El caminante, de Jirō Taniguchi

Leí por primera vez El caminante en un sitio harto improbable; la revista El Víbora de principios de los noventa, publicado creo recordar que por capricho de Josep María Berenguer, editor de la Cúpula, a quien le hacía gracia el contraste. El caminante apareció de forma incompleta durante cuatro números, junto a las entonces series estrella de la revista, como el ultraviolento Ángel el indeseable, de Iron o las Pequeñas viciosas de Santiago Segura y Jose Antonio Calvo, más desubicado que un monje zen en la mansión Playboy. Pero aquellas cuatro historias me produjeron una profunda impresión, no por su carácter casi alienígena si lo comparábamos con el resto de las historietas con las que compartía páginas, sino por sus valores propios que son muchos y muy valiosos. Porque si la literatura u otras artes narrativas nos proporcionan herramientas que nos permiten reflexionar sobre nuestras experiencias, nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo, El caminante podría ser el ejemplo perfecto de esta afirmación.

Para empezar, me fascinaba que El caminante fuese una historieta sobre dar paseos, en concreto los vagabundeos de un sarariman por su pueblo, el suburbio de una gran ciudad. Además, no pasaba absolutamente nada, no había apenas argumento, ni conflicto, ni evolución del personaje, nada, simplemente seguíamos a nuestro protagonista dando una vuelta por el campo tras una tormenta, colándose en la piscina municipal para darse un chapuzón furtivo en una noche de verano, subiendo bolinga a una azotea para contemplar el amanecer, saliendo a hacer unas compras o yendo de excursión con su esposa al mar. Apenas hay diálogo, y el que hay es meramente charla cotidiana e intrascendente y, excepto en el epílogo, “Diez años después”, tampoco existen ni los textos de apoyo, ni accedemos a los pensamientos de nuestro anónimo sarariman, de quien apenas sabemos nada, salvo que está casado y tiene un perro que se llama Nieve, adoptado durante su primer paseo. Este aparente vacío potencia una especie de efecto máscara psicológico (*) que emplea Taniguchi con mucha inteligencia y sutileza, porque, y ahí estaba el anzuelo que había atrapado mi fascinación, la mayor parte del tiempo en el que acompañamos al caminante somos su mirada.

A menudo se ha considerado a El caminante como una obra menor de Taniguchi, un mero ejercicio de estilo. Nada más lejos de la realidad. Para mí, El caminante es, bajo su humilde apariencia, nada menos que el tebeo donde está todo, el misterio de la felicidad, la belleza, la verdad y la vida. Cuando Taniguchi, guiando la mirada del lector, se detiene en las ramas de un árbol en flor, el paisaje de tejados del suburbio, una bandada de pájaros al amanecer, un pintalabios olvidado por las alumnas de un instituto, las luces de las tiendas al caer la noche o una ofrenda de flores frescas depositadas al pie del quitamiedos de una carretera, convierte su obra en una de las más hermosas muestras de wabi-sabi, ese concepto estético del arte japonés heredado del budismo, “cuando un objeto artístico es capaz de provocar en nosotros una serena sensación de melancolía y anhelo espiritual”. Pero El caminante no se queda únicamente en esa placentera melancolía que produce la contemplación fugaz de un momento sereno y armonioso, la sensibilidad ante lo bello pero efímero, sino que Taniguchi emplea este concepto para que el lector sea consciente de que la felicidad es algo fugaz e imperfecto que se halla en las cosas pequeñas, en detalles del día a día a los que no prestamos atención; el ruido de los niños jugando en el parque, el suave ronroneo de un gato dormido en tu regazo, un café en una terraza al sol del invierno, unas palabras amables o una réplica ingeniosa que te arranca una carcajada durante una despedida, esperar al siguiente tren mientras contemplas como los vencejos hacen piruetas en el aire transparente de un atardecer de principios del verano. El caminante es tan prodigioso y el dibujo de Taniguchi tan perfecto, tan preciso y habilidoso en su manejo del tiempo, en la sensación de infinitud de sus viñetas silenciosas, que es capaz de atrapar la belleza de la vida cotidiana y presentarla ante el lector como un mundo nuevo y maravilloso en el que no habías reparado nunca, para que aprendas a mirar y detener el tiempo por un momento, ese momento fugaz pero a la vez eterno en el que el ego se disuelve, te unes con el mundo y eres inmortal.

Gracias por este regalo, maestro, que tengas un buen viaje.


(*) Según Scott McCloud en Entender el cómic, el efecto máscara es la técnica de situar personajes caricaturescos en entornos realistas y detallados, al estilo de Hergé y la “línea clara”, o de casi todo el manga que emana de Tezuka, potenciando de este modo la identificación del lector con el personaje y generando la sensación de que nos encontramos inmersos en un mundo vivo, vibrante y maravilloso.

Un pensamiento en “El caminante, de Jirō Taniguchi

  1. Si hay ligas en esto de la maestría, Taniguchi era Gran Maestro. Esos primeros planos de rostros tranquilos, esos ojos contemplativos, ese recurso de los puntos suspensivos, sustitutivos del pensamiento reflexivo, todo puesto al servicio de un efecto: obligar al lector a compartir la mirada del protagonista. Los tebeos de Taniguchi, aparte de la pericia estética (los dibujos son bellísimos siempre, agua cristalina), muestran una sensibilidad mayúscula. Siempre la contemplación, siempre el deleite a través del sosiego y disfrute de un caminante, de un gourmet, de un escalador… Sus tebeos me encantan porque siempre me obligan a parar, a echar el freno y fijarme en lo que hay fuera, en el escenario donde transcurre la vida. Su obra es un canto al mundo. Para mí Taniguchi es irrepetible.

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