, tangencialmente la película, y por cuya influencia pleitearon y por la que vemos hoy, en los títulos de crédito, el reconocimiento de ‘basado en las obras de’ Harlan Ellison.

Bueno. Vale, Harlan.

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