Edén, de Stanislaw Lem

Eden

Edén

Lo que más me gusta de Lem es que es un autor de registros. Se mueve con una fluidez pasmosa entre la fábula socarrona, el humor más desternillante y el drama filosófico sin aparente esfuerzo. Muy al contrario que otros autores caracterizados por una tonalidad monocorde, Lem es capaz de desdoblarse en muchos Lem distintos, cada uno con la habilidad de abordar temas muy dispares de muy diferente forma. Con todo, no renuncia a su propia personalidad. Es, ante todo, un narrador minucioso, en el que los personajes o el entorno llegan a quedar en un segundo plano ante su habilidad para desgranar con detalle los sucesos que pueblan sus narraciones.

En Edén esto ocurre desde la primera página, en la que se describe el accidente. Sin recurrir a grandes artificios literarios deja clara la magnitud de la catástrofe, los porqués y las consecuencias. Lem no se pierde en largos parlamentos o interminables explicaciones. Enumera lo que ocurre con tal fluidez que esas otras herramientas literarias no le son en absoluto necesarias.

Edén resulta ser un estudio profundo de eso que se ha dado en llamar la relatividad cultural. Un cohete terrestre sufre un accidente en una zona desértica del planeta Eden, muy similar a la Tierra en cuanto a habitabilidad, pero tan exótico como se puede desear de un mundo donde la vida se ha desarrollado y evolucionado de forma muy diferente. Nada es como los náufragos conocen. El intento de buscar similitudes de la fauna y flora local con la terrestre es más un esfuerzo para no enloquecer ante lo desconocido que un intento serio de clasificación; hay seres vivientes con formas que se pueden asimilar a las de plantas y animales conocidos, pero resulta del todo imposible saber realmente que son, incluso si ni siquiera son plantas o animales.

Eden

Edén

No acaban ahí los problemas. En Eden existe una raza inteligente, los «dobles», que ha alcanzado su particular grado de desarrollo industrial, pero eso tampoco resulta de ayuda a los náufragos. Sus motivaciones les resultan tan oscuras como incomprensibles, y los intentos de buscar explicación a las muestras de cultura local y la actitud de los dobles hacia ellos son inútiles. Nada tienen relación con los parámetros de comportamiento a los que están acostumbrados.

La novela se desarrolla entre los trabajos de reparación del cohete y las expediciones de exploración que organizan los náufragos para intentar averiguar más sobre Eden. Así, poco a poco, desde una posición desesperada y una total falta de comprensión de lo que les rodea, pasan a una situación más esperanzadora y un atisbo de entendimiento de lo que ocurre en Eden, pero siempre desde la duda y la incertidumbre acerca de lo que les rodea y del porvenir.

Edén es un libro de Lem muy recomendable a partir del que se puede reflexionar acerca de la relatividad de las bondades de la cultura propia y los aspectos negativos de las ajenas, y de asumir que el concepto de «bondad» es muchas veces una cuestión de puntos de vista. Como se dice en la contraportada del libro; «existen como mínimo dos posibles perspectivas, ambas igualmente válidas, la del que observa y la del que es observado».

Nota: esta reseña fue publicada originalmente en El sitio de ciencia ficción

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