El leopardo y la montaña, de Wallace Breem

El leopardo y la montaña

El leopardo y la montaña

La escasas conversaciones que he mantenido sobre Afganistán siempre han derivado hacia lo mismo: cómo en los últimos 200 años cualquier intento de conquista, control exterior, vertebración a la manera occidental han terminado en una ordalía de tiros, traiciones, muerte… Los hechos son tozudos se acuda a la historia reciente (ocupación soviética hace treinta años, la interminable guerra de desgaste en que se ha convertido la lucha contra los talibanes) o a la pasada (los sucesivos intentos de los británicos por controlar el país, cuya máxima expresión fue la aniquilación del ejército británico de Kabul a comienzos de 1842).

En El leopardo y la montaña Wallace Breem se aproxima a las raíces de estos fracasos a partir de uno de los hechos más relevantes de la tercera guerra anglo-afgana: la heroica retirada hacia zona segura de una milicia organizada por los británicos para controlar la pequeña región de Waziristán. Aunque es necesario aclarar que, en su esencia, El leopardo y la montaña es una novela de temática bélica. Una historia que se preocupa por describir con detalle todo lo que rodea a la táctica y estrategia de una contienda: el despliegue de los diferentes pelotones sobre el terreno, la situación de las diferentes ametralladoras para cubrir a las tropas en las sucesivas escaramuzas, las decisiones que su protagonista, Charles Sandeman, toma para permitir la supervivencia un día más de sus hombres… A priori podría parecer un tanto aburrido, pero en sus páginas hay la suficiente riqueza a otros niveles como para que no sea así.

Breem vuelve a convertir en protagonista de sus obra a uno de esos personajes crepusculares que tanto le agradaban. Sandeman es un hombre entrado en la cuarentena que destaca por su arraigado sentido del deber y que añora a su joven esposa, a punto de dar a luz a su primogénito a cientos de millas de distancia. Un oficial competente sin la brillantez ni las habilidades sociales necesarias para haber progresado en el escalafón. Un soldado enfrentado al clímax de la misión más importante en la que ha participado: organizar y mantener una milicia formada por hombres de tribus tradicionalmente en conflicto. De hecho se ha convertido en un consumado maestro en un juego de funambulismo con teas encendidas, cuchillos afilados y frascos rellenos de nitroglicerina, amenazando con caer al suelo y llevárselo por delante al más mínimo traspié. Sin embargo Sandeman logra mantenerlos en el aire en equilibrio precario con las necesarias dosis de ingenio, suerte, fracaso y esperanza.

La descripción de esa sociedad tribal que se atisba tras sus malabarismos raya lo demencial. En las primeras 50 páginas ya queda a las claras el avispero por el que se mueve. Pero es a partir de la solución de cierto conflicto disciplinario cuando lo que uno intuye queda sobrepasado por los detalles. Cómo las reglas que rigen los castigos o la venganza, lo interiorizados que se encuentran los conflictos étnicos, los sutiles matices que rigen las leyes de la hospitalidad, nos arrojan ante una sociedad casi de otro planeta. Cómo la amistad o la fidelidad no son más que capas superficiales supeditadas a códigos atávicos que se vuelven contra cualquier intento de modificarlos. Hasta llegar a hechos traumáticos como los que se viven en las últimas páginas del libro, un giro angustioso que deja al lector inerme ante el abismo de su incomprensión.

Breem elige contar esta historia a través de un narrador omnisciente que sigue a Sandeman y utiliza sus acciones y pensamientos para acercarnos a la historia mientras evita, en la medida de lo posible (el punto de vista es claramente británico), posicionarse frente a los hechos más convulsos, buscando una relativa objetividad. Sin embargo en este deseo de distancia aparece el mayor problema de El leopardo y la montaña. Si en su novela más celebrada, El águila en la nieve, parte del gancho estaba en el testimonio del protagonista, con una voz que ayudaba a empatizar con sus diatribas y que potenciaba la faceta más cruel de su destino, aquí la falta de pasión y la ausencia de calor en la voz acentúan la distancia del lector.

Antes de terminar, quería hacer un pequeño comentario sobre una elección del traductor y del editor que me cuesta compartir. Para facilitar la comprensión de las desventuras de Sandeman se ha decidido convertir las distancias que aparecen al sistema métrico decimal. Una decisión que pone a oficiales del imperio británico a utilizar los metros o los kilómetros cuando hablan de distancias. Para mi una trasgresión equivalente a encontrarte indígenas americanos del siglo XIII hablando en latín. Podría llegar a aceptarlo si no fuera porque durante toda la novela se utilizan diferentes palabras pastunes para señalar objetos de todo tipo o para indicar los rangos de la milicia. Si es necesario recordar lo que es un subadar mayor, un jemadar o un hawaldar (lo que a mi me ha costado un poco, con constantes miradas al glosario final), no veo por qué no se podría haber incluido el término milla y poner la equivalencia con el kilómetro. Requiere el mismo esfuerzo y resulta mucho más coherente.

El leopardo y la montaña se postula como una novela bélica llena de matices que depara una notable descripción de un conflicto desconocido y permite indagar en las entrañas de una sociedad que hace unos años era noticia, día sí, día también. Una narración histórica diferente a las que suelen llegar a las librerías y a la que espero la precaria distribución de la editorial no le juegue una mala pasada.

Un pensamiento en “El leopardo y la montaña, de Wallace Breem

  1. Me hace mucha gracia que en todos los libros de Breem el elemento central es la masculinidad, sus protagonistas. Es decir, todas las mujeres deberían leer a Breem para entender como somos los hombres, desde aquella figura trágica del Águila… fiel a un mundo que ya no existía, hasta este Sandeman que nunca ha hecho carrera por no saber muy bien qué quiere en la vida y que cuando encuentra una ocupación de su agrado, que se siente útil, acaba perdiéndolo todo en el único triunfo de su carrera.

    Resumiéndolo mucho, el problema que tuve con esta novela es que la parte que mola tarda muchíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo en llegar, quizá Breem se toma demasiadas molestias construyento el carácter de Sandeman y las complejas relaciones entre pastunes, que podrían resumirse en “todo el mundo es mi enemigo”.

    Por otro lado no me enteré del cambio de medidas, que cabrón, es verdad, ¿cómo me pude tragar una novela inglesa dónde salen kilómetros y metros en vez de leguas y pies? Joder, deberían quitarme el carnet de lector pero ya mismo.

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